Los abrazos de los abuelos

A mi papá le costaba abrazar. Le salía cuidarnos con palabras (pocas) y acortaba las distancias con su ironía única y con su risa, una de las más contagiosas que conozco. Su estar era acompañando. Lo recuerdo (un recuerdo entre tantos) llevándonos todas las mañanas de sol, lluvia o frío al colegio hasta que terminamos el secundario. La que abrazaba era mi mamá. Estaba en todos los detalles. Nos creaba mundos únicos para nuestras mentes de niños. Más allá de sus diferencias, con mis hermanos sabíamos que cada uno hablaba su idioma y que tenía su manera de queremos «hasta el infinito».

Eva y papá en el sillónLos años y los nietos los volvieron parecidos. ¿O ya lo eran? Ahora los abuelos abrazan. Su casa es la segunda casa de nuestros hijos. Ahí ellos encuentran desde un asado y buena música hasta ayuda en las tareas, una cama para dormir y consejos de vida para todas las edades. Cada vez que veo a mis viejos en el rol de abuelos siento que estuvieron preparándose desde los 20 años para tener la casa llena de nietos casi todos los fines de semana.
Eva es la última nieta y la que vive más lejos. Pero algo pasa entre ellos: «La Negri» siempre se acuerda de «los abuelitos Titi y Pichi» y viceversa y cuando están juntos se sostienen y potencian.

«¡Qué cara seria tenés, abuelito!» «¡Reíte!» descubrió hace poco Eva a mi papá mientras él, pensativo, le acariciaba los rulos en su sillón de «rey de la casa» que comparte solo con elegidos. Lo vi muchas veces conmoverse con ella y sus salidas. Lo vi bailar si Eva se lo pide. También regalarle flores de su jardín y hacerle a la parrilla todo lo que a ella le gusta. Después de lo de «cara de serio», trata de sonreir siempre. Las muecas de los estados de ánimo ya son un juego entre los dos.

eva y mamáMi mamá desarrolló con creces su vocación de maestra con sus nietos. Eva aprendió con ella números nuevos, se metió de lleno en el mundo de los libros, las tizas y los pizarrones y mucho más. Arma con su abuela obras de títeres (sí, mi mamá les compró un mini teatro a sus nietas) y aprendió a bajar la larga escalera que lleva a las habitaciones de su casa que tanto me aterrorizaba. También supo que existe un señor que se llama Jesús y que está en la cruz.

Cuando Eva cumplió un año ellos coincidieron en un deseo: disfrutarla lo más posible. Mi hija ya tiene más de tres años y vivió y vive momentos únicos con ellos. Enumerarlos sería imposible.

c15En el último año, Eva durmió varias veces abrazada a su abuela viendo dibujitos. La acompañó a la iglesia donde es una especie de mini rock star y se subió a helicópteros y trenes en miniatura que despertaron con fichas… También estuvo con la abuela Titi en La Coruña, el lugar donde nació su mamá, mi abuela Carmen. Recorrieron sus callecitas de la mano, jugaron en las plazas del Puerto, chapotearon en el mar…

Con mi papá, el hilo conductor es maravillosamente la contención y el abrazo. De ahí surge el resto. El la cuida como una joya exótica, le hace masajes en la espalda y la cabeza para que se calme, la mima con la ternura que evidentemente siempre tuvo y ahora puede compartir. Hace unos días lo escuché susurrarle a mi mamá que, a pesar de que le dolía la cadera, quería llevar a Eva a caballito por la calle porque ella se lo había pedido. No es la primera vez que hace el esfuerzo.

Eva les responde con amor en distintas formas. Recordarlos cuando no los ve es una de ellas. Anoche partió su hamburguesa en dos para «los abuelitos». Ella no lo sabe pero sigue cumpliéndonos deseos profundos. Como pidieron, los abuelos ya la están viendo desplegar las alas de lo que –anticipan– será una «futura atleta».

Los nuevos miedos de a dos

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De chica le tenía miedo a los ovnis. Soñaba que un plato volador aterrizaba en el jardín de mi casa y se metía en mi habitación. Tal vez eran las influencias de ET, una de mis películas preferidas de la infancia. Después, en la adolescencia, me metí en una especie de túnel con pocos miedos. Esa omnipotencia que uno siente cuando es joven me acompañó hasta la adultez. Hasta que nació Evangelina.

Hoy le tengo miedo a muchas cosas. Son miedos cotidianos y miedos profundos. Quizá sean miedos preexistentes o miedos que nacieron junto con la enorme responsabilidad de criar y cuidar a mi hija sin un papá cerca.

