La puerta a otro mundo

* viene del post anterior

El encuentro en la casa de los primos de Gallace fue la puerta de entrada a otro mundo. La llave la tenía él y Amanda cruzó el umbral. Aquella noche de Verano probó por primera vez el dulcísimo té senegalés. También comió un arroz especiado increíble del mismo plato de la familia de Gallace. Con el tiempo, cerraría los ojos y volvería a sentir aquellos sabores y olores de Africa.

Había algo en ese ritual compartido que la unía a ellos invisiblemente ¿Por qué se sentía tan cerca? Los vio rezar inclinados, al ras del piso. Los escuchó hablar con una cadencia veloz durante largas horas. Las palabras tenían un movimiento poderoso frente a sus cuerpos fuertes y detenidos. Gallace no era invasivo. La dejó conectarse con lo nuevo con absoluta libertad. No había nada que ocultar. Amanda había entrado a otro mundo con una sorpresa y una alegría que le recordaban a su niñez.

Su infancia había sido la única etapa en la que se había sentido libre y feliz. Después, desde su temprana adolescencia, el camino de la responsabilidad y la perfección la había desviado de su alma. Como adulta, lo suyo era estar forzosamente con los pies sobre la tierra. Sus alas y su corazón pujaban con su mente a cada instante. Era su pelea medular. Cuando afloraban los sentimientos y las emociones era como una explosión: no tenía límites.

Su alma estaba en Atenas. Mirarlo a Gallace le hacía perder el control. «Ya es hora de irme», le susurró al oído cuando ya la noche era otra vez madrugada. En el pasillo de la casa solo se escuchaban voces en wolof, risas y música. El la frenó con un beso irresistible. «No te vayas», le pidió y la llevó con ternura a uno de los cuartos. La sentó sobre la cama y empezó a decirle lo que sentía. Ya estaban jugados. Las barreras se caían.

Los dos detuvieron el deseo. No era lo que habían acordado. El puso todo en palabras. «Quiero todo con vos aunque recién nos conocemos. No sé cómo explicarlo. Verás que no es una cuestión de virilidad pero no soy así», deslizó convencido. Ella también lo estaba. Habían vuelto emocional y sentimental al principio de todo en sus vidas. Transitaban el amor desde cero.

Durmieron abrazados. Se despertaron varias veces para seguir conociéndose. Amanda recordaría para siempre el olor de su piel. Se había metido en ella como un embrujo.

Con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana, ella se cambió y él la acompañó en lo que parecía ser la despedida. Amanda iba callada y triste ¿Había llegado el final? ¿Iba a dejar que lo que sentía cayera al abismo de la cobardía? Estaba por subir a su taxi cuando Gallace se arrojó al vacío y lanzó: «Mañana te espero acá y nos vamos en barco a Mykonos. Cancelá tu avión ¿Qué decís?»

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

«Si querés sexo, podés irte»

*viene del post anterior

Como un presagio, Amanda se despertó tarareando la canción de Gallace. El paseo en crucero le resultó encantador pero eterno. Conoció a una pareja de argentinos -como ella- a los que les contó del encuentro de las últimas horas. La contuvieron. En el medio de un mar de ensueño, Amanda solo quería bajar del barco para probar si detrás del papel y el número con característica de Senegal volvía a escuchar aquella voz.

Ya en tierra, la chica argentina le prestó su celular para hacer más corta la espera. El sonido de su voz tardó segundos en aparecer. Allí estaba otra vez Gallace armando un plan para la noche. «Temí que no me llamaras -deslizó- Nos encontramos en la esquina de ayer. ¿Te parece? A las 9 en punto», propuso.

Ni bien pudo, Amanda corrió a prepararse como si fuese la primera cita de su vida. Después, trepó a un taxi hacia el reencuentro: la hora había pasado volando. Esta vez llena de nervios buscó «la» esquina. Recorrió los caminos de la noche anterior. Volvió a perderse. Le pidió claridad a la Acrópolis. Después de mil vueltas, encontró el lugar. Ya eran casi las 10 ¿Y si él se había ido?

