Carta de una mamá a su leona

Querida hijita:

En 18 días terminás el jardín y, aunque no me veas, hace rato que mamá empezó a lagrimear ¡Qué le vas a hacer amor mío! Ya sabés que me emociono fácil cuando se trata de vos y no creo que esto cambie con los años.

En este momento dormís y escribo desde el insomnio. Me volví a despertar de madrugada como en las últimas semanas con esa opresión en el pecho que los psicólogos llaman angustia y que en mi caso se mezcla con felicidad.

En mis pensamientos vuelve tu imagen de los dos años ¡tan chiquita! cuando entraste tímidamente a tu primera sala, la León. Tengo la costumbre de tomar algunas vivencias como señales y en ese momento pensé que era toda una señal que te acompañaran simbólicamente los rugidos del animal más fuerte de la selva. Como una protección. Hasta festejé la coincidencia: rotundamente africano, tu papá siempre se identificó con la figura del león. Tal vez, era una manera de que él también estuviera presente.

Ahora que ya pasó tanto tiempo te cuento que miles de días fantaseé con su llegada. Vendría, íbamos a caminar juntos los tres, te buscaría en el jardín, rompería estructuras con su estilo irreverente. Iba a ayudarte a sostener tu identidad frente a tus pares. Lo deseé fervientemente -por vos y por mí, en ese orden-. Cubrí su vacío con explicaciones a los maestros durante todo este viaje escolar que está por terminar.

El nunca vino pero vos pudiste crecer con su ausencia en este espacio bien tuyo. También creciste con mi escasa presencia los días de semana. Te pido perdón por las contadas veces que te llevé o fui a buscar al colegio. Hice lo que pude. Desde que naciste -y desde antes- trabajo muchas horas y no tuve otra opción. Estuvieron en mi lugar mujeres increíbles que te guiaron con paciencia, valores e infinito amor. Yo, mientras tanto, me resigné con ir a cuánta reunión de padres y clase abierta hubo y no falté a ninguno de tus actos de sala de 2, 3, 4 y preescolar. Tengo en la memoria como tesoros todas tus caritas y actuaciones de los festivales en los que pujé (literalmente) por estar en primera fila.

Siempre tuve la certeza de que te ibas a integrar a todo, con esa capacidad sabia que tenés desde que naciste. Avanzaste en un andar de mínimos “obstáculos”. Me llamaron la atención dos veces: una en la sala de 4 porque te dabas besos con un compañero (con el que insistís te vas a casar y tener hijos) y otra hace poco porque te encontraron una torta que yo me olvidé de sacarte de la mochila y pensaban que habías sido vos la que la había escondido.

El viaje duró cuatro años. Fue un viaje largo pero corto. Así lo siento ahora que está por terminar. Llegamos volando al final de esta etapa. Empezaste tímida y llorona y te vas caprichosa (lo heredaste de mamá), inquieta, curiosa, hiper comunicativa y desafiante. Te vas escribiendo tus primeras palabras y llena de amigos que te quieren y que querés y defendés ¡mirá vos! con uñas y dientes. Son los mismos que te eligieron este año para llevar la bandera argentina no por aplicada sino por buena compañera.

El 18 de diciembre es el último día del jardín y el 20, la entrega de diplomas. Habrá fiesta en el teatro. Van a estar los abuelitos (no se lo pierden por nada del mundo) en la fila de nuestra familia. Además, Lili y Mari, las mujeres que te cuidan. Conmigo somos 5. No podemos ser más porque son las entradas que dan por nene. Seremos tu equipo de 5 que te aplaudirá en representación al clan López y a todos los que aplauden desde hace rato desde su anónimo lugar. Preparate para mis gritos-aullidos, esos que querés acallar pero que tanto te hacen reir.

Ya sabés, papá no va a estar aunque seguramente, como pasa con los momentos importantes de tu vida, presienta algo y llame miles de veces hasta que atienda. Como en el día que naciste. Es la manera que pudo encontrar para estar sin estar.

Sé que este viaje será para vos un dulce recuerdo. Un aprendizaje de esos profundos que vuelven cada tanto en otros momentos de la vida. Sé también que vas a leer esta carta en unos años, cuando yo esté preparando la próxima para otra de tus etapas. Es la forma que elegí para guardar para siempre tu historia. Pero ahora vos dormís y yo, desvelada, te miro y se vuelve a producir uno de esos milagros inexplicables que se producen desde tu llegada: no lo puedo creer.

