Ajedrez maternal

A Lili (la señora que cuida a Evangelina como si fuese su abuela) le duele mucho la panza y no viene hoy. Viene su hija, Mari que también la quiere mucho y que la va a llevar al jardín al mediodía. Pero Mari no puede ir a la salida. Entonces le mando un S.O.S. a Iara, la mamá de Sofi, una de las mejores amigas de Eva y Iara me cuenta que la nena está con fiebre. Que no va al jardín ni a natación pero que ella igual puede ir a buscar a mi hija a las 18.30 a la pileta. Que la suya puede quedarse con su papá y que lo que tiene no es contagioso. Mi hija se quedará con ellos hasta la noche cuando la pase a buscar al salir del trabajo. En mi trabajo me dan el ok para ausentarme un par de horas. Así que hoy voy a buscar a Eva y el resto, ya está organizado.

No es la primera vez que en un segundo y sin anestesia se mueven las piezas del tablero de nuestra rutina y hay que recalcular. Le contaba a una amiga que aunque siempre descoloca, ya me tomo los movimientos bruscos con más tranquilidad. Eva está más grande. Entiende los cambios. A veces llora porque no estoy y me pide que esté en los momentos que no suelo estar. Y hoy voy a estar.

Estoy cuando sale del jardín y no lo puede creer. Estoy para explicarle que solo me quedo un rato y que después se va a la casa de su amiga Sofi. Estoy para ponerle la malla floreada y la gorra de tela (las de látex son crueles con los rulos). Estoy para verla entrar al agua como si viviera en ella (¿guardará bellos recuerdos en mi panza?Ojalá). Estoy para charlar con las mamás que cuentan, como todas, sus películas familiares con papás normales, ausentes o estresados. Estoy para sacarle mil fotos aunque no se pueda.

Ella hace las piruetas de siempre y más. “Es que hoy estás vos”, me dicen las mamás. La profe le presta su gorra plateada que increíblemente le entra! y me gesticula a través del vidrio que la compró en Brasil. “Tendremos que viajar a comprar una”, le respondo también con señas.

Es hora de irme. Llega Iara y hacemos la posta a las seis y media clavadas. Saludo a Eva y ella me hace un gesto de “después me venís a buscar?”. Levanto el pulgar. Asiente y vuelve a zambulirse en su mar.

Seguramente llegaré molida esta noche. Escribo en el que taxi que me lleva al canal otra vez. La calle es una multitud que marcha hacia Plaza de Mayo a decirle NO al 2 x 1. Me llevo una nueva imagen de mi hija. Mi Reina se mueve libre en nuestro tablero y eso siempre es una tranquilidad y una bendición. Por hoy, Jaque Mate.

Solas en la madrugada

Llevo dos días sin dormir de un tirón. Sin dormir bien. Anteanoche fue una otitis anunciada. Eva empezó natación y se acostó pidiendo entre lágrimas recuperar su “orejita sana”.

A los lamentos le siguieron unas gotas recetadas por la pediatra en caso de que doliera. Y dolía. Después, nos metimos en el vapor del baño como cuando era más chiquita porque además del oído se anticipaba un resfrío.

Ya en su cama, intentó dormirse pero no pudo. Me acosté con ella prometiéndole que ´todo iba a pasar´ pero no pasó. Se acurrucó entre mis brazos.

¿Qué hago?, pensé en un principio de desesperación. Nunca se queja, tiene alta resistencia al dolor… Le duele mucho. Recé, la abracé y encontré una salida en la penumbra. Pasa siempre sin premeditarlo: si sus defensas bajan, las mías aumentan.

¿Querés que te cuente un cuento?
Asintió.

No sé por qué me acordé de un juguete que encontré en las calles de Madrid hace una década y que guardé como ‘tesoro’ para una hija futura que sabía que tendría. Una ostra rosa con una perla brillante.

‘Había una vez una sirenita con la cola dorada como el oro´, empecé. ´Nadaba por el océano y brillaba tanto que los peces se daban vuelta para mirarla. Y cantaba… cantaba así…´ Soné horrible pero miré a Eva y ella estaba esperando pendiente. Había dejado de llorar.