En la esquina no había nadie. «Al menos sé dónde encontrarlo», se tranquilizó. Sus pensamientos se vieron atravesados por la realidad. De adentro del restaurante donde 24 horas atrás habían dado las primeras señales de acercamiento reapareció Gallace, más bello aún que la noche anterior.

Amanda sintió que se le paralizaba el corazón. Temía que el hechizo se rompiera. En los segundos que tardó él en llegar hasta ella, la acechó su baja autoestima. Siempre había sido muy insegura y lapidaria con ella misma. Oscilaba entre sentirse la más bella y la menos deseada del planeta. ¿Y si Gallace se arrepentía?

La duda se esfumó con su mirada. «Pensé que no ibas a venir. Me estaba por ir», lanzó él. «Me volví a perder», susurró ella. Sin mediar distancias, él le agarró la mano. «Vení. Te voy a presentar a mis primos ¿Querés?», preguntó. Amanda no dudó. Sintió que por fin estaba decidiendo su corazón.

Al hueso

Nunca iba a olvidar esas cuadras caminando de la mano. En el trayecto sentaron las bases del vínculo. El fue directo: «Si querés sexo, estás a tiempo. Podés irte», disparó. El impacto hizo que ella recalculara su eje. Estaba sobre las nubes y bajó a la tierra. Su sentencia la tranquilizó. Estaba a salvo desde el principio. Era sincero.

Gallace le contó en pocas palabras las guías de su vida. No le tenía miedo a la soledad. Había estado solo durante muchos años. No estaba desesperado buscando un amor. Sabía que iba a aparecer en el momento justo. Confiaba en el destino y sobre todo en Dios. El iba a indicarle a la mujer indicada en el momento exacto. No quería sexo efímero. «Muchas mujeres nos buscan a los hombres negros para tener sexo. No me interesan ese tipo de mujeres. Hace cinco años estoy solo. Por eso, te repito: si querés sexo, andate», reforzó.

Amanda quería quedarse eternamente. Su vida había sido radicalmente opuesta a la de Gallace. Se había involucrado a medias en relaciones sin futuro para no estar sola. En este caso, ¿qué iba a hacer? ¿Qué pasaba con su reloj vital ansioso que marcaba rápidos principios y finales? ¿Qué pasaba con su hastío cíclico de las relaciones amorosas -recientes o añejas-, ese aburrimiento que la hacía partir antes de tiempo de los vínculos para que la situación no perdiera su brillo?

Recordó que en horas tenía un avión programado a Mykonos. Como un karma, siempre tenía que irse pero desprenderse de Gallace iba a ser imposible. En ese tiempo sin horas, en cualquier tiempo. El destino los había cruzado a miles de kilómetros de sus ciudades natales ¿Sería todo obra de Dios, como creía Gallace? ¿Qué Dios los había unido bajo las estrellas de Atenas?

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

Desde el Monte de las Musas: «Nos vamos a volver a ver»

-¿Qué necesitás?, preguntó él en inglés.

Corría un viento embriagador en la colina Filopapos de Atenas. A lo lejos, la Acrópolis iluminada le ponía el manto mágico a la noche. Como una postal de cuento, él cantaba con su voz rasposa de blues mientras ella, extasiada, lo escuchaba. Nunca había sido católica practicante pero en ese instante le habló a Dios. Le dijo que podía llevársela en ese momento, no le pondría obstáculos ¿O acaso estaba en el cielo ya? En el Monte de las Musas, los griegos despedían la semana y ellos se entrelazan con palabras. Por primera vez.

«¿Son pareja?», preguntó uno de los adolescentes griegos que se había acercado a escuchar al hombre de las rastas. Sonrieron los dos. «Nos acabamos de conocer», contestaron casi al unísono. «Entonces lo van a ser», presagió el chico, irreverente. Ella se conmovió. Algo le decía que iba a ser así aunque habían pasado apenas un puñado de horas. Sabía poco del desconocido. Se llamaba Gallace y era de Dakar.

