Desde el Monte de las Musas: «Nos vamos a volver a ver»

-¿Qué necesitás?, preguntó él en inglés.

Corría un viento embriagador en la colina Filopapos de Atenas. A lo lejos, la Acrópolis iluminada le ponía el manto mágico a la noche. Como una postal de cuento, él cantaba con su voz rasposa de blues mientras ella, extasiada, lo escuchaba. Nunca había sido católica practicante pero en ese instante le habló a Dios. Le dijo que podía llevársela en ese momento, no le pondría obstáculos ¿O acaso estaba en el cielo ya? En el Monte de las Musas, los griegos despedían la semana y ellos se entrelazan con palabras. Por primera vez.

«¿Son pareja?», preguntó uno de los adolescentes griegos que se había acercado a escuchar al hombre de las rastas. Sonrieron los dos. «Nos acabamos de conocer», contestaron casi al unísono. «Entonces lo van a ser», presagió el chico, irreverente. Ella se conmovió. Algo le decía que iba a ser así aunque habían pasado apenas un puñado de horas. Sabía poco del desconocido. Se llamaba Gallace y era de Dakar.

Eso le había dicho en la esquina en la que se habían cruzado por azar. Amanda se había lanzado a una aventura nocturna por las calles del barrio de Plaka y se había perdido. Todo era nuevo para ella pero no tenía miedo. En esa experiencia única de perderse sin rumbo, se topó con él. No hizo falta hablar demasiado. Minutos después habían decidido trepar la colina agarrados de la mano.

Amanda sabía solo de correr contra el tiempo o a su par. Hacía años que se había dado cuenta de que era una carrera infinita para llenar ilusoriamente el vacío que la perseguía desde pequeña. Había elegido la profesión indicada. El periodismo la llevaba a transitar todo el tiempo situaciones nuevas. La adrenalina nunca paraba en un laberinto de preguntas y de respuestas que empezaba, terminaba y volvía a empezar. No podía detenerse y en ese continuado había encontrado la fórmula para perderse.

Gallace la enfrentó con otra lógica ¿El tiempo podía correr por otro andarivel? Algo se había detenido en la colina. Amanda se sentía en una burbuja que ella misma se obligó a romper cuando recordó que al día siguiente tenía programada una excursión en crucero por el mar Egeo. «Me voy», lanzó sin ganas. «¿Tan rápido?», respondió Gallace. Serían las 4 de la madrugada pero no lo sabía porque no llevaba reloj ni celular.

Los adolescentes griegos los acompañaron como un cortejo al metro. Ellos iban como levitando. Amanda chequeó infinitas veces el papelito que Gallace le dio con su número de teléfono. No quería perderlo en el sentido más profundo. «Nos vamos a volver a ver», aseguró él como escuchando sus miedos cuando se separaron en la estación Omonoia a metros del hotel Achillion donde ella se hospedaba. Amanda entró a la habitación y apenas pudo dormir. Sonaba en su cabeza la canción de Gallace en el Monte de las Musas.

* Se sugiere leer el texto escuchando esta canción:

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