Seguí. ´Entre los peces había uno chiquito y azulado que se llamaba…’ ‘Frankie’, completó ella. ‘Sí, Frankie. Frankie la llamaba, la sirenita escuchaba su voz pero no lo veía. La mamá de Frankie le dijo que comiera muchas algas violetas, que eso lo haría crecer y que ella entonces lo iba a ver…’

Me entusiasmé tanto con mi relato inventado que se extendió como media hora y nos trasladó a las dos a otro lugar. La sirenita y Frankie terminaron siendo grandes amigos, encontraron algas violetas en una ostra rosa y tiñeron el océano de oro y “púrpura”, como le gusta decir a Evangelina.

Dormí poco anteanoche. Anoche volvió el dolor al oído pero mucho más liviano. No me levanté cinco veces sino dos y en esas dos Eva se quejó pero no lloró.

Sé que el dolor pasa aunque el de un hijo durante dos noches duela tanto que parezca eterno.

Sabía que un día mi hija y la ostra mágica se iban a cruzar.

“Me quiero enamorar”

Hace rato que Evangelina dice que quiere enamorarse. Se sorprende con las parejas que se besan apasionadamente en la calle. Nunca me vio besar a un hombre con pasión otra vez.

Intenté explicarle lo que es el amor de pareja. Semanas atrás le conté que me había enamorado de su papá. Le mostré algunas fotos de nosotros y lanzó casi risueña: “Ahhh… vos sí que te enamoraste!” Nunca más volví a enamorarme.

Estos días ella avanzó y me dijo que quería enamorarse de su papá. Por alguna razón y en ausencia (hace meses que él no habla con ella) a veces lo recuerda. Me pidió también que lo llamara para decirle que venga. Le prometí que lo iba a hacer pero le expliqué que por ahora él no puede. Que está en Africa, que es lejos y que es difícil. También que, si pasa el tiempo y todo sigue igual, la voy a llevar a verlo.

Ya venía formulando “Africa-lejos-no puede” pero sueltos. Nunca como una respuesta a una inquietud concreta. Fue la primera vez que le hablé de cruzar el océano si nada cambia. Me conmoví. A ella le conformó la respuesta.

Arrancó una nueva etapa que siempre supe iba a llegar. La etapa de explicarle a Eva dónde está su papá y por qué no está en Buenos Aires. Por qué no está con ella.

Amadou se perdió otra vez. Va y vuelve, tantea, confirma que conmigo no tiene red y desaparece. Se olvidó de sus insistentes ganas de volar a la Argentina. Se conforma con mensajes sueltos en los que sostiene con vehemencia que su hija está por encima de todo y de todos. Cuando le funciona el celular, asegura que está todo el tiempo pensando en ella. Ya no habla de su supuesto gualicho. Capaz ya no existe o se cansó de repetirlo. Sí repite que Dios es el que va a definir nuestros caminos. Que él tampoco se volvió a enamorar.

Eva ya lo espera sin desesperar. Mientras tanto, valora todo y a todos los que la amamos. Eleva a únicos los momentos que estamos juntas. Me pide seguido que nos quedemos solas y que “nadie nos moleste”. Me cuida y me piropea. “Mamá, sos una reina”… soltó anoche sin preámbulos.

No se calla nada. Tampoco y, por suerte, se guarda las preguntas internas que empezó a hacerse mirando hacia Dakar.

Play

Llega el ascensor. Subo dos valijas, un bolso térmico, la guitarra nueva de Eva y cinco cajas de sandwiches. Eva ayuda. “¡Agarrá el bolso celeste, hijita! ¿Podés?” “Sí, mamá” “¡Chau casita!” Nos espera el auto. Arrancamos a los 10 minutos.

A las 15 cuadras se sube mi amiga Vanina. Llenamos el baúl con tortas que no corren riesgos. El bolso térmico se completa con una “sorpresa” que Vani no quiere develar hasta el final del cumpleaños de Eva.

Me llegan fotos al celular desde Temperley. Mi hermano Gastón y mi cuñada Carla coparon la cocina de mis viejos con cajones de bebidas. Mi hermana Soledad me escribe que llega un poco más tarde porque tuvo un alumno de inglés.

El viaje es rápido. Llegamos al sur. Descargamos todo en el salón. Paramos para comer en lo de mis viejos y seguimos. Eva se queda con mi mamá y sus primas que hace rato la esperaban. Salvo Pía que viene a ayudar.

