“Mamá, tengo miedo”

Evangelina no parece temerle la oscuridad de la noche ni a los desafíos físicos del día. Mantiene la esencia de sus primeros días: sus ojos se apagan de noche y se prenden con el sol. En el mientras tanto, se mueve sin descanso. Se trepa a todos lados, la entusiasman las nuevas experiencias. Agotadora, sí. Hace tres días aprendió a patinar y ya intenta hacer las coreos de Soy Luna. El fin de semana probó todas las camas elásticas del Rush de Pilar y fue también por los toboganes y los trampolines para los más grandes. La vi disfrutar como si estuviese en su paraíso.

No tiene miedos paralizantes a la vista. O casi.

Anoche se levantó cerca de las 5 contándome que tenía miedo. Que había soñado con el maldito Chucky y su novia de pelos naranjas. Que venían con una espada hacia ella y que les pedía que no lo hicieran. Que estaban acercándose cuando se despertó. Su mirada brillante y oscura en la noche explicando con detalles todo me conmovió. Miraba al techo como si los muñecos malditos estuvieran todavía dando vueltas por el cuarto.

La abracé fuerte, como siempre. Prendimos un velador para matizar la pesadilla. “Mirá a tu alrededor, hija. Ya te lo dije. Chucky no existe, no es real. Es un muñeco de película. Si querés mañana vemos el video en el que lo crean. Estamos en casa, estás en tu cama y yo en la mía. Nuestra realidad es linda”, la tranquilicé. “Pero igual tengo miedo, mamá. Cierro los ojos y pienso cosas feas”, agregó.

Con la herramienta de la meditación de años en mí (para vencer mis propios miedos), le propuse un juego. Cerramos los ojos y empezamos a pensar en nosotras, en nuestros días juntas. En todo lo que nos reímos cuando bailamos o inventamos canciones. “Contame un cuento, mamá”, sugirió después. Imaginé y arranqué. Todos los personajes de mis cuentos inventados me remiten felizmente a ella.

Empezó a tranquilizarse. Le seguí hablando casi dormida dejando de a poco el estado de alerta en el que me había sumergido. Desde su somnolencia incipiente me pidió que le cantara una canción de su pasado bebé. “Cantame ‘Estrellita’, mamá”, susurró. Hice memoria y avancé. “Estrellita, estrellita, ¿dónde estás? quiero verte titilar…” Seguí cantando y sin quererlo muté a otra canción muy dulce de Vitor Ramil, de mi pasado adolescente, que también habla de estrellas. “Estrella, estrella, cómo ser así. Tan sola, tan sola y nunca sufrir. Brillar, brillar. Casi sin querer. Dejar, dejar. Ser lo que se es…”.

La habitación se fue llenando de letras y de acordes y así, entre estrellas, nos fuimos durmiendo las dos.

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