De motas, gallitos y calaveras

Probamos con los baños de mayonesa. Todo el pelo cubierto por media hora y después a lavar bien. Probamos con los preparados de aceite de oliva neutro, coco, almendra y agua. También con un ungüento de semillas de lino en remojo durante 12 horas. Investigué páginas afro y consulté sobre champús para pelo seco con rulos. “Los mejores son los productos naturales. Te lleva más trabajo pero son los que verdaderamente te hidratan el pelo”, me explicó Fabiele, una de las tantas afroamigas que nos fuimos haciendo con Eva con el correr de sus casi 6 años. “No se lo cortes. Dejáselo crecer hasta los 5 años hasta ver adonde le llega”, agregó Crenilda, otra amiga de Angola.

Las distintas técnicas le dejaron a mi hija motas más suaves por un tiempo pero, claro, prevalece y prevalecerá su esencia afro. Cada vez que la peino recuerdo las rastas de su papá ¿Se hará rastas Eva en el futuro? ¿Optará por las trenzas, las extensiones o la planchita? Su pelo es un misterio diario a descubrir para mí.

La raparon de bebé, le entrecortaron el pelo a los 3 y, como ya se cumplió ´el plazo de los 5´ que me aconsejó Crenilda, el sábado volvimos a la carga. Elegimos una peluquería infantil de Palermo, Gallito & Cía. Seguimos el instinto. El logo del lugar es un gallo y a su vez el símbolo popular del ok, el mismo que hacía Amadou en Atenas bastante seguido para agradecerle a su Dios que la vida estuviera a su favor. El pelo de Eva es su legado y pensé: todo cierra. ¿Destino o casualidad?

Llegamos a la pelu y, entre calaveras y monstruos ya preparados para festejar el próximo Halloween, flippers, videojuegos y un pelotero, Eva se sentó como en casa en un autito con la tranquilidad de los que saben los que quieren. “¿Qué vas a hacerte?, le preguntó Kleo, una chica maravillosa con tono centroamericano y clara experiencia en niños y cortes de pelo. Eva fue al punto: le pidió un corte punk, rapado a los costados y en la nuca, destacando la famosa cresta pero en versión afro. Kleo me miró, yo asentí y ella siguió. Le propuso unas trencitas y algunos toques de aerosol en rojo lavable y a Eva se le encendió la cara. El resultado fue inmejorable.

Los rulos que quedaron desparramados en el piso terminaron en un sobrecito clásico. Más tarde, Eva los repartió entre ‘la liga de familiares y amigos que le piden un rulo cada vez que la ven’. Algo así como un amuleto para que los acompañe hasta el próximo corte. Arrancamos con el look Afro-punk y Eva quiere volver a la misma pelu en Halloween para probar con Kleo el look 2 o monstruo. Ya me veo yendo para Navidad, Año Nuevo y su cumpleaños y así… para probar.

Lo festejo… no hay impulso ni prejuicio que detenga a la personalidad. Miren sino…⬇

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Acto del jardín, corazón en la mano

La veo entrar con su capa al viento de superheroína y las trenzas que se empecinó en llevar en su pelo afro. Va segunda en la fila. Me sale una especie de aullido de loba feliz por su cría en crecimiento, bastante lejos ya del calor primitivo maternal.

Me controlo para no gritar “¡Vamos Eva!”, como lo hice en el cierre de las clases de baile. Me controlo también para no tirarle tantos besos al aire que puedan resultarle una molestia. Me termino agachando y trato de esconderme detrás de otra mamá que también está en la primera fila.

Me late el corazón como un tambor descontrolado. Se acerca de repente Noe, la mamá de Ramiro, un compañero de mi hija y me da un abrazo fuerte como una palmada silenciosa de afecto y aliento. Llegamos a otro fin de año sin sobresaltos, lo que no es poco.

Por alguna razón siento que muchas sentimos lo mismo en el mismo momento, con o sin una pareja cerca. Nuestros hijos son nuestro orgullo. Queremos que sean felices. Que brillen. Que les vaya bien con nosotras corridas de escena. Aunque nos cueste, aunque me cueste.

“Hay sueños más tranquilos y más ambiciosos… ¿Quién no soñó alguna vez con salvar el mundo?” dice una maestra y entran “los superhéroes” de sala Ñandú. Entre ellos, va mi hija con la capa, las trenzas y sus movimientos livianos de siempre. Ella vuela y yo me escondo cada vez más detrás de la mamá de la primera fila.

Suele pasarme seguido: de principio a fin la veo solo a ella, se me nubla el resto. La veo bailar, disfrutar y tirar papelitos al aire como en una fiesta. También pensar. ¿En la coreo? ¿En qué?

Todo llega a su fin. En un tumulto de cabezas bajitas la rescato para volver a casa. Le doy el celular a Salvador, su padrino, para que nos retrate juntas. Caminamos de la mano, corremos, ella se ríe porque siempre va adelante. Yo pienso en lo maravilloso de “estar” aunque hayan sido contadas las veces en el año en las que pude llevarla al colegio. Es uno de los grandes dolores de mi alma pero, claro, todo no se puede.

Me recuerdo en un flash diciéndole a una de las seños a principio de año -y como todos los años, por las dudas- “Eva tiene papá pero está en Africa. Avísame si notan algo y etc y etc….” Pero todo marchó y pasó otro año y terminó otro acto… Y aquí estamos las dos airosas y en pié.

Recién me relajo y el corazón vuelve a su lugar dos o tres horas después de lo vivido, ya en casa y con ella en la ducha.

No lloré ni me explotó el corazón en el jardín. Sí me agarró una especie de dolor en el pecho cuando un papá de la sala de mi hija me dijo un día después que “el acto de los superhéroes” fue el último. Que en sala de 5 se vienen los diplomas.

Lloro ahora de emoción, varios días después, ya más tranquila. Ella no me ve, juega a mis espaldas mientras escribo.

Has crecido hijita. Ojalá algún día sueñes con salvar el mundo.

* Foto: Laura Cardozo, Mamá de Lorenzo.