El primer final

* viene del post anterior

El pasaporte… ¿Qué haría? Podía esconderlo en un cajón y denunciar la supuesta pérdida. El trámite duraría meses que ella podía aprovechar sin calendarios con Gallace. La tentación era altísima. Su deseo pujó con su mente y corrió bruscamente la idea de su cabeza. Se propuso vivir. Las horas con él pasaban rapidísimo incluso si no hacían nada. Amanda adoraba sentarse sobre sus piernas y mirar el horizonte. Nada era eterno pero lo iban a intentar.

Una mañana se vieron reflejados en el agua del Egeo. El le contó que en su cultura el agua borraba todas las heridas. Limpiaba y sanaba. Cada contacto con ella era algo así como renacer. Gallace ponía todo en manos de Dios. Ese Dios sin religión que los había unido. Respetaba a Amanda y su catolicismo no practicante. El si creía y mucho. Llevaba un collar con la foto de Ahmadou Bamba Khadimou Rassoul. Era como su rosario. Se lo sacaba solo para dormir pero conservaba alguna estampita cerca como señal de protección.

Una tarde tomaron retsina, un vino blanco griego poderoso que los dejó en el limbo y los llevó al sincericido. ¿Cómo va a seguir nuestra historia? Lagrimearon juntos sentados en un banco frente a la playa pero confiados en el destino. Los dioses espirituales y los pasionales se habían materializado en ellos. Estaban de su lado. No los iban a abandonar.

Una noche imaginaron por primera vez a sus hijos «coffee and milk» y una vida dividida seis meses en Buenos Aires y seis meses en Dakar. Amanda nunca había hablado de hijos con otra pareja. Esta vez estaba convencida. No hacía falta pensarlo tanto. No iba a escapar de Gallace aunque el ticket de vuelta a Buenos Aires tenía fecha y hora. El primer final estaba cerca. Era irremediable. Los dos tenían que volver a sus estructuras para seguir delineando el plan para no separarse más.

«Juntemos los papeles. Yo los pido a mi gente en Dakar y vos en Buenos Aires. Preguntemos cómo tenemos que hacer en las embajadas y nos casamos en Atenas. No tendría que ser tan difícil», reflexionó Gallace los días previos a la partida. «Dale, yo me ocupo de buscar algún templo. Puede ser ese chiquito que nos cruzamos en Perikleous, la calle principal», propuso Amanda. «Sí, o en algún registro civil. Hay que ver cuál está abierto por el tema de la crisis», avanzó él. Atenas estaba como en una guerra. La crisis económica se sentía en el aire, en sus calles, en sus pobres y en sus protestas en la Plaza Sintagma. Amanda y Gallace, pese a todo, se esperanzaban pensando en el futuro. Confiaban en él.

El día del despegue (el primero de muchos) fue desolador. Gallace le dio el amuleto que lo había acompañado desde niño. Ella le regaló su enorme maleta. Quería desprenderse de lo material y que a su vez fuese un puente de nuevos viajes que los unieran. Puso en sus manos la misión de rezar. El rezó durante casi una hora mientras ella lo acompañó llorando hasta quedarse sin lágrimas ¿Iban a verse otra vez? Después, se hizo la fuerte a la hora de darse el último beso. No quiso darse vuelta cuando él se subió al taxi y ella cruzó la barrera entre el sueño y la realidad al entrar al aeropuerto Eleftherios Venizelos.

El corazón en la mano

*viene del post anterior

Con cada paso que daba, Amanda vivía instantes de felicidad. La decisión de cancelar el billete de avión a Mykonos la hizo cruzar definitivamente todas sus barreras. Dejaba atrás la razón.

Salió del hotel Achillion y sintió que volvería pronto. Se despidió de los conserjes con esa intuición ¿Sería su casa en Atenas? Rumbo adonde creía que había estado la noche anterior y siguiendo las indicaciones de Gallace, le deletreó al taxista griego lo que recordaba: «Platia Amerikis». Allí la llevó el hombre en silencio ¿Se perdería otra vez, ahora con su maleta? ¿Sería todo una ilusión? ¿Cómo seguiría su caminno?

En el medio de una plaza que le resultaba conocida, identificó a unos metros la entrada del departamento de Gallace. Tocó el timbre en el piso que él le había dicho. Todo se veía distinto iluminado por el sol. Una voz le dijo que Gallace estaba bajando. Sintió una taquicardia repentina y nerviosa. Cada encuentro con él la ubicaba en un lugar de altísima vulnerabilidad.

Gallace apareció con su sonrisa amplia y sus pasos largos por el hall. Envuelto en ropa colorida africana y con un turbante en la cabeza, la invitó a entrar. Amanda amó su estilo, todo él. Terminaron de armar juntos su maleta y partieron, desbordados como dos adolescentes que apuestan al riesgo confiando en el destino.

