El primer final

* viene del post anterior

El pasaporte… ¿Qué haría? Podía esconderlo en un cajón y denunciar la supuesta pérdida. El trámite duraría meses que ella podía aprovechar sin calendarios con Gallace. La tentación era altísima. Su deseo pujó con su mente y corrió bruscamente la idea de su cabeza. Se propuso vivir. Las horas con él pasaban rapidísimo incluso si no hacían nada. Amanda adoraba sentarse sobre sus piernas y mirar el horizonte. Nada era eterno pero lo iban a intentar.

Una mañana se vieron reflejados en el agua del Egeo. El le contó que en su cultura el agua borraba todas las heridas. Limpiaba y sanaba. Cada contacto con ella era algo así como renacer. Gallace ponía todo en manos de Dios. Ese Dios sin religión que los había unido. Respetaba a Amanda y su catolicismo no practicante. El si creía y mucho. Llevaba un collar con la foto de Ahmadou Bamba Khadimou Rassoul. Era como su rosario. Se lo sacaba solo para dormir pero conservaba alguna estampita cerca como señal de protección.

Una tarde tomaron retsina, un vino blanco griego poderoso que los dejó en el limbo y los llevó al sincericido. ¿Cómo va a seguir nuestra historia? Lagrimearon juntos sentados en un banco frente a la playa pero confiados en el destino. Los dioses espirituales y los pasionales se habían materializado en ellos. Estaban de su lado. No los iban a abandonar.

Una noche imaginaron por primera vez a sus hijos «coffee and milk» y una vida dividida seis meses en Buenos Aires y seis meses en Dakar. Amanda nunca había hablado de hijos con otra pareja. Esta vez estaba convencida. No hacía falta pensarlo tanto. No iba a escapar de Gallace aunque el ticket de vuelta a Buenos Aires tenía fecha y hora. El primer final estaba cerca. Era irremediable. Los dos tenían que volver a sus estructuras para seguir delineando el plan para no separarse más.

«Juntemos los papeles. Yo los pido a mi gente en Dakar y vos en Buenos Aires. Preguntemos cómo tenemos que hacer en las embajadas y nos casamos en Atenas. No tendría que ser tan difícil», reflexionó Gallace los días previos a la partida. «Dale, yo me ocupo de buscar algún templo. Puede ser ese chiquito que nos cruzamos en Perikleous, la calle principal», propuso Amanda. «Sí, o en algún registro civil. Hay que ver cuál está abierto por el tema de la crisis», avanzó él. Atenas estaba como en una guerra. La crisis económica se sentía en el aire, en sus calles, en sus pobres y en sus protestas en la Plaza Sintagma. Amanda y Gallace, pese a todo, se esperanzaban pensando en el futuro. Confiaban en él.

El día del despegue (el primero de muchos) fue desolador. Gallace le dio el amuleto que lo había acompañado desde niño. Ella le regaló su enorme maleta. Quería desprenderse de lo material y que a su vez fuese un puente de nuevos viajes que los unieran. Puso en sus manos la misión de rezar. El rezó durante casi una hora mientras ella lo acompañó llorando hasta quedarse sin lágrimas ¿Iban a verse otra vez? Después, se hizo la fuerte a la hora de darse el último beso. No quiso darse vuelta cuando él se subió al taxi y ella cruzó la barrera entre el sueño y la realidad al entrar al aeropuerto Eleftherios Venizelos.

El corazón en la mano

*viene del post anterior

Con cada paso que daba, Amanda vivía instantes de felicidad. La decisión de cancelar el billete de avión a Mykonos la hizo cruzar definitivamente todas sus barreras. Dejaba atrás la razón.

Salió del hotel Achillion y sintió que volvería pronto. Se despidió de los conserjes con esa intuición ¿Sería su casa en Atenas? Rumbo adonde creía que había estado la noche anterior y siguiendo las indicaciones de Gallace, le deletreó al taxista griego lo que recordaba: «Platia Amerikis». Allí la llevó el hombre en silencio ¿Se perdería otra vez, ahora con su maleta? ¿Sería todo una ilusión? ¿Cómo seguiría su caminno?

En el medio de una plaza que le resultaba conocida, identificó a unos metros la entrada del departamento de Gallace. Tocó el timbre en el piso que él le había dicho. Todo se veía distinto iluminado por el sol. Una voz le dijo que Gallace estaba bajando. Sintió una taquicardia repentina y nerviosa. Cada encuentro con él la ubicaba en un lugar de altísima vulnerabilidad.

Gallace apareció con su sonrisa amplia y sus pasos largos por el hall. Envuelto en ropa colorida africana y con un turbante en la cabeza, la invitó a entrar. Amanda amó su estilo, todo él. Terminaron de armar juntos su maleta y partieron, desbordados como dos adolescentes que apuestan al riesgo confiando en el destino.

En la terminal de cruceros de El Pireo los volaba el viento. Sonrieron y festejaron el inicio de la aventura.

El viaje a Mykonos duró varias horas sin sobresaltos. El paisaje era perfecto. Aprovecharon para hablar de la vida, del amor, de Dios, del pasado y del futuro pero sobre todo del presente. Emprendían una hazaña común en la que se sentían invencibles.

El volvió a cantarle como en la colina Filopappo pero frente al mar Egeo en su infinito azul. Le contó que había escrito aquella canción para un disco con su banda. Amanda compartió la música que tenía guardada en su mp4. Sonaba «I m´yours» de Jason Mraz. «No sé si esto es un sueño. Pellizcame fuerte», bromeó. Gallace se deslizó como una pantera hacia su presa. En su interior pujaban la pasión y sus principios musulmanes. Pelearon amorosamente en proa y rieron profundo. Con culturas tan distintas, se habían encontrado también en la ironía.

Amanda registraba todo como un tesoro infinito. Sabía que después esos momentos iban a ser como fotos imborrables en su carrete emocional. El viento en la cara, Gallace y sus manos fuertes. Gallace y sus convicciones. Gallace y su claridad. Tenerlo cerca la dejaba sin respiración y a su vez la llenaba de aire. Era un estado único para ella.