De los miedos profundos el que recuerdo con más cercanía es el de la llave. Puede sonar exagerado y lo es. A veces, a la noche, cierro la puerta de nuestra casa con doble vuelta pero saco la llave. No le temo a los ladrones, ni a la oscuridad ni al silencio. Tengo miedo a que me pase algo y sea difícil entrar. Es una pregunta que me hago a veces cuando flaquea la cabeza. ¿Y si me pasa algo? ¿Qué puede pasar con mi hija?

También tengo temor a no tener la energía y la entereza suficiente si algún día Eva tiene más que una tos o una fiebre liviana como hasta ahora. En estos días de frío, ese miedo aparece como fantasma., «Pudiste hasta ahora… ¿por qué no podrías?», me preguntó hace poco mi psicóloga. Me habló de mi perfil ansioso. De pensar en lo negativo antes de que ocurra. Lo cierto es que, mientras vivo pendiente de ella, me preocupo como nunca antes por mi salud.

De los miedos cotidianos, los bichos encabezan la lista. Sobre todo las polillas. Me da miedo que me vuelen encima. Eva también les tiene miedo. Con los últimos calores, me pidió que matara tres polillas abroqueladas en el techo de nuestra habitación. Las armas fueron un escobillón y una pantufla. Ella misma me incentivó. Se ve que me vio dubitativa… «Mamá, vos sos Súper Mamá y yo soy Súper Eva y las aplastamos..», me desafió. Finalmente lo logramos. Espero que nunca se meta por una hendija alguno de los murciélagos que en verano vuelan alegremente y de madrugada cerca de nuestras ventanas…

La enumeración de mis miedos es finita. Nada que no pueda superarse. Frente a los miedos, están los sueños. Tengo miles posibles con mi hija y también uno imposible. Ya no sueño con ovnis invasores. Aunque sé que el sufrimiento forma parte de la vida, ahora sueño con que alguna vez alguien descubra la fórmula para que un hijo sea siempre feliz.

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Vientos de Independencia

Hay un momento en el que te dás cuenta que tu hijo no depende tanto de vos como antes. No es que no te necesite solo que empieza a dar sus primeras señales de vuelo propio.

En mi caso, anoche tuve una nueva señal. En el medio de una tos sostenida, me acosté con Eva en su cama para contenerla y dos minutos después me despachó a la mía diciéndome: «Sos grande, mamá».

Desde que Evangelina nació, me propuse ser su guía y no su sombra. Y venimos bien, parece… Quedó muy lejos la mañana de frío y sol en la que arrojé el cordón que nos había unido al mar con mi deseo de que Eva encuentre en el futuro su propio horizonte.

Hoy mi deseo de independencia empieza a ser su realidad:

*Señal 1:

*Señal 2:

Sábado a la tarde, bar con pelotero. Estamos esperando a una amiga. Me ubico en una mesa desde la que la puedo ver. Me acerco. «¿Todo bien, hija?». «Andá mamá».

*Señal 3:

Ultimos dos cumpleaños:

-Cumple 1: «Mamá, estoy poniendo las valijas en el auto. Me voy de vacaciones». Estaba con una nena que ve cada un año –y que recuerda– para el cumple de Román, el hijo de mi amiga Estela.

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-Cumple 2 (horas después): «Nos vamos a Disney. Yo manejo el avión. Vamos chicas!!!!» (sus primas Matilda, Emilia y Pía, la cumpleañera. Todas más grandes que ella).

*Señal 4:

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*Señal 5

«Mamá, quiero hacer una torta» (Menos la parte del horno, hizo casi todo sola con mi asistencia)

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También empezó a limpiarse mis interminables besos, una cachetada a mi sobredosis de amor… Eso sí, encontramos muchos puntos en común (si ya no los hay en sus otras actitudes que se parecen tanto a las mías en distintos y estos tiempos).

Nos recuerdo en una de nuestras plazas porteñas preferidas. Lloviznaba y, desafiantes ambas, nos aventuramos igual entre hamacas y toboganes. No había nadie en los juegos. Solo un nene de su edad en una de las hamacas junto a su mamá. Nos pusimos a charlar mientras ella le balbuceaba algo a su hijo como si fuera un bebé. Me contó que en el jardín la maestra le había dicho que no fuera tan sobreprotectora. El nene miraba al cielo. Mi hija se hamacaba con audacia (demasiada) y sonreía. Cayeron más gotas. «Vamos bebé que papito está llegando a casa…», dijo la mujer y prácticamente huyeron. Con Eva levantamos la cara para sentir la lluvia. Después, sin paraguas y con capucha, le dimos de comer a las palomas.

A veces me pregunto qué mamá hubiera sido con su papá cerca… Hay algo adentro mío que detiene cualquier análisis, que brilla sin pena. Mientras la abrazo (incluso a veces sin abrazarla), siento que soy la mamá que siempre quise ser.

¿Y ahora qué hago?

