Mamá derrape: la película equivocada

Entusiasmada, busco todas las semanas alguna película infantil para ver con Eva el fin de semana. Nos vimos casi todas. Quiero trasmitirle mi amor por el cine mientras ella me transmite su amor por los pochoclos. Vamos bien ambas. Pero puede fallar. De hecho falló el sábado pasado.

“Ploey” es la película de un simpático chorlito que atraviesa muchos obstáculos para crecer-volar. La vida misma. Perfecto, evalué. Y el ritual se repitió: cine con la butaca extra para ver mejor, sonrisas, pochoclos desbordantes (¿no tendrían que hacer los pochoclos en cajas con tapa como las gaseosas?), alegría… hasta que empezó la película.

En el segundo dos, al dulce chorlito se le muere el padre. Se lo come un halcón poderoso sin mediar un mínimo de defensa o un tímido pedido de auxilio. Minutos después, Ploey se aleja de la bandada y pierde nada más ni nada menos que a su mamá y a su amigovia. Se queda solo como pollito mojado y para encontrarlas tiene que atravesar un desierto de hielo en el que sus plumitas se congelan. En el medio, los que quieren ayudarlo también sufren principios de hipotermia y por momentos rozan la muerte. Todo eso, todo junto.

Eva rompió en llanto por intervalos durante toda la película. Le propuse irnos varias veces pero quiso esperar a que llegara “el momento feliz” que nunca llegó. Su berrido no fue el único. La sala se llenó de niños lagrimeando y madres semi-espantadas preguntándonos en la oscuridad si lo que estaba pasando era cierto.

Al terminar “la peor película infantil que vi en mi vida y que merece el spoileo”, Eva se encargó de pasarme la factura correspondiente. Me intimó con estas palabras: “Mamá, la película fue horrible. No entiendo cómo elegiste esto. La próxima vez, consultame”. Silencio. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas que no admiten crocs, me fue mostrando además los afiches de las películas que sí son las indicadas y que le hubiese gustado ver.

Que venga ET, “el mejor personaje de la mejor película que vi en mi infancia”, y me abduzca.

La plaza de los negros

A mi hija le gusta una plaza que queda bastante cerca de nuestra casa. Es un lugar que, en las formas, no tiene nada de especial. Remodelada recientemente, replica otras plazas de otros barrios porteños. Digo en “las formas” porque hace unos días descubrí que guarda un secreto.

Fue el viernes pasado. Salimos con Eva del jardín y ella me convenció de pasar por “su” plaza antes de que cayera el sol. La tarde era perfecta.

Llegamos y arrancó al instante con su periplo de juegos. A mi hija se le activa una especie de chip cuando ve calesitas y toboganes. Empieza a dar vueltas por todos lados para no perderse nada y yo voy atrás corriendo con la falsa idea de que voy a evitar que se lastime alguna vez.

Ese día arrancó por su sector preferido: el de los pasamanos. Es ahí donde ella, en plenitud, desafía las leyes de la gravedad y yo siento en riesgo mi capacidad coronaria. Siempre estoy como al borde del infarto.

Mientras la veía cabeza para abajo, corrí la mirada. Cerca, había una negra que, por su tonada, parecía cubana. Estaba con su niña. En un momento, la negra me sonrió y clavó los ojos en mi negra que colgaba de las escaleras en el aire. “Eh, chica, tú sí que tienes swing”, le lanzó divertida. Asentí. Es verdad que Eva tiene el movimiento liviano y seguro de los negros.

Del pasamanos, nos transportamos en segundos a las hamacas donde también suelo entrar en pánico. Ella se balancea y quiere llegar alto y yo, más terrenal, deseo fervientemente que aminore la marcha.

Entre reflexión y reflexión, se me puso a hablar la mamá de otra nena. “Se ve que hoy tengo cara de sociable”, pensé. La chica, psicóloga, me preguntó si Eva hacía gimnasia artística por sus medialunas constantes entre juego y juego. “No, estoy buscando club”, le conté. “La mía va con su papá a telas. El es colombiano”, remarcó. “Ah, mirá, es afro como la mía. El papá de ella es senegalés”, agregué.