Eso le había dicho en la esquina en la que se habían cruzado por azar. Amanda se había lanzado a una aventura nocturna por las calles del barrio de Plaka y se había perdido. Todo era nuevo para ella pero no tenía miedo. En esa experiencia única de perderse sin rumbo, se topó con él. No hizo falta hablar demasiado. Minutos después habían decidido trepar la colina agarrados de la mano.

Amanda sabía solo de correr contra el tiempo o a su par. Hacía años que se había dado cuenta de que era una carrera infinita para llenar ilusoriamente el vacío que la perseguía desde pequeña. Había elegido la profesión indicada. El periodismo la llevaba a transitar todo el tiempo situaciones nuevas. La adrenalina nunca paraba en un laberinto de preguntas y de respuestas que empezaba, terminaba y volvía a empezar. No podía detenerse y en ese continuado había encontrado la fórmula para perderse.

Gallace la enfrentó con otra lógica ¿El tiempo podía correr por otro andarivel? Algo se había detenido en la colina. Amanda se sentía en una burbuja que ella misma se obligó a romper cuando recordó que al día siguiente tenía programada una excursión en crucero por el mar Egeo. «Me voy», lanzó sin ganas. «¿Tan rápido?», respondió Gallace. Serían las 4 de la madrugada pero no lo sabía porque no llevaba reloj ni celular.

Los adolescentes griegos los acompañaron como un cortejo al metro. Ellos iban como levitando. Amanda chequeó infinitas veces el papelito que Gallace le dio con su número de teléfono. No quería perderlo en el sentido más profundo. «Nos vamos a volver a ver», aseguró él como escuchando sus miedos cuando se separaron en la estación Omonoia a metros del hotel Achillion donde ella se hospedaba. Amanda entró a la habitación y apenas pudo dormir. Sonaba en su cabeza la canción de Gallace en el Monte de las Musas.

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

Cuarentena de a dos: un mes y después

Disfrutemos hija. Este viaje que arrancamos hace más de un mes es lo más cercano que seguramente vayamos a vivir en el resto de nuestras vidas a cuando crecías en mi panza. Vos, yo y nuestro mundo. Podrán tildarme de loca pero hay algo primitivo y único en este reencuentro sin pausa que me recuerda a ese momento inicial. Tal vez por eso se haga menos difícil y la alegría venza el agotamiento, la incertidumbre y las bajas anímicas.

Aquel viaje que duró ocho meses y medio fue muy feliz, revelador y por momentos bastante incierto y turbulento para mí. Como este. En aquellos días lidiaba con la angustia de estar sola en el camino. No sabía si iba a poder. Calmaba los días de tristeza con música y textos catárticos. Los días felices bailaba mucho. Siempre meditaba para darte y darme paz. Es probable que en vos haya quedado esa huella. Ahora sos vos la que se encarga de armar coreos y estiramientos de yoga que sigo como puedo ¿Dónde lo aprendiste, Eva? te pregunté anoche mientras me hacías respirar. «Lo sé yo mamá», contestaste con firmeza. «Vos respirá profundo y largá en 10, 9, 8… y así». Con los ojos cerrados, te escuchaba y no lo podía creer. Qué tremenda enseñanza, hija. En este momento respirar y estar en paz vale más que todas las cuentas bancarias y metros cuadrados del mundo.

En este viaje sin aviones, maletas ni destinos externos, fuiste cambiando nuestro paisaje. Armaste un cuarto paralelo dentro del mío con todo lo necesario para pasarla de maravillas: una cama con doble colchón para acercarte a la mía, una heladera de juguete con cosas ricas, una banqueta de Cuba que encontraste en los armarios para poner tus libros y luces y guirnaldas por todos lados. Hiciste de la cocina uno de tus lugares favoritos ¡Los platos y postres ricos que me cocinás hicieron historia: rompí mi dieta eterna de décadas en un mes. El balcón se volvió un restaurante. Si no hace frío o llueve, comemos ahí porque corre aire fresco. Decís que te hace bien.