La de arriba soy yo recibiendo un mensaje sobre mi hija en mi trabajo… Uno de mis momentos preferidos del día es cuando vuelvo a casa a la noche. Mientras subo en el ascensor hasta el sexto piso voy escuchando la voz de Eva cada vez más cerca y sonrío. Me pasa seguido: le quiero ganar a la puerta y a veces me atolondro para abrirla y tardo más. Quiero verla lo antes posible. Del otro lado siempre está ella: escondida debajo de una manta, en su casita, jugando con sus masas, haciendo piruetas en el monopatín… Esperándome con su energía habitual.

Anoche se rompió el hechizo. Abrí la puerta como siempre. Holaaaa chicas!!! Silencio total. «Perdón, Vale, no pude mantenerla despierta. Se durmió hace dos minutos. Me decía que estaba cansada y lloraba…», soltó apesadumbrada, Lili, la mujer que cuida a Eva ya como una abuela… Estaca en el corazón… y preguntas encadenadas para calmar mi tristeza instantánea… ¿A qué hora exacta se durmió, Lili? ¿La bañaste? ¿Comió? ¿Jugó? ¿Se portó bien? ¿Te hizo caso? ¿Estaba contenta? Mi hija había tenido un día perfecto pero yo no llegué a verla despierta.

imageLa casa sin Eva o con Eva dormida no es la casa. La llevé a su cama. Hacía frío afuera pero todo estaba calentito adentro. Abrí su mochila del jardín y el cuaderno de comunicaciones no tenía notas. Preparé su vianda para el día siguiente: las galletitas rellenas la vuelven loca. Organicé su cena bien potente por las dudas. A Eva le gusta comer. Dejé un chocolate en su mesita de Minnie como postre. Ordené su uniforme. Todo quedó en su lugar.

Me ocupé de mí. Mi vianda para el trabajo de mañana, la comida de hoy. Apagué la tele, me serví una copa de buen vino, la casa estaba en absoluto silencio. ¿Intento despertar a Eva? ¿Se despertará de madrugada? ¿Qué debería hacer? ¿Me voy a domir también por las dudas?

Desde hace unos diez días volví a leer todas las noches, uno de mis grandes placeres. Evangelina ya está más grande, tiene sus propios libros y juegos, y podemos estar en el mismo lugar –abrazadas incluso– y haciendo cosas diferentes. Por eso mismo y porque sé que es lo mejor para las dos, disfruto de retomar aquello que dejé por un tiempo para dedicarme a full a ella. Tal vez vuelva los sábados al gimnasio. Una hora no es nada y pasaron cuatro años desde la última vez.

Anoche abrí también ese espacio aunque con esfuerzo. El silencio se completó con música y libros y chats y palabras. Me consolé pensando que mi hija se había despertado temprano, me acordé de la espuma con jabón mientras se lavaba los dientes con un panda con luz y de cuando armamos Minnies y Mickeys con rocklets. También, que jugamos con un globo violeta del último cumpleaños del jardín y que a la tarde me habló divertida cinco minutos sin parar por teléfono.

Escribir sobre Eva fue como despertarla un poco.

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La resistencia de las mamás solteras

Todavía no nos ven. Caminamos con la frente alta pero preferimos mimetizarnos con otras y otros y ahí vamos. A veces tenemos la mirada un poco cansada pero no se preocupen, no es nada grave. Seguramente nuestros hijos se acostaron tarde o se levantaron temprano o tal vez tuvieron fiebre y no pudimos dormir bien.

Quizá no nos vean pero aquí estamos. Somos fuertes. Nos doblegan pocas cosas. Una, diría: que a nuestros hijos les pase algo. Sentir que no estamos haciendo todo lo que podemos para que ellos sean felices. Percibir que les duele la ausencia de papá. Su felicidad es lo único que nos importa, se los aseguro.

Somos miles en todo el mundo. De 20, de 30, de 40… Si nos juntáramos podríamos crear un país. Tenemos historias, idiomas y vidas diferentes pero compartimos el instinto animal de la leona, el de todas mamás que aman. Ni se te ocurra molestar a nuestros cachorros.

Somos las mujeres de la sonrisa de la plenitud incorporada (¿la podés ver?). Nuestro deseo se hizo realidad. Nos emocionamos todo el tiempo con cada paso de nuestros pequeños. Nos explota el corazón. No nos quejamos. No nos van a ver llorar porque las lágrimas quedaron en el pasado o lo hacemos de noche cuando nadie nos ve.

Hemos sobrevivido a varias batallas. Somos guerreras y sabemos pedir ayuda. No nos tengan piedad, ni miedo ni envidia. Es un consejo. No nos afecta.

