Carta al papá ausente de mi hija

Hola Amadou! ¿Cómo va todo? Cuando llamaste hoy a la una de la madrugada se cortó la comunicación. ¿Seguís en el campo por el supuesto gualicho o ya volviste a Dakar?

Apenas escuché que eras vos así que te cuento algo por acá. Pasan muchas cosas de este lado del mundo y es imposible resumírtelo por teléfono o skype. También con palabras. Pero bueno, lo voy a intentar. Arranco por lo de siempre: estamos muy bien. Te lo dije mil veces e insisto: nuestra hija es increíble. Avanza todos los días. Tendrías que verla…

Ahora voy por lo que no sabés. Eva ya llega a la bacha para lavarse las manos y los dientes (¡está altísima!) y no tiene que subirse a ningún banquito. Además, cocina seguido y en distintos horarios (¿te acordás cuando cocinabas en Atenas? Bueno, algo parecido). También ya aprendió a cambiarse y elige cómo vestirse. Quiere hacer todo sola y de a poco lo va logrando.

Hace meses que va a circo y le está yendo de maravillas. La casa es un show permanente de música y acrobacia. Se levanta y acuesta haciendo piruetas (te adjunto una foto para que veas de lo que te hablo).

Ah! Te cuento algo importante también para su vida: se está llenando de amigos. El jueves fue al cine con Sofía y Clarita y el viernes la invitó Dante a jugar al parque de su casa. Es gracioso pero siendo tan chiquita le llueven invitaciones. Es bastante parecida a vos en ese sentido: atrae con su carisma. Los hace reir.

Mientras tanto, sigue forjando una personalidad fuerte. Así como no quiere atenderte por teléfono, hace poco me dijo que no le diera tantossss besos. Que con uno estaba bien. ¿Podés creerlo?

No sé cómo será en Senegal pero no llegué a decirte que acá hoy es el Día del Padre. Las calles están llenas de ofertas de regalos y los diarios de fotos y de historias de papás que abrazan a sus hijos y dan todo por ellos.

Te confieso que cada vez que se acerca la fecha me agarra algo en el corazón pensando en cómo le afecta a ella que no estés. Ya pasaron cuatro días del padre desde que nació… Hasta ahora no manifestó nada y lo que menos veo en ella es tristeza pero sigue siendo mi estilo hacerme preguntas.

A veces se acuerda de vos, recuerda que estás en Africa y ahí queda la cosa. Fluye su crecimiento y no hay sombras en la relación con otros chicos con papá. Es íntegra y en eso sí agradezco tus genes y esa fortaleza que tienen los negros frente a la adversidad. Yo soy bastante fuerte, pero ella es distinta… Seguramente entenderás.

Festejo lo bueno que nos dejaste para siempre y tengo que decirte otra verdad que quizás pueda dolerte: otros están ocupando tu lugar. Eva está rodeada de hombres que no son vos pero que cuando están con ella la hacen sentir queridísima y protegida. Unica. Como un papá con su hija.

Hace poco le dijo a mi hermano Gastón que lo amaba mucho más que mucho y entendí que ella ya sabe reconocer a aquellos que la aman y la cuidan. Gastón es un padrazo, tiene cuatro hijos pero siempre tiene amor para dar. No sé cómo hace, es admirable. Fue él quien hace tiempo me dijo que, en tu lugar, hubiera cruzado el océano a nado para conocer a su hija.

Pasa algo parecido con los padrinos de Evangelina. Cada vez que veo a Ezequiel y a Salvador con ella me aplaudo por haberlos elegido. Y ni hablar del abuelo. Se detiene el mundo cuando ella llega a su casa. Mi amiga Andrea dice que Eva tiene suerte de estar rodeada por «muchas figuras masculinas» y es cierto.

Que ellos sean así con ella era y es previsible. En mi familia siempre circuló el amor. Pero no son los únicos. Hay un amigo que la duerme cuando la acaricia, otro que eligió la foto que se sacó con ella entre sus preferidas para presentarse en las redes, otro que le toca toda clase de instrumentos para alimentar su fascinación por la música… También otro que no ve la hora de que crezca para ser su custodio… Y uno que la tiene enamorada!!! Cambia de actitud cuando viene a casa. ¡¡No sabés cómo lo mira!!!

