Cuando Papá decide no estar

*Por Ana Parlapiano

Me llamo Ana, tengo 31 años, vivo en la provincia de Buenos Aires, soy maestra jardinera y mamá soltera. Desde entonces mi vida es caóticamente hermosa. Mi pequeño tiene 4 años y se llama Falu.
En mis tiempos libres amo bailar salsa, tocar la guitarra, escribir, leer y trabajar con mi blog de viajes.

Les quiero contar un poco mi historia. Les puede servir a muchas mamás que, como yo, se pusieron la responsabilidad al hombro y enfrentan solas cada día el desafío de la maternidad. A ellas quiero transmitirles este mensaje que ojalá pueda motivarlas a seguir adelante en medio del caos y la complejidad de la crianza, incluso cuando el papá no las acompañe. Esta es mi historia…

UN AMOR A TODO COLOR

En uno de mis viajes a la ciudad de Mar del Plata, mientras visitaba a una amiga, conocí al papá de mi hijo, un senegalés que llevaba alrededor de un año viviendo en el país. En los primeros meses se dedicó a la venta ambulante, caminando con sus relojes y cadenitas desde la Popular hasta Playa Grande mientras hacia un enorme esfuerzo por aprender a hablar español. Tiempo después consiguió atender el puesto de un amigo suyo hasta que finalmente logró tener su espacio propio en uno de los shoppings más reconocidos de la ciudad.

En Dakar había dejado un hijo, seis hermanos, padre, madre y al resto de su familia con quienes mantenía un contacto muy estrecho, a la distancia. Amaba las historias que me contaba, sus vivencias, su forma de vida, sus sueños, la nostalgia y el amor que sentía por su tierra cuando la recordaba.

Nuestras charlas eran muy profundas a pesar de los problemas que enfrentábamos con el idioma. El habla francés, que es el idioma oficial de su país, Wolof su lengua materna y también español, aunque muchas veces entendernos fue todo una hazaña.

Tuvimos que aprender a respetar nuestras diferencias culturales y religiosas más allá de los prejuicios; él musulmán y yo cristiana, por lo que había un abismo entre nosotros pero esas son cosas que los corazones enamorados no pueden ver.

A su lado, me sentía feliz y segura. Admiraba su fortaleza, tal vez eso fue lo que me atrajo de él y sin jamás haberlo imaginado, nos sumergimos en una historia de amor que aunque haya sido breve fue muy intensa.

LA NOTICIA QUE NOS CAMBIÓ LA VIDA

Al poco tiempo quedé embarazada y ya teníamos pensado el nombre del bebé pero no teníamos decidido dónde íbamos a vivir. Tras varias idas y vueltas, acordamos que esperaríamos el nacimiento para luego casarnos y convivir en familia.

Uno de los momentos más especiales que recuerdo fue un día que caminamos juntos por las playas del torreón y allí decidimos contarles la noticia a nuestros amigos con un corazón que él dibujó en la arena.

Soñé mucho con ese momento tan especial, con mis casi 28 años iba a ser mamá por primera vez y tenía muchas ilusiones con lo que estaba viviendo.

EL CHOQUE CULTURAL

La frase “Todo puede cambiar de la noche a la mañana” nunca fue literal. De pronto me sentí como en el cuento de la Cenicienta, cuando sonaron las campanadas de las doce y toda la magia acabó; la carroza de cristal se estaba convirtiendo en una calabaza.

Así me sentí una noche, con casi cinco meses de embarazo cuando me enteré que el hombre con el que esperaba un hijo era casado. En el islam está permitida la poligamia y es una práctica muy común, el primer matrimonio suele estar arreglado por los padres y es utilizado como alianza entre dos familias por cuestiones culturales.

Su primera esposa era la madre de su otro hijo y, aunque estaba en Senegal, no tenían planes de divorciarse. Para él todo eso era muy normal. Traté de entenderlo, hablamos mucho y lloré porque me di cuenta que ese era el final de nuestra relación: yo no podía aceptar ser la segunda esposa de un musulmán, aunque ella estuviera en otro país.

De pronto fui consciente de que no tenemos asegurado el futuro y que nadie tiene comprada la felicidad al lado de nadie. Que a veces ni siquiera la llegada de un hijo puede cambiar el destino.