En los minutos siguientes, mi hija desapareció de las hamacas y apareció en el subibaja. Empezó a subir y bajar y subir y bajar con otra nena de rizos rubios. Su mamá, rubia también, me saludó a lo lejos y me hizo señas de que fuera a tomar unos mates. Me acerqué tímidamente y también nos pusimos a charlar. Me contó que su marido era dominicano y que detectaba en Eva “delicados rasgos afro”. Se lo confirmé y nos reímos un rato hablando de las mezclas y de los encuentros.

Sin conocernos, nos habíamos juntado distintas mamás “afro-style” en el mismo espacio y momento. Y, como una cita plural, había también otras madres de porteñitos, chinos y gitanos, sin barreras a la vista. “Está ganando la diversidad, carajo”, gritó mi voz interna.

Visión futurista

Con un ojo en el mate y con otro siguiendo a mi hija, se sentó al lado mío una versión parecida a Eva, pero en grande. Fue shockeante. “Tu hija es preciosa”, rompió el hielo. “Gracias”, le dije. “Te veo y es como verla a ella en el futuro”, le confesé. Ella me contó que era de Bahía, Brasil. Que habían venido con su marido a estudiar a Buenos Aires y que había quedado embarazada del bebé que tenía en brazos.

Nos perdimos hablando del racismo de los grandes que afortunadamente está sintiéndose menos o nada en los niños. Del pelo y de las técnicas para lograr “una mota perfecta”. Del día que nació su hijo y mi hija, ambos con la piel rosada. “Es que el color se define con el tiempo”, aporté, recordando lo que me dijeron en la última ecografía de Eva hace ya más de 5 años. “La mía también nació rosada”, sumó la chica del mate. Le faltaba música de tambores y estábamos todos.

Caía el sol y tuvimos que huir de una tormenta feroz.

Con Eva prácticamente a remolque (no quería irse), me quedé pensando en las coincidencias y en un mundo que está creciendo desde abajo del asfalto y que ya llegó a la superficie.

Buenos Aires tiene en algún lado una perla negra. Yo la encontré gracias a mi hija y, en honor a su origen, le pusimos un nombre: la plaza de los negros.

Mi hija me dejó “pintada” el primer día de clases

Evangelina está por cumplir cinco años y ya vivimos cuatro inicios de clases juntas. Cierro los ojos y la/me veo en los distintos comienzos. Más chiquita ella y más joven e insegura yo. Más llorona ella y más nerviosa yo, más adaptada ella y más relajada yo. Y así, hasta el último primer día: 1 de marzo: más independiente ella/más “pintada” yo.

Nada es lo que era al principio. Hasta mi frase de cabecera escolar “el papá no vino, sigue en África, avísenme si ven algo raro”, quedó en desuso.

A los dos años
Me quedaba espiando por la cerradura de la puerta de la sala o por alguna hendija por la que se colaban los rulos de Eva. Ella lloriqueaba y se quedaba un rato a upa de alguna de las maestras. Era la última imagen que podía ver hasta que nos invitaban amablemente a irnos del colegio. Recuerdo que, mientras salía, se encendía mi alarma con cada nene que lloraba. Como un cordón umbilical sonoro, es el día de hoy que puedo distinguir el llanto de Eva a varios metros de distancia. Una habilidad que compartimos muchas. Estoy segura.

A los tres años
El despegue fue más rápido. Eva entró sonriendo a la sala al reconocer a sus compañeros y ni se inmutó cuando me fui. No tuve que buscarla por la hendija porque las puertas estaban abiertas. Su última imagen fue haciendo torres con sus amigas. Igual tuve que “quedarme en zona” durante dos semanas por si… Como en los aeropuertos, habría que armar “salas de espera para padres en período de adaptación”. Con una mamá, conocimos todos los cafés de los alrededores.

A los cuatro años
No hubo adaptación. Nos hicieron pasar a la sala para sacar “la foto de Facebook” y después, cada uno a su casa. Fue el año pasado. Entre la entrada y la salida, aproveché para dormir siestas y ver películas. Siempre me tomo vacaciones para esta fecha para acompañar a mi hija en el arranque.

