Mi hija me dejó “pintada” el primer día de clases

Evangelina está por cumplir cinco años y ya vivimos cuatro inicios de clases juntas. Cierro los ojos y la/me veo en los distintos comienzos. Más chiquita ella y más joven e insegura yo. Más llorona ella y más nerviosa yo, más adaptada ella y más relajada yo. Y así, hasta el último primer día: 1 de marzo: más independiente ella/más “pintada” yo.

Nada es lo que era al principio. Hasta mi frase de cabecera escolar “el papá no vino, sigue en África, avísenme si ven algo raro”, quedó en desuso.

A los dos años
Me quedaba espiando por la cerradura de la puerta de la sala o por alguna hendija por la que se colaban los rulos de Eva. Ella lloriqueaba y se quedaba un rato a upa de alguna de las maestras. Era la última imagen que podía ver hasta que nos invitaban amablemente a irnos del colegio. Recuerdo que, mientras salía, se encendía mi alarma con cada nene que lloraba. Como un cordón umbilical sonoro, es el día de hoy que puedo distinguir el llanto de Eva a varios metros de distancia. Una habilidad que compartimos muchas. Estoy segura.

A los tres años
El despegue fue más rápido. Eva entró sonriendo a la sala al reconocer a sus compañeros y ni se inmutó cuando me fui. No tuve que buscarla por la hendija porque las puertas estaban abiertas. Su última imagen fue haciendo torres con sus amigas. Igual tuve que “quedarme en zona” durante dos semanas por si… Como en los aeropuertos, habría que armar “salas de espera para padres en período de adaptación”. Con una mamá, conocimos todos los cafés de los alrededores.

A los cuatro años
No hubo adaptación. Nos hicieron pasar a la sala para sacar “la foto de Facebook” y después, cada uno a su casa. Fue el año pasado. Entre la entrada y la salida, aproveché para dormir siestas y ver películas. Siempre me tomo vacaciones para esta fecha para acompañar a mi hija en el arranque.

Y llegó la sala de cinco.
Preescolar. Último año en el jardín, toda la emoción y la energía puestas en el primer último día antes de la Primaria. Acepté su idea de llegar al colegio con sus 20 kilos a cocoyito. Calor de 30 grados, calles cortadas por la apertura de sesiones ordinarias, dos bolsos y ella colgada en mis hombros.

Entramos y me cayó el primer baldazo. Eva se bajó sin titubear y avanzó hacia sus amigos. Post cocoyo, me acomodé la ropa preparada para la ocasión y, ante la ausencia de hija, me dediqué a saludar a los padres que solo veo en actos y cumpleaños.

Mientras estaba con los amigos, le saqué miles de fotos en la misma pose: esperando o jugando a ‘Choco choco la la, choco choco te te…’¿ lo conocen?. La bandera, la fila, los chicos, los padres, las maestras. Esperé una señal de Eva antes de irse a la sala y la señal llegó. Me acerqué a saludarla y me fulminó con la mirada. “Andá, mamá”, deslizó con tono adolescente y partió.

La última imagen que tengo de ella antes de perderla entre los demás fue subiendo una escalera. Imaginé que se iba a dar vuelta para sonreírme. Practiqué internamente el clásico “que me mire, que me mire”, pero no. Nada.

Creo que los pasos que van dando los hijos son como pequeños ensayos, hasta que un día toman carrera y levantan vuelo propio. En mi caso, recordaré que en sala de cinco mi hija tuvo “un vuelo inaugural”. Y, como tiene que ser, yo me quedé abajo, acompañándola.