Los Primos de Eva

Son como un círculo con varias manos. Una especie de scrum en el que todos tiran para el mismo lado. Evangelina está en el centro y sus primos la rodean en una red afectiva sin fisuras. Los veo, festejo y me tranquilizo.

Para ellos es Evuchi, Evuchina, Evuchini, Negri, Dulce de leche, Vuchi, Vuchina, Vu. El amor le pone apodos a las personas que amamos para acercanos quizás un poco más a ellas.

Salvador es el mayor. Es el padrino de Eva, hijo de mi hermano Gastón. Salvi es todo corazón. Cuida a Eva como un pequeño padre. Es increíble que ya lleve con él el instinto de protección. Tiene brazos flacos y largos que dan dos vueltas en el cuerpo de su ahijada. La sigue con la mirada aunque esté metido en su mundo adolescente. La preserva de lo peligroso. Si está Salvi cerca de Eva, no le puede pasar nada. Lo imagino su consejero: “Esto sí, está bien”. “Esto no, tené cuidado Eva”. Algo así. Tiene el don de pensar y sentir a la vez.

Le sigue Lorenzo, el rebelde. Lolo va a la suya y no le importa quedar bien con nadie. Si le caes bien, adentro!! sino sos un potus. Demuestra poco aunque es profundamente sensible. Eva lo puede. La deja hacer lo que ella quiere. Se pone a su altura y si se lo pide, juega a los juegos más aburridos del mundo para verla entretenida. El otro día abandonó la play por un rato y jugó con ella al fútbol, su deporte sagrado. Aplaude sus acrobacias. Lo sorprendí muchas veces dándole besos. Es conmovedor. Lo imagino agarrándose a las piñas con el que sea si le tocan a su prima.

Pía fue la primera nena de la segunda generación del Clan López y es mi ahijada. Tiene el alma en la mano y eso hace que muchas veces le duela todo o que esté en guardia. Con Eva bajó todas sus defensas. Lo primero que hace cuando llega a un lugar que sabe que está es buscarla hasta que la encuentra. Después le cuesta soltarla. La incluye en todo, logra borrar la diferencia de edades. Hace de prima, mamá, maestra, titiritera… lo que sea. La defiende aunque Eva haga lío. La veo indicándole el camino y secando sus lágrimas frente a sus primeros desamores. Y Eva a ella. Son guerreras.

Le sigue Emilia, también mi ahijada e hija de mi hermana Soledad. Junto con Pía me fueron preparando para ser mamá y ahora ellas cuidan a mi hija. Emi y Eva son dos y son una. Van juntas a todos lados y se recuerdan cuando están lejos. Hay días en que Eva se despierta pensando en jugar con Emi o la llama antes de dormir desde su teléfono sin tono. Siento que Emilia ve a Eva mejor que nadie a través de sus enormes ojos claros. Se divierte infinitamente con “Dulce de Leche” o “La Loquita” como le gusta decirle. Le cumple todos los deseos. Se va a disfrazar de Elsa para hacer realidad uno de ellos cuando cumpla 3. Hace poco le hizo hacer a mi mamá un ceremonia en la que ella se consagró “Madrina de Eva”. Las veo divirtiéndose juntas en el futuro. Tal vez, compartirán vacaciones y largas charlas siguiendo la historia que empezamos con mi hermana. Seguramente Emi será “la seria” y Eva “la que desafiará el límite” (como sus mamás). Se van a complementar como nosotras.

