En Viaje

306948_14102015 (1)El Viaje juntas empezó formalmente el 13 de marzo de 2013 a las 3.40 pero los preparativos llevaban más de los nueve meses que marca el calendario maternal. Tal vez años.

Para principios de marzo ya había armado y desarmado mil veces mi valija roja con ruedas con todo lo necesario para recibir a mi cachorra. Fui sacando y metiendo cosas con el paso del tiempo al compás de cada contracción.

100_8579Las amigas que estuvieron conmigo siempre y más en ese “momento cumbre” me recuerdan guardando todo para ella y también cosas insólitas para mí: libros, un grabador y cds –para ponerle música durante el parto y la internación–, mis cremas de siempre… Lloramos de la risa cada vez que lo recordamos. Yo sentía que encontrarme con Eva iba a ser el viaje más importante de mi vida y quería recibirla con lo que soy. Hasta me maquillé para el parto.

Siempre me gustó viajar. Siempre me sentí libre investigando nuevos horizontes. Cercanos o lejanos. Hace poco pensaba que en los últimos momentos de la vida, cuando uno seguramente se dirime con su propia cabeza, deben aparecer imágenes. Yo ya tengo guardadas varias increíbles, paradisíacas con ella.

Eva nació cuando asomaba el Otoño y fue creciendo al calor de la Primavera. En ese tiempo me prometí llevarla a los lugares en los que sentí libertad y felicidad y que, cuando me fui, se quedaron con algo mío. Es uno de los legados que le quiero regalar a su vida.

Tenía ocho meses cuando hicimos el primer viaje. Elegí Brasil y vinieron mis papás. Es una de las tantas bendiciones que Eva le trajo a mi historia. Le dio un sentido y me hizo reconciliar con mis viejos, ahora menos papás y más abuelos. Rio es una de mis ciudades de Sol. Nos movimos como peces en el agua aunque ella era muy chiquita.

SAM_2775No molestó el calor, ni la lluvia, ni nada. Mi mamá tocó el cielo con las manos con el Cristo, mi papá perdió el vértigo a metros y metros de altura. Yo me cargué del espíritu carioca que es tan parecido al mío. Nos reímos mucho. Eva acompañó sin problemas, disfrutando y adaptándose a todo. Estuvo en la playa, se metió al agua de la pileta con sus abuelos, saboreó como nosotros otras comidas y bailó en las chiringuitos de la Costanera. Se subió a combis, colectivos, subtes. Fue su primera “salida internacional”.

100_9204Unos meses más tarde, fuimos a mi segunda casa: Mar del Plata. Ahí arrojamos junto a mi hermano Ezequiel, uno de sus padrinos, el cordón umbilical al mar. Un símbolo de desapego que también quiero dejarle como legado. Su vuelo alto sin mí será mi vuelo algún día. En Mardel Eva tenía apenas 9 meses y unos días.

SAM_4259Era noviembre de 2014 cuando nos subimos a otro avión rumbo a Cuba, otro de mis destinos preferidos. Eva tenía un año y ocho meses y se repitió la historia. Ella, más grande, hizo amigos de su edad y adultos que la buscaban en los hoteles que estuvimos para saludarla. La música cubana la subió a escenarios. Siguió disfrutando de todo. Verla cerca de parte de lo que son sus raíces es otro de mis deseos y orgullos.

IMG_0327Y finalmente este año cruzamos el Océano. Eva conoció al Papa en Roma, corrió sin descanso por El Retiro de Madrid, se llenó de arena y mar en las playas de La Coruña –la tierra de mi abuela Carmen– y se metió en todos los negocios de diseño de Barcelona. Volvió a adaptarse a todo. Otra vez con sus abuelos y yo, cerrando círculos y escribiendo nuevas páginas.

Confieso que desde que nació tengo una mágica cábala infantil. Todos los fines de año, cuando explotan los petardos y vuelan los globos de luz, salgo con ella y nuestra valija roja a dar una vuelta manzana por Temperley, mi origen. El primer año se sumó mi mamá y con el tiempo se fueron sumando amigos que sueñan como yo. Mi papá y mis hermanos son más reticentes. Se ríen de mi ridiculez. En sólo horas volveremos a hacerlo. Quedan muchos destinos felices y libres por descubrir y redescubrir con ella sin plazos ni tiempo. Ojalá llegue el día en que caminemos juntas por las calles de Atenas.

¿Parar? nunca ¿Rendirse? jamás (en casa)

Salto de la cama en la madrugada como una atleta. Me vuelvo a zambullir minutos después con otro salto rápido para no perder la cadena de sueño. Durante el día o la noche, cuando lo necesita, levanto a Eva con una fuerza que jamás tuve en los brazos. La hago volar. La subo a caballito. Toca todos los marcos de la casa. Se ríe, me rio, me canso. Sigo. Corro con ella y me escapo. Doy una vuelta en mi cama para que no me atrape. Se sigue riendo. Se divierte. Nos divertimos.