Por si fuera poco, están los que me escriben preguntándome por ella o le mandan saludos sin acordarse de mí. Algunos incluso no la conocen personalmente. Te juro que a veces siento que varios de ellos querrían, si pudieran, adoptarla como hija.

Hace rato que no escribía una carta. Creo que las últimas quedaron en mi adolescencia. Esta vez te tocó a vos en un día que no es cualquier día.

Me voy despidiendo. Espero que estés bien siempre. No hay rencor en mí. Aunque seas desde hace años una voz en el teléfono, creamos juntos una hija maravillosa que en este momento está preparando todo para salir. Nos esperan todos sus muchachos para almorzar en Lomas. No les llevamos muchos regalos porque no lo necesitan. El regalo es ella.

Valeria

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Mamá multiprofesión

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Como en un espejo, veo que mi hija sigue modelando con su crecimiento mi nuevo yo multiprofesión. No puedo hacer la triple mortal o una vertical perfecta como a ella le gustaría pero sí tengo otras habilidades que sé que la hacen feliz.

Puedo ser actriz. Ponerme sus disfraces en la cabeza simulando ser princesa o agarrar el escobillón del lavadero y ser caballero. Ella me sigue con su caballo de juguete o una viga larga que era de una cortina. Relinchan los caballos. Galopamos nosotras. Tiemblan los cuadros y platos colgantes.

Puedo ser pintora. Lo descubrí hace poco cuando recibimos la casita de Barbie que nos regalaron las increíbles Adriana y Paloma. De repente me encontré hablando de acrílicos para pintarla. Inmediatamente recordé las 12 veces que rehice un trabajo en primaria porque la naturaleza muerta en témperas no me salía como quería. La vida siempre te da una segunda oportunidad.

Puedo ser doctora. O paciente. Eva me revisa los oídos y los ojos como si supiera. Me pregunta si me duele la panza hasta que invertimos roles. Hace que me llama por teléfono y, como en una urgencia, estoy al segundo.

Puedo ser goleadora o arquera. Jugar a la pelota en la cancha improvisada que arma en el living. Tenemos pelotas de distintos tamaños y sillas fuertes que se vuelven arcos. Media hora después de los goles, puedo ayudarla a vestir a sus muñecas. En los últimos días de frío pensé en volver a tejer para que «las chicas» tengan ropa nueva para el invierno. Tal vez me anime a tejerle algo a mi hija.

Puedo ser atleta. Y saltar en la cama como si tuviera 3 años o 7 o 10. Como cuando saltábamos con mis hermanos en un globo gigante que llamábamos «caminata lunar» en la plaza Colón de Mar del Plata. Era tan fascinante y liberador como ahora.

Puedo ser arquitecta. Y armarle una carpa con frazadas para leerle un cuento a las 3 de la madrugada si se desvela y otro cuando sale el sol si algo la despierta. También me defiendo con las casas y los teatros de sábanas.

Puedo ser transportista. Llevarla a upa dormida y además cargar un bolso, mover su triciclo y abrir la puerta de casa sin que se caiga nada. O llevarla a caballito (me gusta más que el moderno cococho o cocochito) durante por lo menos cinco cuadras. Vengo ganándole a mis temores de caídas y contracturas.

Hasta que Eva nació creí que era solo periodista. Mi hija abrió en mí miles de versiones desconocidas. Por alguna razón siento que hay mucho más todavía. Estaba dormida y ella vino a despertarme.

¿Querés hablar con tu papá?… No

Habíamos acordado que el contacto por skype iba a ser todos los sábados al mediodía. Pero hace tres semanas Amadou me contó que viajaba a las afueras de Dakar a probar nuevas pócimas contra su supuesto gualicho y chau skype con su hija. Parece que, como acá, si te alejás de la ciudad las conexiones son malas o no existen.

Recuerdo a mis hermanos (todos somos muy irónicos) oscilando entre putearlo por «abandonarnos» y reirse con su puesta en escena cada vez que nos llamaba en los primeros tiempos. Eva tenía apenas meses y Amadou se comunicaba a veces desde el campo (otro campo) al que también decía que había ido a curarse. En esa etapa se escuchaba una especie de berreo y mis hermanos decían que él ponía un CD de ovejas para hablar conmigo.