¡A caminar mi leona! Se abre una nueva puerta. Sigo tus pasos.

Orgullosa de vos siempre.

Te ama infinitamente.

Mamá.

De motas, gallitos y calaveras

Probamos con los baños de mayonesa. Todo el pelo cubierto por media hora y después a lavar bien. Probamos con los preparados de aceite de oliva neutro, coco, almendra y agua. También con un ungüento de semillas de lino en remojo durante 12 horas. Investigué páginas afro y consulté sobre champús para pelo seco con rulos. “Los mejores son los productos naturales. Te lleva más trabajo pero son los que verdaderamente te hidratan el pelo”, me explicó Fabiele, una de las tantas afroamigas que nos fuimos haciendo con Eva con el correr de sus casi 6 años. “No se lo cortes. Dejáselo crecer hasta los 5 años hasta ver adonde le llega”, agregó Crenilda, otra amiga de Angola.

Las distintas técnicas le dejaron a mi hija motas más suaves por un tiempo pero, claro, prevalece y prevalecerá su esencia afro. Cada vez que la peino recuerdo las rastas de su papá ¿Se hará rastas Eva en el futuro? ¿Optará por las trenzas, las extensiones o la planchita? Su pelo es un misterio diario a descubrir para mí.

La raparon de bebé, le entrecortaron el pelo a los 3 y, como ya se cumplió ´el plazo de los 5´ que me aconsejó Crenilda, el sábado volvimos a la carga. Elegimos una peluquería infantil de Palermo, Gallito & Cía. Seguimos el instinto. El logo del lugar es un gallo y a su vez el símbolo popular del ok, el mismo que hacía Amadou en Atenas bastante seguido para agradecerle a su Dios que la vida estuviera a su favor. El pelo de Eva es su legado y pensé: todo cierra. ¿Destino o casualidad?

Llegamos a la pelu y, entre calaveras y monstruos ya preparados para festejar el próximo Halloween, flippers, videojuegos y un pelotero, Eva se sentó como en casa en un autito con la tranquilidad de los que saben los que quieren. “¿Qué vas a hacerte?, le preguntó Kleo, una chica maravillosa con tono centroamericano y clara experiencia en niños y cortes de pelo. Eva fue al punto: le pidió un corte punk, rapado a los costados y en la nuca, destacando la famosa cresta pero en versión afro. Kleo me miró, yo asentí y ella siguió. Le propuso unas trencitas y algunos toques de aerosol en rojo lavable y a Eva se le encendió la cara. El resultado fue inmejorable.

Los rulos que quedaron desparramados en el piso terminaron en un sobrecito clásico. Más tarde, Eva los repartió entre ‘la liga de familiares y amigos que le piden un rulo cada vez que la ven’. Algo así como un amuleto para que los acompañe hasta el próximo corte. Arrancamos con el look Afro-punk y Eva quiere volver a la misma pelu en Halloween para probar con Kleo el look 2 o monstruo. Ya me veo yendo para Navidad, Año Nuevo y su cumpleaños y así… para probar.

Lo festejo… no hay impulso ni prejuicio que detenga a la personalidad. Miren sino…⬇

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“Tenés que enseñarle a querer a su papá”

Pensemos de la peor manera y también de la mejor.

¿Por qué razón un hombre, a 7.000 kilómetros cruzando el Atlántico, sigue llamando una vez por semana desde hace casi 6 años para comunicarse con una hija que conoce por skype y whatsapp? ¿Por qué, mientras tanto, espera que alguien haga algo por él para cruzar el océano? ¿Por qué sostiene el contacto cuando pudo borrarse y no dejar huella? ¿Será por cuestiones de machismo primitivo? ¿Algo así como controlar la situación siempre, aunque sea a la distancia?

¿O será por amor?

Buenos Aires y Dakar siguen lejos pero se acercan una vez por semana cuando Amadou, el papá de Eva, insiste. Si no atiendo el teléfono, acostumbra ahora a dejar audios de amor desesperado, besos y saludos. Dice y repite que se quedó congelado en nuestra historia. Que hasta que no rompa el hielo no va a poder seguir ¿Un romántico o un versero profesional?