El salón es más que un salón. Es la sociedad de fomento a la que íbamos de chicos con mi abuela Carmen. Potreábamos e izábamos banderas los días patrios. El lugar cambió muchísimo y, sin embargo, cada vez que traspaso su puerta es como si mi abuela volviese un poco.

Por las ventanas entra un sol único del verano que se va.

¡Cada uno a sus puestos! parece decirnos una voz interna a todos en el mismo instante. Vanina vuela a la cocina a preparar sus delicias. Guarda en el freezer “la sorpresa”: postrecitos de tiramisú y de oreo que nunca probaré (desaparecieron en segundos). Avanza con su profunda alma de chef.

Mi cuñada decora el salón. Es una experta. Ayuda a mi hermano a armar las mesas con sus sillas y sacar algunas al patio. “Está hermoso el día. Van a querer estar todos afuera”, me sugieren. Gastón enciende el equipo que mi amiga Stella trajo el jueves atravesando el conurbano y la ciudad. El aire se llena de nuevos colores.

A Pía le tocan los globos y se la banca estoica. Llega Sole y suma aire también. Acomoda prolijamente el ‘combo panchos’ que reservó mi hermano Ezequiel y los souvenirs de la Doctora Juguetes que armamos juntas un mes atrás.

Un poco anárquica como siempre, hago de todo un poco mientras los abrazo con la mirada. “¿Dónde dejé las llaves del salón?” “Dejalas con los celulares, Val!” “Má, acordate de las toallas y traé más repelente” “Si, hija, tranquila”. “¿Está bien de globos o inflo más?” “Inflate un par de fucsias” “Hola, pasen y armen la cama elástica por ahí…”

Son las 5 de la tarde. En media hora caen los invitados. Pía sale como un rayo a buscar a Eva. Vani le pone los últimos corazones a la chocotorta. Sole arma una fila de globos en la entrada y empieza a cambiarse. Carla y Gastón se van a buscar al resto de la familia. Abrimos una cerveza para brindar.

Eva llega con sus primas y enciende su cara de sorpresa cuando ve su salón-pelotero-consultorio. Se pierde entre sus juegos preferidos. La veo disfrutar al sol…

La cadena infinita de manos ayudando se cerró pasada la medianoche. El cumpleaños de mi hija fue otra vez como la fiesta de una megafamilia disfrutando de una comilona hasta que se apagan las luces.

A la madrugada imaginé todo en cámara rápida. Hubiese sido genial vernos en acción de principio a fin. También, me quedé pensando que la realidad volvió a derribar una de mis teorías. No es cierto que los humanos nos estemos transformando en ombligos enormes en los que nos perdemos mientras al lado pasa la vida. La nuestra y la del otro.

Quizá sea cierto lo que me dijo una amiga horas después del festejo: “Eva es como un triunfo de muchos”. No hay ombligo que le gane al amor.

El sol en los anteojos

¡Prestame los anteojos, mamá! ¡Hay mucho sol!

Acabábamos de bajar del colectivo. Detrás habíamos dejado las marchas, las banderas y los petardos “¿Es carnaval otra vez, mamá?” “No, hija. Son personas que están enojadas y reclaman. Si algo no te gusta, tenés que protestar”.

Once era un loquero. Autos, colectivos, bocinazos… Ella y yo de la mano, agarradas fuerte. Ella, orgullosa de su trenza con la “colita de color oro” y mis anteojos. Yo, nerviosa y feliz.

Le pedí que cuidara mis lentes y me quedé con su espada de Spiderman. Avanzamos tarareando canciones conocidas e inventadas. Me pidió golosinas para compartir con sus compañeros. Me dijo que iba a disfrutar en el jardín. También, que la próxima vez quería viajar en colectivo sola. Que sabía cómo llegar. Y que yo estaba muy linda. “Quiero ser la mamá más linda para vos, hija”, me emocioné. “¿Cuando salga del jardín me vas a venir a buscar?” “Claro, ahí voy a estar”.