Acariciaba mi panza y le pedía perdón a mi bebé porque todavía no había nacido y ya no le podía garantizar una familia como él se merecía. Me sentía decepcionada y allí se desmoronaban mis sueños.

“Ser mamá soltera jamás fue mi elección”. Admiro mucho a quienes lo eligen y se sienten capaces para enfrentarlo, pero ese no era mi caso. Me sentía fatal. El me prometió hasta el cansancio que jamás abandonaría a nuestro hijo, independientemente de los caminos que tomara nuestra relación. Si bien nuestra relación aún agonizaba, luchaba contra el viento para cambiar mi realidad y tenía ilusiones de que algo pasara.

MOMENTOS DIFÍCILES

Una mañana estaba en un control de rutina cuando algo salió mal en la eco. Al parecer había un problema en el cerebro del bebé. Recibí un posible diagnóstico que solo podrían confirmar cuando naciera. Mi corazón se paralizó en ese momento, no me lo esperaba.

Estaba llena de miedo y de angustia pero no podía rendirme. Yo no sé en esos momentos de donde saqué valor pero no niego que en mi desesperación busque a Dios, le pedí su ayuda, su calma, su paz. Imploré como nunca esperando un milagro. Y transité ese último mes con ilusiones y esperanzas y me dispuse a disfrutar como nunca del tiempo que nos quedaba siendo uno con mi bebé.

Desde el principio sentía que iba a ser un varón, nunca lo dudé. Pero moría de ganas por saber cómo sería su carita, su color de piel, sus ojos… Sentía sus pataditas, escuchaba su corazón latir, lo acariciaba, le hablaba y le decía cuanto lo amaba y lo esperaba, esa fue la experiencia más sublime.

Le compré mucha ropita, preparé el cuarto, hice el curso de preparto, armé el bolso, me aseguré de que no le faltara nada y me dispuse a darle la bienvenida como él se merecía. Mi mamá había sido mi compañía y mi apoyo en todo ese proceso.

CONOCER AL PRÍNCIPE DE MIS SUEÑOS

Después de cuarenta semanas y un día, el sábado 13 de febrero de 2016 el sol salió para mi, llegó a mi vida mi leoncito Falu. Vino a llenarme de amor y rebalsó mi corazón de felicidad. Esa tarde sonreí como nunca.

No importaron las diez horas de trabajo de parto ni los dolores de la cesárea. Cuando lo tuve en mis brazos desaparecieron todos mis miedos, mi soledad y las ganas de llorar. Solo sentí paz.
Y ocurrió el milagro, gracias a Dios todos los estudios salieron perfectos y mi gordito estaba totalmente sano. Ya nada podía opacar esa felicidad, aunque sabía que empezaba a transitar un camino difícil y desconocido.

Su papá vino a conocerlo días después, él estaba feliz porque era un varoncito y se notaba el orgullo que sentía en su mirada; lo alzó y le dio el nombre como acostumbran en su cultura.
Luego de muchos encuentros y desencuentros decidió irse y cortar el vínculo con su hijo. Desde entonces no supimos más de él.

Yo no lo juzgo por su decisión, la respeté desde el primer momento y entendí que hay personas que no están destinadas a permanecer en nuestras vidas. Reconozco que esa fue la prueba más difícil pero que me embarcó en el mejor viaje de mi vida…

“Enfrentar la maternidad sola fue un desafío para el que no estaba preparada”. Criar sola no es tarea fácil pero gracias a Dios y al apoyo de mi familia logré recuperarme, pude volver a mi trabajo, cumplir el sueño de tener mí casa propia y superar los altibajos y las dificultades de cada día. A medida que mi pequeño fue dando sus primeros pasos me di cuenta de que todo esto valió la pena.

UNA FAMILIA DE DOS

Hay días que cuesta levantarse, hay días que los recuerdos vuelven, hay días en que me pregunto si lo estaré haciendo bien. Pero basta mirarlo mientras juega o verlo dormir y aparecen las respuestas a todas mis preguntas.

Falu es un nene increíble, es muy inteligente, espontáneo, tiene una gran imaginación y es súper amoroso. Es un ser especial, el me observa, me escucha, se da cuenta cuando me pasa algo y siempre intenta hacerme reír. Estoy orgullosa de lo que es.