Y finalmente está Matilda, la más personaje de los cinco primos. Al revés de lo que pasa con los demás, “Matulina” es la que hace reir a Eva. Las une el desparpajo. Arrasan. No dependen de nadie ni tienen miedo. Bailan, cantan, se mueven, corren, juegan y siguen.”Matulina” aliviana todo. Nada parece grave. Si algo se rompe, no pasa nada. Las veo compartiendo fiestas y bailes. Destrozando corazones. “¿Qué? ¿No conocés a las primas López?”… Ya me parece escucharlo aunque falte tiempo. Sálvese quien pueda de ellas.

imageEva también tiene dos primos en Senegal. Son Mama y Falou, los nenes de la foto. Hace poco Amadou me contó que Mama (ya adolescente como Salvi y Lolo) pregunta por su prima. Ella es como Emilia, más seria. Falou es Eva en varón, imparable. Parece que el otro día la vio en una foto y se puso triste porque quería jugar con ella. En Africa Eva es una foto. Pero algo pasa: todos la aman igual que acá. Algunos la tienen como fondo de pantalla del celular.

De este lado del océano, al Clan López le falta todavía un hijo de Ezequiel, el Padrino de los seis. Y quizás alguno más de Sole. Ya vendrán y el scrum será más fuerte todavía.

Si tuviera otra vida, me gustaría darle un hermano a mi hija. Los buenos hermanos como los míos sanan. A mis 44 no lo veo muy posible aunque es cierto que mis óvulos congelados me recuerdan que no todo es tan definitivo. Igualmente, Eva tiene primos que son como hermanos. Estoy segura de que nunca la van a dejar caer.

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Situación 2: Negro + alto = Papá/amigo de Papá

Aunque lo ve poco por skype, Eva ya armó en su cabecita una imagen de su papá. El otro día descubrió una foto reciente de Amadou que imprimí y guardé en el “cajón de la historia que no va recordar” y lo reconoce entre varios. Está él y dos amigos sentados en una vereda de Senegal. Son todos negros, se visten parecido, todos sonríen y hacen algo con sus manos (una especie de ok nuestro, con el pulgar para arriba, pero diferente) y te dice: “Es él”. A veces te cuenta también que está en Africa.

imageEn el mundo foto/skype parece todo claro, pero en el real pasan otras cosas. Se repitió durante casi todo el año pasado y a veces hoy aunque sus palabras fueron cambiando. A sus 2 años, si Eva veía por la calle a un hombre negro, alto, flaco y con el pelo ensortijado decía que era su papá. Ahora, rozando los 3, cambió el discurso y te dice con gracia: “Mirá mamá, se parece a papá” o “Mirá mamá, es un amigo de papá”.

Al principio era como una daga para mí explicarle que no, que sí, que Africa, que… Con el tiempo, empecé a tomarlo más livianamente y a anticiparme. Si a la distancia veo venir a un negro, me preparo y se repite la historia. Los receptores del “se parece a papá” o “amigo de papá” se sorprenden cuando la escuchan y después sonríen cuando les cuento que Eva es hija de un senegalés y de ahí la confusión. Lo toman casi como un elogio. Si algo tienen los negros –en especial los africanos– es que están como hermanados estén donde estén: son como uno y muchos a la vez, no lo puedo explicar.

100_7124Ya lo sentía en Atenas. Con Amadou compartíamos noches enteras con sus amigos (algunos están en la foto). Teníamos largas charlas en inglés, me contaban de sus vidas, de sus sueños, de lo que pensaban. Hablábamos de su cultura y sus costumbres, de las mías, de política, de religión y de fútbol!?, de Senegal y de Argentina, tan cerca en el mapa (están casi a la misma altura océano mediante). Si le pasaba algo a uno le pasaba a todos y lo hablaban durante horas, le buscaban la vuelta, le encontraban la solución y se asistían entre ellos con fortaleza. También festejaban en masa momentos felices. Compartían todo. Eva es fuerte como ellos. Ya incorporó el verbo compartir.

Amadou y yo en MikonosTambién recuerdo el día en el que, mientras los escuchaba hablar y reir, se esfumó el color y descubrí sus rasgos. Los vi de verdad. No eran todos iguales.

Buenos Aires está llena de “se parece a papá” o “amigos de papá” que no son papá. Cuando Amadou llama desde su limbo y le cuento sobre sus amigos locales que no conoce, se alegra de que haya tantos negros haciéndole sombra a los blancos.