Yo te repito al cansancio que este momento es una gran oportunidad para las dos que seguramente no se repetirá. Ya acumulamos infinitas anécdotas de esta etapa en donde brillan nuestros partidos de futbol con dos pelotas, las guerras con bombitas de agua, tus vueltas en bici sin manos y nuestras fotos entre las cúpulas que se ven desde la terraza. Cuando crezcas podré contarte que, aislada de todo, creaste tu primer blues. Ojalá recuerdes las decenas de veces que nos tiramos al piso de la risa.

Muchos llaman para saber cómo estamos, entre ellos Amadou con sus falsos sentimientos de protección. No querés hablar con él. Directamente le cortás. Al resto, los tranquilizo. En este viaje juntas, no necesitamos más que levantarnos bien cada mañana.

Otra vivencia que va a ser recuerdo para siempre son nuestras noches, cuando se caen todas las defensas. Después de ver ¡siempre! una película, me decís que la estás pasando muy bien conmigo y me preguntás seguido qué va a pasar cuando las puertas se abran. Te respondo que va a ser todo parecido pero nada será igual. Te quedás mirándome con tus ojos negros y me abrazás. Después, en ese momento justo antes de quedarnos dormidas, me agarrás fuerte de la mano y me decís que me necesitás. Es profundamente conmovedor, como cuando pateabas en la panza. Disfrutemos este tiempo sin tiempo, hija. Yo también te necesito.

Hija: este infierno va a pasar

Hola hija. Te veo aplaudiendo en el balcón a los médicos que están poniendo el hombro por nuestro país y lloro. Me ves y te digo que estoy emocionada por esta unión de almas a la distancia y es verdad. Lo que no te puedo decir por tu edad es que estoy triste porque mi misión fue traerte a un mundo en el que pudieras vivir en libertad con tu espíritu único y arrasador. Sin embargo, aquí nos ves: a tus siete años estamos entre cuatro paredes, hablando del maldito coronavirus cuando tendrías que estar aprendiendo y disfrutando sin barreras.

Creo igual que, como te digo todos los días desde que empezó este calvario, este momento es una gran oportunidad para las dos: con mamá en casa, nos vamos a conocer mejor, vamos a jugar mucho más, nos vamos a pelear y me voy a enojar como nunca -ya te lo dije: ¡ejercitemos la paciencia!-. Te vas a aburrir y yo a agotar pero sobre todo, vamos a fortalecer este vínculo que es el más amoroso, genuino e infinito que tuve en toda mi vida.

Es mi código con vos desde antes de nacer pero estos días te dije más TE AMO que en otros momentos. Ya sé que soy pesada pero necesito decírtelo porque es mi defensa y mi bandera frente a tanta incertidumbre, dolor y crueldad.

Te cuento también que estoy conociendo a una nueva Eva. No sos tan inquieta como cuando el mundo giraba sin coronavirus. Estás más tranquila, en un nuevo ritmo, como yo. Me estás ayudando mucho a sobrellevar este tiempo con tu alegría, tu energía y tu creatividad. Respetás mis horas de trabajo en silencio -¡bravo por vos!-, me estás preparando unos desayunos riquísimos -me encantó la torre de tostadas con crema, mermelada y bombones- y estamos armando unos picnics inolvidables con tu carpa en la terraza para ver las estrellas ¡¿No me digas que no está buenísimo cocinar juntas?!. No es mi fuerte pero lo estoy intentando y vamos bastante bien.

