Golpes por celular

Podés creer que todo anda sin sobresaltos. Que tus respuestas a las preguntas de tu hija o tu hijo son suficientes para explicar la ausencia de su papá. Que nada puede opacar tu estado de tranquilidad. Pero puede fallar. A veces bajás la guardia y te golpean.

El llamado llegó sin esperarlo. Estábamos por cenar y Evangelina estaba con mi celular. Siempre trato de estar cerca de ella cuando lo usa. Pero esta vez me distraje por un segundo y chau. Sonó el whatsapp y la imagen que apareció fue la de su tía Khoudha, la hermana de Amadou.

«Mamá, es papá», se sorprendió Eva. Hacía tiempo que él no hablaba con ella. Venía hablando conmigo brevemente queriendo saber cómo estaba ¿Querés hablar con él?, le pregunté. Asintió e inmediatamente accionó la conversación.

En voz y video y sin mediar anuncios, apareció Amadou. El mismo de hace siete años en Atenas, el mismo de los primeros meses de Eva, el mismo que dejamos de ver en imagen y que solo escuchamos en los últimos dos años, el de las rastas y los gorros. El de la sonrisa amplia y la mirada profunda. El manipulador y el carismático. El encantador de serpientes.

La emoción contenida de Eva me hizo arrepentir al instante. Sentí que me había equivocado en dejarla activar la llamada. Me pregunté en una milésima de segundo si no tenía que retroceder. No pude hacerlo. Quedé petrificada.

El también quedó absorto al vernos pero desde el primer segundo empezó a desplegar todos sus recursos para no que no le cortáramos. Le corté varias veces a lo largo de estos seis años. Eva también lo hizo aburrida por su monotemática manera de comunicarse. Sus «te amo» concatenados y repetidos en el tiempo fueron perdiendo sentido.

Esta vez había algo nuevo para contar porque podíamos verlo. Amadou nos hizo una especie de recorrido turístico por su casa. Le mostró a nuestra hija su habitación, el living, la cocina de su casa… sus cuadros, su ropa. . Nunca antes lo había hecho. En el medio, se coló Khoudha -la dueña del teléfono- a saludar. Intercambiaron miradas y risas con Eva. Después entró en cuadro Mama, una de sus primas, que imitó a su mamá. Y también Falou, su primo, que estaba semi-dormido.

Tan real pero virtual. Eva estaba como hipnotizada. Yo shockeada. Volvía sistemáticamente a la idea de terminar la conversación pero no sabía cómo. Le puse varios puntos finales al intercambio pero Amadou seguía y Eva me preguntaba por lo bajo por qué quería cerrar el teléfono. Finalmente, invoqué el colegio y el horario y la semana y la necesidad de irse a dormir y se acabó la historia.

No dormí bien por varios días. Eva tampoco. Me costó asimilar el impacto. Me sentí culpable por dejarlo entrar sin permiso. Por permitirle abrir una engañosa puerta de su lejano planeta a nuestro mundo de dos.

El tiempo aquieta las aguas pero deja su huella ¿Qué hora tiene Africa ahora, mamá? ¿Hace frío o calor? me preguntó Eva ayer.