Ezequiel es su segundo nombre, heredó los rulos afro, tiene la piel morena, los ojos color café y no niego que muchas veces lo veo a su padre en su mirada. Le encanta hablar y se ríe a las carcajadas cuando algo le causa gracia. Es increíble la fortaleza que tiene, tal vez eso lo heredó de los dos.

Con sus cuatro añitos tiene un carácter bastante fuerte y un temperamento dominante por eso lo llamo cariñosamente “mi leoncito”. Concurre al jardín donde yo trabajo y tengo la dicha de poder acompañar su proceso desde adentro y disfrutarlo.

CONSTRUYENDO SU IDENTIDAD

Desde chiquito vio fotos, sabe que su papá es negro y que vive lejos. Hasta el momento no lo recuerda ni pregunta mucho más, pero a medida que aparezcan las dudas estoy dispuesta a ayudarlo y acompañarlo en el armado de su propio árbol genealógico.

Quisiera que viva sin complejos y que lleve con mucho orgullo su identidad, sus raíces, su historia. Deseo que siga así de soñador, cariñoso y compañero, con esa fuerza, esa inocencia y esa actitud con la que se enfrenta al mundo.

¿Qué pasará en el futuro? No lo sé. Si volverá a ver a su papá, no lo sé. Si recuperaran el vínculo, tampoco lo sé. Dios se encargará de poner cada cosa en su lugar, por ahora disfrutamos de esta pequeña pero sólida familia de dos.

MAMÁS SOLTERAS:

A todas las mujeres que, de diferentes maneras están atravesando solas un embarazo, la maternidad y la crianza les quiero pedir que no bajen los brazos, que no se queden en el dolor. Que no esperen más de un hombre que no quiso o no pudo ser padre.

Es cierto que al principio se ve muy oscuro pero les aseguro que hay luz al final del camino, confíen y aférrense a sus familias, pidan toda la ayuda que necesiten. Dejen que las cosas fluyan y se acomoden.

Hay personas a las que hay que aprender a soltar y dejar ir y entender que no existen las familias incompletas o demasiadas pequeñas, simplemente son diferentes. “El rol del padre es irremplazable, pero no imprescindible” A veces la culpa que sentimos hace que vivamos la maternidad como si fuera un castigo por haber elegido mal o por haber confiado en el hombre equivocado.

Tener un hijo es una bendición sin importar las circunstancias en las que haya llegado. Necesitamos aprender a perdonarnos por ser tan exigentes con nosotras mismas y disfrutar de la maternidad que es un don de Dios.

Propongámonos ser un ejemplo para que nuestros hijos encuentren en nosotras un modelo a seguir, para que el día de mañana, cuando sean padres y madres entiendan todo lo que hoy con palabras no les podemos explicar. Nuestros hijos merecen tener madres enteras, fuertes y felices y nosotras también nos lo merecemos. ¡¡Muchas fuerzas y ánimo a todas!!

Facebook: Ani Parla
Correo electrónico: aniparla21@gmail.com
Sitio web: www.turismoyhospitalidad.com

Cuarentena de a dos: un mes y después

Disfrutemos hija. Este viaje que arrancamos hace más de un mes es lo más cercano que seguramente vayamos a vivir en el resto de nuestras vidas a cuando crecías en mi panza. Vos, yo y nuestro mundo. Podrán tildarme de loca pero hay algo primitivo y único en este reencuentro sin pausa que me recuerda a ese momento inicial. Tal vez por eso se haga menos difícil y la alegría venza el agotamiento, la incertidumbre y las bajas anímicas.

Aquel viaje que duró ocho meses y medio fue muy feliz, revelador y por momentos bastante incierto y turbulento para mí. Como este. En aquellos días lidiaba con la angustia de estar sola en el camino. No sabía si iba a poder. Calmaba los días de tristeza con música y textos catárticos. Los días felices bailaba mucho. Siempre meditaba para darte y darme paz. Es probable que en vos haya quedado esa huella. Ahora sos vos la que se encarga de armar coreos y estiramientos de yoga que sigo como puedo ¿Dónde lo aprendiste, Eva? te pregunté anoche mientras me hacías respirar. «Lo sé yo mamá», contestaste con firmeza. «Vos respirá profundo y largá en 10, 9, 8… y así». Con los ojos cerrados, te escuchaba y no lo podía creer. Qué tremenda enseñanza, hija. En este momento respirar y estar en paz vale más que todas las cuentas bancarias y metros cuadrados del mundo.