En el mundo gualicho todo es probable. En el mundo real no hubo skype estas semanas pero sí llamadas por celular. En cualquier horario… Eva en el jardín y yo trabajando. Eva durmiendo y yo amaneciendo… Y así. Amadou nos encontró juntas y despiertas el sábado pasado. No se escuchaban berreos esta vez. «Ya te paso con Eva…»… «Antes decime ¿cómo está todo…?» «Todo bien»… Con sorpresa, cuando lo atendí, no le reconocí la voz. Un tema para otro análisis. Entonces, al grano…

– «Eva, es tu papá. ¿Querés hablar con él?
– «No»
– «Te llama desde lejos, hija»
– «No»
– «Aunque sea mandale un beso…»
– «No»

Se cortó la comunicación. Hubo un nuevo intento de parte de él con el mismo resultado. Evangelina no quiso hablar. Prefirió seguir en su mundo de dibujitos y casitas y juguetes. Después, mientras nos preparábamos para ir al zoológico, sí quiso mandarle un mensaje a su amigo Lucca y preguntarle si llevábamos rocklets para los animales. También quiso bromear con su prima «Matulina» con chistes cruzados e invitaciones a jugar.

Le cansa hablar por teléfono como a mí pero dice sí a muchos diálogos. En el último skype con su papá, le había asegurado que ella tenía la llave y que le abría. Que él tenía que atravesar «la ventanita» del skype y entrar.

Es cierto que el amor se construye y los chicos no andan con vueltas. Lo que a mí me costó varios años, a Eva no le está costando tanto. Su papá no entra por la ventanita y ella le dijo por primera vez que No.

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Pase de factura 1

– «Mamá, estoy contenta»
– «¡Qué alegría Eva! ¿Y por qué estás contenta?»
– «Porque estoy contenta y vos estás contenta y yo estoy contenta con mi vida»

Toda una declaración para un sábado al mediodía. Dormimos plácidas, me desperté tarde pero llegué a organizar todo en la casa hasta que se despertó Eva.

En los últimos días le gusta levantarse sola y sorprenderme en lo que esté haciendo. Mi radar de mamá obsesiva la escucha moverse en la cama, saltar y caminar hacia mí. Así y sin embargo, siempre me sorprendo al verla.

Abrazadas durante un largo rato, no tardó mucho en develar los motivos de su alegría. Y clavarme un puñal.

– «¿Hoy te quedás conmigo, no? ¿Vamos a ver Princesas?»
– «Si, hija. Vamos al teatro y hoy y mañana me quedo con vos! Es fin de semana y no trabajo».
– «¿Te acordás cuando me llamaste del trabajo y yo te canté una canción del jardín?» «¿Te la canto?»

Mi hija ya empezó a registrar los malditos lunes y los liberadores fines de semana. Y actúa en consecuencia.

Los sábados y domingos son una fiesta para las dos. Una amiga me preguntó hace unos días cuál había sido la etapa más difícil hasta ahora y le respondí que el principio. Con Eva hoy compartimos mil cosas y es maravilloso. Tenía razón mi mamá cuando en ese «principio difícil» me decía que ella iba a ser mi gran compañera.

«¿Merendamos mamá?», «¿Traemos el colchón y vemos una película?», «¿Tomamos mate con azúcar?», «¿Hacemos una torta?», «¿Preparo la mesa?» propone en nuestro mundo… Lo que en la semana se diluye en un segundo, se detiene el fin de semana. Varias veces Eva me habla de «compartir». Suena increíble en su voz. Compartimos nosotras y compartimos con los que nos quieren.

Cuando arranca la semana el compartir se extiende pero es un compartir incompleto. Contradiciendo su espíritu libre, los últimos lunes fueron complicados. Eva osciló entre llorar e inventar distintas «estrategias» para retenerme cuando llega la hora de irme.

El lunes me pidió que almuerce con ella (me parece escucharla mientras escribo: «Mamá, sentate conmigo! ¿No vas a comer?») Después improvisó un show sobre un banquito y dos segundos más tarde agarró mi celular y se puso a jugar… Finalmente, se resignó. Nos resignamos. Contó literalmente hasta diez, me dio un beso y me dejó partir.

A la noche cuando volví Lili –la señora que la cuida– me dijo que Eva había tenido «un lunes más lunes que nunca». Que se había calmado solo cuando tomaron el té con su amiga Sofía (la buena amistad es siempre reparadora). Conmigo, la cosa no mejoró. Después de retarla mil veces, la abracé fuerte antes de irnos a dormir y le pregunté qué le pasaba por enésima vez hasta que por fin me respondió. «Es que no quiero que te vayas».