Maduramos con nuestros hijos mientras ellos crecían en la panza. Y después y ahora seguimos creciendo a la par. El tiempo pasa y, sin embargo, ellos nos hacen sentir más jóvenes y enérgicas que antes. Capaz se nos note… Nos conectan con una niña parecida y diferente a la que fuimos. Tenemos la alegría a flor de piel.

Quizá no nos vean y no hace falta. Nos guían los ojos de nuestros hijos como estrellas. Y para ellos tenemos guardado el sol.

Como tocada por una varita mágica

Corría el séptimo mes de embarazo. Yo tenía una panza enorme y mucha angustia. Que el papá de Evangelina no llegaba y estaba claro que no iba a llegar, que todo había sido una ilusión, que Eva sí estaba llegando y la plata no alcanzaba para el parto, que me sentía sola con muchas cosas… que…

2013-02-03 18.54.44 (1)Las palabras justas llegaron en el momento justo. Fue durante una sesión de reiki. «Vos quedate tranquila. Tratá de resolver tus dolores que Eva está bien. La veo feliz en la panza, viene rodeada de duendes y de hadas», me dijeron. Lo sentí tan verdadero como las ecografías que aseguraban que mi hija venía a este mundo con la fuerza de una tromba, con una enorme vitalidad.

Desde el principio fue así. Todo lo que es y la rodea tiene como un halo especial que no puedo explicar. Quizá haya alguna razón en su origen, en el lugar de su origen, en el deseo que me llevó a buscar a su papá y a buscarla… no sé.

Cuando vuelvo a los ocho meses y medio que Eva estuvo en mi panza e incluso al tiempo anterior, recuerdo momentos que siento mágicos.

El origen

100_9081Con Amadou –el papá de Eva– nos reencontramos por tercera vez después de casi un año a fines de junio de 2012. Nos despedimos el 10 de julio entre lágrimas, besos y proyectos.

Fueron 11 días en las nubes. A mitad de la estadía, me sentía distinta. Presentía que estaba embarazada. Habíamos hablado del tema ni bien llegué a Atenas. “Quiero tener un hijo con vos”, me dijo él en inglés, el idioma con el que nos comunicamos. «Yo también», le respondí absolutamente convencida. Minutos antes habíamos intercambiado alianzas con nuestros nombres. Fue como un casamiento simbólico. Nunca había pensado en casarme.

Quizá fue la noche del reencuentro, la del 30 de junio, la de los anillos y el deseo compartido de un hijo, que el corazón de Eva empezó a latir. En un mundo sin tiempo en medio de la convulsionada Atenas.

Las primeras señales

Amadou es musulmán y días después de mi llegada se enteró que estaba en la ciudad un especie de pastor de su religión. La ceremonia era en un hotel y, curiosa como siempre, no me la quise perder. Eramos dos mujeres blancas (una griega y yo) entre miles de negras y negros.

100_1859Con la cabeza semi tapada y un vestido largo, me dejaron entrar sin problemas. El pastor o «marable», como le dicen ellos, estaba en el centro. Las mujeres fuimos las primeras en acercarnos a él. Me habían dicho que estaba prohibido tocarlo. Que era una deidad. Pero que le pidiera lo que deseaba porque se cumplía.

Durante la ceremonia había llorado mucho viendo a los bebés en brazos de sus mamás. Tenía claro que yo quería uno así. Me acerqué al «marable» y con las manos hacia arriba, como me habían enseñado, le dije que quería tener un hijo con Amadou. El estaba en primera fila, viendo todo, con los demás hombres.

Imprevistamente el hombre de la túnica me tocó los dedos. Como una bendición. No tomé consciencia de lo importante que era ese contacto hasta que me fui a mi lugar y los amigos de Amadou me dijeron que eso no pasaba nunca, que era «una elegida».

100_7285El segundo momento increíble fue también en Atenas unos días después: una prima de Amadou me lo anticipó. «Estás embarazada», aseguró un mediodía que nos quedamos solas en la cocina (la foto es de ese momento). No había podido terminar un pescado exquisito que nos había preparado. Cuando le conté, él sonrió y bromeó: ¿Tan rápido?. Los dos nos reímos.

imageEn esos días y sin haberme hecho el test, empecé a hablarle a mi hija. Sí!! , en femenino. Fuimos al Partenón un día de mucho calor y hablé con ella. Al Egeo y hablé con ella. Ya en el avión de vuelta empecé a escribir nombres posibles y apareció Evangelina, un nombre que nunca había pensado para un hijo. Las opciones eran: estoy embarazada o llego a Buenos Aires y cambio urgente de psicóloga.

El embarazo

Volví a Buenos Aires y no estaba loca. Fueron seis test de embarazo. No podía creer las dos rayitas.

El primero en enterarse fue lógicamente Amadou que no entendía bien de lo que le estaba hablando. En su cultura prefieren esperar a que todo avance. Recién hicieron una fiesta cuando Eva nació.

