¡Despegamos, Eva!

Nos subimos al avión rumbo a Cartagena. Eva se movió sin parar como siempre en plena madrugada. En un momento se sentó y se abrochó el cinturón.

– “Yo solita, mamá. Cierro la ventana porque la noche me da un poco de miedo”.
– “No tengas miedo, hija. Vamos que despegamos.”

“¡¡¡Trepa, trepa, trepa!!! ¡¡¡Trepoooooó!!!” es mi frase de cabecera desde el primer avión que despegamos juntas cuando Eva tenía apenas ocho meses. Ahora es ella la que grita conmigo, me agarra fuerte la mano y la alza hasta que el vuelo toma altura.

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– “Abrí la ventana, hija. ¡Vas a ver qué lindo es el cielo!”
– (Se animó) “Guauuu… ¡Mamá! ¡Mirá las luces!! ¿Son velas?”
– “No mi amor. Son casas iluminadas.”
– “¡¡Mirá el ala!! El avión parece un pájaro…”

Hubo otros aviones y otras vacaciones pero estas fueron diferentes.

Eva ya entiende todo. Observa, procesa, habla y calla. Pide. Acciona. Sabe perfectamente lo que le gusta. A mí me tocó entender otra vez que la realidad puede derribar maravillosamente cualquier pensamiento o plan previo.

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Creí que mi hija iba a pasar desapercibida en el mundo afrodescendiente. Me equivoqué. Desde la primera escala en Panamá hasta las calles y las playas de Colombia se daban vuelta para mirarla. Y claro, a los elogios interminables se pegaban las consideraciones de siempre con mis respuestas de siempre.

– “Señorita, ¡qué bonita es la niña! ¡¡Esas pestañas!!! ¿Le puedo sacar una foto? ¿Por qué tiene el pelo crespo? ¿Es suya?”

Sonó mucho en estas vacaciones el hit “El padre es africano” y también mi clásico “La tuve en mi panza” a lo que seguían los siguientes adjuntos e interpretaciones:

– “¡Señorita! La niña es una combinación perfecta.”
– “Ah… por eso es tan enérgica… mire como salta y nada. Lo lleva en la sangre”
– “El padre ganó en el pelo pero usted ganó en la piel. Tiene genes fuertes…”
– “La niña tiene su cara…”
– “Mi mamá es blanca de ojos azules y a ella también le preguntaban si era su hija…”

En definitiva, es probable que la mirada de los negros sea bastante parecida a la de los blancos.

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Mi mirada estuvo y está siempre puesta en ella y en sus reacciones. Le siguieron resbalando los elogios. Sí me dijo que una señora que me preguntó si era brasileña tenía el pelo africano como ella. Avanza mi misión de conectarla con su otro 50 por ciento ausente.

Creí que el modo vacaciones 100 por 100 con mi hija iba a demandarme energía total. Me equivoqué. Gracias a mis papás que se suman como adolescentes a la aventura de viajar con nosotras, a las piletas y a los mares en los que anduvimos, Eva estuvo contenida, relajada o cansada y dormí (dormimos) la siesta casi todos los días.

También volví a tomarme más de un trago como en mis antiguos viajes. Y algo todavía más importante: volví a bailar. Por alguna razón había perdido las ganas. Algo pasó y de repente las recuperé. ¿Habrá sido Colombia o solo yo?

Creí que Eva no iba a extrañar. Me equivoqué. Con cada cambio de ciudad me repetía que quería volver a su casa de la calle Moreno. Que le gustaban las casas de la playa pero que prefería el departamento de Congreso. Es cierto que acá -donde escribo ahora- no hay mar ni tantas comodidades pero estamos nosotras. Construimos nuestro hogar.

El 8 de agosto arrancó ese momento mágico del año en el que se detiene el mundo y que puedo disfrutarla sin límites y hace unas horas se fue. Pero no del todo. Gracias hija por ayudarme a seguir despegando. ¿Bailamos?

Pase de factura 2

Eva durmió todo lo que tenía que dormir después de un domingo de fiesta previo a volver a clases. Ya despierta, empezó con el ritual de los lunes pero con algunos nuevos aditivos:

– ¿Mamá?
– Sí, Eva.
– ¿Viene Lili?
– Sí, hija. Es lunes, mamá tiene que ir a trabajar y vos volvés al jardínnnnn!!!!!!!!!!! Vas a ver a todos tus compañeros!!!!!! (con entusiasmo)
– … (leve sonrisa) ahhh… tengo una buena idea…
– Sí, decime…
– Vos vas a trabajar, yo al jardín y cuando salgo del jardín me venís a buscar!!! (también con entusiasmo)

Cómo hacés para decirle que no a un hijo, que no podés, en situaciones que vos mismo te planteás que estaría bueno poder hacerlo. Entonces me vinieron a la cabeza las palabras de mi psicóloga… “Dejá de lado la ilusión… son pocas las mamás que pueden ir a buscar a sus hijos al colegio…”

En una milésima de segundo, lo pensé y resolví. Vamos con la verdad. Siempre es lo mejor.

– No puedo, hija. No puedo salir antes del trabajo. Si algún día de la semana puedo te aviso. ¿Dale? ¡Vos disfrutá! (siempre le recalco que disfrute. Es uno de los tantos mensajes que quiero darle)
– ¿Pero por qué no podés?
– Porque trabajo y si yo no trabajo, cómo hacemos para darnos gustos como ir al cine, comprar huevitos de chocolate, irnos de paseo… En unos días nos vamos de vacaciones y vamos a estar todo el tiempo juntas!!!! ¿No es buenísimooo?

– …
– (¿Entendió?)
– Bueno… entonces te voy a buscar a tu trabajo yo.

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