La despedida

* Mirá bien la foto de arriba porque ahí están los protagonistas de este post.

Son las 11.50. Faltan diez minutos para la medianoche y para que llegue el taxi que va a llevarme a la estación. Miro la hora y me duele el corazón. Odio las despedidas aunque sean cortas. Tengo 10 minutos para despedirme de mi hija sin que perciba mi tristeza. Ella juega con su prima. Se ríen. Hacen morisquetas frente al espejo. Está feliz.

Estamos todos en el lobby de un hotel de Mar del Plata. Fuimos los 14 -mis viejos y “los que vinimos después gracias a ellos”, describió uno de mis sobrinos. Nos unió durante dos días el festejo de los 70 del “abuelito” Pichi. Pero ya es domingo y algunos tenemos que volver a Buenos Aires.

Yo intento moverme hacia algún lugar indefinido y respiro profundo. Tengo un vacío en la panza potenciado por una especie de mareo. Me contengo para no llorar.

Camino por el lobby, abro la valija y saco algunos remedios para dejarle a mi cuñada por si… Por si Eva se paspa con el viento marplatense, por si le agarra alergia, por si moquea… Le mando a mi mamá la captura de un remedio por si las lagañitas de hoy se transforman en conjuntivitis mañana. Ya no voy a estar.

Son las 11.54. Faltan solo 6 minutos ahora. Escucho un Má fuerte. Retrocedo. Eva me pide agua y sigue jugando en su mundo de videos y risas.

Se hacen las 12. Veo desde adentro el taxi en la puerta del hotel. El hechizo está a punto de romperse. Me repito que no tengo que lagrimear y es ahí cuando los veo. Se para mi hermano Gastón y se acerca despacio a Eva para abrazarla y después se suma mi hermano Ezequiel y después mis sobrinos Salvador y Lorenzo.

Cuando voy a despedirme de mi hija tengo que atravesar una especie de barrera humana de brazos fuertes. Eva está como en un pedestal. Me abren el paso. Le digo que se porte bien, que tengo que volver a Buenos Aires a trabajar. Nos abrazamos y me dice que me ama mucho sin vestigios de tristeza. Me despido de las chicas del grupo, pilares también, y otra vez los veo a los hombres de la familia cerrando la barrera a su alrededor. Me acompaña Eze. Me voy angustiada pero en paz.

Recién cuando entro a la terminal de micros me pongo a llorar. Por los pasillos semivacíos nadie me ve o los que me ven no me conocen ni se preocupan. Me siento en una butaca impersonal frente a una pantalla y sigo llorando y escribo.

A las 0.45 sale el micro. Ya está en la plataforma. Me pregunto qué pasaría si no subo. No sería la primera vez que voy a contramano.

Veo a un hombre mayor despidiendo a su hija y a su nieto. Llora por dentro como yo hace una hora. Pienso en Eva y en la barrera humana infranqueable que se armó a su alrededor. Sonrío por primera vez.

Pienso también en que la vida es quizá una sucesión de bienvenidas y despedidas. Yo tuve despedidas largas, dolorosas y para siempre. Y esta es corta. Me va a venir bien dormir sin un ojo abierto un par de noches hasta que el martes llegue Eva y mi rueda vuelva a girar.

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