En Mykonos llovía. Dejaron las maletas en la habitación y se lanzaron a la piscina blanca y celeste de la posada.

Todo era del color del cielo en Mykonos. Amanda salió con su liviana bikini turquesa. Posó desatada para la foto que le pidió Gallace frente a una mirada que la perforó en todos los sentidos. Se sentían como dioses solos y con viento a favor. «Estás muy linda pero un poco desnuda. En mi cultura las mujeres van más tapadas», dijo él tajante. «En mi cultura, hay mucho prejuicio y los que tienen que ver con el cuerpo los viví todos. En este momento mi alma es libre. No me quiero tapar más», contrarrestó ella. El entendió respetuosamente. Lo habían puesto en palabras en el barco: sus diferencias no iban a ser un obstáculo sino un aprendizaje.

Minutos después, con la tarde cayendo sobre el mar, Amanda volvió a agradecerle a los dioses y a la vida. Incluso le salió un grito al cielo como plegaria desde el balcón del cuarto. No podía ser más feliz. Fue el instante en el que decidió dar otro paso: avisó a su trabajo que no iba a volver por un largo tiempo. Que iba a tomarse todas las vacaciones pendientes. Era imposible detener el huracán.

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

La puerta a otro mundo

* viene del post anterior

El encuentro en la casa de los primos de Gallace fue la puerta de entrada a otro mundo. La llave la tenía él y Amanda cruzó el umbral. Aquella noche de Verano probó por primera vez el dulcísimo té senegalés. También comió un arroz especiado increíble del mismo plato de la familia de Gallace. Con el tiempo, cerraría los ojos y volvería a sentir aquellos sabores y olores de Africa.

Había algo en ese ritual compartido que la unía a ellos invisiblemente ¿Por qué se sentía tan cerca? Los vio rezar inclinados, al ras del piso. Los escuchó hablar con una cadencia veloz durante largas horas. Las palabras tenían un movimiento poderoso frente a sus cuerpos fuertes y detenidos. Gallace no era invasivo. La dejó conectarse con lo nuevo con absoluta libertad. No había nada que ocultar. Amanda había entrado a otro mundo con una sorpresa y una alegría que le recordaban a su niñez.

Su infancia había sido la única etapa en la que se había sentido libre y feliz. Después, desde su temprana adolescencia, el camino de la responsabilidad y la perfección la había desviado de su alma. Como adulta, lo suyo era estar forzosamente con los pies sobre la tierra. Sus alas y su corazón pujaban con su mente a cada instante. Era su pelea medular. Cuando afloraban los sentimientos y las emociones era como una explosión: no tenía límites.

Su alma estaba en Atenas. Mirarlo a Gallace le hacía perder el control. «Ya es hora de irme», le susurró al oído cuando ya la noche era otra vez madrugada. En el pasillo de la casa solo se escuchaban voces en wolof, risas y música. El la frenó con un beso irresistible. «No te vayas», le pidió y la llevó con ternura a uno de los cuartos. La sentó sobre la cama y empezó a decirle lo que sentía. Ya estaban jugados. Las barreras se caían.

Los dos detuvieron el deseo. No era lo que habían acordado. El puso todo en palabras. «Quiero todo con vos aunque recién nos conocemos. No sé cómo explicarlo. Verás que no es una cuestión de virilidad pero no soy así», deslizó convencido. Ella también lo estaba. Habían vuelto emocional y sentimental al principio de todo en sus vidas. Transitaban el amor desde cero.

Durmieron abrazados. Se despertaron varias veces para seguir conociéndose. Amanda recordaría para siempre el olor de su piel. Se había metido en ella como un embrujo.

Con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana, ella se cambió y él la acompañó en lo que parecía ser la despedida. Amanda iba callada y triste ¿Había llegado el final? ¿Iba a dejar que lo que sentía cayera al abismo de la cobardía? Estaba por subir a su taxi cuando Gallace se arrojó al vacío y lanzó: «Mañana te espero acá y nos vamos en barco a Mykonos. Cancelá tu avión ¿Qué decís?»

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

«Si querés sexo, podés irte»

*viene del post anterior

Como un presagio, Amanda se despertó tarareando la canción de Gallace. El paseo en crucero le resultó encantador pero eterno. Conoció a una pareja de argentinos -como ella- a los que les contó del encuentro de las últimas horas. La contuvieron. En el medio de un mar de ensueño, Amanda solo quería bajar del barco para probar si detrás del papel y el número con característica de Senegal volvía a escuchar aquella voz.

Ya en tierra, la chica argentina le prestó su celular para hacer más corta la espera. El sonido de su voz tardó segundos en aparecer. Allí estaba otra vez Gallace armando un plan para la noche. «Temí que no me llamaras -deslizó- Nos encontramos en la esquina de ayer. ¿Te parece? A las 9 en punto», propuso.

Ni bien pudo, Amanda corrió a prepararse como si fuese la primera cita de su vida. Después, trepó a un taxi hacia el reencuentro: la hora había pasado volando. Esta vez llena de nervios buscó «la» esquina. Recorrió los caminos de la noche anterior. Volvió a perderse. Le pidió claridad a la Acrópolis. Después de mil vueltas, encontró el lugar. Ya eran casi las 10 ¿Y si él se había ido?

En la esquina no había nadie. «Al menos sé dónde encontrarlo», se tranquilizó. Sus pensamientos se vieron atravesados por la realidad. De adentro del restaurante donde 24 horas atrás habían dado las primeras señales de acercamiento reapareció Gallace, más bello aún que la noche anterior.

Amanda sintió que se le paralizaba el corazón. Temía que el hechizo se rompiera. En los segundos que tardó él en llegar hasta ella, la acechó su baja autoestima. Siempre había sido muy insegura y lapidaria con ella misma. Oscilaba entre sentirse la más bella y la menos deseada del planeta. ¿Y si Gallace se arrepentía?