En este viaje sin aviones, maletas ni destinos externos, fuiste cambiando nuestro paisaje. Armaste un cuarto paralelo dentro del mío con todo lo necesario para pasarla de maravillas: una cama con doble colchón para acercarte a la mía, una heladera de juguete con cosas ricas, una banqueta de Cuba que encontraste en los armarios para poner tus libros y luces y guirnaldas por todos lados. Hiciste de la cocina uno de tus lugares favoritos ¡Los platos y postres ricos que me cocinás hicieron historia: rompí mi dieta eterna de décadas en un mes. El balcón se volvió un restaurante. Si no hace frío o llueve, comemos ahí porque corre aire fresco. Decís que te hace bien.

Yo te repito al cansancio que este momento es una gran oportunidad para las dos que seguramente no se repetirá. Ya acumulamos infinitas anécdotas de esta etapa en donde brillan nuestros partidos de futbol con dos pelotas, las guerras con bombitas de agua, tus vueltas en bici sin manos y nuestras fotos entre las cúpulas que se ven desde la terraza. Cuando crezcas podré contarte que, aislada de todo, creaste tu primer blues. Ojalá recuerdes las decenas de veces que nos tiramos al piso de la risa.

Muchos llaman para saber cómo estamos, entre ellos Amadou con sus falsos sentimientos de protección. No querés hablar con él. Directamente le cortás. Al resto, los tranquilizo. En este viaje juntas, no necesitamos más que levantarnos bien cada mañana.

Otra vivencia que va a ser recuerdo para siempre son nuestras noches, cuando se caen todas las defensas. Después de ver ¡siempre! una película, me decís que la estás pasando muy bien conmigo y me preguntás seguido qué va a pasar cuando las puertas se abran. Te respondo que va a ser todo parecido pero nada será igual. Te quedás mirándome con tus ojos negros y me abrazás. Después, en ese momento justo antes de quedarnos dormidas, me agarrás fuerte de la mano y me decís que me necesitás. Es profundamente conmovedor, como cuando pateabas en la panza. Disfrutemos este tiempo sin tiempo, hija. Yo también te necesito.

Día 1: dejar a tu hija en tiempos de coronavirus

”Andá tranquila, Vale. Eva se queda acá», dijo mi hermano Gastón en la puerta de su casa. No llegué a responderle. Me di vuelta y me puse a llorar.

La angustia era similar a otras que alguna vez sentí cuando tuve que dejar a mi hija porque ‘no me quedó otra’. Como única sostén de la nuestra familia de dos, desde que ella nació fue así. Guarderías y colegio, por un lado. Y además, acompañando, niñeras en días normales y, mi hermano, su mujer y mamás y papás de amiguitos del cole los feriados… Un rompecabezas humano en el que las piezas fueron volviéndose imprescindibles para sostener el día a día.

Pero el maldito coronavirus arrasó con todo lo armado durante años en un segundo ¿Y ahora? -pensé después del anuncio presidencial cancelando las clases- ¿Qué hago? ¿Con quién la dejo si mis papás y su niñera son población de riesgo? ¡No le puedo pedir ayuda a ninguna mamá amiga del cole porque ya tienen lo suyo!¡Encima tengo que volver al trabajo después de mis vacaciones!

Corría el domingo por la noche, estábamos con abuelos, tíos y primos en la zona Sur y de repente me oscurecí. Hasta que habló mi hermano. ”Tu gesto me hace sentir menos sola. No es tu responsabilidad y, sin embargo, siempre estás cuando más te necesitamos. Gracias», le escribí cuando dejé de llorar volviendo ya en el tren.

Ya pasó el día 1 y no hubo actividades compartidas ni tareas (aún no llegaron) ni plan en casa para que Eva no se aburra. Ella se quedó con mi hermano y su familia (en la foto dos de sus primas: Pia y Matu) Yo trabajé.

Hace unas horas, salí del trabajo y le llevé ropa para cambiarse. Hace unos minutos hablamos por videochat antes de que se durmiera. Ya corre en Día 2 y estoy en casa. Espero que la angustia se vuelva fortaleza. Ya sabemos muchas de lo que se trata.