La segunda en saberlo fue mi abuela Carmen. Cuando cumplí 40, ella se me había acercado con sus 90 a cuestas y me había dicho: «Valita, le pedí a Dios que me deje vivir un poco más hasta saber que un hijo tuyo viene en camino”. En ese momento pensé que iba a defraudarla. Pero cuando el 18 de agosto de 2012 fui al geriátrico donde estaba internada y le di la noticia, todo tomó sentido. Se le iluminaron los ojos. Unos ojos grises y profundos. ¿Por qué no lo querés contar?, me susurró. Porque todavía no llegué a los tres meses, Abu, le respondí. Sonrió y nos abrazamos. Sentí que se estaba yendo. La foto es también de ese momento. Al otro día cayó en coma y nunca más volvió a despertar. Me esperanzo con pensar en que esperó a que Dios cumpliera su deseo y soltó esta vida.

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La tercera en enterarse fue mi hermana Soledad. Tengo por ella un amor y una confianza infinitos. Salvo mi mamá que ya lo intuía, el resto de la familia se enteró después cuando les conté lo de mi abuela.

Eva nació el 13 de marzo de 2013 horas antes de que el mundo supiera que Francisco era el nuevo Papa. Desde entonces y desde antes, todo lo que rodea a mi hija tiene algo especial. Capaz nos pasa a todas las mamás que vemos luminosos a nuestros hijos. Puede ser.

En mi caso, Eva parece entender todo desde el principio. Todo fluye, incluso desde lo material (soy su principal sostén). Es el día de hoy que si le falta algo aparece alguien con eso que le falta. Guardo como un trofeo un enterito violeta que conserva su primer olor que me regaló un compañero de trabajo que nos ayudó y ayuda con la generosidad de un amigo con lo que fue de sus hijas. También están, como siempre, amigas entrañables que también armaron bolsos enormes con ropa, libros y juguetes. Tenemos reservas hasta los 6 años. No exagero.

Por eso, cuando asoman los huecos, vuelven las palabras que me dijeron alguna vez. «Vos resolvé tus dolores que ella está bien…» Es verdad. Gracias Andrea estés donde estés. Cada vez que me detengo a mirarla descubro que Eva sigue rodeada de duendes y de hadas.

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La primera charla

Lunes a la noche. Llegué tarde a casa del trabajo. Pasan muchas cosas todo el tiempo en este país… Con Eva improvisamos una cena rápida. Siempre quiere ayudarme en lo que esté haciendo. Recién empezábamos a comer cuando me propuso uno de sus juegos favoritos de los últimos tiempos: ser mi mamá y yo, su hijita.

Sentadas a la mesa volví a agradecer a todos los dioses que Eva imagine situaciones y que además me permita escuchar parte de lo que ve y siente que soy haciendo de mí.

Eva CocineraMi mamá-hijita me sirvió agua y me dijo que no agarrara el cuchillo porque era peligroso. Me alentó a que comiera toda la milanesa que cortó a los tirones y compartió conmigo su huevito de chocolate como postre. Después, fue por la espuma y los platos, intentó preparar la mochila del jardín y también terminar de lavar su ropa de Otoño-Invierno.

Ahí hubo un alto en el juego de roles.»No, Eva, si querés ayudame a cargar el lavarropas pero lo enciendo yo». Aceptó sin retrucar. Suele desafiarme cuando algo no es lo que espera pero esta vez no.

– «Charlemos mamá»…
– (¿¿¿Escuché bien???)
– «Sentate vos ahí (banqueta alta tipo bar) y yo acá (lavarropas)»
– «Si, decime mi amor, ¿qué me querés contar?» (con naturalidad -me dije- vos podés, no lagrimees otra vez)

Vengo lagrimeando con todas las primeras veces. Desde que abrió los ojos el día de su nacimiento escuchando mi «Bienvenida Hijita», pasando por la primera carcajada, la primera comida, la primera vez que me dijo mamá, que me dio un beso con ruido, que se subió a una calesita, que cortó las encías, roló, caminó, corrió, dejó los pañales… Tantos días… tengo una colección de lágrimas guardadas y un registro de cada uno de sus primeros pasos escritos en un libro rosa con la cara de El Principito que me regaló mi amiga Vanina apenas nació.

imageNo lo pude evitar tampoco esta vez con nuestra primera charla formal. Creo que ella ya se acostumbró a que tiene una mamá llorona.

Desenvuelta sobre el lavarropas, mi hija me contó que se había portado «bastante bien» en el jardín, que Ian le había pegado a Franco, que en una ronda de música se había tropezado bailando sola y que Lili, la mujer que la cuida, la había dejado saltar los canteros por la calle porque le había hecho caso. Yo le conté que había trabajado mucho, que estaba un poco cansada y que era muy feliz con ella.