Yo, seis años después de verlo por última vez y con una hija en común que crece y entiende cada vez más, no tengo cabeza para creer o no creer. Escucho y los conecto. Los sigo conectando. Todo armónico hasta ahí. Nada nuevo salvo que, entre audio de amor y audio de amor, cuela consejos de crianza. Así como lo escuchás.

“Vos tenés que enseñarle a la nena que quiera a su papá”, sugirió en una de las últimas llamadas. Eva a veces quiere hablar y otras lo friza, como todos los niños. Imaginate que intercambian un diálogo mínimo y ella siempre se termina aburriendo. En uno de sus supuestos “desplantes”, él avanzó frustrado conmigo y la educación de nuestra hija. Le corté. No pude tolerar su voz pedagógica dando ideas desde su rol fantasmagórico.

Después de cortar la llamada, llegó un audio suyo pidiendo perdón. Lo recibí como un pedido de perdón que, por el tono, excedía a la situación de su consejo desafortunado ¿Cómo le enseñas a un hijo a querer a alguien que no conoce personalmente? ¿Se puede construir un amor padre-hijo virtual?

Ayer Amadou volvió a la carga con los llamados. Eva quiso atenderlo e intercambiaron mínimas palabras y “te amos” por celular. Pudieron construir un lazo particular pero lazo al fin. “Hija, vos sabés que te amo, que sos todo para mí. Todo Senegal está esperándote. Vení con mamá a verme. Las estamos esperando”

Plural. Su imagen de familia, esa que dice tener en su mente congelada, ahí está. Con él congelado (e inmovilizado) también.

Más allá de que mi imagen no coincida para nada con la suya, Eva va a estar siempre como un puente entre nosotros. El puente que sostiene la distancia.

En algún momento de la vida van a terminarse las palabras al viento y estoy preparando y fortaleciendo a Eva -y a mí con ella- en el mientras tanto. Va a llegar el día en que nos miremos a los ojos los tres.

“Mamá, tengo miedo”

Evangelina no parece temerle la oscuridad de la noche ni a los desafíos físicos del día. Mantiene la esencia de sus primeros días: sus ojos se apagan de noche y se prenden con el sol. En el mientras tanto, se mueve sin descanso. Se trepa a todos lados, la entusiasman las nuevas experiencias. Agotadora, sí. Hace tres días aprendió a patinar y ya intenta hacer las coreos de Soy Luna. El fin de semana probó todas las camas elásticas del Rush de Pilar y fue también por los toboganes y los trampolines para los más grandes. La vi disfrutar como si estuviese en su paraíso.

No tiene miedos paralizantes a la vista. O casi.

Anoche se levantó cerca de las 5 contándome que tenía miedo. Que había soñado con el maldito Chucky y su novia de pelos naranjas. Que venían con una espada hacia ella y que les pedía que no lo hicieran. Que estaban acercándose cuando se despertó. Su mirada brillante y oscura en la noche explicando con detalles todo me conmovió. Miraba al techo como si los muñecos malditos estuvieran todavía dando vueltas por el cuarto.

La abracé fuerte, como siempre. Prendimos un velador para matizar la pesadilla. “Mirá a tu alrededor, hija. Ya te lo dije. Chucky no existe, no es real. Es un muñeco de película. Si querés mañana vemos el video en el que lo crean. Estamos en casa, estás en tu cama y yo en la mía. Nuestra realidad es linda”, la tranquilicé. “Pero igual tengo miedo, mamá. Cierro los ojos y pienso cosas feas”, agregó.

Con la herramienta de la meditación de años en mí (para vencer mis propios miedos), le propuse un juego. Cerramos los ojos y empezamos a pensar en nosotras, en nuestros días juntas. En todo lo que nos reímos cuando bailamos o inventamos canciones. “Contame un cuento, mamá”, sugirió después. Imaginé y arranqué. Todos los personajes de mis cuentos inventados me remiten felizmente a ella.

