«Si querés sexo, podés irte»

*viene del post anterior

Como un presagio, Amanda se despertó tarareando la canción de Gallace. El paseo en crucero le resultó encantador pero eterno. Conoció a una pareja de argentinos -como ella- a los que les contó del encuentro de las últimas horas. La contuvieron. En el medio de un mar de ensueño, Amanda solo quería bajar del barco para probar si detrás del papel y el número con característica de Senegal volvía a escuchar aquella voz.

Ya en tierra, la chica argentina le prestó su celular para hacer más corta la espera. El sonido de su voz tardó segundos en aparecer. Allí estaba otra vez Gallace armando un plan para la noche. «Temí que no me llamaras -deslizó- Nos encontramos en la esquina de ayer. ¿Te parece? A las 9 en punto», propuso.

Ni bien pudo, Amanda corrió a prepararse como si fuese la primera cita de su vida. Después, trepó a un taxi hacia el reencuentro: la hora había pasado volando. Esta vez llena de nervios buscó «la» esquina. Recorrió los caminos de la noche anterior. Volvió a perderse. Le pidió claridad a la Acrópolis. Después de mil vueltas, encontró el lugar. Ya eran casi las 10 ¿Y si él se había ido?

En la esquina no había nadie. «Al menos sé dónde encontrarlo», se tranquilizó. Sus pensamientos se vieron atravesados por la realidad. De adentro del restaurante donde 24 horas atrás habían dado las primeras señales de acercamiento reapareció Gallace, más bello aún que la noche anterior.

Amanda sintió que se le paralizaba el corazón. Temía que el hechizo se rompiera. En los segundos que tardó él en llegar hasta ella, la acechó su baja autoestima. Siempre había sido muy insegura y lapidaria con ella misma. Oscilaba entre sentirse la más bella y la menos deseada del planeta. ¿Y si Gallace se arrepentía?

La duda se esfumó con su mirada. «Pensé que no ibas a venir. Me estaba por ir», lanzó él. «Me volví a perder», susurró ella. Sin mediar distancias, él le agarró la mano. «Vení. Te voy a presentar a mis primos ¿Querés?», preguntó. Amanda no dudó. Sintió que por fin estaba decidiendo su corazón.

Al hueso

Nunca iba a olvidar esas cuadras caminando de la mano. En el trayecto sentaron las bases del vínculo. El fue directo: «Si querés sexo, estás a tiempo. Podés irte», disparó. El impacto hizo que ella recalculara su eje. Estaba sobre las nubes y bajó a la tierra. Su sentencia la tranquilizó. Estaba a salvo desde el principio. Era sincero.

Gallace le contó en pocas palabras las guías de su vida. No le tenía miedo a la soledad. Había estado solo durante muchos años. No estaba desesperado buscando un amor. Sabía que iba a aparecer en el momento justo. Confiaba en el destino y sobre todo en Dios. El iba a indicarle a la mujer indicada en el momento exacto. No quería sexo efímero. «Muchas mujeres nos buscan a los hombres negros para tener sexo. No me interesan ese tipo de mujeres. Hace cinco años estoy solo. Por eso, te repito: si querés sexo, andate», reforzó.

Amanda quería quedarse eternamente. Su vida había sido radicalmente opuesta a la de Gallace. Se había involucrado a medias en relaciones sin futuro para no estar sola. En este caso, ¿qué iba a hacer? ¿Qué pasaba con su reloj vital ansioso que marcaba rápidos principios y finales? ¿Qué pasaba con su hastío cíclico de las relaciones amorosas -recientes o añejas-, ese aburrimiento que la hacía partir antes de tiempo de los vínculos para que la situación no perdiera su brillo?

Recordó que en horas tenía un avión programado a Mykonos. Como un karma, siempre tenía que irse pero desprenderse de Gallace iba a ser imposible. En ese tiempo sin horas, en cualquier tiempo. El destino los había cruzado a miles de kilómetros de sus ciudades natales ¿Sería todo obra de Dios, como creía Gallace? ¿Qué Dios los había unido bajo las estrellas de Atenas?

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

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