Y llegó la sala de cinco.
Preescolar. Último año en el jardín, toda la emoción y la energía puestas en el primer último día antes de la Primaria. Acepté su idea de llegar al colegio con sus 20 kilos a cocoyito. Calor de 30 grados, calles cortadas por la apertura de sesiones ordinarias, dos bolsos y ella colgada en mis hombros.

Entramos y me cayó el primer baldazo. Eva se bajó sin titubear y avanzó hacia sus amigos. Post cocoyo, me acomodé la ropa preparada para la ocasión y, ante la ausencia de hija, me dediqué a saludar a los padres que solo veo en actos y cumpleaños.

Mientras estaba con los amigos, le saqué miles de fotos en la misma pose: esperando o jugando a ‘Choco choco la la, choco choco te te…’¿ lo conocen?. La bandera, la fila, los chicos, los padres, las maestras. Esperé una señal de Eva antes de irse a la sala y la señal llegó. Me acerqué a saludarla y me fulminó con la mirada. “Andá, mamá”, deslizó con tono adolescente y partió.

La última imagen que tengo de ella antes de perderla entre los demás fue subiendo una escalera. Imaginé que se iba a dar vuelta para sonreírme. Practiqué internamente el clásico “que me mire, que me mire”, pero no. Nada.

Creo que los pasos que van dando los hijos son como pequeños ensayos, hasta que un día toman carrera y levantan vuelo propio. En mi caso, recordaré que en sala de cinco mi hija tuvo “un vuelo inaugural”. Y, como tiene que ser, yo me quedé abajo, acompañándola.

“Quiero que seas mi papá”

¡Hola, Amadou! Aquí otra vez yo escribiéndote una carta. La primera fue para el día del padre de hace unos años. Te decía que Evangelina había crecido tanto que ya llegaba a la bacha para lavarse las manos sin mi ayuda y que empezaba a cambiarse sola. Te decía también que estaba llenándose de amigos y que muchos de los hombres que la rodeaban la cuidaban y la querían como un papá aunque no lo fueran.

Todo sigue cambiando muy rápido de este lado del oceáno y es muy difícil explicártelo por WhatsApp cuando hablás con la nena e intercambiamos preguntas y respuestas de fórmula.
Eva va camino a los 5. Lo escribo y no lo puedo creer. Si, como dicen, los primeros años de un niño son fundamentales para el resto de su vida, vamos bien con este principio. Nuestra hija sigue atravesada -como desde que nació- por la alegría. No es ella si no bromea y sonríe. Tiene alma de sol.

Bromea, sonríe y también desafía. Es una especialista en ir al frente. Si algo no le gusta o no la convence no lo deja pasar, lo dice y trata de modificarlo. No se calla y agarrate… Me sigue haciendo acordar al que eras vos hace un tiempo. En estos días recordé cuando, en Atenas, te peleaste con el griego que te quiso robar en el colectivo ¿Te acordás? Le dijiste que no se meta con los africanos, que África era sinónimo de honestidad. Nunca escuché a alguien defender tan vehementemente su origen y sus principios. Bueno, aplicalo, a la nena y a su metro diez.

También me acordé de vos anoche. En mi afán por recuperar el tiempo que ocupo trabajando, llegué a casa y empecé a preguntarle a Eva sobre su día, qué había hecho, con qué amigo había estado en la colonia, etc. De repente, me pidió que parara, que estaba entrenando ¡Entrenandoooo! Sí, escuchás bien. Estaba haciendo algo así como flexiones de brazos en el piso, igual que vos. Es tu ADN. Yo hace tres años que, por falta de tiempo, no piso un gimnasio… Así que bueno, durante su “entrenamiento”, empecé a leer un libro (como en Grecia mientras vos entrenabas). “Es que me encanta el movimiento, mamá”, me confesó después y exploté de risa.

En la carta del día del padre de hace un tiempo te decía que la nena estaba rodeada de amor. Y te hablaba de sus amigos y de sus “hombres custodios” que la aman infinitamente. Bueno, ese amor fue creciendo y la red es cada vez más grande. Son como anillos que se suman a su alrededor.

