¿Somos mamá y papá a la vez?

img_6516Cuando Vale me invitó a esta colaboración enseguida lo tomé como un desafío. ¿Qué tengo para decir sobre la maternidad “soltera”? ¿Qué podemos decir o pensar desde la Psicología, desde el Psicoanálisis, sobre las mujeres que -a favor o en contra de su voluntad- se encuentran con un hijo al que se ven en la necesidad de criar sin una pareja al lado?
Sin dudas es un tema que despierta una sensibilidad particular: quizás porque desafía estereotipos (mamá + papá + hijo + hija); quizás porque roza un tabú que -aunque miremos para otro lado, fingiendo que no- aún tiene mucho que ver con nosotros.

Ser mamá sin pareja: ser mamá “soltera”

“Las reglas están para romperse” decían por ahí y repetíamos de adolescentes. Y quizás de algo de esto se trata. La cuestión es cuando una parte nuestra está muy decidida a romper esas reglas, mientras que otra parte no está tan de acuerdo – y prefiere quedarse en lo aprendido, en lo que sabe que “está bien”, en lo tradicional y “seguro”. Pero romper con lo establecido, en este caso el ideal tradicional de familia moderna, tiene sus pros y sus contras.

El ideal y la culpa

“El ideal”, desde la Psicología, no es algo que vamos a decidir. Es algo que vamos heredando, escribiendo, inventando… pero que está más allá de nuestra voluntad. Así es como muchas veces las circunstancias de la vida nos enfrentan a una realidad que no es como nos habíamos imaginado. Y, ahí, la culpa.
La culpa (“sentimiento de culpa”, decía Freud) es lo que se siente en el yo cuando no alcanzamos el ideal. Y ese sentimiento puede ser devastador, cruel y hasta injusto. Es el resultado de no acatar órdenes de nuestro superyó -instancia psíquica kanteana, que nos dice qué debemos y qué no debemos, que nos exige comportarnos “bien”- imponiendo las reglas de qué está bien y qué está mal.

Ser mamá y ser papá al mismo tiempo

Culpógenas y malqueridas, vamos intentando soluciones a nuestro error. ¡Ojo!: muchas veces no somos conscientes de que estos estereotipos viven en nosotras sino que permanecen adentro nuestro de manera inconsciente. Y desde ahí los ideales nos castigan con una angustia que sólo se percibe en los efectos: insomnio, estrés, mal humor, cansancio extremo… Efectos de querer “remediar” la situación como si fuera algo enfermo. Efectos de intentar ser todopoderosa, mamá y papá al mismo tiempo, como si eso fuera posible… Y no lo es.

Un imposible: Ser Mamá y Ser Papá al mismo tiempo

Ser mamá es ser el lugar al que el cachorro pertenece. Es ser momento eterno, es ser alojamiento desde el Amor más infinito del mundo. Esa es la función materna. Cualquier mamá sabe de lo que hablo.
Pero ser papá es algo diferente. Si la función materna es amar tan infinitamente, la función paterna es función de corte. Ser papá no es jugar al fútbol o tomar cerveza. Ser papá es poder decir no. Es un No al amor eterno que nos dejaría pegoteados. La función del padre es poner un límite ahí, al amor infinito.
Y es por eso que no es posible ser mamá y ser papá al mismo tiempo. No se puede ser Amor Eterno y ser límite a ese mismo amor. No se puede ser lugar de pertenencia y puerta de salida.
La función del padre permite que el hijo -algún día- pueda elegir una (otra) mujer, e irse del hogar familiar.

La “función paterna” es una función

Que la función del padre sea una función, tiene que ver con que no es necesario que sea un “Padre” (hombre, pareja de mamá) el que ocupe este lugar. Puede ser un abuelo, una mujer, un trabajo… cualquier cosa que corte esa relación umbilical. Por esto mismo: si bien es imposible que cumplamos ambas funciones, no es que todo está perdido por ser mamás solteras, viudas, divorciadas, homosexuales… Ser mamá es suficiente. Muchas veces nos cargamos este imposible “doble rol” por culpa, por tristeza, por necesidad. Lo cierto es que si insistimos en lo imposible sólo vamos a terminar perdiendo el tiempo y ganando angustia.

La maternidad sin una pareja al lado puede resultarnos compleja, sobretodo si viene a desafiar nuestros ideales o deseos. Es entonces motor de mucha angustia, culpa, y sentimientos que no colaboran en esta nueva tarea que debemos emprender: redefinirnos en una vida como no la habíamos planeado.
Porque de eso se trata: volver a imaginar nuestro futuro, pero diferente a lo que debía ser. Es reescribirnos, reencontrarnos, es un nuevo comienzo en el que debemos improvisar.
Y aunque para la mujer sean otras las nuevas inquietudes, para la mamá todo lo que ha de venir va a ser nuevo y vertiginoso. Ahí está el desafío. Y es inútil e innecesario que cargarse con la presión de un imposible. Ya tenés suficiente con lo que te toca vivir. Ser Mamá es suficiente. Amar a tu hijo con todo el corazón, al infinito, eternizarte con él en cada beso, en cada abrazo. Con eso alcanza. Lo demás… lo demás tiene solución.

* Florencia del Río López es mamá, psicóloga y psicoanalista. Escribe el blog Ser Mamá.

Gracias Flor!

¡Africa nuestra!

“Hola Vale! Reservate el martes a la noche porque quiero invitar a los Playing For Change a tocar y comer a casa”…. “Uff qué emoción… Allí estaremos”

evaconplayingEl martes fue el Día del Afroargentino y no tuvimos que subirnos a un avión para empezar a disfrutar “nuestra semana afro” en Buenos Aires. Ese día, cruzamos la ciudad para escuchar a los Playing for Change a la luz del fogón. Evangelina llegó tímida y terminó tocando con ellos la guitarra como si supiera. Fue un momento inolvidable.