Creo que la aburrí con mi respuesta. Voy a tener que repensar cómo entusiasmarla… Cambió de tema. Se paró sobre el lavarropas e improvisó algunos monólogos. Le siguió un salto con mi ayuda hacia la banqueta.

– «Mamá… ¿ese es el baño?».. En el lavadero hay una ventana que conecta con el baño y enseguida hizo el link. «¿Te acordás cuando me encerré y te tiraste por la ventana? No me voy a encerrar más».

Después, agarró un jabón blanco y me hizo olerlo. El jabón se transformó en guitarra y en bebé y volvió a ser jabón. Con la charla terminada, volvimos a sus rituales nocturnos: gimnasia sobre el piso de madera, saltos y piruetas para el infarto, vuelo de pantuflas y globos…

Antes de dormir, cuando yo volvía una y otra vez hacia nuestra primera charla, imaginando que algún día me va a preguntar por su papá, me trajo al presente con un remate directo al corazón: «Estoy muy contenta con vos». Abrazo fuerte, muchos besos y a descansar.

Mi hija es mía

Las frases que son situaciones se repiten una y mil veces. Salimos de casa con Evangelina y arranca el rosario de comentarios y preguntas, muchas de ellas relacionadas entre sí. Las voces llegan desde afuera y también desde adentro, de nuestro entorno.

Frase 1: «Es muyyy linda!!!!!!»»
Eva llama la atención. Vamos por la calle y muchos se dan vuelta para mirarla, se sonríen cuando nos ven pasar o se le acercan y le tocan los rulos. Sacándome el filtro de mamá –la veo la más hermosa del planeta–, sí descubro que tiene una combinación armónica de belleza y carisma (onda) ¿Qué le pasa a ella cuando le dicen que es muy linda, etc…?. Mira para otro lado. No le gusta que le estén encima.

Frase 2: «¿Es tuya?»
Viene de la mano de la frase 1. Eva es morena y yo muy blanca. Los que no conocen nuestra historia me suelen preguntar si es mía. Cuando estoy con «ganas de explicar» respondo: «Sí, es mía, la tuve en mi panza, su papá es africano» y ahí queda. Si no estoy en un día «con ganas de explicar», digo «Sí, es mía, soy su mamá» y chau. Siempre me escucho responder con alegría y orgullo. Estoy muy orgullosa de ella, de nuestra historia y de nuestra vida juntas. En el medio, hubo momentos que ya son anécdotas. Cuba, 2014, Eva tenía un año y ocho meses. Volvíamos a Buenos Aires después de dos semanas en la isla. En Migraciones, se me acercó un militar con un perro. Me husmeaban como si fuera una delincuente. «¿Viniste a ver al papá?», me habían preguntado minutos antes. «No, el papá está en Senegal», respondí. Papeles en regla, silencio forzado y a otra cosa.

Frase 3: «Se está pareciendo mucho a vos»
La frase surge de mi propia familia y de mis amigos, los que nos quieren de verdad. Lo tomo como una palmada en el hombro, como un gesto de amor. Eva lleva con ella parte de lo que soy y de lo que es su papá pero es ella más allá de nosotros. Me reconozco y también reconozco en ella a su papá pero nos trascendió.

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Frase 4: ¿Cómo hacés con el pelo?
Volvamos a los rulos. El tema del pelo afro es una incógnita para muchos. Yo empecé a entenderlo con las rastas de Amadou y avancé varios casilleros con ella. Lo digo una vez más (siempre me prometo que va a ser la última). El operativo «Motas suaves» empieza después de enjuagar el champú. Crema de enjuague primero, dedos después que desenredan. Eva se queja. Sigo cuando está concentrada en bañar a su bebé. Ahora más crema de enjuague y peine. Agua y casi estamos. El pelo afro se seca rapidísimo. Crema para peinar y final del operativo.

«Cuando sea grande, se lo va a querer planchar», es un plus de la frase 4. «Sí o capaz que cuando sea grande se usa el afro», es mi respuesta. Los grandes tenemos una mirada que retrasa. No pasa lo mismo con los chicos. No fueron pocas veces las que escuché a nenes y nenas conocidos y desconocidos diciéndole que estaba buenísimo su pelo. Por lo pronto, yo cada vez me plancho menos el mío. Resolví que es una manera de enseñarle a mi hija que uno tiene que aceptarse como es. Y me dejo el pelo aleonado al viento, con rulos también.

