Acto del jardín, corazón en la mano

La veo entrar con su capa al viento de superheroína y las trenzas que se empecinó en llevar en su pelo afro. Va segunda en la fila. Me sale una especie de aullido de loba feliz por su cría en crecimiento, bastante lejos ya del calor primitivo maternal.

Me controlo para no gritar “¡Vamos Eva!”, como lo hice en el cierre de las clases de baile. Me controlo también para no tirarle tantos besos al aire que puedan resultarle una molestia. Me termino agachando y trato de esconderme detrás de otra mamá que también está en la primera fila.

Me late el corazón como un tambor descontrolado. Se acerca de repente Noe, la mamá de Ramiro, un compañero de mi hija y me da un abrazo fuerte como una palmada silenciosa de afecto y aliento. Llegamos a otro fin de año sin sobresaltos, lo que no es poco.

Por alguna razón siento que muchas sentimos lo mismo en el mismo momento, con o sin una pareja cerca. Nuestros hijos son nuestro orgullo. Queremos que sean felices. Que brillen. Que les vaya bien con nosotras corridas de escena. Aunque nos cueste, aunque me cueste.

“Hay sueños más tranquilos y más ambiciosos… ¿Quién no soñó alguna vez con salvar el mundo?” dice una maestra y entran “los superhéroes” de sala Ñandú. Entre ellos, va mi hija con la capa, las trenzas y sus movimientos livianos de siempre. Ella vuela y yo me escondo cada vez más detrás de la mamá de la primera fila.

Suele pasarme seguido: de principio a fin la veo solo a ella, se me nubla el resto. La veo bailar, disfrutar y tirar papelitos al aire como en una fiesta. También pensar. ¿En la coreo? ¿En qué?

Todo llega a su fin. En un tumulto de cabezas bajitas la rescato para volver a casa. Le doy el celular a Salvador, su padrino, para que nos retrate juntas. Caminamos de la mano, corremos, ella se ríe porque siempre va adelante. Yo pienso en lo maravilloso de “estar” aunque hayan sido contadas las veces en el año en las que pude llevarla al colegio. Es uno de los grandes dolores de mi alma pero, claro, todo no se puede.

Me recuerdo en un flash diciéndole a una de las seños a principio de año -y como todos los años, por las dudas- “Eva tiene papá pero está en Africa. Avísame si notan algo y etc y etc….” Pero todo marchó y pasó otro año y terminó otro acto… Y aquí estamos las dos airosas y en pié.

Recién me relajo y el corazón vuelve a su lugar dos o tres horas después de lo vivido, ya en casa y con ella en la ducha.

No lloré ni me explotó el corazón en el jardín. Sí me agarró una especie de dolor en el pecho cuando un papá de la sala de mi hija me dijo un día después que “el acto de los superhéroes” fue el último. Que en sala de 5 se vienen los diplomas.

Lloro ahora de emoción, varios días después, ya más tranquila. Ella no me ve, juega a mis espaldas mientras escribo.

Has crecido hijita. Ojalá algún día sueñes con salvar el mundo.

* Foto: Laura Cardozo, Mamá de Lorenzo.