A solas conmigo

El primer impacto fue cuando la vi irse en el auto con mi hermano y mi cuñada. Iba contenta. Se despidió con un grito desde el asiento de atrás ¡¡¡Chau Mamá!!!

Cuando doblaron pensé que se me partía el corazón. Creo que hasta amagué con tocarme el pecho y me contuve. No, ni lágrimas ni dolor. Eva está creciendo (más). Ahora vamos a ver qué hacés vos con tu tiempo libre, pensé.

El corazón siguió ahí, en el mismo lugar. Subí al tren rumbo a casa medio extraviada y con dolor de cabeza. Me fui reencontrando gracias a un libro que había llevado a propósito en mi bolso turquesa.

Ya en el colectivo empecé a sentirme menos perdida y más tranquila al recibir señales «del otro lado». Nada que no supiera. La primera pijamada de primas en lo de los abuelos marchaba con felicidad.

Al llegar a casa, equilibré el silencio sepulcral con mi música. Me empecé a preparar para la salida de la noche. Poca producción, seguí pensando. No tengo ganas de transformarme en otra persona como en los viejos tiempos. Si algo me devolvió Eva es el espejo de mi verdadero yo. Cuando ella no está, mi imagen en el espejo me llega todavía más nítida.

¿Y con qué me encontré esta vez?

* Me encontré con mi risa de carcajada. Con mi amiga Eli, fuimos a ver Sugar y no podíamos creer el submundo de las señoras copetudas peleando por una foto con el Negro Alvarez. En su asiento, el tipo perdió el humor en un segundo y nos miró amenazante cuando sacamos el celular. ‘Tranquilo, Negro. Preferimos una selfie’.

* Me desconecté hablando de mí como mujer más allá de mí como mamá de Eva. Del antes, del ahora, de lo que espero emocionalmente. De mis trabas. De hacia dónde voy. No siempre tengo tiempo para sentarme a atar cabos. No es que no lo haya hecho antes pero esta vez llegué a lugares más profundos.

* Volví a tomar bastante más de una copa de cerveza y sin culpa. Otras veces salí, otras veces volví tarde pero Eva siempre estuvo esperando y ella es mi límite. Esta vez, sabiendo que al otro día me iba a levantar sola, flexibilicé los niveles de responsabilidad.

* A pesar de eso, no dormí bien. No pude apagar el mecanismo de alerta permanente que se enciende sobre todo a la noche desde que Eva nació. No hubo movimientos en su cama ni palabras de sus sueños en voz alta y sin embargo, estuve en on. Tal vez logre apagarlo la próxima. ¿O será un mecanismo que no se apaga nunca más?

El domingo al mediodía (tarde) marché a buscarla a Lomas. Se puso contenta al verme aunque no tanto como cuando la dejé.

La vida social de tu hijo se amplía con los años y abre esa necesaria brecha interna para repensar en dónde estás vos. Con el paso del tiempo, me veo ‘renovada, levemente temerosa y con varios puntos pendientes’. Tengo muchos planes para mí.

Eva tiene también sus planes. A corto plazo, ya están programando con sus primas un viaje a Pinamar y una pijamada doble. Sí, dos días y dos noches fuera de casa.

Parece que por lo menos una vez por mes voy a tener algunas noches a solas conmigo. Va de vuelta: bienvenido mi querido espejo.

Mi amiga la Ansiedad

¡Hola mi querida! Aunque fuiste cambiando con el tiempo (como yo) sé que estás ahí. Desapareciste de mis almuerzos y mis cenas y te hiciste débil entre muchos de mis eternos miedos. Sin embargo, te fortaleciste con mi maternidad. Fuiste ingeniosa para colarte primero entre chupetes y pañales y ahora entre mochilas, juegos y cumpleaños. Tan ingeniosa que hoy no sé si es tan malo que convivas con nosotras.

placard1Empecemos por lo último, amiga Ansiedad. Me incentivaste a comprar un mes antes los regalos de Navidad y Reyes para Evangelina y lo lograste. Ya están escondidos en el placard altísimo de nuestra habitación, cerca de la ropa de invierno de Eva. Sí, también ya seleccionamos lo que tiene para la temporada fría de 2017.

Hubo algo antes. Seguramente te acordarás y te reirás. Sí, sí… lo de octubre. Me llevaste a comprar a Once casi todo el «merchandising» para su cumple de 4. Seis meses antes ya tenemos bolsitas, servilleteros, carteles, piñata y globos con la cara y/o los colores de la Doctora Juguete… Hace mucho que Eva la quiere para su fiesta y espero que no cambie sino no sé que voy a hacer con todo el cotillón.