Nos subimos y bajamos de una mesa diminuta como si fuera un step para hacer shows que van desde María Elena Walsh hasta Frozen. Ahora empezó a rolar y a ver videos de nenas bailarinas y gimnastas. Hace la vuelta carnero y otras acrobacias en cualquier piso, en la cama. No tiene miedo.

Su movimiento imparable desafía mi propia capacidad de moverme. Inventa juegos, ama jugar y trepar y bailar y saltar y correr. Eva no camina, corre. Hace poco su papá me contó que corre 42 km. por semana ida y vuelta a las playas de Dakar y empecé a entender todo. En Atenas entrenaba mientras yo miraba paisajes o leía. No lo tenía en versión runner.

Lo nuestro juntas es movernos durante horas a la mañana o cuando llego de trabajar. Está claro que nunca más fui a un gimnasio. Paramos unos minutos para comer y seguimos. Se enoja cuando me distraigo con el celular.

El ritual termina a altas horas de la noche, entre las 12.30 y las 2, lavándonos las manos, los dientes, haciendo espuma, las dos semi empapadas (el video es de este invierno). Después sigue en mi cama, donde le leo –y me pide que actúe– sus libros de cabecera: “Los rulos de Luna”, “Jonás y la ballena” y “Plim Plim 1,2,3 a sonar”. Completa las frases como leyendo a la par y también actúa. Cuando ya no doy más y se me cierran los ojos, viene el broche final: pide su leche. Es el momento en que empiezo a cabecear rendida y ella lanza como si nada: “Levantate mamá”. Le gusta que la mire con la cabeza alta. Tal vez sea su mensaje de vida hacia mí.

Eva se maquillaSer mamá de Eva en soledad me recuperó en muchos sentidos. Es como que salí de un largo letargo. Ella es pura energía. Es lo que transmite y comparte con los que la rodean y puertas adentro cuando nos quedamos solas dando vueltas por la casa.

Cuando cumplió un año, mis papás –que la aman profundamente– pidieron a Dios y a la vida que les permitieran verla correr maratones, desplegando destrezas. Mi mamá está segura que va a estar en olimpíadas futuras y quiere estar ahí en la primera fila.

Cuando estaba en la panza, mis hermanos bromeaban con que iba a llegar el día en que, en la casa de mis papás en Lomas, íbamos a ver a varias nenas correr (Pia, Emilia y Matilda, las primas de Eva) y junto a ellas una morena dando vueltas a velocidad récord, subiéndose a las sillas, saltándolas como el rango… No estuvieron tan lejos. Hoy se impresionan al verla subir escaleras como un rayo. “¿Cómo hace para subir así si en tu casa no tenés escaleras? ¿Será el jardín?”, lanzó hace unos días mi hermano Gastón.

Sin título-Escaneado-95Eva es movimiento. Percibo que va tener un fuerte poder de decisión con lo que quiera hacer. La imagino atleta o artista, cantando y bailando, defendiendo los derechos de las personas. Algunos la ven modelando. Es parecida y diferente a mí.

Según recuerda mi mamá, a su edad, yo era una nena muy memoriosa (ella dice “muy inteligente”) que repetía a la perfección y sin saber leer un cuento que ella me contaba todas las noches. El cuento de “Los Tres Chanchitos y el Lobo”. Entonces, los que corrían en su casa a mis dos años eran mi hermano Gastón (el que se asombra con su sobrina) y mi prima y amiga Ileana (la misma que estuvo conmigo el día que nació Eva) y que yo me sorprendía viéndolos pasar. En las fotos de esa época me veo reflexiva, quieta. En casa o en la playa. Siempre estuvo cerca el mar. Me divierte decir que era una nena ociosa, no sé bien por qué.

Disfruto que mi hija no se me parezca tanto. Celebro ver en ella algo de mi alegría. Le agradezco todas las noches por haber nacido. “Gracias por existir, hijita”, le susurro como una plegaria al oído. La lleno de besos. Ella duerme pero tal vez algo escuche y perciba en sus sueños.

Eva y yo

Siempre fui muy independiente. Siempre quise ser mamá. Sabía que ese deseo se escondía detrás de otro también muy potente: el de ser infinitamente libre. Nunca supe cuándo ocurriría. Me confié en la sensación de que era una mujer fértil. Sabía que llegaría el momento.