En el anillo más profundo, sus “hombres custodios” de la familia se desviven por ella. Te lo juro, es conmovedor y gracioso a la vez. Los envuelve con su carisma, les despierta una ternura inmensa y los hace reír. Siempre los hace reír. Hay que verla y verlos en los almuerzos de los domingos. Tiene un código distinto con cada uno.

Al marido de mi hermana lo deja llevarla. Sobre todo a upa y a cocochito. Y él hace un esfuerzo grande enfrentando sus dolores de espalda. El último fin de semana largo que fuimos todos a Mar del Plata, corrió con ella varias cuadras a upa solo para divertirla.

A sus primos adolescentes, los desafía. Huye de sus abrazos y de sus besos. Los torea hasta que la atrapan y deja que la quieran.
Con su padrino, mi hermano menor, comparte su pasión por la música. Guitarrean, arman canciones, empezaron a unirse artísticamente. Me hace muy feliz porque sabés que yo soy un desastre con mis elecciones musicales.

Con mi hermano mayor pasa algo especial. Vos hablaste alguna vez con él. Si! El de los cuatro hijos, que se reparte en mil para estar con todos siempre con una sonrisa. Ese. El domingo pasado, estaba el clan López en pleno en la mesa. Evangelina tomó la palabra y le pidió si quería ser su papá. Imaginate… Nos quedamos todos medio petrificados. Creo que él sintió que quería decirle que sí, pero se detuvo. Yo le expliqué que su papá eras vos, que estabas en África, que… Pero ella insistió, sabe elegir. Sé que una parte grande del corazón de mi hermano es de ella.

Y después, mi papá, el “abuelito”… ¡Qué decirte! Escribo y me viene una imagen de fin de año que lo resume. Todos agradecíamos a 2017 por las cosas que vivimos, para recibir con todo al 2018.
Cuando le tocó a él, dijo que prefería mantenerlo en la intimidad. Pero enseguida, se acercó a Eva, le acarició las motas y le dio un beso.
En nuestro mundo, el amor sigue marcando el pulso medido en los pequeños y los grandes gestos. Y como verás, aunque vos no estés, otros hombres están ocupando tu lugar.

Muchas veces pienso y revuelvo el tiempo. Siempre termino agradeciéndote por todo lo que nos dejaste. No puedo tenerte bronca aunque lo intento. Nuestra hija traspasó y traspasa todas nuestras barreras y más.

Te agradezco por ella y por mí ¿Pensás que soy una tonta como creen muchos? Yo creo que no. Si no, decime… Si no hubiese sido todo como fue… ¿A quién estaría yo esperando que se despierte ahora?

Soltarlo, soltarla, soltarme

Me costó mucho soltar a Amadou, el papá de mi hija. Diría que pasaron tres años hasta que un día se fue de mí. Con dolor, con bronca, con resistencia pero un día se fue. Y ese día supe que no iba a ocupar más el lugar que ocupó sin estar físicamente. Un lugar que había ocupado su voz y su recuerdo ¿Increíble no?

Sigo siendo la misma en ese sentido. Soy de las personas a las que les cuesta soltar. Me cuestan las despedidas, las mínimas y las máximas.

No vuelvo a los lugares en los que estuve con personas muy queridas porque prefiero que queden en mi corazón y en mi cabeza como los dejé.

Me da tristeza que cada año pasen la Navidad y el Año Nuevo y que se lleven la magia de los tiempos de fiesta.

Prefiero no darme cuenta cuando se está yendo el Verano porque, sobre todo desde que nació mi hija, es para mí sinónimo de plenitud y disfrute profundo. Mis veranos con Eva tienen siempre aire de mar aunque nos quedemos en la ciudad.

En sus primeras horas de vida, sufrí cuando se iba a los controles de rutina que le hacían en la clínica. Después me costó infinitas lágrimas dejarla en una guardería y hace poco lloré cuando empezó la colonia por miedo a que no se adaptara.

Es un clásico diario: me sigue costando dejarla al mediodía para irme a trabajar aunque sé que vuelvo a la noche y todo continúa.

Eva cumple 5 años en marzo. Y no hay red que no quiera contenerla.