En el último mes, si Eva ve por la calle, en la tele, la compu o el celular a una morena dice que es “como Eva” o “Eva grande”. Es increíble que, de alguna manera, ya pueda verse también a sí misma. A mí me costó décadas reconocerme en el espejo.

Decálogo de una mamá soltera con una hija de casi 3

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De lunes a viernes me despido de Evangelina entre las 12 y las 12.15 para ir a trabajar. Me gusta dejarla sonriendo. Me alivia. Y mientras camino sola por la calle recordando su “Mamá, ¿me traés cinco huevitos de chocolate?” aparecen pensamientos que los llamo “de revisión”.

Pasó el tiempo, Eva está por cumplir los 3 y poco cambió: mi cabeza todavía no se dividió en dos. Si pienso en cosas mías enseguida se asoma ella, como un todo con dos partes que son una. Es una de mis certezas como también lo es mi decálogo de pequeñas y grandes cosas que dejé de hacer, volví a hacer o empecé a hacer por mi hija. Lo fui armando en mis “caminatas de revisión”. Es infinito pero aquí van algunas de sus “reglas”.

* Nunca más volví a cruzar la calle corriendo si el semáforo está en verde. Sola frente al aparato de colores, la decisión dura un instante. Ya no lo desafío. Espero a que llegue el rojo y los autos paren. No podría enseñarle a mi hija a respetar las señales de tránsito y a cruzar de mi mano si, cuando no estoy con ella, le quiero ganar tres minutos al tiempo.

* No digo malas palabras delante de ella. Eva ya sabe lo que es una mala palabra y si se te escapa un bolu… un mierd.. o un carajo te lo marca. A mí, a conocidos y desconocidos. A todos. “No se dicen malas palabras”, te increpa y te deja reflexionando. En su universo, sí se aceptan los caramba, tonto, malo… Sobrevive por una cuestión afectiva el “Vamos Banfield Carajo” todo junto, un guiño a su abuelo, mi papá.

* No volví a tomar más de dos copas de alcohol en cualquiera de sus formas. Desde que nació mi hija, nunca más volví a dormirme mareada ni a levantarme a las 2 de la tarde aunque nos acostemos a las 5 de la madrugada. Quiero ser siempre un resorte si me llama. Somos ella y yo y ella me necesita lúcida no rota.

* Volví a cocinar o a intentarlo. Lo mío sola eran verduras hervidas y algún enlatado. Durante el embarazo, me alimenté mejor. Ahora cocino bastante y estoy en proceso de elaboración de nuevos platos. A Eva le encanta mi comida “no chef”. Está sana así que pésima no soy. Gracias a ella yo, dietética desde hace rato, redescubrí el sabor del conogol, los postres con dibujitos y el chocolate. Me imagino preparándole tortas (es mi fuerte!) para sus tardes con amigos. No falta mucho. Ya recibe invitaciones y el otro día cayó uno del jardín. A falta de tortas, buenas fueron las galletitas rellenas y “madalenas”.

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* Me volví una adicta a las fotos y a las filmaciones. Todo pasa tan rápido que trato de inmortalizar los momentos que comparto y disfruto con ella. Tengo millones de imágenes desde que estaba en mi panza, guardadas en prolijas carpetas de la compu. “Eva mi vida” (embarazo), “Eva mi vida 1” (primer año) y así…. Cuando vuelvo hacia atrás, no puedo creer todo lo que vivimos juntas. También le escribo desde que era un corazón en la ecografía. Si algún día quiere leerlo, sabrá que siempre fue lo más importante para mí.

* No escucho más a Arjona. Sus discos pasaron al ostracismo. Eva fue cambiando de gustos y en los últimos tiempos descubrió el reggaeton y el rap. Le gusta cantar en inglés y también el rock nacional. Ricardo quedó relegado a los recitales que da cada dos o tres años en Buenos Aires y a los que voy con mis amigas. Prefiero preservar a Eva de mi perfil grasa.

