Solas en la madrugada

Llevo dos días sin dormir de un tirón. Sin dormir bien. Anteanoche fue una otitis anunciada. Eva empezó natación y se acostó pidiendo entre lágrimas recuperar su “orejita sana”.

A los lamentos le siguieron unas gotas recetadas por la pediatra en caso de que doliera. Y dolía. Después, nos metimos en el vapor del baño como cuando era más chiquita porque además del oído se anticipaba un resfrío.

Ya en su cama, intentó dormirse pero no pudo. Me acosté con ella prometiéndole que ´todo iba a pasar´ pero no pasó. Se acurrucó entre mis brazos.

¿Qué hago?, pensé en un principio de desesperación. Nunca se queja, tiene alta resistencia al dolor… Le duele mucho. Recé, la abracé y encontré una salida en la penumbra. Pasa siempre sin premeditarlo: si sus defensas bajan, las mías aumentan.

¿Querés que te cuente un cuento?
Asintió.

No sé por qué me acordé de un juguete que encontré en las calles de Madrid hace una década y que guardé como ‘tesoro’ para una hija futura que sabía que tendría. Una ostra rosa con una perla brillante.

‘Había una vez una sirenita con la cola dorada como el oro´, empecé. ´Nadaba por el océano y brillaba tanto que los peces se daban vuelta para mirarla. Y cantaba… cantaba así…´ Soné horrible pero miré a Eva y ella estaba esperando pendiente. Había dejado de llorar.

Seguí. ´Entre los peces había uno chiquito y azulado que se llamaba…’ ‘Frankie’, completó ella. ‘Sí, Frankie. Frankie la llamaba, la sirenita escuchaba su voz pero no lo veía. La mamá de Frankie le dijo que comiera muchas algas violetas, que eso lo haría crecer y que ella entonces lo iba a ver…’

Me entusiasmé tanto con mi relato inventado que se extendió como media hora y nos trasladó a las dos a otro lugar. La sirenita y Frankie terminaron siendo grandes amigos, encontraron algas violetas en una ostra rosa y tiñeron el océano de oro y “púrpura”, como le gusta decir a Evangelina.

Dormí poco anteanoche. Anoche volvió el dolor al oído pero mucho más liviano. No me levanté cinco veces sino dos y en esas dos Eva se quejó pero no lloró.

Sé que el dolor pasa aunque el de un hijo durante dos noches duela tanto que parezca eterno.

Sabía que un día mi hija y la ostra mágica se iban a cruzar.

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