¡Zumba nena!

¿Calza? Sí calza. La bordó. Me da suerte. ¿Y arriba? Algo suelto. La musculosa naranja. Es liviana. Hace más de 30 grados y no se soporta otra cosa. ¿Y zapatillas? Uff… ya no tengo zapatillas para hacer deporte. Las regalé. Me quedé con pocas… No tengo otra. Voy con las floreadas.

Mi voz interior ya me lo venía diciendo hace rato y le hice caso. Después de casi cuatro años volví a pisar un gimnasio.

La elección tenía que ser divertida. Busqué durante meses en google: “Zumba, Congreso, Sábados” y nada. Hasta que pasé por el gimnasio de la otra cuadra de mi casa y ¡aplausos! La grilla había sumado mágicamente una clase de zumba a las 5 del sábado. Se terminaron las excusas.

Con Evangelina en la casa de su amigo Dante (¡Gracias Ceci!) me aventuré a bailar. En definitiva, a recuperar parte de lo que soy. Son como pasos pequeños de una nueva etapa que mi psicóloga ya rotuló “de consideración y reconocimiento interno”. Seguramente.

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vale– ¡Hola! ¿La clase de zumba…?
– Sí, al fondo…

Miré por última vez el celular. Recibí una foto de Eva sonriendo con sus amigos en un tobogán. Enérgica como siempre. Nada de que preocuparse. Y yo… ¿Me cansaré mucho?

-¡Buenas tardes a todos! ¿Arrancamos?, dijo en portuñol un rubio de anteojos.
– ¡Vamos! ¡Por fin!” (otra vez la voz interior)

Empezamos con un reggaeton. Fui de a poco, sin mucho despliegue. Me acordé de Eli y de Carla, mis viejas compañeras de bici. Recordé cómo nos divertíamos, chusmeábamos y tomábamos mate en la clase de Ariel. Me acordé de Valeria y de Susana en las clases de Majo. Ya no compartimos gimnasio pero sí amistad.

Después, el tipo de anteojos nos hizo “viajar” por Brasil. Ahí estoy siempre de alguna manera. Me acordé de mi hermana Soledad y de nuestras travesías adolescentes por el sur brasileño. De los bailes interminables en la playa y en el mar. Me liberé. Tuve que hacer dupla con una compañera y -ahora que pienso- me tocó con una chica que se parecía un poco a Sole.

La clase recorrió algunos hits y sonó “La bicicleta” de Vives. Ahí le di rienda suelta a la coreo propia, más allá de seguir en general los pasos del grupo. Por unos minutos, también, volví a caminar imaginariamente por Cartagena con Eva y mis papás.

Lagrimeé seguido, confieso. Cuando volvés a conectar con una parte tuya no hay vueltas, aparece la emoción. Será tal vez el reconocimiento del que habla mi psicóloga. Sonreí mucho también. Vengo entrenando fuerte con Eva y, después de casi cuatro años, no me cansé tanto.

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