La ausencia de padre multiplicó al infinito las presencias a nuestro alrededor. Tiene decenas de amigos, chicas que la cuidan mejor que yo, un barrio que la reconoce y quiere. Y, en primera línea, están sus abuelos, tíos y primos que siempre están si decido un día despreocuparme y hacer planes sin ella.

El último fin de semana tuve un casamiento y Eva voló a lo de mis hermanos, sus custodios preferidos. No se acordó de mí y yo por momentos me olvidé de ella. Tomé solo una copa de vino para dormir sin sobresaltos. Bailé mucho. Volví muy cansada a casa. Me acosté a las 5 de la madrugada y me levanté a las 10 y no pude dormir más.

Su nacimiento activó un chip que sigue funcionando aunque no esté. No puedo relajarme del todo si no está cerca. Y si está cerca estoy en alerta siempre. Y así… Recargo las pilas del chip con las largas siestas de domingo en lo de mis papás o cuando la dejo por horas en lo de algún amiguito.

Ella no percibe nada o percibe poco. Va por la vida dando saltos al aire, desafiando al viento. Cuando me voy, suele lloriquear un rato o decirme que me va a extrañar pero al rato ya está bien. Mientras a mí me cuesta repararme, ella no se detiene. Y es ahí cuando sigo celebrando por las dos.

Intensamente

Fui a ver “Intensamente” gracias a mi hija y desde ese día se transformó en una de mis películas preferidas de la adultez. Sé que muchos sentimos lo mismo. Nos identificamos con su mensaje: cada etapa de la vida deja recuerdos y emociones de distintos colores. Aunque no nos demos cuenta, quedan ahí. Vamos a convivir para siempre con “esferas” de alegría, miedo, tristeza, desagrado y furia.

En mi caso, el nacimiento de mi hija me llenó de “nuevos pensamientos centrales” -así los llama la película-, de nuevas esferas de colores.

Cumplí 46 años hace días y la típica balanza del paso del tiempo me hizo acordar de algunos de esos momentos únicos, de sus primeros días y de nuestras últimas horas. Si pudieran escanear mi cabeza verían las esferas claramente.

Esfera de Alegría I- El nacimiento
Marzo de 2013. Cerré los ojos. La anestesia estaba haciendo efecto. Escuché a mi médico que contaba un poco mi historia al resto de su equipo. Escuché la voz de mi mamá. Todo iba a ir bien. Agua, mucha agua. “Ahí viene”… Sentí cada segundo de lo que pasó aunque no fue un parto natural. Está perfecta, dijeron. Y se me acercó mi mamá con Eva y su cara húmeda, hermosísima. Nada podrá borrar esa imagen. “Bienvenida hijita”, fueron mis primeras palabras.

Esfera de Miedo I – La sangre
Junio de 2013. Eva tenía días cuando le detectaron una anemia crónica que había que investigar. “Su factor de sangre es AB+ -describió la doctora del servicio de Hematología del Garrahan-. Es receptora universal. Y tiene hemoglobina C, una adaptación de los glóbulos contra el paludismo, como en África. Nada preocupante”, agregó. Después de mis lágrimas, terminamos riéndonos las dos. Nada grave, finalmente. Duro igual para mí que recién empezaba a entender lo que era ser mamá. Recuerdo que salí del hospital y respiré bocanadas de aire fresco como si fuese la primera vez.

Esfera de Miedo II – Los bultitos
Madrugada de julio de 2013. Hacía mucho frío. Eva tenía apenas cuatro meses. Con ella en brazos, me subí a un taxi rumbo a la guardia. Ya mi mamá había vuelto a su rutina y no tenía con quien desahogarme. Estábamos solas. Me acuerdo que, después de darle la teta, mientras la acariciaba, descubrí que tenía unos bultitos en la nuca. El terror crece con la soledad. Sentí una corriente de hielo que me subía por las venas. Actué. En la clínica me dijeron que esos bultitos eran glándulas sebáceas. Otro susto. Otra esfera.

Esfera de Alegría II – La risa
Lunes de la semana pasada. Dos de la mañana (sí, leyeron bien). Eva tenía los ojos abiertos como dos luceros. Empecé yo con las cosquillas y siguió ella. No sé si fue porque estaba cansadísima y bajé la guardia o por su sostenida fuerza, pero no pude moverla de mi panza y me reí sin parar hasta llorar. No recuerdo haberme reído así en mi vida antes de ella.