Empezó a tranquilizarse. Le seguí hablando casi dormida dejando de a poco el estado de alerta en el que me había sumergido. Desde su somnolencia incipiente me pidió que le cantara una canción de su pasado bebé. “Cantame ‘Estrellita’, mamá”, susurró. Hice memoria y avancé. “Estrellita, estrellita, ¿dónde estás? quiero verte titilar…” Seguí cantando y sin quererlo muté a otra canción muy dulce de Vitor Ramil, de mi pasado adolescente, que también habla de estrellas. “Estrella, estrella, cómo ser así. Tan sola, tan sola y nunca sufrir. Brillar, brillar. Casi sin querer. Dejar, dejar. Ser lo que se es…”.

La habitación se fue llenando de letras y de acordes y así, entre estrellas, nos fuimos durmiendo las dos.

“Estoy triste porque no te vas a volver a enamorar de mi papá”

Evangelina llora cuando algo no le sale como ella quiere, por capricho. Como yo a su edad, según cuenta mi mamá. Es difícil que lagrimee por un golpe. Solo si se enferma, baja la guardia, detiene su incesante movimiento y se aferra a mí para que la sostenga. Tiene que ser algo que realmente la perturbe, tiene alta resistencia al dolor.

No creo ser la única madre en el mundo que se quiebra por dentro con las lágrimas de un hijo. Sin exagerar, me duele mucho ¿Les pasa? Cuando son caprichos, paro y recuerdo que la frustración forma parte de la vida y dejo que llore y se frustre hasta que el llanto se detiene. Es ahí cuando todo vuelve al estado anterior con un nuevo aprendizaje o límite.

Pero cuando Eva llora imprevistamente, se para mi mundo. Eso pasó unas noches atrás. Nos íbamos a dormir y, ya en la cama, la vi caída. Hice un repaso rápido por todo lo que se ve. Le toqué la frente y no tenía fiebre. ¿La panza, los oídos, algún resfrío cerca?, nada de eso. No había dolor a la vista. Su día en el jardín había sido normal, sin sobresaltos. ¿Y entonces?

-“¿Qué pasa mi amor? ¿Estás bien?”
-“No, mamá. Me voy a dormir triste porque vos no te vas a volver a enamorar de mi papá”, me dijo y se puso a llorar.

¿Qué? ¿Cómo pasó? ¿Por qué ahora? ¿Cómo la remonto?, me pregunté en un segundo de silencio interminable. ¿Cómo llegamos hasta acá? Sin demasiadas vueltas y frente a su mirada negra tan dulce y profunda, opté por la verdad como respuesta, como siempre con ella: “Es así hija, no te pongas triste. Estuve muy enamorada de tu papá mucho tiempo, por eso te tuvimos, por eso estás acá. Pero eso ya pasó. Nunca más lo volví a ver”

Mi respuesta elevó su tristeza. Estaba casi dormida y se despertó y lloró más. Entre lágrimas, empezó como un adulto a elaborar teorías de un posible reencuentro y re-enamoramiento entre su papá y yo.

Se le ocurrió que podíamos viajar a Senegal para compartir unas vacaciones con Amadou. “Pasamos unos meses con él, conozco a mis abuelos, tíos y primos. Seguro que lo ves y te volvés a enamorar, mamá. Daleeeee!”

No se detuvo. Después, se ilusionó con nuestro casamiento en tierras afro. “Y te vas a casar con él y va a estar todo bien, mamá”. Se imaginó que incluso volvíamos todos juntos a Buenos Aires, para armar la familia que tuvo varios años de vida virtual pero ninguno de vida real.

– “No, Eva”, me entristecí también. “Ojalá pudiera decirte que sí, pero no hija. Vos vas a conocer a tu papá, eso sí te lo prometo. Tal vez el año que viene vamos a Africa, lo tenemos que organizar. Eso sí es posible.”

Se durmió llorando y yo también. Pensándolo internamente quizá mi hija esté percibiendo que estoy transitando otro camino. Que olvidé a su papá.

Durante muchos años lidié con la presencia-ausencia de Amadou en nuestras vidas. Me ilusioné y, sin una explicación racional, lo seguí amando a la distancia. Tardé mucho tiempo en sacarlo de mi corazón hasta que un día, sin demasiadas vueltas, se fue para siempre. Y ahora, que llegué hasta acá con una firmeza plena, nuestra hija intenta que no se vaya. Como en la película “Coco”, a veces no es necesario morir para que alguien te recuerde y, de alguna manera, vuelvas a vivir.