* Salgo sola con culpa. Si me voy, disfruto y me relajo pero pienso en ella. Cuando vuelvo confirmo una y otra vez que había sido un error creer que Eva iba a sentirse mal en mi ausencia. O duerme plácida o me recibe contenta pero ya lo estaba antes jugando sin mí. “Es un problema tuyo, no de ella”, insiste la psicóloga.

* Soy una calculadora humana. Nunca me importó la plata y siempre odié los cálculos permanentes entre el debe y el haber de lo material en la vida. Prefería un estilo más derrochón que austero. Ahora funciono como una calculadora con lo que tengo o no tengo en el bolsillo para que a Eva no le falte nada. Y nunca le faltó nada esencial. Si algo falta, siempre aparece una mano salvadora (son miles). Si alcanza, me relajo y si sobra, guardo un poquito por las dudas y derrochamos juntas el resto.

* No volví a llorar más con angustia. Hace unos dos años que no me acuerdo lo que es llorar desconsoladamente. Al principio lloraba por el padre perdido. Después, por el enorme cansancio frente a un mundo nuevo en el que me las tenía que arreglar casi sola. Pero un día dejé de llorar. Ahora me emociono por cada cosa que mi hija hace. Un logro suyo, un “mamá te amo mucho” en un mensaje de voz, verla tan bella y tan resuelta me hace derramar lágrimas muy seguido. Tengo una emoción permanente adentro. No sé cómo explicarlo.

* Soy una experta en vueltas carneros. También en tirarme de toboganes y treparme a peloteros cuando Eva desafía a la gravedad. Me había olvidado lo que era pintar, leer un cuento, armar castillos de arena o de legos y sacar la sortija en la calesita. Hago de Anna y Eva de Elsa cuando jugamos a Frozen y –aunque sé que no está bien– varias noches saltamos de la mano en mi cama queriendo llegar al cielo.

En definitiva, todo se hace posible por un hijo. Amo ver la cara de mi hija cuando me disfrazo de princesa.

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Mi Mamá

A mis 40 años todos los que me quieren habían perdido las esperanzas de verme mamá. Aunque no me lo decían, lo sentía: pensaban que, con mi última historia larga, se había esfumado “la” oportunidad de sumar un nuevo integrante al Clan López. Los sorprendí a todos. Menos a mí.

Mi mamá siempre me imaginó mamá y, claro, soñó con que me casara de blanco como ella. Me llevó muchas veces de adolescente a bodas en su parroquia para ver si me conmovía y se activaba el chip. Y la verdad que sí, me conmovía, pero no me veía en ese lugar. “Si me llego a casar algún día, te echan Má”, le decía yo. “Ya sé, olvidate -se terminó resignando- pero no te pierdas un hijo”. “Eso sí quiero. Ya llegará”, le fui diciendo convencida en distintas edades.

mamaprimerosmesesLa recuerdo de a flashes durante el proceso que terminó en mi maternidad. También en los primeros momentos de la vida de mi hija, su sexta nieta y ahora, con Evangelina creciendo.

Estuvo el 19 de diciembre de 2011 cuando congelé óvulos. La dejé rezando en una habitación chiquita de una clínica de Fertilidad de Palermo. Me vio llorar de emoción y abrazar a mi ginecólogo de toda la vida cuando me confirmó que había salido todo bien, que me habían extraído nueve óvulos!!, nueve posibilidades de un hijo a futuro.

Cuando, un año después, supo que había quedado embarazada naturalmente de Amadou en Atenas, me bancó, festejó y no dejó un día de mandarme mensajes de texto desde Lomas de Zamora hacia Capital. “¿Cómo están lindas?” “¿Cómo amanecieron hoy?” “¿Cómo estuvo la ecografía?” y así (llamados incluidos) durante 38 semanas y media.

Mamá en casaLimpió mi casa mil veces mientras crecía mi panza y me ayudó a adaptar los espacios para recibir a mi pequeña. Trajo la primera y útil ropa tejida a mano, compró su primer cambiador y mandó a hacer el perchero que lleva su nombre y que está al pie de su cama.