Esfera de Alegría III – Los deseos
* Minutos antes de las 12 del 17 de enero, el día de mi cumpleaños, en lo de mis papás.
“No vengas a la cocina, mamá. Hay una sorpresa…”, me dijo. Se hicieron las 12. “Cerrá los ojos, Má. ¡Ahora abrilos!”. Caminó hacia mí con mi ahijada. Traían una torta de copitos y rocklets. Una vela y un cartel. “La preparé yo”, siguió orgullosa antes de sentarse arriba mío y abrazarme. “No te olvides de pedir los deseos”, me susurró mientras me cantaban el feliz cumpleaños. Cerré los ojos, deseé y soplé. Y la abracé y le agradecí por existir. Cuando estaba a punto de quebrarme, ella golpeó la mesa y lanzó una frase que ya es otra esfera del color del sol: “Y en esta mesa, ¿nadie tiene un regalo para mi mamá?”…

Muchas veces me pregunto cómo recordará mi hija estos momentos. ¿Los recordará? ¿Cuáles serán sus pensamientos centrales? ¿Qué color tendrán sus esferas?

Y vos, que seguiste leyendo hasta acá, ¿qué color tienen las tuyas?

La despedida

* Mirá bien la foto de arriba porque ahí están los protagonistas de este post.

Son las 11.50. Faltan diez minutos para la medianoche y para que llegue el taxi que va a llevarme a la estación. Miro la hora y me duele el corazón. Odio las despedidas aunque sean cortas. Tengo 10 minutos para despedirme de mi hija sin que perciba mi tristeza. Ella juega con su prima. Se ríen. Hacen morisquetas frente al espejo. Está feliz.

Estamos todos en el lobby de un hotel de Mar del Plata. Fuimos los 14 -mis viejos y “los que vinimos después gracias a ellos”, describió uno de mis sobrinos. Nos unió durante dos días el festejo de los 70 del “abuelito” Pichi. Pero ya es domingo y algunos tenemos que volver a Buenos Aires.

Yo intento moverme hacia algún lugar indefinido y respiro profundo. Tengo un vacío en la panza potenciado por una especie de mareo. Me contengo para no llorar.

Camino por el lobby, abro la valija y saco algunos remedios para dejarle a mi cuñada por si… Por si Eva se paspa con el viento marplatense, por si le agarra alergia, por si moquea… Le mando a mi mamá la captura de un remedio por si las lagañitas de hoy se transforman en conjuntivitis mañana. Ya no voy a estar.

Son las 11.54. Faltan solo 6 minutos ahora. Escucho un Má fuerte. Retrocedo. Eva me pide agua y sigue jugando en su mundo de videos y risas.

Se hacen las 12. Veo desde adentro el taxi en la puerta del hotel. El hechizo está a punto de romperse. Me repito que no tengo que lagrimear y es ahí cuando los veo. Se para mi hermano Gastón y se acerca despacio a Eva para abrazarla y después se suma mi hermano Ezequiel y después mis sobrinos Salvador y Lorenzo.

Cuando voy a despedirme de mi hija tengo que atravesar una especie de barrera humana de brazos fuertes. Eva está como en un pedestal. Me abren el paso. Le digo que se porte bien, que tengo que volver a Buenos Aires a trabajar. Nos abrazamos y me dice que me ama mucho sin vestigios de tristeza. Me despido de las chicas del grupo, pilares también, y otra vez los veo a los hombres de la familia cerrando la barrera a su alrededor. Me acompaña Eze. Me voy angustiada pero en paz.

Recién cuando entro a la terminal de micros me pongo a llorar. Por los pasillos semivacíos nadie me ve o los que me ven no me conocen ni se preocupan. Me siento en una butaca impersonal frente a una pantalla y sigo llorando y escribo.

A las 0.45 sale el micro. Ya está en la plataforma. Me pregunto qué pasaría si no subo. No sería la primera vez que voy a contramano.

