Retrato de familia

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Eva juega a la familia clásica. Suele armar una imagen de tres en su cabeza -y en la casa- y a veces hasta suma hermanos. La observación de nuestra realidad y de otras realidades es evidentemente uno de sus dones. La descubro seguido observando lo que pasa a su alrededor.

– “Mamá, vos sos el papá, yo soy la mamá y Agustina -una de sus muñecas- es el bebé.”
– “Dale, hijita.” (¿Intento poner voz gruesa?)

Ella maneja la batuta. Agarra el bebé y le da de comer. Hasta que se cansa y me lo pasa (se lo pasa al “papá”).

– “Ahora te toca a vos.”

Otras veces va más allá. Proyecta una familia “tipo” en sus muñecos.

– “Mamá, Mickey es el papá, Minnie es la mamá, Agustina es el bebé y Alejandro, el hipopótamo de peluche, el hermano.”

La vida en su imaginación corre por un carril distinto a lo que, por ahora, pasa y nos pasa todos los días. Muchas veces me siento culpable por no enamorarme otra vez. Siempre me fue difícil y ahora más. Sé que es un error pero me entristece más por ella que por mí.

Mientras tanto, otra postal de la realidad: el papá de Eva hace rato que no llama. ¿O será que se perdió porque me hartaron sus comentarios, lo bloqueé en el whatsapp y tiene que gastar plata para comunicarse? Seguramente.

Más allá de todo, Eva hilvana sus piezas y las pone en su lugar.

– “Hija, ¿querés hablar con tu papá? Lo llamo si vos querés…” (la culpa, siempre la culpa)
– “No quiero, mamá.”
– “Listo, lo que vos necesites hija ¿Te acordás como se llama?”
– “Sí, Amadou. Y está en su casa.”

Según Lili: Eva cura

El día que Lili (la señora que van a ver ahora) me dijo emocionada que con Evangelina sentía que la vida le daba una segunda oportunidad, que con sus hijas no había podido disfrutar ni dedicarse porque siempre había trabajado de sol a sol, no dudé: había llegado “la” persona justa para cuidar a mi hija.

Ese día también me dijo que creía que, de alguna manera, Eva la estaba curando. Que le había cambiado el cuerpo, que a sus 60 años estaba más fuerte y a su vez, más liviana. Que ya no se le hinchaban las piernas, un problema que la preocupaba desde hacía muchos años.

El episodio reciente del incendio en mi edificio y su preocupación y rapidez por sacar a mi hija del humo me hizo quererla y respetarla todavía más. A ella le quedó un poco de miedo y mucho dolor de piernas. Pero…

Hace menos de un año que Lili está con nosotras pero ya es parte de nuestra familia. Es como una abuela para Eva. La cuida como si fuera de su sangre. Así que, como su palabra vale mucho, se vienen nuevos capítulos con su voz como protagonista.

Continuará…

Contrafuerzas

Es un domingo lluvioso. Con Evangelina volvimos de un cumpleaños y de gastar algunas fichas en máquinas que te dan caramelos y calabazas que comen pelotas y te premian con tickets.

Eva durmió la siesta y yo la seguí. Una hora después se despertó llorando y llamándome. Si alguna vez sufrí por amor nada es comparable con el dolor que te provocan las lágrimas -aunque sean efímeras- de un hijo.

– “Me duele la panza, mamá.”
– “Tranquila, hija. Ya va a pasar.”
– “Pero me duele.”
– “No te preocupes. Vamos al doctor.”

Armé el bolso con su muda y la cargué en una queja en el primer taxi que apareció bajo la lluvia rumbo a la guardia más cercana.

“Su hija está bien, señora. Capaz esté incubando algo. Que haga dieta”, diagnosticó como un loro (amargo) la pediatra de turno. Volvimos cantando y al rato Eva estaba un poco mejor.

Un hijo descubre descarnadamente lo que llevás adentro. Lo bueno y lo malo.

El domingo tuve miedo. Lo conozco bien pero con Eva fue cambiando de cara. Aparece de repente como un vendaval, creo que me va a paralizar pero no, de algún lado (¿la cabeza?) sigue saliendo una contrafuerza que lo vence.

Antes el vendaval era más fuerte y la contrafuerza más débil. Me recuerdo una madrugada helada cuando Evangelina tenía apenas cuatro meses. Acariciándola le descubrí una bolita en la nuca. El miedo se transformó en terror, la arropé para ir al polo y me subí a otro taxi. Eran más de las 3.

La bolita resultó ser una glándula típica de los cueros cabelludos grasos. Nunca me voy a olvidar la cara entre compasiva e incrédula del médico. Fue mi episodio más extremo.

Ver a Eva desganada siempre me preocupa. Nos pasa a todas las mamás, ¿no? Quizá sea un exceso de preocupación. Debo aceptar que también en situaciones habituales me autocontrolo para dejarla andar y no transmitirle mis limitaciones. Lo viví hace poco cuando se tiraba bomba en las piletas colombianas. Por dentro lo sufrí, por fuera la aplaudí. Nunca me tiré bomba en mi vida.

Es miércoles y siguen las pruebas de resistencia. Acabamos de volver de Lomas de la casa de mis papás. Anoche se incendió el segundo piso de mi edificio y mi departamento se llenó de humo.

Eva salió entre las nubes por las escaleras. Lili, la señora que la cuida, me contó que llorisqueó un poco pero que ayudó más. Que bajó sola cuatro pisos de su mano en la oscuridad hasta que en el segundo la agarró a upa un policía. ¡Bienvenida tu contrafuerza, hijita!

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