La duda se esfumó con su mirada. «Pensé que no ibas a venir. Me estaba por ir», lanzó él. «Me volví a perder», susurró ella. Sin mediar distancias, él le agarró la mano. «Vení. Te voy a presentar a mis primos ¿Querés?», preguntó. Amanda no dudó. Sintió que por fin estaba decidiendo su corazón.

Al hueso

Nunca iba a olvidar esas cuadras caminando de la mano. En el trayecto sentaron las bases del vínculo. El fue directo: «Si querés sexo, estás a tiempo. Podés irte», disparó. El impacto hizo que ella recalculara su eje. Estaba sobre las nubes y bajó a la tierra. Su sentencia la tranquilizó. Estaba a salvo desde el principio. Era sincero.

Gallace le contó en pocas palabras las guías de su vida. No le tenía miedo a la soledad. Había estado solo durante muchos años. No estaba desesperado buscando un amor. Sabía que iba a aparecer en el momento justo. Confiaba en el destino y sobre todo en Dios. El iba a indicarle a la mujer indicada en el momento exacto. No quería sexo efímero. «Muchas mujeres nos buscan a los hombres negros para tener sexo. No me interesan ese tipo de mujeres. Hace cinco años estoy solo. Por eso, te repito: si querés sexo, andate», reforzó.

Amanda quería quedarse eternamente. Su vida había sido radicalmente opuesta a la de Gallace. Se había involucrado a medias en relaciones sin futuro para no estar sola. En este caso, ¿qué iba a hacer? ¿Qué pasaba con su reloj vital ansioso que marcaba rápidos principios y finales? ¿Qué pasaba con su hastío cíclico de las relaciones amorosas -recientes o añejas-, ese aburrimiento que la hacía partir antes de tiempo de los vínculos para que la situación no perdiera su brillo?

Recordó que en horas tenía un avión programado a Mykonos. Como un karma, siempre tenía que irse pero desprenderse de Gallace iba a ser imposible. En ese tiempo sin horas, en cualquier tiempo. El destino los había cruzado a miles de kilómetros de sus ciudades natales ¿Sería todo obra de Dios, como creía Gallace? ¿Qué Dios los había unido bajo las estrellas de Atenas?

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

Desde el Monte de las Musas: «Nos vamos a volver a ver»

-¿Qué necesitás?, preguntó él en inglés.

Corría un viento embriagador en la colina Filopapos de Atenas. A lo lejos, la Acrópolis iluminada le ponía el manto mágico a la noche. Como una postal de cuento, él cantaba con su voz rasposa de blues mientras ella, extasiada, lo escuchaba. Nunca había sido católica practicante pero en ese instante le habló a Dios. Le dijo que podía llevársela en ese momento, no le pondría obstáculos ¿O acaso estaba en el cielo ya? En el Monte de las Musas, los griegos despedían la semana y ellos se entrelazan con palabras. Por primera vez.

«¿Son pareja?», preguntó uno de los adolescentes griegos que se había acercado a escuchar al hombre de las rastas. Sonrieron los dos. «Nos acabamos de conocer», contestaron casi al unísono. «Entonces lo van a ser», presagió el chico, irreverente. Ella se conmovió. Algo le decía que iba a ser así aunque habían pasado apenas un puñado de horas. Sabía poco del desconocido. Se llamaba Gallace y era de Dakar.

Eso le había dicho en la esquina en la que se habían cruzado por azar. Amanda se había lanzado a una aventura nocturna por las calles del barrio de Plaka y se había perdido. Todo era nuevo para ella pero no tenía miedo. En esa experiencia única de perderse sin rumbo, se topó con él. No hizo falta hablar demasiado. Minutos después habían decidido trepar la colina agarrados de la mano.

Amanda sabía solo de correr contra el tiempo o a su par. Hacía años que se había dado cuenta de que era una carrera infinita para llenar ilusoriamente el vacío que la perseguía desde pequeña. Había elegido la profesión indicada. El periodismo la llevaba a transitar todo el tiempo situaciones nuevas. La adrenalina nunca paraba en un laberinto de preguntas y de respuestas que empezaba, terminaba y volvía a empezar. No podía detenerse y en ese continuado había encontrado la fórmula para perderse.

Gallace la enfrentó con otra lógica ¿El tiempo podía correr por otro andarivel? Algo se había detenido en la colina. Amanda se sentía en una burbuja que ella misma se obligó a romper cuando recordó que al día siguiente tenía programada una excursión en crucero por el mar Egeo. «Me voy», lanzó sin ganas. «¿Tan rápido?», respondió Gallace. Serían las 4 de la madrugada pero no lo sabía porque no llevaba reloj ni celular.

Los adolescentes griegos los acompañaron como un cortejo al metro. Ellos iban como levitando. Amanda chequeó infinitas veces el papelito que Gallace le dio con su número de teléfono. No quería perderlo en el sentido más profundo. «Nos vamos a volver a ver», aseguró él como escuchando sus miedos cuando se separaron en la estación Omonoia a metros del hotel Achillion donde ella se hospedaba. Amanda entró a la habitación y apenas pudo dormir. Sonaba en su cabeza la canción de Gallace en el Monte de las Musas.

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

“Si tuviera otro hijo, lo tendría sola porque es lo que elegí”

Aurora llora despacito. Su vocecita se filtra por el teléfono mientras Romina la calma. Aurora tiene solo 9 meses. Nació en enero meses antes de que el coronavirus paralizara al mundo. Es la más pequeña de la familia y el nuevo amor de Amparo, su hermana mayor de 7.

Romina habla de ellas con el orgullo y la felicidad de una mujer plena. El camino no fue nada fácil pero estuvo motorizado por un deseo poderoso como el sol. “Siempre quise ser mamá. Mi deseo nació desde muy chica. Después, los hombres que llegaron a mi vida no compartían ese deseo tan profundo y tampoco fueron hombres con los que quería compartir mi vida así que avancé sola”, le cuenta a MUM.