Frase 5: «¿Tiene tu apellido?»
Sí, mi hija tiene mi apellido. Es Evangelina López sin segundo nombre. Conscientemente decidí que así fuera y fue una decisión sabia. Con su papá en Africa como un satélite perdido en el universo, puedo moverme con ella sin pedirle permiso a nadie. Y ahí vamos, caminando libres por la vida. Recuerdo el día en el que la inscribí. Tenía menos de un mes. Estaba mi mamá con nosotras, como siempre. Festejamos que se sumara otra López a la numerosa familia que todos, con mis papás y mis hermanos, fuimos formando. El árbol López tiene varias ramas. Eva es uno de sus frutos.

Frase 6: «¿No tenés miedo del papá?» «¿Qué vas a hacer si viene?»
Que el papá venga es una posibilidad remota hoy. Lo viene prometiendo desde que Eva estaba en la panza así que todo está dentro del plano de lo que no pasó y tal vez no pasará. «¿Y si algún día ella te pide ir a verlo?», preguntan algunos. «Iré con ella. No la voy a dejar sola nunca», es mi convicción. ¿Miedo?, no ya. Como un chiste y no tanto, muchos se ofrecieron como guardaespaldas para defendernos si algún día fuese necesario. ¿Incertidumbre?, tal vez. No sé qué pasaría si algún día el papá de Eva vence al supuesto gualicho, abandona el skype y aparece en Buenos Aires queriendo cumplir con su rol.

Frase 7: «¿Cómo hacés con todo sola?»
Se puede. La plenitud doblega al cansancio. Siento que estoy transitando mi época dorada. El otro día, volviendo con ella a upa bajo la llovizna y con los brazos semiacalambrados me salió –como siempre– llenarla de besos mientras tomaba aire para llegar a casa. El amor tiene una fuerza arrasadora. Hace años que no me quejo porque no tengo motivos. Si Eva está bien, tirame una bomba nuclear encima que no pasa nada. Sigo. Me siento iluminada por sus ojos y su mirada. Ella está ahí.

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Papá por skype, nueva versión

Ultimo sábado al mediodía. Eva estuvo con tos toda la noche pero finalmente pudimos dormir. El plan inmediato era ir al cine. Ya van tres sábados seguidos que vamos a ver distintas películas. Desde que vio Zootopia en pantalla gigante me pide ir en la semana y yo accedo encantada el fin de semana. Le gusta el cine como a mí.

Suena el celular. Característica +54 351… Es el papá de Eva, ya lo sé. Antes figuraba privado en la pantallita pero ahora aparece el +54 351… (¿Estará en Córdoba?) y un número larguísimo (no, es Dakar). Se olvidó de llamar a su hija el día de su cumpleaños pero aquí está otra vez.

– Hola, ¿cómo estás?, ¿todo bien? ¿te podrás conectar al skype? (él, todo en inglés).
– Sí, cortito porque nos vamos al cine (yo, en inglés también).

Y ahí vamos. Siguiendo los consejos de mi psicóloga, no tengo que hablar con él más de la cuenta. Me tengo que correr del rol de intermediaria y que hablen entre ellos sin mí, lo que me cuesta mucho porque siento que dejo a Eva sola y sin terminar de entender nada. Pero probemos…

Aparece en el celular y lo saludamos. Nos ve y sonríe. La misma sonrisa de mi hija. Ella se acerca a la pantalla y le saca la lengua. El sonríe otra vez. «Hola amor…! ¿Cómo estás? ¡Qué largo tenés el pelo!», le dice. «Papá dice que tenés el pelo largo», le traduzco para romper el hielo. Ella vuelve a acercarse a la pantalla y se toca los rulos. «Mirá mi pelo –agrega él en espejo– también está creciendo».

Con el supuesto gualicho que le impide venir a la Argentina adentro de él, Amadou asegura que probó varias cosas en Africa. Desde remedios hasta cortarse las rastas hasta los hombros que tenía cuando lo conocí. Lo último es cierto. Estando embarazada apareció un día también por skype con el pelo al ras.

Pasaron más de tres años y su pelo también creció. Y ahora le muestra las rastas a su hija. Eva lo vió y abrió los ojos más grandes que de costumbre con la emoción y la sorpresa propia de lo que uno ve y descubre por primera vez. Después, quiso pintarle la cara con unos maquillajes para niños en celeste y blanco que había prácticamente agotado en mi cara. También quiso compartir un caramelo de limón que él hizo como que comía.

Breve intercambio conmigo y… «los dejo un rato así preparo todo para irnos».

«¿Hola mi amor… te amo! ¿vos me amás?…, le preguntó. Eva respondió con la canción que ella misma creó, «Firiquiparicá…», ayudada con el micrófono nuevo que le había regalado su amigo Lucca el día anterior. «Bravísimoooo!», respondió él. «¿Todo bien?… Papá te ama!», él. «Sí, todo bien», ella. Y la conversación siguió así. Con declaraciones permanentes de amor de parte de él y cánticos y piruetas de parte de ella. Por momentos, él le decía «Phenda» y Eva no respondía. En Senegal, cuando Evangelina nació, hicieron una fiesta y le pusieron ese nombre. «Phenda» significa «Pertenecida».

