Vientos de Independencia

Hay un momento en el que te dás cuenta que tu hijo no depende tanto de vos como antes. No es que no te necesite solo que empieza a dar sus primeras señales de vuelo propio.

En mi caso, anoche tuve una nueva señal. En el medio de una tos sostenida, me acosté con Eva en su cama para contenerla y dos minutos después me despachó a la mía diciéndome: “Sos grande, mamá”.

Desde que Evangelina nació, me propuse ser su guía y no su sombra. Y venimos bien, parece… Quedó muy lejos la mañana de frío y sol en la que arrojé el cordón que nos había unido al mar con mi deseo de que Eva encuentre en el futuro su propio horizonte.

Hoy mi deseo de independencia empieza a ser su realidad:

*Señal 1:

*Señal 2:

Sábado a la tarde, bar con pelotero. Estamos esperando a una amiga. Me ubico en una mesa desde la que la puedo ver. Me acerco. “¿Todo bien, hija?”. “Andá mamá”.

*Señal 3:

Ultimos dos cumpleaños:

-Cumple 1: “Mamá, estoy poniendo las valijas en el auto. Me voy de vacaciones”. Estaba con una nena que ve cada un año –y que recuerda– para el cumple de Román, el hijo de mi amiga Estela.

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-Cumple 2 (horas después): “Nos vamos a Disney. Yo manejo el avión. Vamos chicas!!!!” (sus primas Matilda, Emilia y Pía, la cumpleañera. Todas más grandes que ella).

*Señal 4:

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*Señal 5

“Mamá, quiero hacer una torta” (Menos la parte del horno, hizo casi todo sola con mi asistencia)

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También empezó a limpiarse mis interminables besos, una cachetada a mi sobredosis de amor… Eso sí, encontramos muchos puntos en común (si ya no los hay en sus otras actitudes que se parecen tanto a las mías en distintos y estos tiempos).

Nos recuerdo en una de nuestras plazas porteñas preferidas. Lloviznaba y, desafiantes ambas, nos aventuramos igual entre hamacas y toboganes. No había nadie en los juegos. Solo un nene de su edad en una de las hamacas junto a su mamá. Nos pusimos a charlar mientras ella le balbuceaba algo a su hijo como si fuera un bebé. Me contó que en el jardín la maestra le había dicho que no fuera tan sobreprotectora. El nene miraba al cielo. Mi hija se hamacaba con audacia (demasiada) y sonreía. Cayeron más gotas. “Vamos bebé que papito está llegando a casa…”, dijo la mujer y prácticamente huyeron. Con Eva levantamos la cara para sentir la lluvia. Después, sin paraguas y con capucha, le dimos de comer a las palomas.

A veces me pregunto qué mamá hubiera sido con su papá cerca… Hay algo adentro mío que detiene cualquier análisis, que brilla sin pena. Mientras la abrazo (incluso a veces sin abrazarla), siento que soy la mamá que siempre quise ser.

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