En la terminal de cruceros de El Pireo los volaba el viento. Sonrieron y festejaron el inicio de la aventura.

El viaje a Mykonos duró varias horas sin sobresaltos. El paisaje era perfecto. Aprovecharon para hablar de la vida, del amor, de Dios, del pasado y del futuro pero sobre todo del presente. Emprendían una hazaña común en la que se sentían invencibles.

El volvió a cantarle como en la colina Filopappo pero frente al mar Egeo en su infinito azul. Le contó que había escrito aquella canción para un disco con su banda. Amanda compartió la música que tenía guardada en su mp4. Sonaba «I m´yours» de Jason Mraz. «No sé si esto es un sueño. Pellizcame fuerte», bromeó. Gallace se deslizó como una pantera hacia su presa. En su interior pujaban la pasión y sus principios musulmanes. Pelearon amorosamente en proa y rieron profundo. Con culturas tan distintas, se habían encontrado también en la ironía.

Amanda registraba todo como un tesoro infinito. Sabía que después esos momentos iban a ser como fotos imborrables en su carrete emocional. El viento en la cara, Gallace y sus manos fuertes. Gallace y sus convicciones. Gallace y su claridad. Tenerlo cerca la dejaba sin respiración y a su vez la llenaba de aire. Era un estado único para ella.

En Mykonos llovía. Dejaron las maletas en la habitación y se lanzaron a la piscina blanca y celeste de la posada.

Todo era del color del cielo en Mykonos. Amanda salió con su liviana bikini turquesa. Posó desatada para la foto que le pidió Gallace frente a una mirada que la perforó en todos los sentidos. Se sentían como dioses solos y con viento a favor. «Estás muy linda pero un poco desnuda. En mi cultura las mujeres van más tapadas», dijo él tajante. «En mi cultura, hay mucho prejuicio y los que tienen que ver con el cuerpo los viví todos. En este momento mi alma es libre. No me quiero tapar más», contrarrestó ella. El entendió respetuosamente. Lo habían puesto en palabras en el barco: sus diferencias no iban a ser un obstáculo sino un aprendizaje.

Minutos después, con la tarde cayendo sobre el mar, Amanda volvió a agradecerle a los dioses y a la vida. Incluso le salió un grito al cielo como plegaria desde el balcón del cuarto. No podía ser más feliz. Fue el instante en el que decidió dar otro paso: avisó a su trabajo que no iba a volver por un largo tiempo. Que iba a tomarse todas las vacaciones pendientes. Era imposible detener el huracán.

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

La puerta a otro mundo

* viene del post anterior

El encuentro en la casa de los primos de Gallace fue la puerta de entrada a otro mundo. La llave la tenía él y Amanda cruzó el umbral. Aquella noche de Verano probó por primera vez el dulcísimo té senegalés. También comió un arroz especiado increíble del mismo plato de la familia de Gallace. Con el tiempo, cerraría los ojos y volvería a sentir aquellos sabores y olores de Africa.

Había algo en ese ritual compartido que la unía a ellos invisiblemente ¿Por qué se sentía tan cerca? Los vio rezar inclinados, al ras del piso. Los escuchó hablar con una cadencia veloz durante largas horas. Las palabras tenían un movimiento poderoso frente a sus cuerpos fuertes y detenidos. Gallace no era invasivo. La dejó conectarse con lo nuevo con absoluta libertad. No había nada que ocultar. Amanda había entrado a otro mundo con una sorpresa y una alegría que le recordaban a su niñez.

Su infancia había sido la única etapa en la que se había sentido libre y feliz. Después, desde su temprana adolescencia, el camino de la responsabilidad y la perfección la había desviado de su alma. Como adulta, lo suyo era estar forzosamente con los pies sobre la tierra. Sus alas y su corazón pujaban con su mente a cada instante. Era su pelea medular. Cuando afloraban los sentimientos y las emociones era como una explosión: no tenía límites.

Su alma estaba en Atenas. Mirarlo a Gallace le hacía perder el control. «Ya es hora de irme», le susurró al oído cuando ya la noche era otra vez madrugada. En el pasillo de la casa solo se escuchaban voces en wolof, risas y música. El la frenó con un beso irresistible. «No te vayas», le pidió y la llevó con ternura a uno de los cuartos. La sentó sobre la cama y empezó a decirle lo que sentía. Ya estaban jugados. Las barreras se caían.

Los dos detuvieron el deseo. No era lo que habían acordado. El puso todo en palabras. «Quiero todo con vos aunque recién nos conocemos. No sé cómo explicarlo. Verás que no es una cuestión de virilidad pero no soy así», deslizó convencido. Ella también lo estaba. Habían vuelto emocional y sentimental al principio de todo en sus vidas. Transitaban el amor desde cero.

