¿Por qué no perdés el pasaporte?

La aventura duró casi un mes. Mykonos fue el primer paraíso que recorrieron juntos. En abril sus calles estaban casi despobladas y se sentían los dueños de todo. Un día sin aviso previo, Gallace llamó a su mamá. La voz llegaba débil desde Dakar. No hablaba inglés y Gallace era el traductor. Se llamaba Sohna y él era su primer hijo.

La mamá de Gallace sonreía a través de la línea. Amanda cerró los ojos para grabar en su memoria los sonidos que la rodeaban. Había gritos de niñas y de niños jugando y música de tambores graves en un entorno acústico. Vibraban pero no invadían. Eran el aire que respiraban cada día Gallace y su familia. Como el ruido de los motores y bocinas de la ciudad de Buenos Aires era el de Amanda.

Otro de los destinos compartidos fue la isla de Skopelos. Allí se alojaron a varios metros del centro en una habitación en la que siguieron construyendo su historia. Amanda volvió a probar comidas únicas. El sabor de Africa la penetraba sin obstáculos como si fuese parte de su ADN. El ritual nacía de día y se agotaba a la madrugada entre risas, charlas y alcohol. Se movían. Siempre se movían. Pero era un movimiento distinto al frenético de su ciudad. Cada paso tenía un sentido.

Gallace empezó a presentarla a sus amigos y sus conocidos como «su mujer». Amanda, que no había querido pertenecer nunca a ningún hombre, sintió que ser «su» compañera cuadraba perfecto con lo que sentía. Los desconocidos les preguntaban cuántos años hacía que estaban juntos, si tenían hijos, dónde se habían radicado. Nadie podía creer que el vínculo llevara semanas. Ellos hablaban de décadas emocionales ¿Define el tiempo también la profundidad del amor?

«¿Te diste cuenta que estamos viviendo algo único? Es como si nos conociéramos desde hace muchos años por la intensidad. Yo te amo como a nadie», se sinceró Gallace una noche estrellada frente al Mar Egeo. Amanda coincidió sin timidez ya «Yo siento lo mismo», completó. «Entonces ¿Por qué no perdés el pasaporte y te quedás?», retrucó él. No era una broma aunque lo parecía.

Amanda desandó en su cabeza la idea antes de dormirse. Se levantó a la madrugada llorando. Abrazó fuerte a Gallace. El entendió sin palabras lo que estaba pasando. Ninguno quería que se terminara el sueño compartido.