Amparo nació por fecundación in vitro y Aurora por inseminación artificial. Los procesos fueron larguísimos, llenos de luces y sombras. En su historia, también hubo pérdidas muy dolorosas -perdió tres bebés- pero siguió con valentía y ganó la vida.

“A mí no me obligaron a elegir. Yo elegí, elijo y volvería a elegir crear una familia monoparental. No me imagino otra vida. Es la vida que quiero. Somos felices”, comparte.

– ¿Cuándo y por qué decidiste ser mamá que cría sola por dos?

– Desde siempre supe que iba a tener más de un hijo, pero quiso el destino caprichoso darme un camino hacia la maternidad muy cuesta arriba. Mi primer embarazo después de tres tratamientos de fertilidad me dio dos hijas, Constanza y Amparo. Hace 7 años, en cuestión de minutos me convertí en una madre del cielo y la tierra. Sólo Amparo se quedó conmigo, y desde otro lugar Constanza, nuestro ángel. Ser madre era lo que había soñado toda mi vida y estaba viviendo lo más maravilloso y mágico que jamás pude imaginar y al mismo tiempo lo más terrible de todo. Hoy puedo decir que la maternidad colmó todas mis expectativas. Vivo en un estado de enamoramiento inexplicable. El deseo inmenso me empujó a volver a empezar.

– ¿Cómo fue el proceso hasta quedar nuevamente embarazada?

– Tuve que rearmarme para seguir adelante. Corría el 2017 y sentía que no podía sufrir más. Necesitaba saber el porqué de mis pérdidas (con un reposo de seis meses, Romina había parido a Lisandro sin vida). Entre análisis y estudios, fueron llegando algunas respuestas: resistencia a la insulina, hipotiroidismo, trombofilia e incompetencia cervical. Con los diagnósticos se fueron renovando las ganas, los sueños, el deseo. Así volví al centro de fertilidad con la esperanza en el alma. Los tratamientos de fertilidad de baja complejidad no funcionaban. Sin mucho pensar y por recomendación de mis doctores pasé a los tratamientos de alta complejidad y llegó así el positivo. En la primera ecografía vi que eran mellis. Tuve una felicidad absoluta hasta la semana 12 que uno de los bebés dejó de crecer. Así reviví por tercera vez el dolor más terrible de todos. Hecha pedazos seguí adelante con reposo, progesterona, heparina y muchos miedos, muchísimos. Pero también muchísima más esperanza. En la semana 39 nació Aurora, un nuevo amanecer. Llegó para duplicar el amor y la felicidad.

– ¿Te afectó la pandemia?

– La pandemia me encontró en pleno puerperio. Alcanzamos a irnos de vacaciones, con Aurora de un mes, arrancamos las clases y de un día a otro, todas adentro. Al principio fue difícil, toda una adaptación, ahora ya estamos acostumbradas. Le vamos buscando la vuelta para que sea lo mejor posible.

– ¿Quién te acompañó en esta nueva etapa fundamental de tu camino?

– Al principio preferí vivir el proceso en soledad. En el camino pude contar con amigas de fierro que me bancaron emocionalmente y me ayudaron cuando las necesité. Otra ayuda real me la dio mi hermana. Siempre digo que se puede tener la mejor predisposición, que muchos prometen ayudar pero son muy pocos los que realmente están ahí cuando se los necesita.

– ¿Cómo te arreglás económicamente sola con todo?

– Soy muy organizada y responsable. No me sobra y no tenemos lujos pero no nos falta nada. Mis hijas tienen todo lo que necesitan.

– ¿Cómo estás hoy?

– Muy feliz. Tengo mis momentos, como todo el mundo: la maternidad, la casa, el trabajo, hay que aprender día a día, adaptarnos según la circunstancias.

– ¿Cómo hacés con dos?

– Ser madre es mi sueño hecho realidad. Maternar es lo que soñé toda la vida. No niego el lado B: las noches sin dormir, el cansancio, los caprichos, las clases virtuales que tanto me enloquecen, las cosas de la casa… Frente a todo, puedo decir que la maternidad es mágica y tiene ese no sé qué que hace que a pesar de que sea caótica y complicada, una la vuelva a elegir porque es maravillosa.

– ¿Cómo ves la posibilidad de tener una pareja? ¿Lo pensás?

– No fantaseo con eso, ni busco, pero si llegara alguien que realmente valga la pena tal vez le diera la oportunidad. Sinceramente no me interesa. Amo y elijo ser familia monoparental.

– ¿Qué mensaje le das a las mujeres que quieren ser mamás y no tienen una pareja?

– Que si su deseo viene del corazón no lo posterguen, que aún con miedo lo hagan igual. La maternidad es felicidad y merece ser vivida.

Cuando Papá decide no estar II: la historia de Rocío y Gedeón

* Por Rocío Chazarreta

Mi nombre es Rocío. Fui mamá soltera desde el día 1. Tengo un hijo llamado Gedeón. Vivo en Berazategui, zona sur del Gran Buenos Aires. Volviendo al inicio de mi historia, a mis 17 años de edad conocí en mi barrio a un hombre llamado Gedeón de origen camerunés, de 31 años de edad. Nos cruzamos en dos oportunidades en mi zona e intercambiamos nuestros números de teléfono. Así arrancó con nuestra relación.

Con respecto a la comunicación, era de poco hablar. Yo trataba más que nada de preguntarle por su familia. Me contó que tenía una hija, en ese momento de unos 10 años, que vivía en París. Ya en junio de 2005, con 18 años recién cumplidos, me enteré que estaba embarazada. Ya de por sí él contaba con varias líneas telefónicas así que la comunicación no era tan fluída.

Después de una semana de haberle escrito y de no recibir respuesta lo encontré en el camino y le comenté que estaba esperando un bebé. Con miedo a su respuesta, pensé lo peor. Pero fue todo lo contrario. Me preguntó qué pensaba hacer al respecto y yo más que segura le contesté que lo pensaba tener. Así que, con él sin oponerse, seguimos adelante.