No quiso perderse la (innecesaria!) ecografía 4D y celebró con mi hermana, mi ahijada y una amiga entrañable los movimientos de Eva en la pantalla. Obviamente se llevó orgullosa un llavero con la cara “deformada” de su nieta para que la conociera el mundo.

Estuvo el día en que le confesé a mi ginecólogo (el mismo de los óvulos, cultor de todo lo humanizado) que no estaba preparada emocionalmente para el parto natural sin un compañero cerca (siempre pensé que Amadou iba a llegar). Me escuchó decirle que esperaría a que Eva quisiera nacer para ver qué hacía pero que lo veía poco probable.

Mi mamá se subió a un remis la madrugada de las contracciones y llegó sin dormir a Montserrat a la velocidad de un rayo. El dolor te hace perder la razón: quise echar a la partera y me la agarré con mi amiga Ileana que me acompañaba esa noche (se turnaron todas mis amigas las últimas semanas). Solo quería que llegara mi mamá.

100_8626Se vistió de astronauta para estar en la cesárea y mantuvo la entereza de una leona cuando no hacía efecto la anestesia. Fue la que recibió a Eva en sus brazos y la que me la acercó para que le diera el primer beso. También la que acompañó al médico a otra habitación para que le hicieran los controles de rigor. Dice que nunca va a olvidar ese momento. Que se quedaron solas y que no puede explicar lo que sintió. Que con cuatro hijos pensó que había vivido todo pero que se equivocó.

También estuvo el día en que nos fuimos con Eva de la clínica para volver a casa y empezar una nueva vida de a dos.

Mi mamá dejó por un tiempo a mi papá (son inseparables) y a su trabajo para estar conmigo. Se levantaba en distintos horarios cuando escuchaba mi “Má”! como un berreo, pidiéndole agua o mate cocido o para que anotara el horario en que Eva había tomado la teta o dormía. Fue la que le hacía el “provechito” para evitar sus posibles ahogos (nunca lo logré) y la que me bancó siestas largas para recuperar energía.

Fue la que, con mi papá, adaptó el departamento de mi abuela Ofelia (uno de mis ángeles) por si me quería mudar.”¿Te vas a quedar sola en la Capital? ¿No querés estar cerca nuestro y de tus hermanos?”, sugería con amor. No me pudo convencer. Sí estuve en la casa de mi infancia los primeros meses de Eva y fue liberador. Dormimos en la pieza que había dejado a los veintipico pero ya nada era lo mismo. Pude cerrar heridas. Siempre se escuchó música, sonrisas y palabras de aliento a nuestro alrededor.

IMG03119-20130520-1600Me acompañó a la guardería cuando empecé a trabajar y calmó mis lágrimas cuando dejaba a mi hija entre decenas de bebés desconocidos. También fue la que me esperaba a la vuelta con la comida más rica del mundo.

Es el día de hoy que, si le digo “Má, te necesito”, deja todo lo que está haciendo y aparece.

Podría escribir una colección interminable sobre su presencia en “mi momento cumbre”. Me ayudó a caminar de grande pero no ya como hija sino como mamá de Eva. Siempre me pensé muy distinta a ella aunque ahora que soy mamá y pude verla con nuevos ojos, tal vez me le parezca bastante.

SAM_6128Muchas amigas que tuvieron hijos “con papá cerca” me confesaron que les hubiera gustado, sobre todo en los primeros meses del bebé cuando estás mareada con todo, tener al lado a una mamá como la mía.

No tengo dudas de que la mamá que tuviste o tenés define en gran parte la mamá que sos o que querés ser.

La mía se llama Cristina pero le dicen “Titi”. Vive con mi papá (“Pichi”, otro héroe silencioso) en el sur del conurbano. Es una militante del amor por la familia. Es el ser más tierno y generoso del planeta pero no le toques a sus hijos o a sus nietos porque es capaz de matar.

Si la ves por la calle, no te la quieras llevar a tu casa porque es Mi Mamá.

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