“Virgencita, te pido un novio para mi mamá y un hermano para mí”

¿Leyeron?

Sentí el impacto como un baldazo de agua helada -de los polos y todos los territorios fríos del mundo- directamente en mi cara y en pleno Palermo.

Esas fueron las palabras de mi hija Evangelina después de la charla que compartimos el sábado con familias de “Somos Familia” -una sección de TN de la que participamos- en la Feria del Libro.

Veníamos felices después de escuchar historias conmovedoras, de esas profundas que no te olvidás más. Enfilamos para tomar algo y ahí estaba, tras las rejas, la ermita de la Virgen de Luján. Eva se detuvo frente a ella para lanzar su plegaria: “Virgencita, te pido….” Lo hizo con la misma naturalidad con la que improvisa canciones, baila o hace piruetas. Lo que siguió fue una especie de reverencia a la virgen y sus clásicas medialunas y verticales en continuado como despedida.

Con mis amigas nos quedamos petrificadas ¿Habíamos escuchado bien o había sido una alucinación masiva?

Pasado el semi-congelamiento, nos reímos. Yo menos que el resto. ¿Qué me está queriendo decir mi hija?, pensé.

Atando cabos, recordé a Eva sentada a mi lado durante nuestra charla. Estuvo callada y quieta (algo excepcional), observándome y observando todo.

Yo volví a hablar por enésima vez del momento en que deseé ser mamá, de nuestra historia con su papá en Atenas, de mi embarazo a los 40 años. Volví a hablar por enésima vez del después, de su ausencia física y de su construcción como papá virtual. De sus llamados efímeros, de su contacto insuficiente con su hija para mí. Volví a hablar por enésima vez de nosotras hoy, de que avanzamos felices juntas.

Siempre que Eva se calla y hace un alto en su movimiento, se viene alguna reflexión que te noquea. Y me noqueó.

Por eso, retomando los puntos principales de mi charla, llegué a una especie de conclusión interpretando sus gestos y sus palabras. Me imaginé a Eva hablando como en el Diario de Greg, el chico que escribe un diario personal con una mirada irónica de, entre otros, sus padres. Pero en nuestra versión:

* Concepto 1:
Yo: “Eva tiene un padre ausente que hace casi seis años se comunica con ella por skype y/o whatsapp desde Africa. Un papá virtual. Me enamoré de él en Atenas y supe que iba a ser el padre de mis hijos”
Ella: “Mi mamá se la pasa hablando de mi papá, del amor que vivieron en Grecia, de lo que vino después. Tiene que cambiar de tema. Aburre”

* Concepto 2:
Yo: “Es difícil pero se puede criar sola a los 46”
Ella: “Otra etapa superada. Habla como si fuese una anciana y yo una bebé. Es hora de que piense en la etapa que sigue”

* Concepto 3:
Yo: “Somos una familia de a dos que va por la vida feliz”
Ella: “Cortémosla con la familia de a dos. La pasamos muy bien pero estaría bueno que se busque un novio y que tal vez yo tenga la suerte de tener un hermano”

Es difícil saber si ella pensó de esta manera pero algo me dice que no estoy muy lejos de su verdad.

Tenés razón, Eva. Adiós al pasado y a lo que falta, hija. Hablemos de amor y de mover las fichas.

De patear el tablero otra vez.

“How are you, Papito?”

Y un día se da vuelta la taba, diría mi abuela.

Eva está aprendiendo inglés en el jardín. Se levanta y te saluda con un ‘hello’, quiere saber cómo estás y te tira un ‘how are you?’, te responde seguido con ´yes´ y se despide con un ‘bye’ cuando cierro la puerta de casa para irme a trabajar. Aprendió unas pocas palabras, las suficientes para sorprenderme y hacerme reir y para comunicarse a media lengua con su papá.

“Papito” -como le dice a Amadou- reapareció con mensajes por whatsapp después de casi tres meses de ausencia. Siempre creo que un día va a tirar la toalla y va a desaparecer del todo pero me equivoco. Su ‘hello’ volvió el viernes desde Senegal para preguntar por Eva y pedirme fotos y videos. No estábamos juntas así que le mandé imágenes de nuestra hija haciendo la medialuna con una mano, bailando con un hombre-estatua en la calle o jugando con sus amigos en casa. Se sorprendió por su altura y su pelo, ambos rasgos con su sello. “Tiene tu belleza y mi agilidad. Decile que la amo y que la extraño”, cerró.