Ah! Me olvidaba. Las compras las hice con mi mamá y se ve que la contagié… Como no encontramos la serpentina y la espuma que buscábamos, se ocupó de comprarlas en Lomas con vencimiento 2018. Todo quedó también guardado en el placard. Trato de mantenerlo cerrado… Sobre todo, después de sufrir algunas avalanchas de regalos, ropa y globos…

Sé que no será lo último que harás (haremos). Te conozco bien. A fines de diciembre, cuando ya estén las listas de útiles para el jardín versión 2017, me preguntarás por qué no los compramos… Y lo haré seguramente, convencida de que me estoy ahorrando unos mangos…

Querido Papá NoelA veces no sé si sos vos o si es mi otra amiga, la Responsabilidad. Ella se potenció al extremo con la llegada de Eva. Ambas saben que, dentro de mis posibilidades, trato de adelantarme a todo para que a Eva no le falte nada. Igualmente chicas, colaboren… bajen de vez en cuando la intensidad…

Para ser justa, no creo que sean (seamos) las culpables de todo… A veces pienso que en esto mete también su cola el huracán «Tiempo» y que estamos librando juntas una batalla contra él… Realismo, amigas. Más allá de nuestra voluntad, a ese tirano es imposible ganarle.

Hijitis aguda

Ya la conocen. Mi pequeña es la morena de la frutilla que da vueltas y marca el paso. Diría su padrino Salvador -el adolescente escondido detrás de la señora jovial, Cristina, mi mamá- que ya entiende de ritmos y compases. Y es probable que sea cierto. Si algo lleva Eva en la sangre es música.

¿La vieron? No mira a su alrededor, no nos mira. O nos mira de reojo. Sabe que estamos ahí pero está en su mundo, en plan de «este es mi show» así que vos disfrutá y aplaudí, claro.

La nota había llegado hace tiempo en su cuaderno a lunares rojo del jardín. «Estimada familia: Los invitamos a compartir una clase abierta de música. Si no pueden venir los padres, recomendamos que venga otra persona significativa para la familia».

Y ahí estábamos.

Debo confesar que cada actividad social de mi hija me sigue despertando un sensación de felicidad profunda pero también abre un abismo de preguntas que inicialmente no tienen respuesta. Que llegan al final. En este caso, mi antes y su después fueron casi opuestos.

¿Qué hará Eva cuando nos vea entrar en la sala? ¿Se comparará con otros chicos con papá?
¿Qué hizo Eva? Sonrió con satisfacción pero sin estridencias. Después nos dio la espalda para concentrarse en lo suyo.

¿Querrá venir a upa en algún momento? No es normal verme en su espacio…
Nada de eso. La vi pasar con distintos instrumentos y entre puentes de brazos adultos. También, dar vueltas en rondas y tirarse al piso en un bote imaginario. Bailamos juntas el rock. No lloró.

¿Qué hará cuando nos vayamos? ¿Me querrá detener?
¿Qué hizo? Me agarró fuerte de la mano, me mostró sus piruetas en la trepadora y ruedas del jardín… Después, puso carita de ´te estás yendo´ hasta que apareció una de sus amigas invitándola a jugar con su Minnie. En segundos, desaparecimos de su mapa.

«Te podés quedar tranquila, hija. Es muy independiente. Con el padrino no lo podíamos creer», me calmó mi mamá tal vez percibiendo mi mundo de latentes dudas.

No es la primera vez que siento que mi hija es un milagro. Desde la panza ya la llamábamos «el milagro» con su papá y, cuatro años después, nada cambió.

Se lo recuerdo muy seguido cuando me agarra hijitis aguda. «Sos un milagro, Eva. Sos mi orgullo».
¿Y ella?…: «¡¡¿¿Otra vez mamá??!!!»

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Cartas a mi Maternidad

Siempre encontré cartas limpiando placares y en mudanzas. Algunas quedaron en el camino. Nunca pude descartar las cartas de mi familia y las que fui escribiéndome desde los últimos años de mi adolescencia.

