Que…

Y así. Todos los días, varias veces por día, insistiendo con hablar y avanzar con su viaje a la Argentina. Así, constante y sostenido. El, Amadou, hablándome de su hija, de sus ganas de conocerla personalmente. ¿Hablándome de amor? Y más.

Que si puedo mandar la carta de invitación a Marruecos.

Que ya está bien de salud y que no quiere perder más tiempo.

Que necesita venir cuanto antes.

Que Evangelina y yo somos su familia.

Que sueña con ella.

Que está aprendiendo español con un amigo.

Que nadie es perfecto y que olvide el pasado.

Que estuvo enfermo y que vivió en un infierno.

Que su deseo más profundo es que su hija lo quiera.

Que está orgulloso de ella.

Que no pudo enamorarse otra vez y que Dios es su testigo.

Que me quiere hacer una pregunta que no es fácil para él…

Que si tengo otro hombre.

Que.

Que no tenemos nada que ver amorosamente.

Que murió como hombre para mí.

Que es solo el padre de mi hija y que siempre lo va a ser.

Que las puertas de mi casa están abiertas para él y su familia.

Que si viene a la Argentina se busque un lugar adonde vivir.

Que si estoy con otro hombre no es su problema.

Que la relación que mantenga con la nena depende de él.

Que quizá el año que viene podemos encontrarnos en algún lugar intermedio para que conozca a Eva. Que puede ser España.

Que doy mil vueltas.

Que.

Recuerdo que una amiga muy sabia me dijo una vez que Amadou había llegado a mi vida con varias misiones. Que además del amor que nos tuvimos y de la hija hermosa que nos eligió como padres y deseamos tener, él venía a probar mis límites y destapar mis miserias. Puede ser.

Hastía repetir una y mil veces que es tarde para muchos de sus que. Me relaja ponerle límites. Me abruma pensar en su insistencia y en que alguna vez tendré que dar algún paso para concretar su encuentro con Eva. El 11 de julio se cumplieron cinco años de nuestra despedida en Atenas.

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