De nuevo el puñal… Por suerte la historia siempre continúa y hoy vuelve a ser viernes.

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Los abrazos de los abuelos

A mi papá le costaba abrazar. Le salía cuidarnos con palabras (pocas) y acortaba las distancias con su ironía única y con su risa, una de las más contagiosas que conozco. Su estar era acompañando. Lo recuerdo (un recuerdo entre tantos) llevándonos todas las mañanas de sol, lluvia o frío al colegio hasta que terminamos el secundario. La que abrazaba era mi mamá. Estaba en todos los detalles. Nos creaba mundos únicos para nuestras mentes de niños. Más allá de sus diferencias, con mis hermanos sabíamos que cada uno hablaba su idioma y que tenía su manera de queremos «hasta el infinito».

Eva y papá en el sillónLos años y los nietos los volvieron parecidos. ¿O ya lo eran? Ahora los abuelos abrazan. Su casa es la segunda casa de nuestros hijos. Ahí ellos encuentran desde un asado y buena música hasta ayuda en las tareas, una cama para dormir y consejos de vida para todas las edades. Cada vez que veo a mis viejos en el rol de abuelos siento que estuvieron preparándose desde los 20 años para tener la casa llena de nietos casi todos los fines de semana.
Eva es la última nieta y la que vive más lejos. Pero algo pasa entre ellos: «La Negri» siempre se acuerda de «los abuelitos Titi y Pichi» y viceversa y cuando están juntos se sostienen y potencian.

«¡Qué cara seria tenés, abuelito!» «¡Reíte!» descubrió hace poco Eva a mi papá mientras él, pensativo, le acariciaba los rulos en su sillón de «rey de la casa» que comparte solo con elegidos. Lo vi muchas veces conmoverse con ella y sus salidas. Lo vi bailar si Eva se lo pide. También regalarle flores de su jardín y hacerle a la parrilla todo lo que a ella le gusta. Después de lo de «cara de serio», trata de sonreir siempre. Las muecas de los estados de ánimo ya son un juego entre los dos.

eva y mamáMi mamá desarrolló con creces su vocación de maestra con sus nietos. Eva aprendió con ella números nuevos, se metió de lleno en el mundo de los libros, las tizas y los pizarrones y mucho más. Arma con su abuela obras de títeres (sí, mi mamá les compró un mini teatro a sus nietas) y aprendió a bajar la larga escalera que lleva a las habitaciones de su casa que tanto me aterrorizaba. También supo que existe un señor que se llama Jesús y que está en la cruz.

Cuando Eva cumplió un año ellos coincidieron en un deseo: disfrutarla lo más posible. Mi hija ya tiene más de tres años y vivió y vive momentos únicos con ellos. Enumerarlos sería imposible.

c15En el último año, Eva durmió varias veces abrazada a su abuela viendo dibujitos. La acompañó a la iglesia donde es una especie de mini rock star y se subió a helicópteros y trenes en miniatura que despertaron con fichas… También estuvo con la abuela Titi en La Coruña, el lugar donde nació su mamá, mi abuela Carmen. Recorrieron sus callecitas de la mano, jugaron en las plazas del Puerto, chapotearon en el mar…

Con mi papá, el hilo conductor es maravillosamente la contención y el abrazo. De ahí surge el resto. El la cuida como una joya exótica, le hace masajes en la espalda y la cabeza para que se calme, la mima con la ternura que evidentemente siempre tuvo y ahora puede compartir. Hace unos días lo escuché susurrarle a mi mamá que, a pesar de que le dolía la cadera, quería llevar a Eva a caballito por la calle porque ella se lo había pedido. No es la primera vez que hace el esfuerzo.

Eva les responde con amor en distintas formas. Recordarlos cuando no los ve es una de ellas. Anoche partió su hamburguesa en dos para «los abuelitos». Ella no lo sabe pero sigue cumpliéndonos deseos profundos. Como pidieron, los abuelos ya la están viendo desplegar las alas de lo que –anticipan– será una «futura atleta».