Teníamos más comunicación telefónica pero nunca coincidimos para que él me acompañe a mis controles. En ese momento, yo estaba trabajando para una casa de familia y, gracias a la obra social de mi papá, podía atenderme sin inconvenientes. Tuve a mi hijo el 17 de enero de 2006, un mes antes de la fecha de parto en una clínica de Quilmes.

LAS PRIMERAS AUSENCIAS

Ahí empezaron los inconvenientes. Venía poco. La continuación no era contínua y la plata tampoco. El había perdido el interés. Siempre que lograba comunicarme, tenía una excusa nueva. La verdad era muy triste y, al tener un amplio margen de edad, siempre él ganaba y yo terminaba creyendo su situación.

Después de tres meses, retomé mi trabajo. Económicamente venía para atrás. La situación nuestra estaba cada vez peor. Trataba de remarla sola. Perdí todo tipo de comunicación y a los seis meses de mi hijo él apareció de la nada con una bolsa de pañales y un cochecito de bebé último modelo diciendo que se había ido a Francia. Que no podía conmigo…

Dada mi situación económica, anoté a mi nene en un jardincito del Estado, un lugar divino con maestras buenísimas. Pero no coincidía con el estatus social que él aparentaba. Al principio él lo rechazó.

Me puse de novia con otra persona y ahí corté un poco el vínculo afectivo. Teníamos comunicación solo de padres, alguna que otra reunión en el jardín, la cuota de alimentos que era de palabra porque no cumplía, las consultas con los médicos… Yo le pasaba el parte semanal o mensual dependiendo de la relación. Así fue la relación siempre.

A medida que Gedeón fue creciendo tenían más comunicación entre ellos. Mi nene siempre esperaba que él venga contando los días. Me preguntaba un millón de veces por qué el papá no venía. Yo siempre cubriendo esa falta diciendo que su papá vivía medianamente lejos, que trabajaba, que no podía dejar el trabajo de un día para otro…

El ya estaba instalado en Paraguay. Así que en 2010, charlando con Gedeón donde podíamos ir de vacaciones, se me ocurrió decirle Bariloche y que, sino, podíamos ir a visitar a su papá. Sin pensarlo, organizamos y emprendimos el viaje a Paraguay. Mi nene estaba súper emocionado. Hablamos con su papá y al no tener el permiso, quedamos en viajar a Clorinda, Formosa, que él nos esperaba ahí para pasar a Paraguay. Y así fue. Estuvimos unos 10 días en su casa, Para mí hijo fue su mejor viaje y para el padre de mi hijo fue una de tantas demostraciones de amor en su máxima expresión de nuestra parte porque a pesar de toda su irresponsabilidad acarriada por años yo vi la necesidad de mi hijo, con hijos de por medio, no había cambiado nada, mantenía su vida de soltero. Así pasaron los años y yo fui perdiendo el interés de contarle todas las vivencias y circunstancias que iba pasando su hijo que fue item número 1 en nuestra relación. Hasta me había arrepentido de haberle dado ese lugar tan importante como papá.

APARICIONES Y DESAPARICIONES

En octubre de 2019, con Gedeón cursando el segundo año de secundaria, decidió venir después de tantas promesas. Llegó hasta su escuela para darle una tremenda sorpresa. A la vista de todos, se notó la necesidad por la que pasó siempre mi nene. Su presencia no era solo importante de mi boca para afuera como mamá sino desde lo más profundo de su coranzoncito.

Con solo verlo, se puso a llorar delante de todo el colegio. Seguramente en la cabeza de esa persona adulta de 46 años, con problemas de presión alta desde siempre, iba cayendo lo que durante 13 años le fui diciendo de la importancia de su presencia, que lo que siempre le dijo no era para molestarlo ni para hacerlo sentir mal sino que hay que ponerse en el lugar del niño. Que ellos sufren, que ellos esperan y que ellos son nuestra responsabilidad. Que el trabajo era compartido, no era un capricho mío. En ese viaje que hice, logré que me firme el permiso de viaje de Gedeón para poder sacarlo del país.

Siempre fui muy sensible así que este tipo de crianza que me tocó afrontar sola la sufrí y la lloré por años.

UN FINAL INESPERADO

Hablamos durante mucho tiempo en el que que traté de priorizar el crecimiento de Gedeón pero no hubo tiempo. El 19 de febrero del 2020 recibí el llamado de un familiar mío comentándome que en el perfil de facebook del padre de mi hijo la gente había comenzado a despedirse de él. Una noticia que jamás se me cruzó por la cabeza tener que decirle a mi hijo que su papá había fallecido. Así es que recibí un montón de llamados de su gente. La noticia era real. Había fallecido de muerte natural por los antecedentes cardíacos que tenía.

En ese momento se me desmoronó el mundo completamente. Venía de trabajar sin parar de llorar pensando cómo decirle a mi nene de la manera menos dolorosa que su papá se había ido al cielo. No podía aguantar mis lágrimas. Al verlo hice tripa corazón una vez más y logré decirle. El llanto de mi hijo fue lo peor. Saqué fuerzas de donde no tenía y le expliqué que siempre fuimos nosotros dos, así que íbamos a seguir siempre para adelante. Que su papá tenía un problema de base que no había resuelto y que su corazón no lo soportó. Que estaba acompañado por Dios y que más no podía hacer que ir a despedirlo a Paraguay. Sin un centavo, solo con los pasajes que sacamos a pagar, el 21 de febrero emprendimos viaje para cerrar un vínculo que ya no pertenecía a esta tierra, quedando en la mente de mi hijo los pocos recuerdos con su papá.

JUNTOS, SIEMPRE

Nosotros seguiremos luchándola, los dos juntitos como siempre hemos estado. Ya con Gedeón de 14 años, una edad muy complicada, estoy más atenta a sus cambios, a sus necesidades, abriendo los ojos a 360 grados, dejándolo crecer y acompañándolo en sus proyectos como terminar el curso de barbero y tratando de que arranque con la lectura de los libros de finanzas porque su objetivo, al finalizar el colegio, sería encarar una carrera basada en Economía.

