Hijitis aguda

Ya la conocen. Mi pequeña es la morena de la frutilla que da vueltas y marca el paso. Diría su padrino Salvador -el adolescente escondido detrás de la señora jovial, Cristina, mi mamá- que ya entiende de ritmos y compases. Y es probable que sea cierto. Si algo lleva Eva en la sangre es música.

¿La vieron? No mira a su alrededor, no nos mira. O nos mira de reojo. Sabe que estamos ahí pero está en su mundo, en plan de “este es mi show” así que vos disfrutá y aplaudí, claro.

La nota había llegado hace tiempo en su cuaderno a lunares rojo del jardín. “Estimada familia: Los invitamos a compartir una clase abierta de música. Si no pueden venir los padres, recomendamos que venga otra persona significativa para la familia”.

Y ahí estábamos.

Debo confesar que cada actividad social de mi hija me sigue despertando un sensación de felicidad profunda pero también abre un abismo de preguntas que inicialmente no tienen respuesta. Que llegan al final. En este caso, mi antes y su después fueron casi opuestos.

¿Qué hará Eva cuando nos vea entrar en la sala? ¿Se comparará con otros chicos con papá?
¿Qué hizo Eva? Sonrió con satisfacción pero sin estridencias. Después nos dio la espalda para concentrarse en lo suyo.

¿Querrá venir a upa en algún momento? No es normal verme en su espacio…
Nada de eso. La vi pasar con distintos instrumentos y entre puentes de brazos adultos. También, dar vueltas en rondas y tirarse al piso en un bote imaginario. Bailamos juntas el rock. No lloró.

¿Qué hará cuando nos vayamos? ¿Me querrá detener?
¿Qué hizo? Me agarró fuerte de la mano, me mostró sus piruetas en la trepadora y ruedas del jardín… Después, puso carita de ´te estás yendo´ hasta que apareció una de sus amigas invitándola a jugar con su Minnie. En segundos, desaparecimos de su mapa.

“Te podés quedar tranquila, hija. Es muy independiente. Con el padrino no lo podíamos creer”, me calmó mi mamá tal vez percibiendo mi mundo de latentes dudas.

No es la primera vez que siento que mi hija es un milagro. Desde la panza ya la llamábamos “el milagro” con su papá y, cuatro años después, nada cambió.

Se lo recuerdo muy seguido cuando me agarra hijitis aguda. “Sos un milagro, Eva. Sos mi orgullo”.
¿Y ella?…: “¡¡¿¿Otra vez mamá??!!!”

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