Como en “Ciega a citas”, tengo 234 días para resolver la ausencia

“¡Bienvenidos! Llegaron al último año del jardín de sus hijos. Se termina una etapa ¡Felicitaciones!”

Pluf. De arranque, la directora nos arroja ‘la lanza’. Madres y padres la recibimos sentados y encogidos en minimesas y minisillas preparadas para la primera reunión del año. Empezamos a decirle chau al jardín ¿y ahora?

El silencio de algunos es tapado por las bromas de otros. Cada uno hace lo que puede. A mí, ‘la lanza verbal’ parece impactarme directo en el cuello. Siento una especie de nudo en la garganta. En unos meses mi hija recibirá su diploma como Egresada 2018 y sí, caigo en las reiteradas y densas frases maternales: “ayer nomás era una bebé”.

El nudo se queda ahí. Y la directora sigue… Que en mayo se viene el festival patrio (¿Eva hará de negra como yo en primaria?), que las vacaciones de invierno, que tal vez no haya foto de fin de año por los costos…

Quizás como remedio al nudo, me distraigo y me pierdo un rato en el grupo. Somos los mismos de la sala de 2 pero distintos. Crecimos con nuestros hijos. Las mujeres anotan las fechas de los eventos escolares y los hombres acompañan y matizan los datos con más chistes.

Hago foco en algunas mamás.

Está la mamá esfuerzo. Su hijo nació cincomesino y el panorama escolar no era nada alentador. Pero los médicos erraron y el nene llegó a sala de 5, se integró, está mejorando su lenguaje y es uno más de los que va a cruzar la barrera hacia primer grado.

Está la mamá pulpo. Tiene tres hijas y se organiza para poder con todo. Se le ven dos brazos pero estoy segura de que tiene muchos más, invisibles. Se nota que el último año de su hija menor en el jardín es tan importante como lo fue el de su hija mayor y el de su hija del medio. No se le escapa detalle. La imagen de la multiplicación del amor, pienso.

Está la mamá sensible. Sentada al lado mío, percibo que también se le forma un nudo en la garganta cuando pasan de mano en mano el cuaderno con renglones que desde junio empezarán a usar nuestros hijos.

Y hay dos abuelas. Son las mamás de las mamás que no pudieron llegar a la reunión. Pasó, pasa y seguirá pasando. Muchas mamás trabajamos. La daga de no poder acompañar a Eva en sus entradas y sus salidas durante el jardín fue doliendo menos con el tiempo.

Las veo especialmente a ellas aunque hay muchas más y me veo a mí. Diferentes, con puntos en común, todas en el mismo lugar.

Como desde otro mundo, conecto otra vez con la voz de la directora… “Y el festival de fin de año va a ser el 20 de diciembre. No va a haber disfraces como hasta ahora sino diplomas. Vamos a dar 4 entradas por familia o 6 si son numerosas”.

Otra vez el nudo, más fuerte. No habrá familia tipo sobre el escenario en diciembre. ¿Qué haremos? ¿Quiénes estarán?
Seguramente vendrá la abuela Titi. No faltó nunca a ningún acto de Eva. Hubo muchos actos en 5 años y la “Abuelita” recorrió varias veces y en hora pico el trayecto conurbano-capital para acompañarla. Estuvo y estará. Festeja cada paso de su nieta como si fuese un cumpleaños de cambio de década. Las une un lazo que atravesará los tiempos.

No creo que tampoco se lo pierdan Lili y Mari, las superheroínas que cuidan a mi hija. Para ellas, su crecimiento es también sinónimo de fiesta. Tal vez, se sumen su madrina y sus dos padrinos. No sé si les conté que, a falta de padre cerca, Eva tiene dos padrinos de lujo que la erigieron en el podio de reina hace rato. Y varios primos y tíos y un abuelo que la aman.

Ojalá puedan venir todos porque su papá no va a estar. Ese es el nudo que todavía me cuesta desatar. Amadou dejó de llamar (por ahora). Se volvió un fantasma que aparece solo en las conversaciones Madre-Hija para después esfumarse. Pensando en diciembre y después de un trayecto armonioso en el jardín, ¿su ausencia le afectará a Eva en el final de este recorrido? ¿Subiré sola con ella al escenario? ¿Querrá subir con alguien más?

Me siento en la versión familiar de “Ciega a Citas”. Tengo 234 días para definirlo.

Mamá derrape: la película equivocada

Entusiasmada, busco todas las semanas alguna película infantil para ver con Eva el fin de semana. Nos vimos casi todas. Quiero trasmitirle mi amor por el cine mientras ella me transmite su amor por los pochoclos. Vamos bien ambas. Pero puede fallar. De hecho falló el sábado pasado.

“Ploey” es la película de un simpático chorlito que atraviesa muchos obstáculos para crecer-volar. La vida misma. Perfecto, evalué. Y el ritual se repitió: cine con la butaca extra para ver mejor, sonrisas, pochoclos desbordantes (¿no tendrían que hacer los pochoclos en cajas con tapa como las gaseosas?), alegría… hasta que empezó la película.

