Las líneas amarillas

Las líneas amarillas están ahí. Una cerca de la otra. Las veo a la distancia el primer día de clase del primer grado de mi hija. Están pintadas en clave flúo al fondo de un pasillo eterno por el que entran los chicos de distintos grados, entre ellos Evangelina que debuta en Primaria.

Son simples rayas pero dividen dos mundos. El de afuera, el nuestro. El que compartimos todos los días en casa y ahora todas las mañanas yendo a la escuela. Desde el 6 de marzo llevo a Eva a clases en lo que para mí es una aventura, un desafío y un privilegio. En este trazo de mundo, vamos semidormidas. Bromeamos e inventamos juegos para ganarle al frío de las últimas mañanas. Hablamos de la vida, de futuros viajes, de su ilusión de tener un hermano y una mascota. Los viernes cantamos.

Es todo nuevo para las dos. Durante todo el jardín no la vi entrar ni salir de la escuela salvo excepciones. Viví 5 años alejada de su rutina escolar. Pero ahora aquí estamos. De la mano, cerca o cada una a su ritmo: yo cargada siempre como un equeco con mi bolso, su mochila y su vianda y ella generalmente subiendo a parecitas o haciendo piruetas para no perder la costumbre.

Juntas hasta las dos líneas que marcan el límite para los hijos y los padres. Hasta ahí puedo llegar y después, me detengo, la veo y me voy. Los primeros días, sentía que largaba a mi hija a una especie de abismo y me quedaba por un largo rato desolada. Hasta que entendí -ella colaboró con su marcada independencia- que después de las líneas arrancaba su mundo y que ahí yo no tenía nada que ver. Que tenía que caminar sola. Como lo hizo en todo el jardín, pero ahora en una nueva etapa. Más grande.

Evangelina ya cumplió seis. Desde sus primeros meses, escucho como un mantra el tema de los límites. “Tenés que ponerle límites claros para que ni ella ni vos sufran las consecuencias”. Nadie te enseña a poner límites. Nadie te dice que, después de la primera infancia, hay momentos que el límite se te impone a vos. Bienvenido sea.

A veces me detengo a ver a otras madres o padres: algunos se van rápido, como quien deposita un cheque en un banco y se va después de terminar la operación. Otros llegan corriendo con sus hijos como barriletes, los saludan y vuelan como aviones. Otros, los dejan en la primera puerta y los ven irse con la mano en alto. Y otros, como yo, llegan hasta las líneas amarillas Y se quedan esperando unos minutos… ¿Sienten algo parecido a mí? ¿Qué hay más allá en ese mundo desconocido?

Otras veces nos veo de lejos. Eva camina por el largo pasillo, con la mirada al frente. Erguida y casi molesta por verme llegar hasta las dos líneas. Y yo, ya saben… voy detrás de ella como un perrito faldero que avanza y retrocede, que avanza y termina de retroceder cuando escucha amorosamente de alguna autoridad: ¡Buen día, Eva! “Hastá aca, mamá”.