El corazón en la mano

Con cada paso que daba, Amanda vivía instantes de felicidad. La decisión de cancelar el billete de avión a Mykonos la hizo cruzar definitivamente todas sus barreras. Dejaba atrás la razón.

Salió del hotel Achillion y sintió que volvería pronto. Se despidió de los conserjes con esa intuición ¿Sería su casa en Atenas? Rumbo adonde creía que había estado la noche anterior y siguiendo las indicaciones de Gallace, le deletreó al taxista griego lo que recordaba: «Platia Amerikis». Allí la llevó el hombre en silencio ¿Se perdería otra vez, ahora con su maleta? ¿Sería todo una ilusión? ¿Cómo seguiría su caminno?

En el medio de una plaza que le resultaba conocida, Amanda identificó a unos metros la entrada del departamento de Gallace. Tocó el timbre en el piso que él le había dicho. Todo se veía distinto iluminado por el sol. Una voz le dijo que Gallace estaba bajando. Sintió una taquicardia repentina y nerviosa. Cada encuentro con él la ubicaba en un lugar de altísima vulnerabilidad.

Gallace apareció con su sonrisa amplia y sus pasos largos por el hall. Envuelto en ropa colorida africana y con un turbante en la cabeza, la invitó a entrar. Amanda amó su estilo, todo él. Terminaron de armar juntos su maleta y partieron, desbordados como dos adolescentes que apuestan al riesgo confiando en el destino.

En la terminal de cruceros de El Pireo los volaba el viento. Sonrieron y festejaron el inicio de la aventura.

El viaje a Mykonos duró varias horas sin sobresaltos. El paisaje era perfecto. Aprovecharon para hablar de la vida, del amor, de Dios, del pasado y del futuro pero sobre todo del presente. Conversaron mucho y se besaron en todos los espacios posibles del buque. Emprendían una hazaña común en la que se sentían invencibles.

El volvió a cantarle como en la colina Filopappo pero frente al mar Egeo en su infinito azul. Le contó que había escrito aquella canción para un disco con su banda. Amanda compartió la música que tenía guardada en su mp4. Sonaba «I m´yours» de Jason Mraz. «No sé si esto es un sueño. Pellizcame fuerte», bromeó. Gallace se deslizó como una pantera hacia su presa. En su interior pujaban la pasión y sus principios musulmanes. Pelearon amorosamente en proa y rieron profundo. Con culturas tan distintas, se habían encontrado también en la ironía.

Amanda registraba todo como un tesoro infinitos. Sabía que después esos momentos iban a ser como fotos imborrables en su carrete emocional. El viento en la cara, Gallace y sus manos fuertes. Gallace y sus convicciones. Gallace y su claridad. Tenerlo cerca la dejaba sin respiración y a su vez la llenaba de aire. Era un estado único para ella.

En Mykonos llovía. Dejaron las maletas en la habitación y se lanzaron a la piscina blanca y celeste de la posada.

Todo era del color del cielo en Mykonos. Amanda salió con su liviana bikini turquesa. Posó desatada para la foto que le pidió Gallace frente a una mirada que la perforó en todos los sentidos. Gallace estaba como esculpido en ébano. Se sentían como dioses solos y con viento a favor. «Estás muy linda pero un poco desnuda. En mi cultura las mujeres van más tapadas», dijo él tajante. «En mi cultura, hay mucho prejuicio y los que tienen que ver con el cuerpo los viví todos. En este momento mi alma es libre. No me quiero tapar más», contrarrestó ella. El entendió respetuosamente. Lo habían puesto en palabras en el barco: sus diferencias no iban a ser un obstáculo sino un aprendizaje.

Minutos después, con la tarde cayendo sobre el mar, Amanda volvió a agradecerle a los dioses y a la vida. Incluso le salió un grito al cielo como plegaria desde el balcón del cuarto. No podía ser más feliz. Fue el instante en el que decidió dar otro paso: avisó a su trabajo que no iba a volver por un largo tiempo. Que iba a tomarse todas las vacaciones pendientes. Era imposible detener el huracán.

* Se sugiere escuchar el texto con esta canción:

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