Me preguntás cuándo va a terminar este infierno y la verdad es que no lo sé. Es un día a día. Quedaron en el camino muchos proyectos, entre ellos tu deseo de festejar el cumpleaños con tu amigo Ulises. Ya lo vamos a hacer, no te preocupes. También vas a volver a correr y hacer piruetas en gimnasia, como querías. Lo sé. Por las noches le ruego a todos los dioses que nos protejan y que el coronavirus deje de enfermar y matar y se muera pronto.

Estoy segura que seremos otras cuando esto pase, mucho más fuertes. En esta estamos juntas mi gladiadora como desde el principio.

¿Cómo? ¿Qué querés hacer un experimento conmigo y la masa verde? Dale, ¡ahí voy!

Día 1: dejar a tu hija en tiempos de coronavirus

”Andá tranquila, Vale. Eva se queda acá», dijo mi hermano Gastón en la puerta de su casa. No llegué a responderle. Me di vuelta y me puse a llorar.

La angustia era similar a otras que alguna vez sentí cuando tuve que dejar a mi hija porque ‘no me quedó otra’. Como única sostén de la nuestra familia de dos, desde que ella nació fue así. Guarderías y colegio, por un lado. Y además, acompañando, niñeras en días normales y, mi hermano, su mujer y mamás y papás de amiguitos del cole los feriados… Un rompecabezas humano en el que las piezas fueron volviéndose imprescindibles para sostener el día a día.

Pero el maldito coronavirus arrasó con todo lo armado durante años en un segundo ¿Y ahora? -pensé después del anuncio presidencial cancelando las clases- ¿Qué hago? ¿Con quién la dejo si mis papás y su niñera son población de riesgo? ¡No le puedo pedir ayuda a ninguna mamá amiga del cole porque ya tienen lo suyo!¡Encima tengo que volver al trabajo después de mis vacaciones!

Corría el domingo por la noche, estábamos con abuelos, tíos y primos en la zona Sur y de repente me oscurecí. Hasta que habló mi hermano. ”Tu gesto me hace sentir menos sola. No es tu responsabilidad y, sin embargo, siempre estás cuando más te necesitamos. Gracias», le escribí cuando dejé de llorar volviendo ya en el tren.

Ya pasó el día 1 y no hubo actividades compartidas ni tareas (aún no llegaron) ni plan en casa para que Eva no se aburra. Ella se quedó con mi hermano y su familia (en la foto dos de sus primas: Pia y Matu) Yo trabajé.

Hace unas horas, salí del trabajo y le llevé ropa para cambiarse. Hace unos minutos hablamos por videochat antes de que se durmiera. Ya corre en Día 2 y estoy en casa. Espero que la angustia se vuelva fortaleza. Ya sabemos muchas de lo que se trata.

Golpes por celular

Podés creer que todo anda sin sobresaltos. Que tus respuestas a las preguntas de tu hija o tu hijo son suficientes para explicar la ausencia de su papá. Que nada puede opacar tu estado de tranquilidad. Pero puede fallar. A veces bajás la guardia y te golpean.

El llamado llegó sin esperarlo. Estábamos por cenar y Evangelina estaba con mi celular. Siempre trato de estar cerca de ella cuando lo usa. Pero esta vez me distraje por un segundo y chau. Sonó el whatsapp y la imagen que apareció fue la de su tía Khoudha, la hermana de Amadou.

«Mamá, es papá», se sorprendió Eva. Hacía tiempo que él no hablaba con ella. Venía hablando conmigo brevemente queriendo saber cómo estaba ¿Querés hablar con él?, le pregunté. Asintió e inmediatamente accionó la conversación.

En voz y video y sin mediar anuncios, apareció Amadou. El mismo de hace siete años en Atenas, el mismo de los primeros meses de Eva, el mismo que dejamos de ver en imagen y que solo escuchamos en los últimos dos años, el de las rastas y los gorros. El de la sonrisa amplia y la mirada profunda. El manipulador y el carismático. El encantador de serpientes.