Veo a un hombre mayor despidiendo a su hija y a su nieto. Llora por dentro como yo hace una hora. Pienso en Eva y en la barrera humana infranqueable que se armó a su alrededor. Sonrío por primera vez.

Pienso también en que la vida es quizá una sucesión de bienvenidas y despedidas. Yo tuve despedidas largas, dolorosas y para siempre. Y esta es corta. Me va a venir bien dormir sin un ojo abierto un par de noches hasta que el martes llegue Eva y mi rueda vuelva a girar.

La noche te trae sorpresas

La cara deformada de Patricia Saran liquida a quien la mire ¿Eso hace el tiempo con las mujeres que lo desafían? En una especie de contraespejo me abrazo. A los 45, tengo otros mambos pero no acechan las arrugas y por ahora no pensé en operaciones ni en botox ni en nada que se le parezca.

Están Patricia y también Pata, Sandra, Cacho y otros personajes que veíamos con mi abuela Ofelia en la tele los viernes a la noche. Amaba quedarme en su casa a dormir y ella convivía con Radio Rivadavia, Crónica en el diario y en la tele, el Popular, Benny Hill… Algunos de “sus” personajes se sacan selfies frente a mí en carne y hueso.

Hay humo artificial y de cigarillo adentro. Lo huelo desde lejos porque estoy afuera con los “conocidos conocidos”, los “personajes” y el viento fresco de una lluvia primaveral. Llovió y pude estrenarme el piloto charolado que siento como mi piel. Podría ser mi única prenda en el placard.

Afuera y adentro están también los “conocidos desconocidos” y los “desconocidos”. Son como un magma sin principio ni final. Cuesta moverse y quedarse quieto. No sabés bien adónde ir. Así eran, son y serán las fiestas bolicheras. Ya me había olvidado un poco.

Entre campari y campari -matizado con pequeñas dosis de comida- no pienso en Eva. Me quedé tranquila con la foto que me mandó mi hermano desde Lomas: mi hija sonríe abrazada a su prima Matilda. Me la traen a la mente los “conocidos conocidos”. Entre ellos, una pareja entrañable que también me recuerda el día que conocieron a Amadou en Atenas. Son los únicos que lo vieron personalmente. Le llevaron las ecografías de Evangelina en mi panza. “Mirá que es lindo tipo, eh?, dice ella. “Sí, una bomba”, me rio sin nostalgia.

Es como un paréntesis de recuerdos porque Eva está con mi familia en el sur y no pienso en Amadou.

Pienso en mí. O no pienso tanto. Bailo. Voy, vengo, me detengo un poco. Me río y canto con Cae!!! Lo grabo en una ráfaga adolescente sin preocupaciones. Miro alrededor. Percibo pocas vidas amorosas y muchas tan ampulosas como vacías. Vuelvo a oler a humo y a trampa. Está al alcance el sabor insípido de lo efímero.

“Desconocidos” sin barba se ofrecen a traernos tragos porque la barra está atestada de barbudos cool. Parecen calcados. Te das vuelta y hay uno y seguís y hay otro y así. También hay pilas de rubias parecidas y borrachas haciendo cola en el baño o merodeando por ahí.

Me detengo en un tenista famoso que mira para todos lados sin saber bien qué hacer. Vuelvo a ver a Pata y a su hijo. Disfrutan y saludan. Patricia ya no está. Me cruza un pelilargo con personalidad. Hace la suya. Le digo a mi amiga Vanina que lo mío va por ahí. En los que se distinguen sin estridencias.

Me quedo con los “conocidos conocidos”. Fluye y me reconozco. Si hay música que me haga bailar la paso bien. La pista se llena de cotillón y es ahí cuando vuelvo a conectarme con Eva. Debe estar durmiendo, pienso. Le va a encantar iluminarse con un par de anteojos de colores.

Besos por celular

Te levantaste mil veces en la noche porque escuchaste a tu hija toser y pedir por vos. Ella da vueltas en su cama y vos también al mismo tiempo en la tuya. Como una especie de cordón umbilical invisible que se mantiene ¿Es ella la que está inquieta o sos vos la que le transmitís la inquietud de tus últimos días de sombras?