Los nuevos miedos de a dos

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De chica le tenía miedo a los ovnis. Soñaba que un plato volador aterrizaba en el jardín de mi casa y se metía en mi habitación. Tal vez eran las influencias de ET, una de mis películas preferidas de la infancia. Después, en la adolescencia, me metí en una especie de túnel con pocos miedos. Esa omnipotencia que uno siente cuando es joven me acompañó hasta la adultez. Hasta que nació Evangelina.

Hoy le tengo miedo a muchas cosas. Son miedos cotidianos y miedos profundos. Quizá sean miedos preexistentes o miedos que nacieron junto con la enorme responsabilidad de criar y cuidar a mi hija sin un papá cerca.

De los miedos profundos el que recuerdo con más cercanía es el de la llave. Puede sonar exagerado y lo es. A veces, a la noche, cierro la puerta de nuestra casa con doble vuelta pero saco la llave. No le temo a los ladrones, ni a la oscuridad ni al silencio. Tengo miedo a que me pase algo y sea difícil entrar. Es una pregunta que me hago a veces cuando flaquea la cabeza. ¿Y si me pasa algo? ¿Qué puede pasar con mi hija?

También tengo temor a no tener la energía y la entereza suficiente si algún día Eva tiene más que una tos o una fiebre liviana como hasta ahora. En estos días de frío, ese miedo aparece como fantasma., «Pudiste hasta ahora… ¿por qué no podrías?», me preguntó hace poco mi psicóloga. Me habló de mi perfil ansioso. De pensar en lo negativo antes de que ocurra. Lo cierto es que, mientras vivo pendiente de ella, me preocupo como nunca antes por mi salud.

De los miedos cotidianos, los bichos encabezan la lista. Sobre todo las polillas. Me da miedo que me vuelen encima. Eva también les tiene miedo. Con los últimos calores, me pidió que matara tres polillas abroqueladas en el techo de nuestra habitación. Las armas fueron un escobillón y una pantufla. Ella misma me incentivó. Se ve que me vio dubitativa… «Mamá, vos sos Súper Mamá y yo soy Súper Eva y las aplastamos..», me desafió. Finalmente lo logramos. Espero que nunca se meta por una hendija alguno de los murciélagos que en verano vuelan alegremente y de madrugada cerca de nuestras ventanas…

La enumeración de mis miedos es finita. Nada que no pueda superarse. Frente a los miedos, están los sueños. Tengo miles posibles con mi hija y también uno imposible. Ya no sueño con ovnis invasores. Aunque sé que el sufrimiento forma parte de la vida, ahora sueño con que alguna vez alguien descubra la fórmula para que un hijo sea siempre feliz.

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Vientos de Independencia

Hay un momento en el que te dás cuenta que tu hijo no depende tanto de vos como antes. No es que no te necesite solo que empieza a dar sus primeras señales de vuelo propio.

En mi caso, anoche tuve una nueva señal. En el medio de una tos sostenida, me acosté con Eva en su cama para contenerla y dos minutos después me despachó a la mía diciéndome: «Sos grande, mamá».

Desde que Evangelina nació, me propuse ser su guía y no su sombra. Y venimos bien, parece… Quedó muy lejos la mañana de frío y sol en la que arrojé el cordón que nos había unido al mar con mi deseo de que Eva encuentre en el futuro su propio horizonte.

Hoy mi deseo de independencia empieza a ser su realidad:

*Señal 1:

*Señal 2:

Sábado a la tarde, bar con pelotero. Estamos esperando a una amiga. Me ubico en una mesa desde la que la puedo ver. Me acerco. «¿Todo bien, hija?». «Andá mamá».

*Señal 3:

Ultimos dos cumpleaños:

-Cumple 1: «Mamá, estoy poniendo las valijas en el auto. Me voy de vacaciones». Estaba con una nena que ve cada un año –y que recuerda– para el cumple de Román, el hijo de mi amiga Estela.

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-Cumple 2 (horas después): «Nos vamos a Disney. Yo manejo el avión. Vamos chicas!!!!» (sus primas Matilda, Emilia y Pía, la cumpleañera. Todas más grandes que ella).

*Señal 4:

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*Señal 5

«Mamá, quiero hacer una torta» (Menos la parte del horno, hizo casi todo sola con mi asistencia)

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También empezó a limpiarse mis interminables besos, una cachetada a mi sobredosis de amor… Eso sí, encontramos muchos puntos en común (si ya no los hay en sus otras actitudes que se parecen tanto a las mías en distintos y estos tiempos).