La emoción contenida de Eva me hizo arrepentir al instante. Sentí que me había equivocado en dejarla activar la llamada. Me pregunté en una milésima de segundo si no tenía que retroceder. No pude hacerlo. Quedé petrificada.

El también quedó absorto al vernos pero desde el primer segundo empezó a desplegar todos sus recursos para no que no le cortáramos. Le corté varias veces a lo largo de estos seis años. Eva también lo hizo aburrida por su monotemática manera de comunicarse. Sus «te amo» concatenados y repetidos en el tiempo fueron perdiendo sentido.

Esta vez había algo nuevo para contar porque podíamos verlo. Amadou nos hizo una especie de recorrido turístico por su casa. Le mostró a nuestra hija su habitación, el living, la cocina de su casa… sus cuadros, su ropa. . Nunca antes lo había hecho. En el medio, se coló Khoudha -la dueña del teléfono- a saludar. Intercambiaron miradas y risas con Eva. Después entró en cuadro Mama, una de sus primas, que imitó a su mamá. Y también Falou, su primo, que estaba semi-dormido.

Tan real pero virtual. Eva estaba como hipnotizada. Yo shockeada. Volvía sistemáticamente a la idea de terminar la conversación pero no sabía cómo. Le puse varios puntos finales al intercambio pero Amadou seguía y Eva me preguntaba por lo bajo por qué quería cerrar el teléfono. Finalmente, invoqué el colegio y el horario y la semana y la necesidad de irse a dormir y se acabó la historia.

No dormí bien por varios días. Eva tampoco. Me costó asimilar el impacto. Me sentí culpable por dejarlo entrar sin permiso. Por permitirle abrir una engañosa puerta de su lejano planeta a nuestro mundo de dos.

El tiempo aquieta las aguas pero deja su huella ¿Qué hora tiene Africa ahora, mamá? ¿Hace frío o calor? me preguntó Eva ayer.

Las líneas amarillas

Las líneas amarillas están ahí. Una cerca de la otra. Las veo a la distancia el primer día de clase del primer grado de mi hija. Están pintadas en clave flúo al fondo de un pasillo eterno por el que entran los chicos de distintos grados, entre ellos Evangelina que debuta en Primaria.

Son simples rayas pero dividen dos mundos. El de afuera, el nuestro. El que compartimos todos los días en casa y ahora todas las mañanas yendo a la escuela. Desde el 6 de marzo llevo a Eva a clases en lo que para mí es una aventura, un desafío y un privilegio. En este trazo de mundo, vamos semidormidas. Bromeamos e inventamos juegos para ganarle al frío de las últimas mañanas. Hablamos de la vida, de futuros viajes, de su ilusión de tener un hermano y una mascota. Los viernes cantamos.

Es todo nuevo para las dos. Durante todo el jardín no la vi entrar ni salir de la escuela salvo excepciones. Viví 5 años alejada de su rutina escolar. Pero ahora aquí estamos. De la mano, cerca o cada una a su ritmo: yo cargada siempre como un equeco con mi bolso, su mochila y su vianda y ella generalmente subiendo a parecitas o haciendo piruetas para no perder la costumbre.

Juntas hasta las dos líneas que marcan el límite para los hijos y los padres. Hasta ahí puedo llegar y después, me detengo, la veo y me voy. Los primeros días, sentía que largaba a mi hija a una especie de abismo y me quedaba por un largo rato desolada. Hasta que entendí -ella colaboró con su marcada independencia- que después de las líneas arrancaba su mundo y que ahí yo no tenía nada que ver. Que tenía que caminar sola. Como lo hizo en todo el jardín, pero ahora en una nueva etapa. Más grande.

Evangelina ya cumplió seis. Desde sus primeros meses, escucho como un mantra el tema de los límites. «Tenés que ponerle límites claros para que ni ella ni vos sufran las consecuencias». Nadie te enseña a poner límites. Nadie te dice que, después de la primera infancia, hay momentos que el límite se te impone a vos. Bienvenido sea.