Lo demás quedó afuera de la foto. Evangelina empezó sala de 4 sin problemas y yo, mis vacaciones en Capital con y por ella. Después de dejarla en el jardín, fui a ver la película “Camino a Casa”. Lloré pensando en que es verdad, lo que pasa en la niñez deja marcas para siempre. ¿Qué postales de nosotras guardará mi hija en su memoria? Ojalá guarde esta foto.

Un día, mil paradas

– “¡Vení a la parecita, Mamá!”
– “Ahí voy, hija”

Parada 1
Es domingo. Estamos esperando el 168 en la primera escala hacia el conurbano. Hace un calor tropical en la ciudad. El bolso celeste pesa (como siempre). Desde que Evangelina nació cargo con bolsos y mochilas de distintos colores y tamaños con varias mudas y para todos los climas… Mi problema crónico de cervicales vive hoy más que nunca.

Parada 2
Eva sube y corre hasta el final del colectivo. La frena mi aullido. Le gusta correr y sentarse en los asientos del fondo. Sí, los que saltan. Nos sentamos. El aire acondicionado (¿y el aullido?) aplacan a `la fiera´.

Parada 3
Llegamos a Constitución. Los carteles dicen que el próximo tren se va en tres minutos. Es de los nuevos, con aire también. Eva disfruta de correr de mi mano hacia el primer vagón. Yo, de ver la estación levemente más limpia que en mi época de viajes sin Eva.

Parada 4
Nos dejan el asiento. Siempre nos sentamos. No sé si por Eva o por la piedad de los que me ven venir en la versión “Mamá Ekeko”. Arrancamos. Eva me pide el celular y empieza a sacar fotos a los personajes del vagón. Quedan retratados un pibe pelilargo con sus auriculares y un señor panzón de remera verde. Y nosotras, claro.

Parada 5
Mientras llegamos a Lomas, leo, sonrío y aprovecho para darle a Eva los besos y las caricias que quedaron perdidos en la semana. Ella se concentra en los videos y tararea las canciones de Moana en un inglés propio. Disfruto de esa postal repetida. Cada una es profundamente lo que es por un instante.

Parada 6
Reconozco el aire de mi ciudad. Las pasarelas que van hacia Fonrouge son las mismas que hace décadas, igual que los colectivos, siempre rústicos y demorados… Podríamos tomar un remis pero ahí viene el 266… Me da cierta nostalgia también transitar con mi hija los caminos laberínticos y arbolados hacia la ahora “Casa de los Abuelitos”.

Parada 7
El raid se detiene en el preciso instante en que cruzamos la puerta de entrada y Eva pasa a ser una especie de heroína amada por primos, tíos y abuelos. Yo relajo. A veces demasiado. Las siestas en la que fue mi cama de la niñez/adolescencia promedian las dos horas.

Parada 8
En un momento emprendemos el camino a casa con las paradas a la inversa. De nuevo en el tren, Eva escucha a un nenito de su edad cantar una de amor en el pasillo.`Estoy enamorado y tu amor me hace grandeeee…´ Llegan los aplausos y el chico recibe unas monedas.
– “Mamá, yo también quiero cantar”
– “No, Evangelina. A los chicos los mandan los papás como si fuera un trabajo. Y los chicos no tienen que trabajar, tienen que jugar”.
– “Pero yo quiero cantar…”
Se para. Lanza unos tímidos acordes. Algunos pasajeros se ríen. Llegamos a Constitución.

Parada 9
En el 12, mientras cargo energía dándole más besos, pienso en todas las opciones a las que podría recurrir para hacer el camino más corto y rápido. Combi y taxi, sí. Auto, puede ser… De hecho muchas veces nos llevan y nos traen cuando mi versión de “Mamá Ekeko” se transforma en “Mamá símil Mudanza” o “Mamá agotada”. Pero hay un pensamiento superador que me ilumina como un rayo de luz.

Es la parada 10
La que habla del día en que Eva viaje sola, cerca o lejos, adónde quiera ir. Cuando llegue ese día, reconocerá cómo hacerlo porque va a tener una memoria de viaje añeja y variada. Sé que sabrá llegar al castillo en la montaña. Siempre me alienta estar preparándola para la vida.

Por ahora, No

Averigué cómo es el tema de la carta de invitación para que Amadou pueda venir en algún momento a ver a su hija. Mi gen ansioso muchas veces me lleva a querer tener respuestas antes de procesar mis propios procesos.