El sábado y a puro sol nos subimos a un colectivo rumbo al Festival Quilombo en Parque Lezama para encontrarnos con miles de afrodescendientes de capital y alrededores. Ya en el viaje, hubo señales de que la elección había sido acertada. Conocimos a Crenilda, angoleña, modelo y especialista en pelo afro.

evacre“¡Qué linda sos! ¡Qué lindo pelo!”, le dijo a Eva mientras ella la miraba de reojo. “Se pueden hacer muchas cosas. Es enrulado pero suave….”

Llegamos al parque hablando de productos naturales y peinados, del cumple de 4 de Eva, de sus días en Buenos Aires, de sus ganas de volver a Angola. Los africanos siempre quieren volver a Africa. Nunca reniegan de su tierra.

Con Eva recorrimos varios puestos atendidos por negros. Ella quiso pintarse la cara con arcilla y hacerse una trenza. Se detuvo inercialmente en el stand de Senegal. Se llevó un instrumento con música de caracoles. Charlamos con una negra alegre y colorida que sonrió con orgullo cuando le conté que el papá de Eva era de Dakar. “Por eso es tan bella”, dijo. Nos reímos.

La tarde se hizo de noche y hubo desfile con Crenilda incluída (terminó siendo nuestra amiga) y hasta un show de cierre. Eva bailó con un negro de la edad de su abuelo Mamadou y lagrimeó cuando nos tuvimos que ir.

evaPara cerrar nuestra semana, el domingo fuimos al show de los Playing for Change en el Progreso. La vi feliz reconociendo arriba y abajo del escenario a los músicos del martes. Ellos también la reconocieron con felicidad.

Acercar a Eva a sus raíces y tender un puente musical e imaginario hacia Africa. Ese fue el objetivo de esta semana increíble que vivimos. Hablo en plural porque a cada paso reconfirmé que en el mundo afro, ahora por ella pero también antes de ella, disfruto yo. Lo digo seguido: si tuve otra vida, seguramente fui negra.

Mientras escribo, leo por ahí que otra mamá soltera con su hija afroargentina va a viajar a fin de año a Africa para que vea a su papá. En nuestro caso, Amadou no venció todavía la barrera de mi bloqueo en el whatsapp y llamó una sola vez en los últimos dos meses para saber cómo está su hija.

Mientras tanto, Eva va más allá del mar. Y yo la llevo. Siguiendo a los Playing For Change en una de sus naves insignias diría: “No importa quién seas, no importa adonde vayas en la vida. En algún momento necesitarás a alguien que te acompañe”. Ahora la acompaño yo. Un día me dirá ella adonde quiere ir.

¡Zumba nena!

¿Calza? Sí calza. La bordó. Me da suerte. ¿Y arriba? Algo suelto. La musculosa naranja. Es liviana. Hace más de 30 grados y no se soporta otra cosa. ¿Y zapatillas? Uff… ya no tengo zapatillas para hacer deporte. Las regalé. Me quedé con pocas… No tengo otra. Voy con las floreadas.

Mi voz interior ya me lo venía diciendo hace rato y le hice caso. Después de casi cuatro años volví a pisar un gimnasio.

La elección tenía que ser divertida. Busqué durante meses en google: “Zumba, Congreso, Sábados” y nada. Hasta que pasé por el gimnasio de la otra cuadra de mi casa y ¡aplausos! La grilla había sumado mágicamente una clase de zumba a las 5 del sábado. Se terminaron las excusas.

Con Evangelina en la casa de su amigo Dante (¡Gracias Ceci!) me aventuré a bailar. En definitiva, a recuperar parte de lo que soy. Son como pasos pequeños de una nueva etapa que mi psicóloga ya rotuló “de consideración y reconocimiento interno”. Seguramente.

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vale– ¡Hola! ¿La clase de zumba…?
– Sí, al fondo…

Miré por última vez el celular. Recibí una foto de Eva sonriendo con sus amigos en un tobogán. Enérgica como siempre. Nada de que preocuparse. Y yo… ¿Me cansaré mucho?

-¡Buenas tardes a todos! ¿Arrancamos?, dijo en portuñol un rubio de anteojos.
– ¡Vamos! ¡Por fin!” (otra vez la voz interior)

Empezamos con un reggaeton. Fui de a poco, sin mucho despliegue. Me acordé de Eli y de Carla, mis viejas compañeras de bici. Recordé cómo nos divertíamos, chusmeábamos y tomábamos mate en la clase de Ariel. Me acordé de Valeria y de Susana en las clases de Majo. Ya no compartimos gimnasio pero sí amistad.

Después, el tipo de anteojos nos hizo “viajar” por Brasil. Ahí estoy siempre de alguna manera. Me acordé de mi hermana Soledad y de nuestras travesías adolescentes por el sur brasileño. De los bailes interminables en la playa y en el mar. Me liberé. Tuve que hacer dupla con una compañera y -ahora que pienso- me tocó con una chica que se parecía un poco a Sole.

La clase recorrió algunos hits y sonó “La bicicleta” de Vives. Ahí le di rienda suelta a la coreo propia, más allá de seguir en general los pasos del grupo. Por unos minutos, también, volví a caminar imaginariamente por Cartagena con Eva y mis papás.

Lagrimeé seguido, confieso. Cuando volvés a conectar con una parte tuya no hay vueltas, aparece la emoción. Será tal vez el reconocimiento del que habla mi psicóloga. Sonreí mucho también. Vengo entrenando fuerte con Eva y, después de casi cuatro años, no me cansé tanto.