Su mensaje llegó a destino. Eva sonrió cuando le conté y siguió con lo suyo. Hasta que durante el feriado largo volvió a levantarse hablando en inglés y me pidió hablar con su papá.

– ¿Cómo se dice ‘Papito’ en inglés, mamá?
– “Daddy”, amor.
– Llamalo entonces que le voy a decir: “Hello Daddy, How are you?”.
– Dale, le mando un mensaje para que te llame.
– Y yo le mando un audio.

Amadou no tiene celular (se le rompió hace meses) así que hay que hacer una mini producción periodística para ubicarlo en los celulares de sus amigos o sus familiares. ¿Sería más fácil que se comprara uno? La verdad, así está bien. Llama cuando puede ¿o se acuerda? A veces me pregunto qué hace mientras se pierde durante tantos meses y cuando me doy cuenta que estoy malgastando energías desvío el pensamiento. No importa. Es el padre que es, el que eligió ser.

Mi mensaje con el audio adjunto de Eva diciéndole “Hello Daddy, How are you?” voló al celular de su hermana y de un amigo-vecino.

Una hora después, Amadou apareció. Eva estaba grabando videos con sus primas mientras terminábamos de comer un asado. Lo atendió y charlaron un poco. Puso el celular en altavoz. Sus primas compartieron algunas palabras en inglés con él también y él les habló en español. Hasta que se cansaron. Los videos de Musical.ly le ganaron a “Papito”. “Que me llame cuando ella quiera, a la hora que quiera”, terminó conmigo la comunicación.

Y un día se da vuelta la taba, diría mi abuela. Con más herramientas, ahora Eva pide llamarlo y quizá no espere más a que su papá la llame. Arrancó una nueva etapa de tantas que hemos transitado ¿Se abrió el tiempo de demandas desde la Argentina?

“Es probable que además, justo ahora que te siente definitivamente lejos de él en lo afectivo, ella quiera llamarlo y quiera unirlos”, reinterpreta mi psicóloga.

Como en “Ciega a citas”, tengo 234 días para resolver la ausencia

“¡Bienvenidos! Llegaron al último año del jardín de sus hijos. Se termina una etapa ¡Felicitaciones!”

Pluf. De arranque, la directora nos arroja ‘la lanza’. Madres y padres la recibimos sentados y encogidos en minimesas y minisillas preparadas para la primera reunión del año. Empezamos a decirle chau al jardín ¿y ahora?

El silencio de algunos es tapado por las bromas de otros. Cada uno hace lo que puede. A mí, ‘la lanza verbal’ parece impactarme directo en el cuello. Siento una especie de nudo en la garganta. En unos meses mi hija recibirá su diploma como Egresada 2018 y sí, caigo en las reiteradas y densas frases maternales: “ayer nomás era una bebé”.

El nudo se queda ahí. Y la directora sigue… Que en mayo se viene el festival patrio (¿Eva hará de negra como yo en primaria?), que las vacaciones de invierno, que tal vez no haya foto de fin de año por los costos…

Quizás como remedio al nudo, me distraigo y me pierdo un rato en el grupo. Somos los mismos de la sala de 2 pero distintos. Crecimos con nuestros hijos. Las mujeres anotan las fechas de los eventos escolares y los hombres acompañan y matizan los datos con más chistes.

Hago foco en algunas mamás.

Está la mamá esfuerzo. Su hijo nació cincomesino y el panorama escolar no era nada alentador. Pero los médicos erraron y el nene llegó a sala de 5, se integró, está mejorando su lenguaje y es uno más de los que va a cruzar la barrera hacia primer grado.

Está la mamá pulpo. Tiene tres hijas y se organiza para poder con todo. Se le ven dos brazos pero estoy segura de que tiene muchos más, invisibles. Se nota que el último año de su hija menor en el jardín es tan importante como lo fue el de su hija mayor y el de su hija del medio. No se le escapa detalle. La imagen de la multiplicación del amor, pienso.

Está la mamá sensible. Sentada al lado mío, percibo que también se le forma un nudo en la garganta cuando pasan de mano en mano el cuaderno con renglones que desde junio empezarán a usar nuestros hijos.

