Mamá derrape: la película equivocada

Entusiasmada, busco todas las semanas alguna película infantil para ver con Eva el fin de semana. Nos vimos casi todas. Quiero trasmitirle mi amor por el cine mientras ella me transmite su amor por los pochoclos. Vamos bien ambas. Pero puede fallar. De hecho falló el sábado pasado.

“Ploey” es la película de un simpático chorlito que atraviesa muchos obstáculos para crecer-volar. La vida misma. Perfecto, evalué. Y el ritual se repitió: cine con la butaca extra para ver mejor, sonrisas, pochoclos desbordantes (¿no tendrían que hacer los pochoclos en cajas con tapa como las gaseosas?), alegría… hasta que empezó la película.

En el segundo dos, al dulce chorlito se le muere el padre. Se lo come un halcón poderoso sin mediar un mínimo de defensa o un tímido pedido de auxilio. Minutos después, Ploey se aleja de la bandada y pierde nada más ni nada menos que a su mamá y a su amigovia. Se queda solo como pollito mojado y para encontrarlas tiene que atravesar un desierto de hielo en el que sus plumitas se congelan. En el medio, los que quieren ayudarlo también sufren principios de hipotermia y por momentos rozan la muerte. Todo eso, todo junto.

Eva rompió en llanto por intervalos durante toda la película. Le propuse irnos varias veces pero quiso esperar a que llegara “el momento feliz” que nunca llegó. Su berrido no fue el único. La sala se llenó de niños lagrimeando y madres semi-espantadas preguntándonos en la oscuridad si lo que estaba pasando era cierto.

Al terminar “la peor película infantil que vi en mi vida y que merece el spoileo”, Eva se encargó de pasarme la factura correspondiente. Me intimó con estas palabras: “Mamá, la película fue horrible. No entiendo cómo elegiste esto. La próxima vez, consultame”. Silencio. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas que no admiten crocs, me fue mostrando además los afiches de las películas que sí son las indicadas y que le hubiese gustado ver.

Que venga ET, “el mejor personaje de la mejor película que vi en mi infancia”, y me abduzca.

La plaza de los negros

A mi hija le gusta una plaza que queda bastante cerca de nuestra casa. Es un lugar que, en las formas, no tiene nada de especial. Remodelada recientemente, replica otras plazas de otros barrios porteños. Digo en “las formas” porque hace unos días descubrí que guarda un secreto.

Fue el viernes pasado. Salimos con Eva del jardín y ella me convenció de pasar por “su” plaza antes de que cayera el sol. La tarde era perfecta.

Llegamos y arrancó al instante con su periplo de juegos. A mi hija se le activa una especie de chip cuando ve calesitas y toboganes. Empieza a dar vueltas por todos lados para no perderse nada y yo voy atrás corriendo con la falsa idea de que voy a evitar que se lastime alguna vez.

Ese día arrancó por su sector preferido: el de los pasamanos. Es ahí donde ella, en plenitud, desafía las leyes de la gravedad y yo siento en riesgo mi capacidad coronaria. Siempre estoy como al borde del infarto.

Mientras la veía cabeza para abajo, corrí la mirada. Cerca, había una negra que, por su tonada, parecía cubana. Estaba con su niña. En un momento, la negra me sonrió y clavó los ojos en mi negra que colgaba de las escaleras en el aire. “Eh, chica, tú sí que tienes swing”, le lanzó divertida. Asentí. Es verdad que Eva tiene el movimiento liviano y seguro de los negros.

Del pasamanos, nos transportamos en segundos a las hamacas donde también suelo entrar en pánico. Ella se balancea y quiere llegar alto y yo, más terrenal, deseo fervientemente que aminore la marcha.

Entre reflexión y reflexión, se me puso a hablar la mamá de otra nena. “Se ve que hoy tengo cara de sociable”, pensé. La chica, psicóloga, me preguntó si Eva hacía gimnasia artística por sus medialunas constantes entre juego y juego. “No, estoy buscando club”, le conté. “La mía va con su papá a telas. El es colombiano”, remarcó. “Ah, mirá, es afro como la mía. El papá de ella es senegalés”, agregué.

En los minutos siguientes, mi hija desapareció de las hamacas y apareció en el subibaja. Empezó a subir y bajar y subir y bajar con otra nena de rizos rubios. Su mamá, rubia también, me saludó a lo lejos y me hizo señas de que fuera a tomar unos mates. Me acerqué tímidamente y también nos pusimos a charlar. Me contó que su marido era dominicano y que detectaba en Eva “delicados rasgos afro”. Se lo confirmé y nos reímos un rato hablando de las mezclas y de los encuentros.

Sin conocernos, nos habíamos juntado distintas mamás “afro-style” en el mismo espacio y momento. Y, como una cita plural, había también otras madres de porteñitos, chinos y gitanos, sin barreras a la vista. “Está ganando la diversidad, carajo”, gritó mi voz interna.

Visión futurista

Con un ojo en el mate y con otro siguiendo a mi hija, se sentó al lado mío una versión parecida a Eva, pero en grande. Fue shockeante. “Tu hija es preciosa”, rompió el hielo. “Gracias”, le dije. “Te veo y es como verla a ella en el futuro”, le confesé. Ella me contó que era de Bahía, Brasil. Que habían venido con su marido a estudiar a Buenos Aires y que había quedado embarazada del bebé que tenía en brazos.

Nos perdimos hablando del racismo de los grandes que afortunadamente está sintiéndose menos o nada en los niños. Del pelo y de las técnicas para lograr “una mota perfecta”. Del día que nació su hijo y mi hija, ambos con la piel rosada. “Es que el color se define con el tiempo”, aporté, recordando lo que me dijeron en la última ecografía de Eva hace ya más de 5 años. “La mía también nació rosada”, sumó la chica del mate. Le faltaba música de tambores y estábamos todos.

Caía el sol y tuvimos que huir de una tormenta feroz.

Con Eva prácticamente a remolque (no quería irse), me quedé pensando en las coincidencias y en un mundo que está creciendo desde abajo del asfalto y que ya llegó a la superficie.

Buenos Aires tiene en algún lado una perla negra. Yo la encontré gracias a mi hija y, en honor a su origen, le pusimos un nombre: la plaza de los negros.