Tengo una carta de la primera vez que me obligué a ir sola a Mar del Plata para enfrentar mi terror a la soledad. Tenía 26 años. La escribí en una lujosa habitación de hotel. Le pedí a la vida un poco de luz. Horas después cerré los ojos frente al mar y sentí el sol.

Tengo otra carta de hace 15 años, del día en que nació mi sobrino Salvador y en el que mi abuela Carmen confirmó que viajaba a La Coruña, su tierra, después de 70 años. Las dos noticias me despertaron mágicamente de una siesta oscura en la casa de mis viejos. Y escribí otra vez. En esas líneas suplicaba encontrarle un sentido a mi vida.

Tengo algunas cartas de los años que siguieron. Ya era periodista. Ya había aprendido a convivir conmigo. Ya viajaba por el mundo, tenía distintos amores y podía hacer la mayoría de las cosas que me propusiera hacer. La empezaba a pasar bien. Pero no era feliz.

Un día empecé a escribir sobre mi deseo de tener un hijo. Fue en una de mis crisis de los 30 y pico. Las primeras líneas fueron temblorosas y después avancé con trazos más firmes. De a poco fui entendiendo que por ahí estaba realmente yo.

Quizá siempre estuve escribiendo distintas versiones de lo mismo a lo largo del tiempo y no me di cuenta.

La última carta que escribí de puño y letra fue al volver de Atenas en 2011, el viaje en el que conocí a Amadou, el papá de mi pequeña. Estaba segura que estaba llegando el momento. Es una carta que ya no es mía, que forma parte de la historia de Evangelina. Tal vez ella la lea un día.

Releo mis cartas de vez en cuando. A veces me vuelvo a encontrar con ellas. Son como piezas de las que me fui desprendiendo pero que encajan en un proceso largo que terminó en mi Maternidad.

Muchas veces me pregunté qué hubiera sido de mí sin Eva, su estela de sol, su temperamento de mar y su alegría esencial. Es imposible saberlo pero es muy probable que me hubiese secado por dentro.

La carta que escribo hoy lleva grabada mi felicidad y mi firma con mayúsculas. Así me llaman muchos y lo recibo con infinito orgullo porque es lo que siento. Es mi nueva identidad.

¡Feliz Día para todas las Mamás y las que desean serlo!

Y, claro, ¡Feliz Día para mí!

Para siempre,

LA MAMÁ DE EVANGELINA LÓPEZ

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Sueños de chicos, sueños de grandes

Es una de mis nuevas versiones. Por alguna razón, ahora me emociono con las películas y las obras infantiles. Es probable que los guionistas estén apuntando eficazmente a mi alma de niña sensible. O, seguramente, que el alma alegre de mi hija me esté haciendo recordar el valor infinito de la imaginación y los sueños.

Me emocioné con «Mi Amigo el Dragón». Con la escena en la que el abuelo, su hija y su nieta descubren que no era fábula, que los dragones existen no solo en la fantasía. Que vuelan y duermen en algún lugar del bosque.

imageMe emocioné con «Mi Amigo el Gigante». Con las bolas de luz que guardan sueños de colores como tesoros y con la capacidad del gigante de mezclar esos sueños y hacerlos realidad en la cabeza y en la vida de niños, reyes y plebeyos.

Me emocioné con Zootopia. Con el triunfo del supuesto débil sobre el supuesto poderoso. Con el mensaje de «probarlo todo» hasta el final aunque la realidad parezca o sea adversa.

Me emocioné con «Poppy, guardiana de los sueños». Con la idea de que hay ángeles invisibles que ayudan a que no dejemos de soñar. En la obra, una chica vestida de hada azul me hizo llorar: «A ver papás… Cierren los ojos y compruébenlo. Van a ver que en algún lado quedaron. Piensen en el momento más feliz de sus vidas y se van a dar cuenta que ahí antes hubo un sueño». Los cerré y apareció la cara de Evangelina al lado de mi mamá, segundos después de nacer.

img_5255Ella sueña también. Despierta, con una bicicleta, patines, un set de pesca de Dory y su cumpleaños de 4 de la Doctora Juguetes. Dormida, con caramelos («Yo quiero comer caramelos!!!) y con sus amigos (supongo): «¡Chau, chau chicos! ¿Gracias a todos!» susurró una de las últimas madrugadas.

