Cuarentena de a dos: un mes y después

Disfrutemos hija. Este viaje que arrancamos hace más de un mes es lo más cercano que seguramente vayamos a vivir en el resto de nuestras vidas a cuando crecías en mi panza. Vos, yo y nuestro mundo. Podrán tildarme de loca pero hay algo primitivo y único en este reencuentro sin pausa que me recuerda a ese momento inicial. Tal vez por eso se haga menos difícil y la alegría venza el agotamiento, la incertidumbre y las bajas anímicas.

Aquel viaje que duró ocho meses y medio fue muy feliz, revelador y por momentos bastante incierto y turbulento para mí. Como este. En aquellos días lidiaba con la angustia de estar sola en el camino. No sabía si iba a poder. Calmaba los días de tristeza con música y textos catárticos. Los días felices bailaba mucho. Siempre meditaba para darte y darme paz. Es probable que en vos haya quedado esa huella. Ahora sos vos la que se encarga de armar coreos y estiramientos de yoga que sigo como puedo ¿Dónde lo aprendiste, Eva? te pregunté anoche mientras me hacías respirar. «Lo sé yo mamá», contestaste con firmeza. «Vos respirá profundo y largá en 10, 9, 8… y así». Con los ojos cerrados, te escuchaba y no lo podía creer. Qué tremenda enseñanza, hija. En este momento respirar y estar en paz vale más que todas las cuentas bancarias y metros cuadrados del mundo.

En este viaje sin aviones, maletas ni destinos externos, fuiste cambiando nuestro paisaje. Armaste un cuarto paralelo dentro del mío con todo lo necesario para pasarla de maravillas: una cama con doble colchón para acercarte a la mía, una heladera de juguete con cosas ricas, una banqueta de Cuba que encontraste en los armarios para poner tus libros y luces y guirnaldas por todos lados. Hiciste de la cocina uno de tus lugares favoritos ¡Los platos y postres ricos que me cocinás hicieron historia: rompí mi dieta eterna de décadas en un mes. El balcón se volvió un restaurante. Si no hace frío o llueve, comemos ahí porque corre aire fresco. Decís que te hace bien.

Yo te repito al cansancio que este momento es una gran oportunidad para las dos que seguramente no se repetirá. Ya acumulamos infinitas anécdotas de esta etapa en donde brillan nuestros partidos de futbol con dos pelotas, las guerras con bombitas de agua, tus vueltas en bici sin manos y nuestras fotos entre las cúpulas que se ven desde la terraza. Cuando crezcas podré contarte que, aislada de todo, creaste tu primer blues. Ojalá recuerdes las decenas de veces que nos tiramos al piso de la risa.

Muchos llaman para saber cómo estamos, entre ellos Amadou con sus falsos sentimientos de protección. No querés hablar con él. Directamente le cortás. Al resto, los tranquilizo. En este viaje juntas, no necesitamos más que levantarnos bien cada mañana.

Otra vivencia que va a ser recuerdo para siempre son nuestras noches, cuando se caen todas las defensas. Después de ver ¡siempre! una película, me decís que la estás pasando muy bien conmigo y me preguntás seguido qué va a pasar cuando las puertas se abran. Te respondo que va a ser todo parecido pero nada será igual. Te quedás mirándome con tus ojos negros y me abrazás fuerte. Después, en ese momento justo antes de quedarnos dormidas, me agarrás fuerte de la mano y me decís que me necesitás. Es profundamente conmovedor, como cuando pateabas en la panza. Disfrutemos este tiempo sin tiempo, hija. Yo también te necesito.

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