La noche te trae sorpresas

La cara deformada de Patricia Saran liquida a quien la mire ¿Eso hace el tiempo con las mujeres que lo desafían? En una especie de contraespejo me abrazo. A los 45, tengo otros mambos pero no acechan las arrugas y por ahora no pensé en operaciones ni en botox ni en nada que se le parezca.

Están Patricia y también Pata, Sandra, Cacho y otros personajes que veíamos con mi abuela Ofelia en la tele los viernes a la noche. Amaba quedarme en su casa a dormir y ella convivía con Radio Rivadavia, Crónica en el diario y en la tele, el Popular, Benny Hill… Algunos de “sus” personajes se sacan selfies frente a mí en carne y hueso.

Hay humo artificial y de cigarillo adentro. Lo huelo desde lejos porque estoy afuera con los “conocidos conocidos”, los “personajes” y el viento fresco de una lluvia primaveral. Llovió y pude estrenarme el piloto charolado que siento como mi piel. Podría ser mi única prenda en el placard.

Afuera y adentro están también los “conocidos desconocidos” y los “desconocidos”. Son como un magma sin principio ni final. Cuesta moverse y quedarse quieto. No sabés bien adónde ir. Así eran, son y serán las fiestas bolicheras. Ya me había olvidado un poco.

Entre campari y campari -matizado con pequeñas dosis de comida- no pienso en Eva. Me quedé tranquila con la foto que me mandó mi hermano desde Lomas: mi hija sonríe abrazada a su prima Matilda. Me la traen a la mente los “conocidos conocidos”. Entre ellos, una pareja entrañable que también me recuerda el día que conocieron a Amadou en Atenas. Son los únicos que lo vieron personalmente. Le llevaron las ecografías de Evangelina en mi panza. “Mirá que es lindo tipo, eh?, dice ella. “Sí, una bomba”, me rio sin nostalgia.

Es como un paréntesis de recuerdos porque Eva está con mi familia en el sur y no pienso en Amadou.

Pienso en mí. O no pienso tanto. Bailo. Voy, vengo, me detengo un poco. Me río y canto con Cae!!! Lo grabo en una ráfaga adolescente sin preocupaciones. Miro alrededor. Percibo pocas vidas amorosas y muchas tan ampulosas como vacías. Vuelvo a oler a humo y a trampa. Está al alcance el sabor insípido de lo efímero.

“Desconocidos” sin barba se ofrecen a traernos tragos porque la barra está atestada de barbudos cool. Parecen calcados. Te das vuelta y hay uno y seguís y hay otro y así. También hay pilas de rubias parecidas y borrachas haciendo cola en el baño o merodeando por ahí.

Me detengo en un tenista famoso que mira para todos lados sin saber bien qué hacer. Vuelvo a ver a Pata y a su hijo. Disfrutan y saludan. Patricia ya no está. Me cruza un pelilargo con personalidad. Hace la suya. Le digo a mi amiga Vanina que lo mío va por ahí. En los que se distinguen sin estridencias.

Me quedo con los “conocidos conocidos”. Fluye y me reconozco. Si hay música que me haga bailar la paso bien. La pista se llena de cotillón y es ahí cuando vuelvo a conectarme con Eva. Debe estar durmiendo, pienso. Le va a encantar iluminarse con un par de anteojos de colores.

Besos por celular

Te levantaste mil veces en la noche porque escuchaste a tu hija toser y pedir por vos. Ella da vueltas en su cama y vos también al mismo tiempo en la tuya. Como una especie de cordón umbilical invisible que se mantiene ¿Es ella la que está inquieta o sos vos la que le transmitís la inquietud de tus últimos días de sombras?

Charlaste a la mañana de tus valores esenciales con la señora que la cuida. “Viste que muchos chicos tienen maldad… Yo no quiero que Eva sea mala. Por otra parte, no me saldría inculcarle que lo fuera”, le decís. Concluís que lo mejor es enseñarle que se corra frente a las agresiones. Que no insista en convencer a los malos de que sean buenos. Que al pibe que el domingo le susurró “maricona” en un cumpleaños le diga primero que no la moleste más y que, si sigue, lo frize.

Camino a terapia te encontrás con una amiga que hace rato no veías. Se conecta con lo que le contás y te habla del libro “Mujeres que corren con los lobos”. Lo tenés en tu biblioteca. Pensás en leerlo. Capaz sea el momento.

En el subte, escuchás a un cantante peruano ciego que bromea por el partido con Argentina. Un muchacho le saca fotos con admiración. ´Contame por qué te dicen Feliciano…’, se ríe con calidez. Resignificás la oscuridad.

Llegás a la psicóloga y salís 45 minutos después de lagrimear bastante. Te llevás algunas máximas renovadas: “no existe la mamá perfecta ni un antídoto para que tu hija no sufra. No pudiste darle el padre que imaginaste pero es superable”.

Estás más liviana. Le preguntás a la señora que cuida a tu hija cómo se levantó porque dormía cuando te fuiste. Te dice que le hizo una nebulización corta como le pediste y que está patinando. Te manda su foto con patines y vos le mandás una tuya en el colectivo yendo a trabajar.

Pensás que todo marcha musicalmente, que hacés lo que podés…

Y llega el amor de tu hija en un mensaje y no hay pensamiento ni sentimiento que lo opaque.

Y ahí brillás y sonreís.