Nos recuerdo en una de nuestras plazas porteñas preferidas. Lloviznaba y, desafiantes ambas, nos aventuramos igual entre hamacas y toboganes. No había nadie en los juegos. Solo un nene de su edad en una de las hamacas junto a su mamá. Nos pusimos a charlar mientras ella le balbuceaba algo a su hijo como si fuera un bebé. Me contó que en el jardín la maestra le había dicho que no fuera tan sobreprotectora. El nene miraba al cielo. Mi hija se hamacaba con audacia (demasiada) y sonreía. Cayeron más gotas. «Vamos bebé que papito está llegando a casa…», dijo la mujer y prácticamente huyeron. Con Eva levantamos la cara para sentir la lluvia. Después, sin paraguas y con capucha, le dimos de comer a las palomas.

A veces me pregunto qué mamá hubiera sido con su papá cerca… Hay algo adentro mío que detiene cualquier análisis, que brilla sin pena. Mientras la abrazo (incluso a veces sin abrazarla), siento que soy la mamá que siempre quise ser.

¿Y ahora qué hago?

La de arriba soy yo recibiendo un mensaje sobre mi hija en mi trabajo… Uno de mis momentos preferidos del día es cuando vuelvo a casa a la noche. Mientras subo en el ascensor hasta el sexto piso voy escuchando la voz de Eva cada vez más cerca y sonrío. Me pasa seguido: le quiero ganar a la puerta y a veces me atolondro para abrirla y tardo más. Quiero verla lo antes posible. Del otro lado siempre está ella: escondida debajo de una manta, en su casita, jugando con sus masas, haciendo piruetas en el monopatín… Esperándome con su energía habitual.

Anoche se rompió el hechizo. Abrí la puerta como siempre. Holaaaa chicas!!! Silencio total. «Perdón, Vale, no pude mantenerla despierta. Se durmió hace dos minutos. Me decía que estaba cansada y lloraba…», soltó apesadumbrada, Lili, la mujer que cuida a Eva ya como una abuela… Estaca en el corazón… y preguntas encadenadas para calmar mi tristeza instantánea… ¿A qué hora exacta se durmió, Lili? ¿La bañaste? ¿Comió? ¿Jugó? ¿Se portó bien? ¿Te hizo caso? ¿Estaba contenta? Mi hija había tenido un día perfecto pero yo no llegué a verla despierta.

imageLa casa sin Eva o con Eva dormida no es la casa. La llevé a su cama. Hacía frío afuera pero todo estaba calentito adentro. Abrí su mochila del jardín y el cuaderno de comunicaciones no tenía notas. Preparé su vianda para el día siguiente: las galletitas rellenas la vuelven loca. Organicé su cena bien potente por las dudas. A Eva le gusta comer. Dejé un chocolate en su mesita de Minnie como postre. Ordené su uniforme. Todo quedó en su lugar.

Me ocupé de mí. Mi vianda para el trabajo de mañana, la comida de hoy. Apagué la tele, me serví una copa de buen vino, la casa estaba en absoluto silencio. ¿Intento despertar a Eva? ¿Se despertará de madrugada? ¿Qué debería hacer? ¿Me voy a domir también por las dudas?

Desde hace unos diez días volví a leer todas las noches, uno de mis grandes placeres. Evangelina ya está más grande, tiene sus propios libros y juegos, y podemos estar en el mismo lugar –abrazadas incluso– y haciendo cosas diferentes. Por eso mismo y porque sé que es lo mejor para las dos, disfruto de retomar aquello que dejé por un tiempo para dedicarme a full a ella. Tal vez vuelva los sábados al gimnasio. Una hora no es nada y pasaron cuatro años desde la última vez.

Anoche abrí también ese espacio aunque con esfuerzo. El silencio se completó con música y libros y chats y palabras. Me consolé pensando que mi hija se había despertado temprano, me acordé de la espuma con jabón mientras se lavaba los dientes con un panda con luz y de cuando armamos Minnies y Mickeys con rocklets. También, que jugamos con un globo violeta del último cumpleaños del jardín y que a la tarde me habló divertida cinco minutos sin parar por teléfono.

Escribir sobre Eva fue como despertarla un poco.