En el segundo dos, al dulce chorlito se le muere el padre. Se lo come un halcón poderoso sin mediar un mínimo de defensa o un tímido pedido de auxilio. Minutos después, Ploey se aleja de la bandada y pierde nada más ni nada menos que a su mamá y a su amigovia. Se queda solo como pollito mojado y para encontrarlas tiene que atravesar un desierto de hielo en el que sus plumitas se congelan. En el medio, los que quieren ayudarlo también sufren principios de hipotermia y por momentos rozan la muerte. Todo eso, todo junto.

Eva rompió en llanto por intervalos durante toda la película. Le propuse irnos varias veces pero quiso esperar a que llegara “el momento feliz” que nunca llegó. Su berrido no fue el único. La sala se llenó de niños lagrimeando y madres semi-espantadas preguntándonos en la oscuridad si lo que estaba pasando era cierto.

Al terminar “la peor película infantil que vi en mi vida y que merece el spoileo”, Eva se encargó de pasarme la factura correspondiente. Me intimó con estas palabras: “Mamá, la película fue horrible. No entiendo cómo elegiste esto. La próxima vez, consultame”. Silencio. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas que no admiten crocs, me fue mostrando además los afiches de las películas que sí son las indicadas y que le hubiese gustado ver.

Que venga ET, “el mejor personaje de la mejor película que vi en mi infancia”, y me abduzca.

La plaza de los negros

A mi hija le gusta una plaza que queda bastante cerca de nuestra casa. Es un lugar que, en las formas, no tiene nada de especial. Remodelada recientemente, replica otras plazas de otros barrios porteños. Digo en “las formas” porque hace unos días descubrí que guarda un secreto.

Fue el viernes pasado. Salimos con Eva del jardín y ella me convenció de pasar por “su” plaza antes de que cayera el sol. La tarde era perfecta.

Llegamos y arrancó al instante con su periplo de juegos. A mi hija se le activa una especie de chip cuando ve calesitas y toboganes. Empieza a dar vueltas por todos lados para no perderse nada y yo voy atrás corriendo con la falsa idea de que voy a evitar que se lastime alguna vez.

Ese día arrancó por su sector preferido: el de los pasamanos. Es ahí donde ella, en plenitud, desafía las leyes de la gravedad y yo siento en riesgo mi capacidad coronaria. Siempre estoy como al borde del infarto.

Mientras la veía cabeza para abajo, corrí la mirada. Cerca, había una negra que, por su tonada, parecía cubana. Estaba con su niña. En un momento, la negra me sonrió y clavó los ojos en mi negra que colgaba de las escaleras en el aire. “Eh, chica, tú sí que tienes swing”, le lanzó divertida. Asentí. Es verdad que Eva tiene el movimiento liviano y seguro de los negros.

Del pasamanos, nos transportamos en segundos a las hamacas donde también suelo entrar en pánico. Ella se balancea y quiere llegar alto y yo, más terrenal, deseo fervientemente que aminore la marcha.

Entre reflexión y reflexión, se me puso a hablar la mamá de otra nena. “Se ve que hoy tengo cara de sociable”, pensé. La chica, psicóloga, me preguntó si Eva hacía gimnasia artística por sus medialunas constantes entre juego y juego. “No, estoy buscando club”, le conté. “La mía va con su papá a telas. El es colombiano”, remarcó. “Ah, mirá, es afro como la mía. El papá de ella es senegalés”, agregué.

En los minutos siguientes, mi hija desapareció de las hamacas y apareció en el subibaja. Empezó a subir y bajar y subir y bajar con otra nena de rizos rubios. Su mamá, rubia también, me saludó a lo lejos y me hizo señas de que fuera a tomar unos mates. Me acerqué tímidamente y también nos pusimos a charlar. Me contó que su marido era dominicano y que detectaba en Eva “delicados rasgos afro”. Se lo confirmé y nos reímos un rato hablando de las mezclas y de los encuentros.

Sin conocernos, nos habíamos juntado distintas mamás “afro-style” en el mismo espacio y momento. Y, como una cita plural, había también otras madres de porteñitos, chinos y gitanos, sin barreras a la vista. “Está ganando la diversidad, carajo”, gritó mi voz interna.

Visión futurista

Con un ojo en el mate y con otro siguiendo a mi hija, se sentó al lado mío una versión parecida a Eva, pero en grande. Fue shockeante. “Tu hija es preciosa”, rompió el hielo. “Gracias”, le dije. “Te veo y es como verla a ella en el futuro”, le confesé. Ella me contó que era de Bahía, Brasil. Que habían venido con su marido a estudiar a Buenos Aires y que había quedado embarazada del bebé que tenía en brazos.

Nos perdimos hablando del racismo de los grandes que afortunadamente está sintiéndose menos o nada en los niños. Del pelo y de las técnicas para lograr “una mota perfecta”. Del día que nació su hijo y mi hija, ambos con la piel rosada. “Es que el color se define con el tiempo”, aporté, recordando lo que me dijeron en la última ecografía de Eva hace ya más de 5 años. “La mía también nació rosada”, sumó la chica del mate. Le faltaba música de tambores y estábamos todos.

Caía el sol y tuvimos que huir de una tormenta feroz.

Con Eva prácticamente a remolque (no quería irse), me quedé pensando en las coincidencias y en un mundo que está creciendo desde abajo del asfalto y que ya llegó a la superficie.

Buenos Aires tiene en algún lado una perla negra. Yo la encontré gracias a mi hija y, en honor a su origen, le pusimos un nombre: la plaza de los negros.