Cuando Papá decide no estar I: la historia de Ana y Falu

*Por Ana Parlapiano

Me llamo Ana, tengo 31 años, vivo en la provincia de Buenos Aires, soy maestra jardinera y mamá soltera. Desde entonces mi vida es caóticamente hermosa. Mi pequeño tiene 4 años y se llama Falu.
En mis tiempos libres amo bailar salsa, tocar la guitarra, escribir, leer y trabajar con mi blog de viajes.

Les quiero contar un poco mi historia. Les puede servir a muchas mamás que, como yo, se pusieron la responsabilidad al hombro y enfrentan solas cada día el desafío de la maternidad. A ellas quiero transmitirles este mensaje que ojalá pueda motivarlas a seguir adelante en medio del caos y la complejidad de la crianza, incluso cuando el papá no las acompañe. Esta es mi historia…

UN AMOR A TODO COLOR

En uno de mis viajes a la ciudad de Mar del Plata, mientras visitaba a una amiga, conocí al papá de mi hijo, un senegalés que llevaba alrededor de un año viviendo en el país. En los primeros meses se dedicó a la venta ambulante, caminando con sus relojes y cadenitas desde la Popular hasta Playa Grande mientras hacia un enorme esfuerzo por aprender a hablar español. Tiempo después consiguió atender el puesto de un amigo suyo hasta que finalmente logró tener su espacio propio en uno de los shoppings más reconocidos de la ciudad.

En Dakar había dejado un hijo, seis hermanos, padre, madre y al resto de su familia con quienes mantenía un contacto muy estrecho, a la distancia. Amaba las historias que me contaba, sus vivencias, su forma de vida, sus sueños, la nostalgia y el amor que sentía por su tierra cuando la recordaba.

Nuestras charlas eran muy profundas a pesar de los problemas que enfrentábamos con el idioma. El habla francés, que es el idioma oficial de su país, Wolof su lengua materna y también español, aunque muchas veces entendernos fue todo una hazaña.

Tuvimos que aprender a respetar nuestras diferencias culturales y religiosas más allá de los prejuicios; él musulmán y yo cristiana, por lo que había un abismo entre nosotros pero esas son cosas que los corazones enamorados no pueden ver.

A su lado, me sentía feliz y segura. Admiraba su fortaleza, tal vez eso fue lo que me atrajo de él y sin jamás haberlo imaginado, nos sumergimos en una historia de amor que aunque haya sido breve fue muy intensa.

LA NOTICIA QUE NOS CAMBIÓ LA VIDA

Al poco tiempo quedé embarazada y ya teníamos pensado el nombre del bebé pero no teníamos decidido dónde íbamos a vivir. Tras varias idas y vueltas, acordamos que esperaríamos el nacimiento para luego casarnos y convivir en familia.

Uno de los momentos más especiales que recuerdo fue un día que caminamos juntos por las playas del torreón y allí decidimos contarles la noticia a nuestros amigos con un corazón que él dibujó en la arena.

Soñé mucho con ese momento tan especial, con mis casi 28 años iba a ser mamá por primera vez y tenía muchas ilusiones con lo que estaba viviendo.

EL CHOQUE CULTURAL

La frase “Todo puede cambiar de la noche a la mañana” nunca fue literal. De pronto me sentí como en el cuento de la Cenicienta, cuando sonaron las campanadas de las doce y toda la magia acabó; la carroza de cristal se estaba convirtiendo en una calabaza.

Así me sentí una noche, con casi cinco meses de embarazo cuando me enteré que el hombre con el que esperaba un hijo era casado. En el islam está permitida la poligamia y es una práctica muy común, el primer matrimonio suele estar arreglado por los padres y es utilizado como alianza entre dos familias por cuestiones culturales.

Su primera esposa era la madre de su otro hijo y, aunque estaba en Senegal, no tenían planes de divorciarse. Para él todo eso era muy normal. Traté de entenderlo, hablamos mucho y lloré porque me di cuenta que ese era el final de nuestra relación: yo no podía aceptar ser la segunda esposa de un musulmán, aunque ella estuviera en otro país.

De pronto fui consciente de que no tenemos asegurado el futuro y que nadie tiene comprada la felicidad al lado de nadie. Que a veces ni siquiera la llegada de un hijo puede cambiar el destino.

Acariciaba mi panza y le pedía perdón a mi bebé porque todavía no había nacido y ya no le podía garantizar una familia como él se merecía. Me sentía decepcionada y allí se desmoronaban mis sueños.

“Ser mamá soltera jamás fue mi elección”. Admiro mucho a quienes lo eligen y se sienten capaces para enfrentarlo, pero ese no era mi caso. Me sentía fatal. El me prometió hasta el cansancio que jamás abandonaría a nuestro hijo, independientemente de los caminos que tomara nuestra relación. Si bien nuestra relación aún agonizaba, luchaba contra el viento para cambiar mi realidad y tenía ilusiones de que algo pasara.

MOMENTOS DIFÍCILES

Una mañana estaba en un control de rutina cuando algo salió mal en la eco. Al parecer había un problema en el cerebro del bebé. Recibí un posible diagnóstico que solo podrían confirmar cuando naciera. Mi corazón se paralizó en ese momento, no me lo esperaba.

Estaba llena de miedo y de angustia pero no podía rendirme. Yo no sé en esos momentos de donde saqué valor pero no niego que en mi desesperación busque a Dios, le pedí su ayuda, su calma, su paz. Imploré como nunca esperando un milagro. Y transité ese último mes con ilusiones y esperanzas y me dispuse a disfrutar como nunca del tiempo que nos quedaba siendo uno con mi bebé.

Desde el principio sentía que iba a ser un varón, nunca lo dudé. Pero moría de ganas por saber cómo sería su carita, su color de piel, sus ojos… Sentía sus pataditas, escuchaba su corazón latir, lo acariciaba, le hablaba y le decía cuanto lo amaba y lo esperaba, esa fue la experiencia más sublime.

