Los nuevos miedos de a dos

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De chica le tenía miedo a los ovnis. Soñaba que un plato volador aterrizaba en el jardín de mi casa y se metía en mi habitación. Tal vez eran las influencias de ET, una de mis películas preferidas de la infancia. Después, en la adolescencia, me metí en una especie de túnel con pocos miedos. Esa omnipotencia que uno siente cuando es joven me acompañó hasta la adultez. Hasta que nació Evangelina.

Hoy le tengo miedo a muchas cosas. Son miedos cotidianos y miedos profundos. Quizá sean miedos preexistentes o miedos que nacieron junto con la enorme responsabilidad de criar y cuidar a mi hija sin un papá cerca.

De los miedos profundos el que recuerdo con más cercanía es el de la llave. Puede sonar exagerado y lo es. A veces, a la noche, cierro la puerta de nuestra casa con doble vuelta pero saco la llave. No le temo a los ladrones, ni a la oscuridad ni al silencio. Tengo miedo a que me pase algo y sea difícil entrar. Es una pregunta que me hago a veces cuando flaquea la cabeza. ¿Y si me pasa algo? ¿Qué puede pasar con mi hija?

También tengo temor a no tener la energía y la entereza suficiente si algún día Eva tiene más que una tos o una fiebre liviana como hasta ahora. En estos días de frío, ese miedo aparece como fantasma., “Pudiste hasta ahora… ¿por qué no podrías?”, me preguntó hace poco mi psicóloga. Me habló de mi perfil ansioso. De pensar en lo negativo antes de que ocurra. Lo cierto es que, mientras vivo pendiente de ella, me preocupo como nunca antes por mi salud.

De los miedos cotidianos, los bichos encabezan la lista. Sobre todo las polillas. Me da miedo que me vuelen encima. Eva también les tiene miedo. Con los últimos calores, me pidió que matara tres polillas abroqueladas en el techo de nuestra habitación. Las armas fueron un escobillón y una pantufla. Ella misma me incentivó. Se ve que me vio dubitativa… “Mamá, vos sos Súper Mamá y yo soy Súper Eva y las aplastamos..”, me desafió. Finalmente lo logramos. Espero que nunca se meta por una hendija alguno de los murciélagos que en verano vuelan alegremente y de madrugada cerca de nuestras ventanas…

La enumeración de mis miedos es finita. Nada que no pueda superarse. Frente a los miedos, están los sueños. Tengo miles posibles con mi hija y también uno imposible. Ya no sueño con ovnis invasores. Aunque sé que el sufrimiento forma parte de la vida, ahora sueño con que alguna vez alguien descubra la fórmula para que un hijo sea siempre feliz.

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