Pase de factura 1

– “Mamá, estoy contenta”
– “¡Qué alegría Eva! ¿Y por qué estás contenta?”
– “Porque estoy contenta y vos estás contenta y yo estoy contenta con mi vida”

Toda una declaración para un sábado al mediodía. Dormimos plácidas, me desperté tarde pero llegué a organizar todo en la casa hasta que se despertó Eva.

En los últimos días le gusta levantarse sola y sorprenderme en lo que esté haciendo. Mi radar de mamá obsesiva la escucha moverse en la cama, saltar y caminar hacia mí. Así y sin embargo, siempre me sorprendo al verla.

Abrazadas durante un largo rato, no tardó mucho en develar los motivos de su alegría. Y clavarme un puñal.

– “¿Hoy te quedás conmigo, no? ¿Vamos a ver Princesas?”
– “Si, hija. Vamos al teatro y hoy y mañana me quedo con vos! Es fin de semana y no trabajo”.
– “¿Te acordás cuando me llamaste del trabajo y yo te canté una canción del jardín?” “¿Te la canto?”

Mi hija ya empezó a registrar los malditos lunes y los liberadores fines de semana. Y actúa en consecuencia.

Los sábados y domingos son una fiesta para las dos. Una amiga me preguntó hace unos días cuál había sido la etapa más difícil hasta ahora y le respondí que el principio. Con Eva hoy compartimos mil cosas y es maravilloso. Tenía razón mi mamá cuando en ese “principio difícil” me decía que ella iba a ser mi gran compañera.

“¿Merendamos mamá?”, “¿Traemos el colchón y vemos una película?”, “¿Tomamos mate con azúcar?”, “¿Hacemos una torta?”, “¿Preparo la mesa?” propone en nuestro mundo… Lo que en la semana se diluye en un segundo, se detiene el fin de semana. Varias veces Eva me habla de “compartir”. Suena increíble en su voz. Compartimos nosotras y compartimos con los que nos quieren.

Cuando arranca la semana el compartir se extiende pero es un compartir incompleto. Contradiciendo su espíritu libre, los últimos lunes fueron complicados. Eva osciló entre llorar e inventar distintas “estrategias” para retenerme cuando llega la hora de irme.

El lunes me pidió que almuerce con ella (me parece escucharla mientras escribo: “Mamá, sentate conmigo! ¿No vas a comer?”) Después improvisó un show sobre un banquito y dos segundos más tarde agarró mi celular y se puso a jugar… Finalmente, se resignó. Nos resignamos. Contó literalmente hasta diez, me dio un beso y me dejó partir.

A la noche cuando volví Lili –la señora que la cuida– me dijo que Eva había tenido “un lunes más lunes que nunca”. Que se había calmado solo cuando tomaron el té con su amiga Sofía (la buena amistad es siempre reparadora). Conmigo, la cosa no mejoró. Después de retarla mil veces, la abracé fuerte antes de irnos a dormir y le pregunté qué le pasaba por enésima vez hasta que por fin me respondió. “Es que no quiero que te vayas”.

De nuevo el puñal… Por suerte la historia siempre continúa y hoy vuelve a ser viernes.

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