Le compré mucha ropita, preparé el cuarto, hice el curso de preparto, armé el bolso, me aseguré de que no le faltara nada y me dispuse a darle la bienvenida como él se merecía. Mi mamá había sido mi compañía y mi apoyo en todo ese proceso.

CONOCER AL PRÍNCIPE DE MIS SUEÑOS

Después de cuarenta semanas y un día, el sábado 13 de febrero de 2016 el sol salió para mi, llegó a mi vida mi leoncito Falu. Vino a llenarme de amor y rebalsó mi corazón de felicidad. Esa tarde sonreí como nunca.

No importaron las diez horas de trabajo de parto ni los dolores de la cesárea. Cuando lo tuve en mis brazos desaparecieron todos mis miedos, mi soledad y las ganas de llorar. Solo sentí paz.
Y ocurrió el milagro, gracias a Dios todos los estudios salieron perfectos y mi gordito estaba totalmente sano. Ya nada podía opacar esa felicidad, aunque sabía que empezaba a transitar un camino difícil y desconocido.

Su papá vino a conocerlo días después, él estaba feliz porque era un varoncito y se notaba el orgullo que sentía en su mirada; lo alzó y le dio el nombre como acostumbran en su cultura.
Luego de muchos encuentros y desencuentros decidió irse y cortar el vínculo con su hijo. Desde entonces no supimos más de él.

Yo no lo juzgo por su decisión, la respeté desde el primer momento y entendí que hay personas que no están destinadas a permanecer en nuestras vidas. Reconozco que esa fue la prueba más difícil pero que me embarcó en el mejor viaje de mi vida…

“Enfrentar la maternidad sola fue un desafío para el que no estaba preparada”. Criar sola no es tarea fácil pero gracias a Dios y al apoyo de mi familia logré recuperarme, pude volver a mi trabajo, cumplir el sueño de tener mí casa propia y superar los altibajos y las dificultades de cada día. A medida que mi pequeño fue dando sus primeros pasos me di cuenta de que todo esto valió la pena.

UNA FAMILIA DE DOS

Hay días que cuesta levantarse, hay días que los recuerdos vuelven, hay días en que me pregunto si lo estaré haciendo bien. Pero basta mirarlo mientras juega o verlo dormir y aparecen las respuestas a todas mis preguntas.

Falu es un nene increíble, es muy inteligente, espontáneo, tiene una gran imaginación y es súper amoroso. Es un ser especial, el me observa, me escucha, se da cuenta cuando me pasa algo y siempre intenta hacerme reír. Estoy orgullosa de lo que es.

Ezequiel es su segundo nombre, heredó los rulos afro, tiene la piel morena, los ojos color café y no niego que muchas veces lo veo a su padre en su mirada. Le encanta hablar y se ríe a las carcajadas cuando algo le causa gracia. Es increíble la fortaleza que tiene, tal vez eso lo heredó de los dos.

Con sus cuatro añitos tiene un carácter bastante fuerte y un temperamento dominante por eso lo llamo cariñosamente “mi leoncito”. Concurre al jardín donde yo trabajo y tengo la dicha de poder acompañar su proceso desde adentro y disfrutarlo.

CONSTRUYENDO SU IDENTIDAD

Desde chiquito vio fotos, sabe que su papá es negro y que vive lejos. Hasta el momento no lo recuerda ni pregunta mucho más, pero a medida que aparezcan las dudas estoy dispuesta a ayudarlo y acompañarlo en el armado de su propio árbol genealógico.

Quisiera que viva sin complejos y que lleve con mucho orgullo su identidad, sus raíces, su historia. Deseo que siga así de soñador, cariñoso y compañero, con esa fuerza, esa inocencia y esa actitud con la que se enfrenta al mundo.

¿Qué pasará en el futuro? No lo sé. Si volverá a ver a su papá, no lo sé. Si recuperaran el vínculo, tampoco lo sé. Dios se encargará de poner cada cosa en su lugar, por ahora disfrutamos de esta pequeña pero sólida familia de dos.

MAMÁS SOLTERAS:

A todas las mujeres que, de diferentes maneras están atravesando solas un embarazo, la maternidad y la crianza les quiero pedir que no bajen los brazos, que no se queden en el dolor. Que no esperen más de un hombre que no quiso o no pudo ser padre.

Es cierto que al principio se ve muy oscuro pero les aseguro que hay luz al final del camino, confíen y aférrense a sus familias, pidan toda la ayuda que necesiten. Dejen que las cosas fluyan y se acomoden.

Hay personas a las que hay que aprender a soltar y dejar ir y entender que no existen las familias incompletas o demasiadas pequeñas, simplemente son diferentes. “El rol del padre es irremplazable, pero no imprescindible” A veces la culpa que sentimos hace que vivamos la maternidad como si fuera un castigo por haber elegido mal o por haber confiado en el hombre equivocado.

Tener un hijo es una bendición sin importar las circunstancias en las que haya llegado. Necesitamos aprender a perdonarnos por ser tan exigentes con nosotras mismas y disfrutar de la maternidad que es un don de Dios.

Propongámonos ser un ejemplo para que nuestros hijos encuentren en nosotras un modelo a seguir, para que el día de mañana, cuando sean padres y madres entiendan todo lo que hoy con palabras no les podemos explicar. Nuestros hijos merecen tener madres enteras, fuertes y felices y nosotras también nos lo merecemos. ¡¡Muchas fuerzas y ánimo a todas!!

Facebook: Ani Parla
Correo electrónico: aniparla21@gmail.com
Sitio web: www.turismoyhospitalidad.com

Cuarentena de a dos: un mes y después

Disfrutemos hija. Este viaje que arrancamos hace más de un mes es lo más cercano que seguramente vayamos a vivir en el resto de nuestras vidas a cuando crecías en mi panza. Vos, yo y nuestro mundo. Podrán tildarme de loca pero hay algo primitivo y único en este reencuentro sin pausa que me recuerda a ese momento inicial. Tal vez por eso se haga menos difícil y la alegría venza el agotamiento, la incertidumbre y las bajas anímicas.

