Amparo y Romina

Romina pasó los 30. Vive en Santa Fe, es docente y sobre todo, es la mamá de Amparo. La tuvo por inseminación artificial, participa activamente de un grupo para “mamás solteras por elección” y es la mujer más feliz del mundo. Tanto que ya está pensando en un segundo hijo, un hermanito para su hija. Aquí va su historia.

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Soy Romina tengo 33 años. Siempre soñé con ser mamá. Claro que antes lo pensaba dentro del marco de una pareja pero como no llegó el hombre que compartiera mi mismo sueño de formar una familia, empecé a barajar la idea de ser mamá soltera. En realidad me pasó que empecé a entrar, a chusmear cuanto foro de maternidad se me cruzaba por el camino y en uno de tantos, en los que siempre hablaba de mi deseo de ser mamá pero de no encontrar el hombre indicado, en una charla una forista me dijo “¿Y ese es tu “problema”? Mujer… estamos en el siglo XXI, hoy en día con un tratamiento de fertilidad podés ser mamá” y ahí yo caí y me dije y “¿por qué no?”.

Así fue como empecé a meditar el tema. Tenía unos 24/25 años y para entonces iba y venía en relaciones que creo, en el fondo, sabía que no prosperarían. Tuve muchos vaivenes, tanto emocionales, como económicos, como de pérdidas de tiempo amorosas y otras yerbas. Pero a fines del 2011 dije ¡basta!, basta de perder el tiempo. Llevaba años pensando y repensando el tema. Me dije basta de dejar pasar mi sueño. Yo deseaba ser madre, siempre lo supe, deseaba con todo mi corazón dar vida, dar amor. Así que me lancé a este viaje a la maternidad sola porque nadie me apoyó en mi decisión.

Pasé por todos los estudios y controles pertinentes, me topé con más de un profesional en el camino y no tanto, hasta que di con los que creí ideales para mí. Después de muchas idas y venidas llegaron los tratamientos, enfrentar los desconocido, lo nuevo, la ansiedad, los nervios, los miedos… porque el proceso no es fácil: ver morir tus ilusiones con un negativo, esa espera interminable de un ciclo perdido solo porque a mis ovarios se enquistaron. Son muchas emociones, sensaciones difíciles de explicar. Es como dar pasos en la oscuridad, un tsunami de sentimientos. Una pone el cuerpo, el alma a los pinchazos, hormonas, estudios invasivos, un sinfín de emociones, miedos, angustias, ansiedad, muchos estados de ánimo, años rogando a dios…

Pero todo quedó atrás cuando en mi tercer tratamiento, en una mañana muy fría vi medio dormida el signo + en el evatest. Me acuerdo que lo acercaba y lo alejaba, no lo podía creer, y después la confirmación de la beta, ese valor de 1530 impagable y ni decir de la ecografía sumado a todo ver la seña del médico indicando que eran MELLIS, el momento de sentir sus latiditos fusionado a mis lágrimas que brotaban imparables. Ahí me di cuenta que no pude tener mejor elección de vida.

Por razones que nunca podré explicar mucho menos comprender una de mis hijas, Constanza se puso alas en la semana 24 de embarazo. En una ecografía de rutina me tocó escuchar “mamá esta bebé no tiene signos vitales, su corazón se detuvo”. Eso me partió al medio, creo que no hay dolor más grande…no entendía nada, sentía que el alma se me desgarrada de dolor. Luego empezó una pesadilla de varias semanas de reposo (la vida pasaba demasiado lenta y el dolor de saber a una de mis hijas muerta dentro de mí era indescriptible, ni siquiera podía llorar), cuidados especiales, análisis y ecografías semanales y hasta una interconsulta en Buenos Aires con especialistas en medicina fetal, pero nada pudo evitar que en la semana 30 de gestación, el 30/12/2012 se desencadenará el parto y naciera mi hija Amparo.

Tuvieron que hacerme una cesárea de urgencia, y una suerte de legrado. Cuánto miedo, cuántos sentimientos encontrados… Mi médico ni siquiera apareció, sufrí violencia obstétrica durante el embarazo por falta de empatía y el parto por abandono. Estaban sólo los médicos de guardia. Amparo peso 1.460 gramos, ni siquiera pude verla. No habían pasado ni 3 horas de la cesárea cuando me levanté y me llevaron a Neo. Ahí estaba mi pequeña hija que ya había enfrentado su primer paro cardio-respiratorio, sus débiles pulmones necesitaban ayuda, conectada a un respirador y llena de cables, sondas y así la conocí.

A la semana de nacida pesaba 1020 gramos y me dejaron cargarla por primera vez pero la vida nos tenía otra sorpresa desagradable, empezó a perder fuerzas, devolvía la leche, una batería de análisis y estudios determinaron que sus glóbulos blancos iban en aumento, había una infección en los intestinos que pronto llegó a la sangre desencadenando una sepsis generalizada. La punción en la médula no se hizo esperar, el resultado tampoco. “Mamá podés venir a parte?”, me dijo la doctora. Sabía que nada bueno era y lo que no quería escuchar: “Amparo tiene meningitis bacteriana”. ¿Dios qué tan mala fui en la vida para merecer tanto castigo?, pensé. 20 días en coma cada 8 horas le pasaban 3 antibióticos diferentes, sus venitas no resistían tanto, tuvieron que cerrarle el ductus y le pasaban una leche especial por sonda de a 1 ml por vez, nadie me decía nada “hay que esperar” era una frase repetida. Ni siquiera podía tocarla…

Tampoco podía contarle a nadie lo que estaba pasando para no generar pánico y contra todo pronóstico una mañana despertó y me miró como diciendo “acá estoy mamá, me aferré a la vida por vos”. Enseguida la tome en brazos y se prendió al pecho, mis pechos doloridos de tanto sacaleche, la herida de la cesárea abierta de tantas idas y venidas, no sólo me dolía el alma sino también el cuerpo, noches sin dormir, (cada vez que tenía que dejarla se me rompía el corazón) pero ahí estaba mi princesa dándome las mejores lecciones de fortaleza.

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Fueron casi 2 meses en cuidados intensivos neonatales pero el día de irnos a casa llegó. “Mamá te ganaste un alta”, me dijo la doctora. Me costó todas las fuerzas que tenía y no conocía salir adelante porque tener un bebé prematuro no es tarea sencilla… hay infinidad de controles y cuidados. Hoy mi princesa tiene 3 años, es absolutamente sana, nada de secuelas, todos los estudios normales, todas las pruebas de desarrollo normales.

En conclusión, es el mejor regalo que una mujer puede esperar: una nena sana y feliz! Y si hoy me preguntan vale la pena tanto dolor yo respondo orgullosa SI! VALE MIL VECES LA PENA… Soy mamá de un ángel en el cielo y de una princesa en la tierra. Y después de vivir esta historia me hablan de egoísmo cuando todas mis decisiones fueron en base al amor. Estoy orgullosa de la familia que formé, porque di vida, y me hago cargo responsablemente.

No nos falta nada solo nos sobra amor y felicidad. Esta es nuestra historia y siento que es un ejemplo de que aunque las circunstancias parezcan decirnos No, la vida siempre nos puede sorprender por eso no hay que darse por vencidas. La felicidad es tan grande que estoy preparándome para buscar otro bebé. Otra vez estudios, análisis, preparándome para pasar otra vez por tratamientos de fertilidad para darle otro hermanito/a a mi Amparo.

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