Como si fuese un desafío periodístico pero que me involucra personalmente, avancé en las tinieblas con las averiguaciones. Me escuché transmitirle a un contacto en Migraciones nuestra historia o parte de ella. Me escuché con mucha menos convicción que hace dos años, por poner un plazo.

“Diste con la persona indicada. Soy de esas personas que resuelven estos casos”, me dijo con calidez el hombre al teléfono. También me explicó lo que en parte supe siempre por sentido común.

La carta debería ser escrita en español y en francés, idioma matriz en una parte de Africa. Tendría que remontarme a Atenas y contar todo desde el origen. Decir cómo conocí a Amadou, cómo fue nuestra relación y confirmar que es el papá de Evangelina. Explicar que quiere venir a verla. Que nunca pudo hacerlo por distintas razones. Que yo valido que viaje. “Aunque hoy él existe, no existe para la ley”, avanzó.

Me comentó que el trámite podía demorar un tiempo pero en definitiva sería sencillo que pise la Argentina. Que si no era por la vía de la carta, se podían apelar a las infinitas convenciones que promueven que el niño esté con su mamá y su papá.

“¡Qué historia la tuya!”, deslizó el hombre de Migraciones. “Soy papá y entiendo todo. Sea el papá que sea, siempre es bueno que esté cerca de su hija”.

Me quedé metida como en una nube oscura después del avance. Formularlo es sencillo pero… Detuve el impulso inercial de hacer lo que me había pedido el papá de mi hija y de a poco, por dentro, fui poniendo mis reglas. Empecé a decirle que “Por ahora, No”.

Por ahora, No. Porque no puedo sentarme a escribir la carta. Porque no tengo ganas de hacerlo.

Por ahora, No. Porque no quiero hacer ningún esfuerzo más.

Por ahora, No. Porque Eva es muy chiquita, porque no sé cuánto puede impactar en su vida y en su cabeza el desembarco de su hasta ahora papá por skype y de su cultura, tan distinta a la nuestra.

Por ahora, No. Porque no quiero abrir una nueva puerta sin saber bien qué hay del otro lado.

Por ahora, No a mi carta. Quizá más adelante. O tal vez Amadou encuentre otra manera de cruzar el océano que hasta ahora no se animó a cruzar. Pasará, lo sé. Pero por ahora, No.

Es una manera de enarbolar otra vez una de mis banderas profundas: ser fiel a lo que siento. Hace cinco años crucé yo varias veces el océano para verlo. Sin dudas y por amor. Evangelina era un proyecto. Hace cuatro o tres años, con Eva bebé, sentía que todavía era un Si. Que podía mover las fichas adecuadas para tenerlo cerca nuestro. Y ahora siento que No.

Iba a comunicárselo a Amadou en estos términos. Todavía no pude. Hace un mes que no aparece. A veces la vida se encarga de darte también respuestas.

Elba, la Mamá chef de Agustina

“Ser madre soltera es un desafío que me costó mucho afrontar”

¿Cómo sos como mamá?
En esta nueva etapa de mi vida, ser mamá me demostró que no existe felicidad tan grande como la que estoy viviendo al lado de Agustina. Si antes estaba muy contenta, no se compara con el momento que vivo hoy. Vivo cada día como si fuera único, tratando de dar lo mejor de mí para mi bebota, mimándola de múltiples maneras pero sobre todo aprendiendo juntas a vivir felices. Siempre me imaginaba que cuando llegara el momento de ser mamá, iba a ser súper protectora y amorosa. Dicho y hecho, fue así: es mi tesorito.

¿Cuál fue el momento más difícil desde que ella nació?
Desde que nació Agustina un momento difícil fue cuando dejé de darle pecho. Era una conexión especial con Agus y por cuestiones de salud tuve que dejar de hacerlo. La separación fue más impactante para mí que para ella. Todavía siento tristeza.

¿Quiénes te ayudan a cuidarla? ¿A quiénes les tenés confianza?
Las únicas personas que la cuidan son mi familia y el padre, que le tengo confianza. Ellos son las personas que darían todo por mi bebota. Hasta el día de hoy demuestran que es así.

¿Te sentiste alguna vez sola durante este tiempo?
Durante todo el proceso de embarazo, nunca me sentí sola. Siempre estuve acompañada por mi familia, amigas y mis seguidores que me daban ese plus de amor.