Aquel viaje que duró ocho meses y medio fue muy feliz, revelador y por momentos bastante incierto y turbulento para mí. Como este. En aquellos días lidiaba con la angustia de estar sola en el camino. No sabía si iba a poder. Calmaba los días de tristeza con música y textos catárticos. Los días felices bailaba mucho. Siempre meditaba para darte y darme paz. Es probable que en vos haya quedado esa huella. Ahora sos vos la que se encarga de armar coreos y estiramientos de yoga que sigo como puedo ¿Dónde lo aprendiste, Eva? te pregunté anoche mientras me hacías respirar. «Lo sé yo mamá», contestaste con firmeza. «Vos respirá profundo y largá en 10, 9, 8… y así». Con los ojos cerrados, te escuchaba y no lo podía creer. Qué tremenda enseñanza, hija. En este momento respirar y estar en paz vale más que todas las cuentas bancarias y metros cuadrados del mundo.

En este viaje sin aviones, maletas ni destinos externos, fuiste cambiando nuestro paisaje. Armaste un cuarto paralelo dentro del mío con todo lo necesario para pasarla de maravillas: una cama con doble colchón para acercarte a la mía, una heladera de juguete con cosas ricas, una banqueta de Cuba que encontraste en los armarios para poner tus libros y luces y guirnaldas por todos lados. Hiciste de la cocina uno de tus lugares favoritos ¡Los platos y postres ricos que me cocinás hicieron historia: rompí mi dieta eterna de décadas en un mes. El balcón se volvió un restaurante. Si no hace frío o llueve, comemos ahí porque corre aire fresco. Decís que te hace bien.

Yo te repito al cansancio que este momento es una gran oportunidad para las dos que seguramente no se repetirá. Ya acumulamos infinitas anécdotas de esta etapa en donde brillan nuestros partidos de futbol con dos pelotas, las guerras con bombitas de agua, tus vueltas en bici sin manos y nuestras fotos entre las cúpulas que se ven desde la terraza. Cuando crezcas podré contarte que, aislada de todo, creaste tu primer blues. Ojalá recuerdes las decenas de veces que nos tiramos al piso de la risa.

Muchos llaman para saber cómo estamos, entre ellos Amadou con sus falsos sentimientos de protección. No querés hablar con él. Directamente le cortás. Al resto, los tranquilizo. En este viaje juntas, no necesitamos más que levantarnos bien cada mañana.

Otra vivencia que va a ser recuerdo para siempre son nuestras noches, cuando se caen todas las defensas. Después de ver ¡siempre! una película, me decís que la estás pasando muy bien conmigo y me preguntás seguido qué va a pasar cuando las puertas se abran. Te respondo que va a ser todo parecido pero nada será igual. Te quedás mirándome con tus ojos negros y me abrazás. Después, en ese momento justo antes de quedarnos dormidas, me agarrás fuerte de la mano y me decís que me necesitás. Es profundamente conmovedor, como cuando pateabas en la panza. Disfrutemos este tiempo sin tiempo, hija. Yo también te necesito.

Hija: este infierno va a pasar

Hola hija. Te veo aplaudiendo en el balcón a los médicos que están poniendo el hombro por nuestro país y lloro. Me ves y te digo que estoy emocionada por esta unión de almas a la distancia y es verdad. Lo que no te puedo decir por tu edad es que estoy triste porque mi misión fue traerte a un mundo en el que pudieras vivir en libertad con tu espíritu único y arrasador. Sin embargo, aquí nos ves: a tus siete años estamos entre cuatro paredes, hablando del maldito coronavirus cuando tendrías que estar aprendiendo y disfrutando sin barreras.

Creo igual que, como te digo todos los días desde que empezó este calvario, este momento es una gran oportunidad para las dos: con mamá en casa, nos vamos a conocer mejor, vamos a jugar mucho más, nos vamos a pelear y me voy a enojar como nunca -ya te lo dije: ¡ejercitemos la paciencia!-. Te vas a aburrir y yo a agotar pero sobre todo, vamos a fortalecer este vínculo que es el más amoroso, genuino e infinito que tuve en toda mi vida.

Es mi código con vos desde antes de nacer pero estos días te dije más TE AMO que en otros momentos. Ya sé que soy pesada pero necesito decírtelo porque es mi defensa y mi bandera frente a tanta incertidumbre, dolor y crueldad.

Te cuento también que estoy conociendo a una nueva Eva. No sos tan inquieta como cuando el mundo giraba sin coronavirus. Estás más tranquila, en un nuevo ritmo, como yo. Me estás ayudando mucho a sobrellevar este tiempo con tu alegría, tu energía y tu creatividad. Respetás mis horas de trabajo en silencio -¡bravo por vos!-, me estás preparando unos desayunos riquísimos -me encantó la torre de tostadas con crema, mermelada y bombones- y estamos armando unos picnics inolvidables con tu carpa en la terraza para ver las estrellas ¡¿No me digas que no está buenísimo cocinar juntas?!. No es mi fuerte pero lo estoy intentando y vamos bastante bien.

Me preguntás cuándo va a terminar este infierno y la verdad es que no lo sé. Es un día a día. Quedaron en el camino muchos proyectos, entre ellos tu deseo de festejar el cumpleaños con tu amigo Ulises. Ya lo vamos a hacer, no te preocupes. También vas a volver a correr y hacer piruetas en gimnasia, como querías. Lo sé. Por las noches le ruego a todos los dioses que nos protejan y que el coronavirus deje de enfermar y matar y se muera pronto.

Estoy segura que seremos otras cuando esto pase, mucho más fuertes. En esta estamos juntas mi gladiadora como desde el principio.

¿Cómo? ¿Qué querés hacer un experimento conmigo y la masa verde? Dale, ¡ahí voy!