Los escuché desde mi habitación con algo de tristeza hasta que ya no hubo más tiempo.

-«Nos tenemos que ir»… (yo, mientras cambiaba a Eva de Otoño para que la tos no avance…)
-«¿Me podrás llamar a la noche?» (él)
– «No voy a poder» (yo)
– «Ok, si podés… cuídense» (él)
– Chau, que tengas un buen día, empieza Kunfu Panda 3… (yo)

Terminó la conversación con su concierto de frases amorosas de siempre como si estuviera acá. Yo le digo que se pone un CD rayado, que ya está, que cansa mucho escuchar siempre la misma canción. Sí tenemos algo en común: le confirmé que nuestra hija es fuerte, que arrancó el jardín y que, mientras muchos nenes se enfermaron, ella sólo tuvo-tiene tos sin fiebre. En eso nos unimos y le agradecemos a Dios.

Mi Estrella

Dos semanas y cuatro días

Todo parece moverse a la velocidad de un rayo en nuestro mundo. En las últimas dos semanas y cuatro días Evangelina empezó el jardín, se adaptó, se encerró en el baño como un juego, me trepé por una ventana para «rescatarla», tuvo tos y adenitis (se le inflamó un ganglio), se mejoró, vio su primera película en pantalla gigante, «compuso» su primera canción y cumplió sus esperados 3 años. Desde que nació mi hija, marzo es una especie de huracán de cambios, comienzos, emociones y cansancio. También de imágenes.

evacocinaMuchas de las que guardo son del 13. La vuelvo a ver a las 0.00 como encendida escuchando la alarma del celular para avisarnos que empezaba su cumpleaños. La veo buscándome en la cocina mientras yo prendía y ella apagaba su primera vela del día y después correr juntas a la habitación. «Cerrá los ojos, hija»… (su regalo estaba escondido en mi placard) «Ahora abrilos»… Recuerdo la sorpresa en sus ojos cuando vio la cocinita que venía pidiendo. Le gusta cocinar aunque me ve muy pocas veces hacerlo. «Cocinamos» hasta la 1.30 de la madrugada.

La recuerdo esa misma madrugada cerca de las 5 dando vueltas en su cama por culpa de la maldita tos. «Tranquila hija, ya va a pasar. Mamá te cuida» (es la frase que me sale siempre cuando siento que ella se debilita). Sin tos ya, la vuelvo a ver entredormida  y sonriendo…»Mamá, la cocinita…» y un ok con el pulgar hacia arriba que después transformó con otros dedos en un corazón. Siempre armamos corazones con las manos que nos arrojamos entre nosotras a través del aire.

Nos veo abrazadas yendo solas al mediodía hacia Temperley. Rodeadas de bolsos con nuestra ropa, sandwiches de miga y el cotillón de Frozen. La veo corriendo horas después por el salón donde fue el festejo mientras mi mamá, una amiga y yo limpiábamos todo y vestíamos paredes blancas con guirnaldas y globos de colores.

evaconfrancoevafrozenLa vuelvo a ver ya con su cumple en marcha. Primero rodeada de sus primos, después de familiares, amigos e hijos de amigos con ella como protagonista. La veo observando todo muy pensativa con sus ojos negros y la carita pintada de plateado… ¿En qué estarás pensando hijita?…

La veo jugando con un perfume sencillo de princesas –su regalo preferido entre otros mucho más llamativos– y disfrutar entre burbujas gigantes. Me veo calmándole su llanto cuando el animador tuvo la desafortunada idea de prender fuego un libro. La sentí más aferrada a mí que nunca. 

Cuando las luces se apagaron y quedamos los de siempre, volvió a ser ella en plenitud. En la casa de mis viejos, su segunda casa, nos cantó «su» tema en un escenario improvisado. Antes de irse a dormir, intentó curarle un dedo a mi papá con su perfume de princesas, a esta altura una especie de pócima. El abuelo Pichi no se sacó la curita hasta que ella «le dio el alta» el día después. Qué maravillosas caras tiene el amor.

El lunes debutó en capoeira. El martes salimos con el blog en un diario y perdimos el anonimato por un rato. El miércoles fuimos ella y yo otra vez en nuestra casa sin apuros ni otras miradas. A veces siento que es ahí, justo ahí, cuando el mundo se detiene aunque estemos en movimiento. Se detiene por un rato. Anoche volvió la tos y me levanté tres veces para hacerle vapor y abrazarla fuerte. Volví a decirle al oído mientras lloraba que se quede tranquila. Que estoy yo para cuidarla.

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