A veces me detengo a ver a otras madres o padres: algunos los dejan y vuelan como aviones. Otros, los dejan en la primera puerta y los ven irse con la mano en alto. Y otros, como yo, llegan hasta las líneas amarillas Y se quedan esperando unos minutos… ¿Sienten algo parecido a mí? ¿Qué hay más allá en ese mundo desconocido?

Otras veces nos veo de lejos. Eva camina por el largo pasillo, con la mirada al frente. Erguida y casi molesta por verme llegar hasta las dos líneas. Y yo, ya saben… voy detrás de ella como un perrito faldero que avanza y retrocede, que avanza y termina de retroceder cuando escucha amorosamente de alguna autoridad: ¡Buen día, Eva! «Hastá aca, mamá».

«Tu papá es un fantasma: no existe»

«Mirá Valeria. Llegó la hora de empezar a decirle, de a poco y cuando pregunte, la verdad»

Eva jugaba feliz entre pasamanos con distintas formas. Subía y bajaba mezclada entre otros niños. Sentí un frío por dentro. Contuve las lágrimas. No quería llorar aunque hace rato que volví a hacerlo a escondidas. Seguí escuchando como en una nebulosa a Estela, mi amiga, abuela por elección de mi hija y psicóloga de niños.

«Disculpá si soy muy directa. Ya pasó la etapa del relato amoroso del encuentro con el papá de Eva. El no está. Un papá es otra cosa. Es la persona que decide estar todos los días, que pone el cuerpo. Tu hija empieza mañana primer grado y él no está para acompañarte como no estuvo nunca. Es un fantasma».

Las palabras justas en el momento justo. Así escuché a Estela. Venía de días de ansiedad y angustia incomprensible. No tenía una explicación concreta. Todos los años, Marzo es un mes especial: entre el inicio de clases y el cumpleaños de Eva todo se mueve. A veces, en medio del agotamiento crónico, confundís sentimientos y pensamientos. Pero un día empieza a esfumarse la niebla espesa.

Fantasma.

La versión del Papá Fantasma no es nueva para mí. Sé que Amadou es un fantasma hace rato. Sé también que ocupó esa categoría durante años con mínimos toques de realidad. Pensé que podía convivir con su fantasma pero no. Los fantasmas ocupan espacio. Si los liberás, ese espacio se abre para que entren nuevas vivencias.

Hasta ahora no supe bien cómo hablar con Eva de la ausencia prolongada de su papá. Lo único que me salió durante años fue contarle nuestra historia, decirle que no puede venir y que, si no esto no ocurre, iremos nosotras a Africa. Ahora se abre otra etapa más realista. «Decile que no sabés por qué no viene, que le pregunte a él. No es que no viene porque no puede, sino porque no quiere», siguió Estela.

«¿Y el tema de viajar a Senegal? Hace rato que le vengo diciendo que si no viene, vamos a ir nosotras», le pregunté. «Decile que más adelante, cuando sea grande, va a ir. Eso le va a quitar ansiedad. Bajalo a la tierra. Les va a hacer bien a las dos», agregó.

Todo cierto. A veces las soluciones son tan sencillas que asombran.

Me fui de la plaza con la certeza de la revelación y una alegría enorme que continuó durante el primer día de primer grado de mi hija y sigue hasta ahora. El fantasma no se fue aún pero ya sé cómo empezar a abrirle la puerta para que se vaya de una vez por todas.

No creo en las casualidades. Sé que la vida te pone a veces en el camino personas que te abren los ojos. No es la primera nebulosa en mi historia. Tuve varias, muchas muy profundas. Pero un día, como magia, sentís que algo ya nunca va a ser lo mismo. Y vuelve otra vez a aclarar.

¿Querés saber cómo se conocieron mis papás?