Durmieron abrazados. Se despertaron varias veces para seguir conociéndose. Amanda recordaría para siempre el olor de su piel. Se había metido en ella como un embrujo.

Con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana, ella se cambió y él la acompañó en lo que parecía ser la despedida. Amanda iba callada y triste ¿Había llegado el final? ¿Iba a dejar que lo que sentía cayera al abismo de la cobardía? Estaba por subir a su taxi cuando Gallace se arrojó al vacío y lanzó: «Mañana te espero acá y nos vamos en barco a Mykonos. Cancelá tu avión ¿Qué decís?»

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

¿Por qué no perdés el pasaporte?

La aventura duró casi un mes. Mykonos fue el primer paraíso que recorrieron juntos. En abril sus calles estaban casi despobladas y se sentían los dueños de todo. Un día sin aviso previo, Gallace llamó a su mamá. La voz llegaba débil desde Dakar. No hablaba inglés y Gallace era el traductor. Se llamaba Sohna y él era su primer hijo.

La mamá de Gallace sonreía a través de la línea. Amanda cerró los ojos para grabar en su memoria los sonidos que la rodeaban. Había gritos de niñas y de niños jugando y música de tambores graves en un entorno acústico. Vibraban pero no invadían. Eran el aire que respiraban cada día Gallace y su familia. Como el ruido de los motores y bocinas de la ciudad de Buenos Aires era el de Amanda.

Otro de los destinos compartidos fue la isla de Skopelos. Allí se alojaron a varios metros del centro en una habitación en la que siguieron construyendo su historia. Amanda volvió a probar comidas únicas. El sabor de Africa la penetraba sin obstáculos como si fuese parte de su ADN. El ritual nacía de día y se agotaba a la madrugada entre risas, charlas y alcohol. Se movían. Siempre se movían. Pero era un movimiento distinto al frenético de su ciudad. Cada paso tenía un sentido.

Gallace empezó a presentarla a sus amigos y sus conocidos como «su mujer». Amanda, que no había querido pertenecer nunca a ningún hombre, sintió que ser «su» compañera cuadraba perfecto con lo que sentía. Los desconocidos les preguntaban cuántos años hacía que estaban juntos, si tenían hijos, dónde se habían radicado. Nadie podía creer que el vínculo llevara semanas. Ellos hablaban de décadas emocionales ¿Define el tiempo también la profundidad del amor?

«¿Te diste cuenta que estamos viviendo algo único? Es como si nos conociéramos desde hace muchos años por la intensidad. Yo te amo como a nadie», se sinceró Gallace una noche estrellada frente al Mar Egeo. Amanda coincidió sin timidez ya «Yo siento lo mismo», completó. «Entonces ¿Por qué no perdés el pasaporte y te quedás?», retrucó él. No era una broma aunque lo parecía.

Amanda desandó en su cabeza la idea antes de dormirse. Se levantó a la madrugada llorando. Abrazó fuerte a Gallace. El entendió sin palabras lo que estaba pasando. Ninguno quería que se terminara el sueño compartido.

De motas, gallitos y calaveras

Probamos con los baños de mayonesa. Todo el pelo cubierto por media hora y después a lavar bien. Probamos con los preparados de aceite de oliva neutro, coco, almendra y agua. También con un ungüento de semillas de lino en remojo durante 12 horas. Investigué páginas afro y consulté sobre champús para pelo seco con rulos. «Los mejores son los productos naturales. Te lleva más trabajo pero son los que verdaderamente te hidratan el pelo», me explicó Fabiele, una de las tantas afroamigas que nos fuimos haciendo con Eva con el correr de sus casi 6 años. “No se lo cortes. Dejáselo crecer hasta los 5 años hasta ver adonde le llega”, agregó Crenilda, otra amiga de Angola.

Las distintas técnicas le dejaron a mi hija motas más suaves por un tiempo pero, claro, prevalece y prevalecerá su esencia afro. Cada vez que la peino recuerdo las rastas de su papá ¿Se hará rastas Eva en el futuro? ¿Optará por las trenzas, las extensiones o la planchita? Su pelo es un misterio diario a descubrir para mí.

La raparon de bebé, le entrecortaron el pelo a los 3 y, como ya se cumplió ´el plazo de los 5´ que me aconsejó Crenilda, el sábado volvimos a la carga. Elegimos una peluquería infantil de Palermo, Gallito & Cía. Seguimos el instinto. El logo del lugar es un gallo y a su vez el símbolo popular del ok, el mismo que hacía Amadou en Atenas bastante seguido para agradecerle a su Dios que la vida estuviera a su favor. El pelo de Eva es su legado y pensé: todo cierra. ¿Destino o casualidad?