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La resistencia de las mamás solteras

Todavía no nos ven. Caminamos con la frente alta pero preferimos mimetizarnos con otras y otros y ahí vamos. A veces tenemos la mirada un poco cansada pero no se preocupen, no es nada grave. Seguramente nuestros hijos se acostaron tarde o se levantaron temprano o tal vez tuvieron fiebre y no pudimos dormir bien.

Quizá no nos vean pero aquí estamos. Somos fuertes. Nos doblegan pocas cosas. Una, diría: que a nuestros hijos les pase algo. Sentir que no estamos haciendo todo lo que podemos para que ellos sean felices. Percibir que les duele la ausencia de papá. Su felicidad es lo único que nos importa, se los aseguro.

Somos miles en todo el mundo. De 20, de 30, de 40… Si nos juntáramos podríamos crear un país. Tenemos historias, idiomas y vidas diferentes pero compartimos el instinto animal de la leona, el de todas mamás que aman. Ni se te ocurra molestar a nuestros cachorros.

Somos las mujeres de la sonrisa de la plenitud incorporada (¿la podés ver?). Nuestro deseo se hizo realidad. Nos emocionamos todo el tiempo con cada paso de nuestros pequeños. Nos explota el corazón. No nos quejamos. No nos van a ver llorar porque las lágrimas quedaron en el pasado o lo hacemos de noche cuando nadie nos ve.

Hemos sobrevivido a varias batallas. Somos guerreras y sabemos pedir ayuda. No nos tengan piedad, ni miedo ni envidia. Es un consejo. No nos afecta.

Maduramos con nuestros hijos mientras ellos crecían en la panza. Y después y ahora seguimos creciendo a la par. El tiempo pasa y, sin embargo, ellos nos hacen sentir más jóvenes y enérgicas que antes. Capaz se nos note… Nos conectan con una niña parecida y diferente a la que fuimos. Tenemos la alegría a flor de piel.

Quizá no nos vean y no hace falta. Nos guían los ojos de nuestros hijos como estrellas. Y para ellos tenemos guardado el sol.

Como tocada por una varita mágica

Corría el séptimo mes de embarazo. Yo tenía una panza enorme y mucha angustia. Que el papá de Evangelina no llegaba y estaba claro que no iba a llegar, que todo había sido una ilusión, que Eva sí estaba llegando y la plata no alcanzaba para el parto, que me sentía sola con muchas cosas… que…

2013-02-03 18.54.44 (1)Las palabras justas llegaron en el momento justo. Fue durante una sesión de reiki. «Vos quedate tranquila. Tratá de resolver tus dolores que Eva está bien. La veo feliz en la panza, viene rodeada de duendes y de hadas», me dijeron. Lo sentí tan verdadero como las ecografías que aseguraban que mi hija venía a este mundo con la fuerza de una tromba, con una enorme vitalidad.

Desde el principio fue así. Todo lo que es y la rodea tiene como un halo especial que no puedo explicar. Quizá haya alguna razón en su origen, en el lugar de su origen, en el deseo que me llevó a buscar a su papá y a buscarla… no sé.

Cuando vuelvo a los ocho meses y medio que Eva estuvo en mi panza e incluso al tiempo anterior, recuerdo momentos que siento mágicos.

El origen

100_9081Con Amadou –el papá de Eva– nos reencontramos por tercera vez después de casi un año a fines de junio de 2012. Nos despedimos el 10 de julio entre lágrimas, besos y proyectos.

Fueron 11 días en las nubes. A mitad de la estadía, me sentía distinta. Presentía que estaba embarazada. Habíamos hablado del tema ni bien llegué a Atenas. “Quiero tener un hijo con vos”, me dijo él en inglés, el idioma con el que nos comunicamos. «Yo también», le respondí absolutamente convencida. Minutos antes habíamos intercambiado alianzas con nuestros nombres. Fue como un casamiento simbólico. Nunca había pensado en casarme.

Quizá fue la noche del reencuentro, la del 30 de junio, la de los anillos y el deseo compartido de un hijo, que el corazón de Eva empezó a latir. En un mundo sin tiempo en medio de la convulsionada Atenas.

Las primeras señales

Amadou es musulmán y días después de mi llegada se enteró que estaba en la ciudad un especie de pastor de su religión. La ceremonia era en un hotel y, curiosa como siempre, no me la quise perder. Eramos dos mujeres blancas (una griega y yo) entre miles de negras y negros.