Y hay dos abuelas. Son las mamás de las mamás que no pudieron llegar a la reunión. Pasó, pasa y seguirá pasando. Muchas mamás trabajamos. La daga de no poder acompañar a Eva en sus entradas y sus salidas durante el jardín fue doliendo menos con el tiempo.

Las veo especialmente a ellas aunque hay muchas más y me veo a mí. Diferentes, con puntos en común, todas en el mismo lugar.

Como desde otro mundo, conecto otra vez con la voz de la directora… “Y el festival de fin de año va a ser el 20 de diciembre. No va a haber disfraces como hasta ahora sino diplomas. Vamos a dar 4 entradas por familia o 6 si son numerosas”.

Otra vez el nudo, más fuerte. No habrá familia tipo sobre el escenario en diciembre. ¿Qué haremos? ¿Quiénes estarán?
Seguramente vendrá la abuela Titi. No faltó nunca a ningún acto de Eva. Hubo muchos actos en 5 años y la “Abuelita” recorrió varias veces y en hora pico el trayecto conurbano-capital para acompañarla. Estuvo y estará. Festeja cada paso de su nieta como si fuese un cumpleaños de cambio de década. Las une un lazo que atravesará los tiempos.

No creo que tampoco se lo pierdan Lili y Mari, las superheroínas que cuidan a mi hija. Para ellas, su crecimiento es también sinónimo de fiesta. Tal vez, se sumen su madrina y sus dos padrinos. No sé si les conté que, a falta de padre cerca, Eva tiene dos padrinos de lujo que la erigieron en el podio de reina hace rato. Y varios primos y tíos y un abuelo que la aman.

Ojalá puedan venir todos porque su papá no va a estar. Ese es el nudo que todavía me cuesta desatar. Amadou dejó de llamar (por ahora). Se volvió un fantasma que aparece solo en las conversaciones Madre-Hija para después esfumarse. Pensando en diciembre y después de un trayecto armonioso en el jardín, ¿su ausencia le afectará a Eva en el final de este recorrido? ¿Subiré sola con ella al escenario? ¿Querrá subir con alguien más?

Me siento en la versión familiar de “Ciega a Citas”. Tengo 234 días para definirlo.

Mamá derrape: la película equivocada

Entusiasmada, busco todas las semanas alguna película infantil para ver con Eva el fin de semana. Nos vimos casi todas. Quiero trasmitirle mi amor por el cine mientras ella me transmite su amor por los pochoclos. Vamos bien ambas. Pero puede fallar. De hecho falló el sábado pasado.

“Ploey” es la película de un simpático chorlito que atraviesa muchos obstáculos para crecer-volar. La vida misma. Perfecto, evalué. Y el ritual se repitió: cine con la butaca extra para ver mejor, sonrisas, pochoclos desbordantes (¿no tendrían que hacer los pochoclos en cajas con tapa como las gaseosas?), alegría… hasta que empezó la película.

En el segundo dos, al dulce chorlito se le muere el padre. Se lo come un halcón poderoso sin mediar un mínimo de defensa o un tímido pedido de auxilio. Minutos después, Ploey se aleja de la bandada y pierde nada más ni nada menos que a su mamá y a su amigovia. Se queda solo como pollito mojado y para encontrarlas tiene que atravesar un desierto de hielo en el que sus plumitas se congelan. En el medio, los que quieren ayudarlo también sufren principios de hipotermia y por momentos rozan la muerte. Todo eso, todo junto.

Eva rompió en llanto por intervalos durante toda la película. Le propuse irnos varias veces pero quiso esperar a que llegara “el momento feliz” que nunca llegó. Su berrido no fue el único. La sala se llenó de niños lagrimeando y madres semi-espantadas preguntándonos en la oscuridad si lo que estaba pasando era cierto.

Al terminar “la peor película infantil que vi en mi vida y que merece el spoileo”, Eva se encargó de pasarme la factura correspondiente. Me intimó con estas palabras: “Mamá, la película fue horrible. No entiendo cómo elegiste esto. La próxima vez, consultame”. Silencio. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas que no admiten crocs, me fue mostrando además los afiches de las películas que sí son las indicadas y que le hubiese gustado ver.