Llegamos a la pelu y, entre calaveras y monstruos ya preparados para festejar el próximo Halloween, flippers, videojuegos y un pelotero, Eva se sentó como en casa en un autito con la tranquilidad de los que saben los que quieren. “¿Qué vas a hacerte?, le preguntó Kleo, una chica maravillosa con tono centroamericano y clara experiencia en niños y cortes de pelo. Eva fue al punto: le pidió un corte punk, rapado a los costados y en la nuca, destacando la famosa cresta pero en versión afro. Kleo me miró, yo asentí y ella siguió. Le propuso unas trencitas y algunos toques de aerosol en rojo lavable y a Eva se le encendió la cara. El resultado fue inmejorable.

Los rulos que quedaron desparramados en el piso terminaron en un sobrecito clásico. Más tarde, Eva los repartió entre ‘la liga de familiares y amigos que le piden un rulo cada vez que la ven’. Algo así como un amuleto para que los acompañe hasta el próximo corte. Arrancamos con el look Afro-punk y Eva quiere volver a la misma pelu en Halloween para probar con Kleo el look 2 o monstruo. Ya me veo yendo para Navidad, Año Nuevo y su cumpleaños y así… para probar.

Lo festejo… no hay impulso ni prejuicio que detenga a la personalidad. Miren sino…⬇

Fotos: Gallito & Cia
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Sucursales⬇
➡Nicaragua 5701 (y Bonpland)
➡Av.Jonte 5000
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Acto del jardín, corazón en la mano

La veo entrar con su capa al viento de superheroína y las trenzas que se empecinó en llevar en su pelo afro. Va segunda en la fila. Me sale una especie de aullido de loba feliz por su cría en crecimiento, bastante lejos ya del calor primitivo maternal.

Me controlo para no gritar «¡Vamos Eva!», como lo hice en el cierre de las clases de baile. Me controlo también para no tirarle tantos besos al aire que puedan resultarle una molestia. Me termino agachando y trato de esconderme detrás de otra mamá que también está en la primera fila.

Me late el corazón como un tambor descontrolado. Se acerca de repente Noe, la mamá de Ramiro, un compañero de mi hija y me da un abrazo fuerte como una palmada silenciosa de afecto y aliento. Llegamos a otro fin de año sin sobresaltos, lo que no es poco.

Por alguna razón siento que muchas sentimos lo mismo en el mismo momento, con o sin una pareja cerca. Nuestros hijos son nuestro orgullo. Queremos que sean felices. Que brillen. Que les vaya bien con nosotras corridas de escena. Aunque nos cueste, aunque me cueste.

«Hay sueños más tranquilos y más ambiciosos… ¿Quién no soñó alguna vez con salvar el mundo?» dice una maestra y entran «los superhéroes» de sala Ñandú. Entre ellos, va mi hija con la capa, las trenzas y sus movimientos livianos de siempre. Ella vuela y yo me escondo cada vez más detrás de la mamá de la primera fila.

Suele pasarme seguido: de principio a fin la veo solo a ella, se me nubla el resto. La veo bailar, disfrutar y tirar papelitos al aire como en una fiesta. También pensar. ¿En la coreo? ¿En qué?

Todo llega a su fin. En un tumulto de cabezas bajitas la rescato para volver a casa. Le doy el celular a Salvador, su padrino, para que nos retrate juntas. Caminamos de la mano, corremos, ella se ríe porque siempre va adelante. Yo pienso en lo maravilloso de «estar» aunque hayan sido contadas las veces en el año en las que pude llevarla al colegio. Es uno de los grandes dolores de mi alma pero, claro, todo no se puede.

Me recuerdo en un flash diciéndole a una de las seños a principio de año -y como todos los años, por las dudas- «Eva tiene papá pero está en Africa. Avísame si notan algo y etc y etc….» Pero todo marchó y pasó otro año y terminó otro acto… Y aquí estamos las dos airosas y en pié.

Recién me relajo y el corazón vuelve a su lugar dos o tres horas después de lo vivido, ya en casa y con ella en la ducha.

No lloré ni me explotó el corazón en el jardín. Sí me agarró una especie de dolor en el pecho cuando un papá de la sala de mi hija me dijo un día después que «el acto de los superhéroes» fue el último. Que en sala de 5 se vienen los diplomas.

Lloro ahora de emoción, varios días después, ya más tranquila. Ella no me ve, juega a mis espaldas mientras escribo.

Has crecido hijita. Ojalá algún día sueñes con salvar el mundo.

* Foto: Laura Cardozo, Mamá de Lorenzo.