Desde bebé vengo contándole a Eva quién es y cómo conocí a su papá. Le vengo hablando con palabras sencillas de la decisión profunda, alocada y consciente que tuvimos una mágica noche de verano de traerla a este mundo. Siempre le hablé bien de Amadou, siempre le aclaré que -aunque nunca había estado físicamente con nosotras- iba a quererlo toda la vida porque había sido «el» hombre elegido para cumplir mi sueño. Que por él, también, ella estaba acá.

Fue un camino lento de explicaciones que sigue su curso. Al principio, muy chiquita, ella me escuchaba con sorpresa. Me preguntaba a media lengua dónde estaba su papá. Unos años después, cerca de los 4, avanzó preguntando por qué no venía a Buenos Aires. Primero con tristeza, después más entera le fui respondiendo con la verdad traducida en dos palabras: «No pudo».

Eva ya tiene casi 6 y hace unos días mis explicaciones explotaron en un relato propio, como bomba y sin esperarlo. Todo queda guardado en la memoria, sí. Lo que decís o lo que callás.

Sábado de sol de verano otra vez. Estábamos con una amiga, psicóloga de niños. Volvíamos de jugar en la plaza y mi hija le habló en tono de confesión: ¿Querés que te cuente como se conocieron mi papá y mi mamá?

Nos quedamos petrificadas. Ella estaba por estacionar y nos miramos sin saber bien qué se venía. Eva arrancó con vehemencia: «Mamá venía caminando por una calle y papá por la otra y se encontraron. Fue en Grecia. Mamá se quedó impresionada cuando vio a papá (hizo la cara que alguna vez yo le hice cuando le conté cómo fue) Se enamoró. El también. Después, vivieron un tiempo juntos y nací yo»…

-«Fue así», confirmé tímidamente.

Ella siguió.

-«Después papá no pudo venir porque no tiene plata. Pero si él no puede venir, vamos a ir con mamá. O nos va a mandar los pasajes de avión desde Africa».

Fin del cuento. Nuestra historia resumida en 5 minutos.

Ya de vuelta y después de cenar, plasmó el relato en un dibujo. Ahí estábamos él y yo, yo y él en una esquina y después ella bebé. Los tres. El último cuadro tenía un pulgar hacia arriba y una cruz. Señales quizá de un final abierto. Nadie por ahora puede vaticinar el futuro.

-«¿Es sano lo que contó?- le pregunté ni bien pude a mi amiga cuando Eva se puso a jugar.
-«¿Lo contó por primera vez?»
-«Sí, fue la primera vez».
-«Sí, es muy sano. Los niños plasman en palabras lo que primero procesan. Ella fue procesando todo lo que le fuiste contando y ahora pudo decirlo. Preparate porque van a venir otras etapas con nuevas preguntas y nuevos pensamientos», me dijo.

Unos días después, volvimos a hablar solas del tema. Una imagen de Atenas bajo la nieve trajo el pasado de vuelta. Nos metimos en google maps y con el hombrecito que te permite ver más allá llegamos a la esquina en la que nos conocimos con Amadou.

-«Viste lo que te conté del primer encuentro con tu papá? Bueno, fue ahí».

Volver al exacto lugar me conmovió a mí también. Reviví con ella ese momento. Subí imaginariamente al Monte Filopapos donde nos agarramos la mano por primera vez. Después, nos trasladamos al hotel en donde con su papá nos declaramos amor eterno. «Quiero ver al hotel por dentro, mamá», me pidió Eva y avanzamos. Ahí estaban también la habitación y un balcón parecido al que pasamos noches enteras hablando y deseando que ese momento juntos no terminara más.

Hace unas horas llamó Amadou para ver cómo andábamos. No detiene su presencia-ausencia, su huella. Mientras tanto, sin él, con Eva seguimos armando nuestro camino. Yo también fui entendiendo y procesando con y como ella muchas vivencias con el tiempo.

Algo no cambió. Sigo respondiendo con la verdad. Le propuse armar por primera vez una vacaciones solas a fines de febrero y me devolvió una contrapropuesta. «Ahorremos mamá así vamos a ver a mi papá»