¿Cuáles son tus miedos y cuáles son tus fortalezas como mamá?
Mis miedos pasan por el hecho de saber que Agus tarde o temprano tendrá que irse de casa a estar con su papá.

¿Cómo te organizás para seguir con tu trabajo como chef?
Pensé que ser madre iba a repercutir sobre mi trabajo de cocinera que demanda mucho tiempo y dedicación. A la semana que llegó mi bebota a mis brazos decidí que juntas a la par podíamos trabajar. Así lo hacemos día a día.

¿Cómo es tu hija? ¿Se parece en algo a vos?
Físicamente se parece a su papá. Y tiene un carácter muy simpático y amoroso como su mamá. Al ser tan glotona a la hora de las comidas su abuelito dice que son los genes de los Rodríguez. Le gusta estar en brazos, caminar con ayuda, jugar muchísimo, es muy activa. Su manera inquieta es lo que más me gusta. Nunca se va a quedar quieta.

¿Qué deseás para ella?
Le deseo que tenga un corazón noble, solidario, luchador y que nunca se olvide que lo más importante en la vida es ser feliz.

¿Qué deseás para vos?
Es raro desearme algo para mí pero sí me gustaría verla crecer lo suficiente, que pueda estar con ella y protegerla. Acompañarla hasta que ella misma pueda enfrentar sola la vida.

¿Qué deseás para las dos?
Todavía no terminamos nuestra casa, es algo que deseamos realizar lo antes posible, que tengamos nuestro propio lugar.

¿Volverías a ser mamá soltera?
Ser madre soltera es un desafío que me costó mucho afrontar, no se lo deseo a nadie. En mi caso, no fue una elección compartida solo me quedó aceptar. Estando embarazada tuve que tomar riendas y seguir junto a mi bella. La cuidé en todo momento para evitar cualquier complicación cuando estaba en la pancita. Ya no era solo lo que sentía sino que tenía otro corazoncito dentro mío. Esa fortaleza fue la que me ayudó muchísimo siempre.

¿Te arrepentís de algo?
Muchas veces me planteé si me arrepiento de algo y la respuesta la encontré en Agus. Todo lo que pasé valió la pena, por que gracias a ello tengo a mi reina en brazos.

Cómo conocí a Elba
Supe de Elba y su historia cuando mi hija era apenas una bebita. Ella se había consagrado en Masterchef, quedó embarazada tiempo después y decidió hacerse cargo de todo sola. Un día de no hace mucho me propuse encontrarla. Descubrí que era de Lomas de Zamora como yo. Que a sus 26 años había podido, que seguía cocinando ahora con una asistente de lujo: su hijita y que era muy feliz. Es cierto que las respuestas a muchas preguntas las encontramos en nuestros hijos. ¡¡¡Gracias Elba!!! ¡Nos encontramos en alguna comilona!

“Quiero viajar a darle un beso a mi hija”

– Te quería hacer una pregunta, escribe Amadou por chat.
– Sí, decime.
– Yo lo único que quiero es que estemos juntos. Ustedes son mi familia.
– Linda película. La realidad es otra cosa.
– Por eso. Ahora estoy bien de salud. Mi hermano me puede sacar el pasaje para ir a la Argentina. Necesito que me mandes una carta de invitación para poder viajar. Quiero estar cerca. Necesito darle un beso a mi hija.
– Dejame ver…
– Dale. Espero tu respuesta.

¿Y ahora?

Promesas y palabras

No es la primera vez que Amadou dice que quiere viajar a Buenos Aires. Si algo hizo en estos años fue sostener que, ni bien se sintiera bien, iba a hacerlo. Todo quedó siempre en el plano de las promesas y de las palabras. Gualicho va, gualicho viene, ninguna definición. Esta vez también son palabras pero siento que habla de ´algo posible´.

Recuerdo la última vez. Fue hace más de un año creo. Me dijo que estaba averiguando viajar vía Brasil. Que todos los senegaleses hacían ese camino. Y ahí quedó la cosa. Hasta ahora.

