¡Siesta, qué fantástica esta siesta!

Los había visto una vez en mi vida. Fue de refilón, en la primera reunión de padres del año. Por esas cosas que tiene la intuición, me parecieron confiables. Con ella hablamos después varias veces por chat. A mitad de la semana pasada me mandó un mensaje:

– “Guada quiere invitar a Eva a jugar el sábado a casa ¿Podrán?”
– “Sí, Eva va a baile hasta la 1 pero si querés la llevo después de almorzar”
– “Dale… ¿vos te quedás?”, preguntó.
– “Si ella se queda sin problemas, como suele pasar, me voy a casa a dormir media hora de siesta”, me sinceré.
– “¡Obvio! Te entiendo. Sin problemas”, validó.

Es sábado. Los veo ahora personalmente por segunda vez en mi vida, de frente. Bajan rápido a abrirnos. Vuelvo a tener la sensación de la primera vez. Ella alza a Eva con dulzura. El tiene una remera de Dream Theater. Nada malo puede pasar.

– “¿Querés entrar?”, preguntan.
– “No, tranquilos, me voy para casa. ¿A qué hora la vengo a buscar?
– “¿A las 7, te parece?”, dicen convencidos.
– “¿No es mucho?”, pregunto mientras reflexiono que si Eva se queda hasta esa hora voy a tener una hora y media de siesta…
– “No, tranquila, se van a entretener…”

Llegan otras amigas del jardín y otras mamás. Mi hija se pierde en el pasillo del edificio sin registrar que sigo ahí, por las dudas. Me voy con una mamá brasilera que ya es mi amiga. Le pido que, si le parece, de ahora en más hablemos en portugués. Que es un poco volver a mí. Acepta. Me pide que volvamos caminando. Que quiere hacer ejercicio. Acepto. No me viene mal.

Brilla un sol fuerte en la ciudad.

Vuelvo a casa un poco más tarde de lo previsto, caminando. Miro la foto que me sacó Eva antes de irnos (y que abre este post) y me zambullo en la cama como si fuese agua. Hay silencio en todos lados. El celular queda en vibrador pero no suena y el sueño parece infinito.

Me despierto casi dos horas más tarde, reparada de una semana post vacaciones con Eva con tos todas las noches. Reparada aunque pensando que todavía hay algo irresuelto dando vueltas. Que tengo que seguir buceando debajo de la superficie. Que Eva me espera y que puedo ir caminando a buscarla. Que si levanto la mirada quizá vea algo diferente.

Y que, por suerte, ya es Primavera.

“Arrancá mamá, vos nunca tenés miedo”

17 días. 5 vuelos. 3 trenes corriendo a la velocidad de un rayo. 4 departamentos. 2 libros. Ciudades increíbles. Tiempo de verano, siesta y mente en blanco. Hacía rato que no pensaba más que en el momento. Fue como si mi cabeza hubiese alejado “el resto”, que apareció diezmado en sueños.

17 días y 4 reflexiones inolvidables de mi hija Evangelina en nuestras vacaciones.

Sevilla. Hacía rato también que no me enamoraba de una ciudad. En medio de mi hechizo, con Eva volvimos a hablar de amor cerca de la Torre de Oro.

“¿Y vos no te enamorás, mamá?”, me preguntó. “Es probable que algún día me vuelva a enamorar, hija… ¿Qué opinás?” Silencio largo y respuesta: “¿Y yo me voy a quedar sola?” “No, mi amor. Vos sos lo más importante que tengo en mi vida”, la tranquilicé.

Sevilla, horas después, camino al Guadalquivir. “Yo quiero un hermano, mamá. Vos no te preocupes que yo lo voy a cuidar, cambiar, llevar en el carrito…” Silencio largo de mi parte. “Quién te dice, Eva… si me enamoro…”, respondí pensando en los por qué. Por qué en vez de preguntar por su papá, de pedir verlo algún día, de abrir incógnitas previsibles para mí, rumbeó hacia otro pensamiento. Mi mamá me contó que con ella también habló del tema. Que le dijo que quería una nena.

Rincón de la Victoria, Málaga, una semana después. “Arranca, mamá. Vos nunca tenés miedo”. Eva me impulsó a saltar. Yo dudaba si tirarme a la pileta del complejo en el que paramos. Que sí. Que no. Que quería verla nadar. Que no estaba segura. Al final me decidí, arrancamos juntas y saltamos. Pese a mis miedos, ella me ve en marcha y es un alivio enorme. Si algo no quiero es que sienta que tiene una mamá detenida.

Ciudad de Buenos Aires, fin de un nuevo principio. En el vuelo de regreso, Eva ya venía diciendo con vehemencia que quería llegar a casa. Y ya en nuestra casa, cuando hablamos del colegio y del trabajo, disparó: “Si trabajás para que yo pueda tener juguetes no quiero más juguetes. Quiero que te quedes conmigo”.

Tal vez por el todo o por las partes, las vacaciones me dejan siempre una mezcla de felicidad y nostalgia. Me emocioné mucho cuando el avión carreteó y levantó vuelo en Madrid.

Siempre es una puerta abierta escuchar a mi hija. Siempre es un desafío reflexionar, arrancar, saltar y volver.