Que venga ET, “el mejor personaje de la mejor película que vi en mi infancia”, y me abduzca.

La plaza de los negros

A mi hija le gusta una plaza que queda bastante cerca de nuestra casa. Es un lugar que, en las formas, no tiene nada de especial. Remodelada recientemente, replica otras plazas de otros barrios porteños. Digo en “las formas” porque hace unos días descubrí que guarda un secreto.

Fue el viernes pasado. Salimos con Eva del jardín y ella me convenció de pasar por “su” plaza antes de que cayera el sol. La tarde era perfecta.

Llegamos y arrancó al instante con su periplo de juegos. A mi hija se le activa una especie de chip cuando ve calesitas y toboganes. Empieza a dar vueltas por todos lados para no perderse nada y yo voy atrás corriendo con la falsa idea de que voy a evitar que se lastime alguna vez.

Ese día arrancó por su sector preferido: el de los pasamanos. Es ahí donde ella, en plenitud, desafía las leyes de la gravedad y yo siento en riesgo mi capacidad coronaria. Siempre estoy como al borde del infarto.

Mientras la veía cabeza para abajo, corrí la mirada. Cerca, había una negra que, por su tonada, parecía cubana. Estaba con su niña. En un momento, la negra me sonrió y clavó los ojos en mi negra que colgaba de las escaleras en el aire. “Eh, chica, tú sí que tienes swing”, le lanzó divertida. Asentí. Es verdad que Eva tiene el movimiento liviano y seguro de los negros.

Del pasamanos, nos transportamos en segundos a las hamacas donde también suelo entrar en pánico. Ella se balancea y quiere llegar alto y yo, más terrenal, deseo fervientemente que aminore la marcha.

Entre reflexión y reflexión, se me puso a hablar la mamá de otra nena. “Se ve que hoy tengo cara de sociable”, pensé. La chica, psicóloga, me preguntó si Eva hacía gimnasia artística por sus medialunas constantes entre juego y juego. “No, estoy buscando club”, le conté. “La mía va con su papá a telas. El es colombiano”, remarcó. “Ah, mirá, es afro como la mía. El papá de ella es senegalés”, agregué.

En los minutos siguientes, mi hija desapareció de las hamacas y apareció en el subibaja. Empezó a subir y bajar y subir y bajar con otra nena de rizos rubios. Su mamá, rubia también, me saludó a lo lejos y me hizo señas de que fuera a tomar unos mates. Me acerqué tímidamente y también nos pusimos a charlar. Me contó que su marido era dominicano y que detectaba en Eva “delicados rasgos afro”. Se lo confirmé y nos reímos un rato hablando de las mezclas y de los encuentros.

Sin conocernos, nos habíamos juntado distintas mamás “afro-style” en el mismo espacio y momento. Y, como una cita plural, había también otras madres de porteñitos, chinos y gitanos, sin barreras a la vista. “Está ganando la diversidad, carajo”, gritó mi voz interna.

Visión futurista

Con un ojo en el mate y con otro siguiendo a mi hija, se sentó al lado mío una versión parecida a Eva, pero en grande. Fue shockeante. “Tu hija es preciosa”, rompió el hielo. “Gracias”, le dije. “Te veo y es como verla a ella en el futuro”, le confesé. Ella me contó que era de Bahía, Brasil. Que habían venido con su marido a estudiar a Buenos Aires y que había quedado embarazada del bebé que tenía en brazos.

Nos perdimos hablando del racismo de los grandes que afortunadamente está sintiéndose menos o nada en los niños. Del pelo y de las técnicas para lograr “una mota perfecta”. Del día que nació su hijo y mi hija, ambos con la piel rosada. “Es que el color se define con el tiempo”, aporté, recordando lo que me dijeron en la última ecografía de Eva hace ya más de 5 años. “La mía también nació rosada”, sumó la chica del mate. Le faltaba música de tambores y estábamos todos.

Caía el sol y tuvimos que huir de una tormenta feroz.

Con Eva prácticamente a remolque (no quería irse), me quedé pensando en las coincidencias y en un mundo que está creciendo desde abajo del asfalto y que ya llegó a la superficie.

Buenos Aires tiene en algún lado una perla negra. Yo la encontré gracias a mi hija y, en honor a su origen, le pusimos un nombre: la plaza de los negros.