Eva siempre me hace reir. El día del hada azul me sequé las lágrimas en la oscuridad y le dije al oído que nunca deje de soñar. Ella asintió con vehemencia pero siguió en su mundo, sin dejar de mirar el escenario. El show siempre continúa y mi hija no se queda nunca detenida en mi nostalgia.

Según Lili: Eva cura

El día que Lili (la señora que van a ver ahora) me dijo emocionada que con Evangelina sentía que la vida le daba una segunda oportunidad, que con sus hijas no había podido disfrutar ni dedicarse porque siempre había trabajado de sol a sol, no dudé: había llegado «la» persona justa para cuidar a mi hija.

Ese día también me dijo que creía que, de alguna manera, Eva la estaba curando. Que le había cambiado el cuerpo, que a sus 60 años estaba más fuerte y a su vez, más liviana. Que ya no se le hinchaban las piernas, un problema que la preocupaba desde hacía muchos años.

El episodio reciente del incendio en mi edificio y su preocupación y rapidez por sacar a mi hija del humo me hizo quererla y respetarla todavía más. A ella le quedó un poco de miedo y mucho dolor de piernas. Pero…

Hace menos de un año que Lili está con nosotras pero ya es parte de nuestra familia. Es como una abuela para Eva. La cuida como si fuera de su sangre. Así que, como su palabra vale mucho, se vienen nuevos capítulos con su voz como protagonista.

Continuará…

La felicidad en un instante

Son más de las cuatro y media y salgo como una tromba del trabajo para buscar a Eva. Ella sale puntualmente a las cinco y diez del jardín y Constitución no está tan cerca de Once cuando tenés poco tiempo.

Hace calor. El poncho invernal sobra. Trepo al subte corriendo. Y corro por los pasillos hasta hacer la combinación. No me sobra el aire pero tampoco me falta. Respiro hondo y sigo. Son excepcionales las veces que puedo ver a mi hija salir de la escuela. Tengo que llegar.

5.02 p.m. Estación Congreso. Veo a un señor con turbante y a una nena de la edad de Evangelina haciéndole morisquetas a otro señor de barba. Eva también lo hace. A veces le saca la lengua a los desconocidos que insisten con caerle en gracia y terminan molestándola.

5.05 p.m. Estación Alberti. Estoy cerca. Subo las escaleras. Cruzo Rivadavia y registro el caos de tránsito y los puestos de juguetes, ropa, electrónica… y personas y personas caminando apuradas para llegar rápido a algún lugar. Como yo.

5.09 p.m. Esquina del colegio. Veo a algunos chicos caminando con uniforme. Ya salió la sala de 2. Desde lejos diviso a las mamás de los amigos de mi hija charlando. No salieron todavía. Se sorprenden cuando me ven. Las saludo, quieren hablarme, les pido disculpas y las atravieso como un rayo. «¡Perdón! No vengo seguido y quiero verla salir». Me entienden. Respiro un poco. Estoy transpirando. En la puerta está Lili, la señora que cuida a Eva, ya una especie de abuela postiza. «Pensé que no llegabas»… «Yo también…».

5.10 p.m. Justo a tiempo. A través de la puerta transparente veo los rulos de mi hija bajando la escalera y ya no veo a nadie más. Me pasó pocas veces: el amor hace que vea solo a quien amo y desaparezca el resto. Eva está en su mundo como siempre. Observa. Sube y baja los escalones. No se cansa nunca, pienso. Juega con sus compañeros. Me ve.

Dicen que la felicidad es un instante. Mi instante de ayer fue ese instante. Mi hija empezó a saltar haciéndole honor a la sala Canguros y a señalarme. Después, fue haciéndose espacio hasta llegar a la puerta transparente y nada la detuvo: ¡¡¡¡Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!!

Recuerdo su cara al alzarla con una expresión que no puedo definir con palabras. Después, en mi nebulosa de amor, saludé a un hombre que se me acercó y me dijo que era el papá de Sofía, una de las mejores amigas de Eva. También a la mamá de Dante que, como ya sabe que a mi hija le gusta cocinar, la invitó a hacer spaguettis pronto. Nos fuimos entre voces pequeñas gritándole desde algún lado «Chau Eva». Ella me pidió caballito y nos fuimos cantando.

Durante un largo rato sonrió. Sonreímos. Como en otros momentos únicos, quizá ella también haya tenido un instante de felicidad.

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