100_9103Pasaron muchos novios hasta que cumplí los 40. No me quedé con ninguno. Lo intenté. Me esforcé. Pero no pude. En el momento de avanzar con las decisiones (quedarme en un lugar, proyectar, armar una familia) preferí volar. Y mientras desplegaba alas me decía a mí misma que iba a tener un hijo con el hombre que me despertara la pasión sincera y arrasadora de crear vida.

Hubo hilos de amor indefinidos en algunas de mis relaciones. Creo que me enamoré dos veces. El primer amor me hizo llorar hasta perder el eje. Me dejó el sabor dulce de la adolescencia y de las primeras veces. También la falsa ilusión de que el amor puede modelar a gusto a aquel del que nos enamoramos. El último amor fue el papá de Evangelina, mi hijita hermosa de sólo dos años y diez meses que ahora duerme en su cama después de saltar en la mía hasta la madrugada.

EVACOLEDicen que Eva tiene mi cara y sus rulos. Ya la veo igual a él. Agil, alegre, musical, firme, segura de sí misma aunque sea tan chiquita. Carismática. Todos la aman.

Conocí a Amadou en uno de mis viajes sola por el mundo después de mi última relación larga. El viaje incluía originalmente España e Italia, aunque algo me hizo cambiar a último momento y sumarle Grecia. Hoy, más de tres años después, entiendo por qué.

Me crucé con él en Atenas en marzo de 2011. Me había perdido en la ciudad y el Partenón fue mi guía para volver al camino. Y en ese camino, lo encontré a él. Yo venía por una calle y él por la misma, en dirección opuesta. Nos encontramos en la esquina. Casi nos chocamos, como en las películas. El me empezó a hablar y yo a huir. Hasta que se me puso enfrente y me cortó la respiración.
Toda mi vida había bromeado con mis amigas que me gustaban los hombres negros. Y ahí estaba él. Rastas a lo Marley, voz grave de cantante de blues, piel joven pero curtida y el mismo brillo y profundidad en la mirada que hoy tiene mi hija. Quizás fueron los dioses atenienses. Quizás el dios de todos, el destino, el azar, la vida. No sé. Cuando me despedí de él una semana después supe que iba a ser el hombre que me iba a dar un hijo. Incluso imaginamos con una amiga en La Coruña cómo sería mi bebé.

Volví a Buenos Aires con esa certeza. Congelé óvulos (¿y si por fin quería tener un hijo con alguien y mi cuerpo ya no respondía?). Desde que lo conocí quedé conectada con Amadou, como si estuviera conmigo. Volví a él, realmente, dos veces más, al mismo lugar. Evangelina fue engendrada en “la cuna de la civilización” al calor del verano, con total libertad y amor.

Y aquí está, durmiendo ahora. Me hace feliz sin rodeos. Suena a lugar común pero no podría imaginarme ni un segundo sin ella. Casi no me acuerdo cómo era todo antes de su nacimiento. Sí recuerdo que sentía muy seguido una tristeza honda cercana al vacío.

CON EL PAPA POR SKYPEEva nació el 13 de marzo de 2013, el día en el que Bergoglio se transformó en Francisco.

Amadou ya estaba lejos. Cuando supo de “el milagro” (mi embarazo) partió de Atenas a Dakar en busca de papeles y ahí se quedó. Nunca vino a la Argentina. Desde el principio, incluso desde la primera vez en Atenas, sostiene que le hicieron una especie de gualicho que lo hace sentir mal. Conoce a Eva por skype y ella ya lo reconoce. Lo ve por la computadora o escucha su voz por el celular y dice “Papá”.

El nunca la abrazó, ni le hizo upa. Tampoco se levantó a la noche para calmarle el hambre o algún llanto corto porque Eva apenas llora. No la vio comer por primera vez, decir sus primeras palabras ni vivió el desgarro emocional que sentí cuando tuve que dejarla en una guardería con apenas cuatro meses. Tampoco festejó sus primeros pasos ni sopló la vela de su primero y su segundo año. No la vio extasiada con el mar. No la vio entrar al jardín. Tampoco tararear y bailar sus primeras canciones en sus improvisados shows caseros. Estuve yo, rodeada de infinitos brazos que no fueron los suyos. No lo culpo. A veces (cada vez menos) me enojo de miles de maneras con él por dejarme sola con todo pero siempre termino valorando lo andado y dándole las gracias. Un agradecimiento que sé va a ser eterno.

A los 44 y por mi hija, me siento plena. Con una misión en la vida que solo tiene que ver con el amor. Soy una mejor persona, una mujer más fuerte. El sigue en Senegal con su familia de origen y su cultura. Desde hace más de tres años asegura que su plan es estar con nosotras. Que no ve la hora de que el destino nos vuelva a unir. Mi único plan es que Eva sea feliz.Eva13