Charlaste a la mañana de tus valores esenciales con la señora que la cuida. “Viste que muchos chicos tienen maldad… Yo no quiero que Eva sea mala. Por otra parte, no me saldría inculcarle que lo fuera”, le decís. Concluís que lo mejor es enseñarle que se corra frente a las agresiones. Que no insista en convencer a los malos de que sean buenos. Que al pibe que el domingo le susurró “maricona” en un cumpleaños le diga primero que no la moleste más y que, si sigue, lo frize.

Camino a terapia te encontrás con una amiga que hace rato no veías. Se conecta con lo que le contás y te habla del libro “Mujeres que corren con los lobos”. Lo tenés en tu biblioteca. Pensás en leerlo. Capaz sea el momento.

En el subte, escuchás a un cantante peruano ciego que bromea por el partido con Argentina. Un muchacho le saca fotos con admiración. ´Contame por qué te dicen Feliciano…’, se ríe con calidez. Resignificás la oscuridad.

Llegás a la psicóloga y salís 45 minutos después de lagrimear bastante. Te llevás algunas máximas renovadas: “no existe la mamá perfecta ni un antídoto para que tu hija no sufra. No pudiste darle el padre que imaginaste pero es superable”.

Estás más liviana. Le preguntás a la señora que cuida a tu hija cómo se levantó porque dormía cuando te fuiste. Te dice que le hizo una nebulización corta como le pediste y que está patinando. Te manda su foto con patines y vos le mandás una tuya en el colectivo yendo a trabajar.

Pensás que todo marcha musicalmente, que hacés lo que podés…

Y llega el amor de tu hija en un mensaje y no hay pensamiento ni sentimiento que lo opaque.

Y ahí brillás y sonreís.

¡Siesta, qué fantástica esta siesta!

Los había visto una vez en mi vida. Fue de refilón, en la primera reunión de padres del año. Por esas cosas que tiene la intuición, me parecieron confiables. Con ella hablamos después varias veces por chat. A mitad de la semana pasada me mandó un mensaje:

– “Guada quiere invitar a Eva a jugar el sábado a casa ¿Podrán?”
– “Sí, Eva va a baile hasta la 1 pero si querés la llevo después de almorzar”
– “Dale… ¿vos te quedás?”, preguntó.
– “Si ella se queda sin problemas, como suele pasar, me voy a casa a dormir media hora de siesta”, me sinceré.
– “¡Obvio! Te entiendo. Sin problemas”, validó.

Es sábado. Los veo ahora personalmente por segunda vez en mi vida, de frente. Bajan rápido a abrirnos. Vuelvo a tener la sensación de la primera vez. Ella alza a Eva con dulzura. El tiene una remera de Dream Theater. Nada malo puede pasar.

– “¿Querés entrar?”, preguntan.
– “No, tranquilos, me voy para casa. ¿A qué hora la vengo a buscar?
– “¿A las 7, te parece?”, dicen convencidos.
– “¿No es mucho?”, pregunto mientras reflexiono que si Eva se queda hasta esa hora voy a tener una hora y media de siesta…
– “No, tranquila, se van a entretener…”

Llegan otras amigas del jardín y otras mamás. Mi hija se pierde en el pasillo del edificio sin registrar que sigo ahí, por las dudas. Me voy con una mamá brasilera que ya es mi amiga. Le pido que, si le parece, de ahora en más hablemos en portugués. Que es un poco volver a mí. Acepta. Me pide que volvamos caminando. Que quiere hacer ejercicio. Acepto. No me viene mal.

Brilla un sol fuerte en la ciudad.

Vuelvo a casa un poco más tarde de lo previsto, caminando. Miro la foto que me sacó Eva antes de irnos (y que abre este post) y me zambullo en la cama como si fuese agua. Hay silencio en todos lados. El celular queda en vibrador pero no suena y el sueño parece infinito.

Me despierto casi dos horas más tarde, reparada de una semana post vacaciones con Eva con tos todas las noches. Reparada aunque pensando que todavía hay algo irresuelto dando vueltas. Que tengo que seguir buceando debajo de la superficie. Que Eva me espera y que puedo ir caminando a buscarla. Que si levanto la mirada quizá vea algo diferente.

Y que, por suerte, ya es Primavera.