Hijos a la carta

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Situación 1: Baile – primer acto

La nena salió llorando de la clase de baile. Los padres estaban ahí, como todos los sábados “¿Qué pasa hija? ¿Te emocionó la canción?”, interpretó la mamá. La nena lo negó. “Ah, ya sé…”, siguió… “¿te bajó el nivel de azúcar en sangre…?”. La nena negó otra vez. Dudé en meterme. Yo estaba ahí esperando que Eva saliera. “¿Será diabética?”, pensé y avancé. Sabía por qué lloraba. Al entrar a la clase, la nena le había contado a las profesoras que se le había roto su “espanta suegra”. Hace unas semanas, mi hija quiso llevar una veintena de esos pitos con serpentina para compartir con sus compañeras de danza y accedí. “Llora porque se le rompió el ´espanta suegra´. El sábado que viene te traigo uno”, le prometí.

Salió mi hija. Los perdimos por horas. Nos volvimos a encontrar casualmente después de almorzar. La mamá cerró “su” círculo comentándome al paso que la nena había acordado finalmente que “le había bajado el nivel de azúcar en sangre”. Que era una de sus frases de cabecera.

Situación 2- Grupo de chats de mamá de baile – segundo acto

– “¿Chicas, alguien va a ir el jueves al ensayo del teatro?”
– (la mamá del mensaje recibió un no masivo con distintos argumentos. El bendito ensayo cae un día de semana)
– “Me da lástima y miedo que mi nena, al ver el escenario directo, se le ponga la mente en blanco”, acotó.
– “Si podés llevala en algún momento a ver alguna obra para mostrarle lo que es el escenario y explicarle donde va a estar ella y donde nosotros… para que tenga un poco más incorporado el concepto”, aconsejó otra mamá.

Situación 3 – Viaje en tren

La nena se llamaba Aixa. Se sentó al lado nuestro en el tren volviendo el domingo desde el sur hacia Capital. Su mamá iba parada. Aixa le pidió tímidamente los auriculares. Ella se los dio reprochando el pedido con un vozarrón descolocado y una frase violentísima: “Me cagaste otra vez ¿Ahora estás conforme?”, increpó. Me dio escalofríos. Pensé en las veces que Eva provoca mi ira y en las que frené un grito descontrolado. La mamá de Aixa llamó después del reproche al papá de Aixa comentándole seca pero cordialmente que estaban retrasadas pero que iban en camino. Y siguió: “Tu papá es un pelotudo”. Por suerte la nena seguía en su mundo de acordes.

Situación 4 – Rebeldía en casa

En mi caso, hace unas semanas traté de interpretar la rebeldía de mi hija. Estuvo tremenda. Al principio pensé que era porque su papá volvió a llamarla, ella no quiere hablarle y su presencia ausencia la molesta. Después me cargué la culpa (algo que me sale bastante seguido) por mi propia ausencia a diario. “Calidad y no cantidad”, me bajó esta frase salvavidas con la que nos consolamos muchas madres culposas en estos tiempos.

Hoy, con las aguas un poco más quietas, interpreto que su crecimiento me pone en jaque. Que tengo temor a no saber cómo actuar con sus cambios. Que no sé si lo estoy haciendo bien.

Interpreto también que las aguas quietas no son sinónimo de felicidad. Aunque me cuesten algunos replanteos y lágrimas ahora y seguramente muchas en el futuro, celebro que Eva no sea una hija a la carta. Ojalá que haga de la rebeldía un culto.