100_1859Con la cabeza semi tapada y un vestido largo, me dejaron entrar sin problemas. El pastor o «marable», como le dicen ellos, estaba en el centro. Las mujeres fuimos las primeras en acercarnos a él. Me habían dicho que estaba prohibido tocarlo. Que era una deidad. Pero que le pidiera lo que deseaba porque se cumplía.

Durante la ceremonia había llorado mucho viendo a los bebés en brazos de sus mamás. Tenía claro que yo quería uno así. Me acerqué al «marable» y con las manos hacia arriba, como me habían enseñado, le dije que quería tener un hijo con Amadou. El estaba en primera fila, viendo todo, con los demás hombres.

Imprevistamente el hombre de la túnica me tocó los dedos. Como una bendición. No tomé consciencia de lo importante que era ese contacto hasta que me fui a mi lugar y los amigos de Amadou me dijeron que eso no pasaba nunca, que era «una elegida».

100_7285El segundo momento increíble fue también en Atenas unos días después: una prima de Amadou me lo anticipó. «Estás embarazada», aseguró un mediodía que nos quedamos solas en la cocina (la foto es de ese momento). No había podido terminar un pescado exquisito que nos había preparado. Cuando le conté, él sonrió y bromeó: ¿Tan rápido?. Los dos nos reímos.

imageEn esos días y sin haberme hecho el test, empecé a hablarle a mi hija. Sí!! , en femenino. Fuimos al Partenón un día de mucho calor y hablé con ella. Al Egeo y hablé con ella. Ya en el avión de vuelta empecé a escribir nombres posibles y apareció Evangelina, un nombre que nunca había pensado para un hijo. Las opciones eran: estoy embarazada o llego a Buenos Aires y cambio urgente de psicóloga.

El embarazo

Volví a Buenos Aires y no estaba loca. Fueron seis test de embarazo. No podía creer las dos rayitas.

El primero en enterarse fue lógicamente Amadou que no entendía bien de lo que le estaba hablando. En su cultura prefieren esperar a que todo avance. Recién hicieron una fiesta cuando Eva nació.

La segunda en saberlo fue mi abuela Carmen. Cuando cumplí 40, ella se me había acercado con sus 90 a cuestas y me había dicho: «Valita, le pedí a Dios que me deje vivir un poco más hasta saber que un hijo tuyo viene en camino”. En ese momento pensé que iba a defraudarla. Pero cuando el 18 de agosto de 2012 fui al geriátrico donde estaba internada y le di la noticia, todo tomó sentido. Se le iluminaron los ojos. Unos ojos grises y profundos. ¿Por qué no lo querés contar?, me susurró. Porque todavía no llegué a los tres meses, Abu, le respondí. Sonrió y nos abrazamos. Sentí que se estaba yendo. La foto es también de ese momento. Al otro día cayó en coma y nunca más volvió a despertar. Me esperanzo con pensar en que esperó a que Dios cumpliera su deseo y soltó esta vida.

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La tercera en enterarse fue mi hermana Soledad. Tengo por ella un amor y una confianza infinitos. Salvo mi mamá que ya lo intuía, el resto de la familia se enteró después cuando les conté lo de mi abuela.

Eva nació el 13 de marzo de 2013 horas antes de que el mundo supiera que Francisco era el nuevo Papa. Desde entonces y desde antes, todo lo que rodea a mi hija tiene algo especial. Capaz nos pasa a todas las mamás que vemos luminosos a nuestros hijos. Puede ser.

En mi caso, Eva parece entender todo desde el principio. Todo fluye, incluso desde lo material (soy su principal sostén). Es el día de hoy que si le falta algo aparece alguien con eso que le falta. Guardo como un trofeo un enterito violeta que conserva su primer olor que me regaló un compañero de trabajo que nos ayudó y ayuda con la generosidad de un amigo con lo que fue de sus hijas. También están, como siempre, amigas entrañables que también armaron bolsos enormes con ropa, libros y juguetes. Tenemos reservas hasta los 6 años. No exagero.

Por eso, cuando asoman los huecos, vuelven las palabras que me dijeron alguna vez. «Vos resolvé tus dolores que ella está bien…» Es verdad. Gracias Andrea estés donde estés. Cada vez que me detengo a mirarla descubro que Eva sigue rodeada de duendes y de hadas.

Eva acróbata