El reflejo es inmediato. Cada supuesta intención de venir repercute en mi cabeza como la turbulencia en un vuelo. Por dentro decís que no va a pasar nada pero igual querés que el avión se estabilice lo antes posible. La turbulencia de Brasil me impactó más que esta última ¿Será que estoy mejor sentada en mi asiento?

Preguntas
De cualquier manera, se enciende la alarma y las preguntas:
¿Qué puede pasar si viene?
¿Cómo reaccionará Evangelina? ¿Le hará bien?
¿Siempre es mejor que un papá esté cerca?
¿Podré tener la libertad mental y real para manejarme con mi hija por la vida como ahora? ¿Me cargaré de nuevos temores?

Mientras pienso qué hacer y frente a sus nuevos mensajes, le pregunté concretamente cuál es su plan. Me dijo que no me preocupe por él, ni por el vuelo, ni por nada. Que él se ocupaba. Que le mande una carta de invitación y ya. Que él organizaba todo en Marruecos donde está la embajada argentina más cercana (y más amable) a Senegal. Hay otra en Nigeria pero Nigeria se volvió una ´peligrosa zona de guerra´ en distintos sentidos.

Nada es ni va a ser lo que fue hace cinco años. Ya no somos los mismos.

Pasará. Sé que en algún momento él va a conocer a Evangelina. Acá o en algún lugar del mundo. En meses, años o décadas. Con carta de invitación o no. Lo sé desde que Eva estaba en mi panza. Amadou no se tiró al océano en una balsa ni se subió de polizón a un barco para venir a Buenos Aires pero no creo que se resigne a no darle un beso a su sangre a lo largo de su vida. Y ahí, claro, como siempre, estaré yo. La nueva yo que nació con mi hija.

De Reyes y Deseos

Miércoles 4 de enero a la noche

– ¡Mamá! ¡Nos olvidamos de escribirle la carta a los Reyes!!!
– Uh… ¡Tenés razón! ¡Vamos a escribirles!

Hojas de cuaderno a mano, lapicera, garabatos y definiciones:

Eva:
– “Queridos Reyes Magos: me llamo Evangelina. Quiero que me traigan una muñeca que tome agua y haga pis, una troll Poppy y una bici y unos patines para Mamá!”
– Eva, tranqui… ya tenés vos patines y bici… yo ya soy grande…
– ¡Pero Mamá! ¡Papá Noel no te trajo los patines! ¡Pedilos!
– Bueno, vemos más adelante…

Yo:
“Queridos Reyes Magos: les pido que le traigan a Eva todo lo que ella pidió…”

Se pudrió.
– ¡Mamá! ¡No pidas para mí! ¡Pedí para vos sino no te van a traer nada! Yo tengo mi carta y vos la tuya.

Silencio realista.

– Dale… “Y además, quiero un chocolate y un sombrero. Un beso y gracias! Valeria.”

En las siguientes 24 horas, además de comprar los nuevos regalos, lo hablé con mi psicóloga. Primero charlamos de mi tendencia de “madre de hija única” que cree que su pequeña hace todo bien. Aunque hay cosas que son ciertas, por momentos me siento entre soberbia y exagerada. De broche de sesión, hablamos del ´episodio Reyes´.

– El mensaje es claro, sentenció. Empezá a pensar en lo que vos deseás. Es aburrido que desees todo para ella.

Vapuleada de un lado y del otro pero ¡equilibrada! llegamos anoche a la Noche de Reyes.

Armamos el kit mágico adaptado y nos fuimos a dar una vuelta nocturna en bici. Mientras tanto, los camellos se adelantaron unas horas (hoy me tenía que ir temprano, Eva duerme hasta tarde y no quería perderme su carita).

Cuando volvimos pasada la medianoche, ohh sorpresa!! los señores de corona y capa se habían comido todo y llevado hasta los tuppers y vasitos de plástico. Mis vecinas Patricia y Claudia hicieron un trabajo perfecto. Sobre nuestros zapatos dejaron el combo anunciado en las cartas!!!

Cuando a Eva le tocó abrir el paquete más grande pensó que, quizá, ahí estaban mis patines. Después, se olvidó de todo al encontrarse con su esperada muñeca.

Hay instantes que se detienen para siempre en algún lugar. Estoy segura. Y otros que no se pueden frenar. Tal vez tenga que comprarme simbólicamente los patines.