La noche te trae sorpresas

La cara deformada de Patricia Saran liquida a quien la mire ¿Eso hace el tiempo con las mujeres que lo desafían? En una especie de contraespejo me abrazo. A los 45, tengo otros mambos pero no acechan las arrugas y por ahora no pensé en operaciones ni en botox ni en nada que se le parezca.

Están Patricia y también Pata, Sandra, Cacho y otros personajes que veíamos con mi abuela Ofelia en la tele los viernes a la noche. Amaba quedarme en su casa a dormir y ella convivía con Radio Rivadavia, Crónica en el diario y en la tele, el Popular, Benny Hill… Algunos de “sus” personajes se sacan selfies frente a mí en carne y hueso.

Hay humo artificial y de cigarillo adentro. Lo huelo desde lejos porque estoy afuera con los “conocidos conocidos”, los “personajes” y el viento fresco de una lluvia primaveral. Llovió y pude estrenarme el piloto charolado que siento como mi piel. Podría ser mi única prenda en el placard.

Afuera y adentro están también los “conocidos desconocidos” y los “desconocidos”. Son como un magma sin principio ni final. Cuesta moverse y quedarse quieto. No sabés bien adónde ir. Así eran, son y serán las fiestas bolicheras. Ya me había olvidado un poco.

Entre campari y campari -matizado con pequeñas dosis de comida- no pienso en Eva. Me quedé tranquila con la foto que me mandó mi hermano desde Lomas: mi hija sonríe abrazada a su prima Matilda. Me la traen a la mente los “conocidos conocidos”. Entre ellos, una pareja entrañable que también me recuerda el día que conocieron a Amadou en Atenas. Son los únicos que lo vieron personalmente. Le llevaron las ecografías de Evangelina en mi panza. “Mirá que es lindo tipo, eh?, dice ella. “Sí, una bomba”, me rio sin nostalgia.

Es como un paréntesis de recuerdos porque Eva está con mi familia en el sur y no pienso en Amadou.

Pienso en mí. O no pienso tanto. Bailo. Voy, vengo, me detengo un poco. Me río y canto con Cae!!! Lo grabo en una ráfaga adolescente sin preocupaciones. Miro alrededor. Percibo pocas vidas amorosas y muchas tan ampulosas como vacías. Vuelvo a oler a humo y a trampa. Está al alcance el sabor insípido de lo efímero.

“Desconocidos” sin barba se ofrecen a traernos tragos porque la barra está atestada de barbudos cool. Parecen calcados. Te das vuelta y hay uno y seguís y hay otro y así. También hay pilas de rubias parecidas y borrachas haciendo cola en el baño o merodeando por ahí.

Me detengo en un tenista famoso que mira para todos lados sin saber bien qué hacer. Vuelvo a ver a Pata y a su hijo. Disfrutan y saludan. Patricia ya no está. Me cruza un pelilargo con personalidad. Hace la suya. Le digo a mi amiga Vanina que lo mío va por ahí. En los que se distinguen sin estridencias.

Me quedo con los “conocidos conocidos”. Fluye y me reconozco. Si hay música que me haga bailar la paso bien. La pista se llena de cotillón y es ahí cuando vuelvo a conectarme con Eva. Debe estar durmiendo, pienso. Le va a encantar iluminarse con un par de anteojos de colores.

Besos por celular

Te levantaste mil veces en la noche porque escuchaste a tu hija toser y pedir por vos. Ella da vueltas en su cama y vos también al mismo tiempo en la tuya. Como una especie de cordón umbilical invisible que se mantiene ¿Es ella la que está inquieta o sos vos la que le transmitís la inquietud de tus últimos días de sombras?

Charlaste a la mañana de tus valores esenciales con la señora que la cuida. “Viste que muchos chicos tienen maldad… Yo no quiero que Eva sea mala. Por otra parte, no me saldría inculcarle que lo fuera”, le decís. Concluís que lo mejor es enseñarle que se corra frente a las agresiones. Que no insista en convencer a los malos de que sean buenos. Que al pibe que el domingo le susurró “maricona” en un cumpleaños le diga primero que no la moleste más y que, si sigue, lo frize.

Camino a terapia te encontrás con una amiga que hace rato no veías. Se conecta con lo que le contás y te habla del libro “Mujeres que corren con los lobos”. Lo tenés en tu biblioteca. Pensás en leerlo. Capaz sea el momento.

En el subte, escuchás a un cantante peruano ciego que bromea por el partido con Argentina. Un muchacho le saca fotos con admiración. ´Contame por qué te dicen Feliciano…’, se ríe con calidez. Resignificás la oscuridad.

Llegás a la psicóloga y salís 45 minutos después de lagrimear bastante. Te llevás algunas máximas renovadas: “no existe la mamá perfecta ni un antídoto para que tu hija no sufra. No pudiste darle el padre que imaginaste pero es superable”.

Estás más liviana. Le preguntás a la señora que cuida a tu hija cómo se levantó porque dormía cuando te fuiste. Te dice que le hizo una nebulización corta como le pediste y que está patinando. Te manda su foto con patines y vos le mandás una tuya en el colectivo yendo a trabajar.

Pensás que todo marcha musicalmente, que hacés lo que podés…

Y llega el amor de tu hija en un mensaje y no hay pensamiento ni sentimiento que lo opaque.

Y ahí brillás y sonreís.

¡Siesta, qué fantástica esta siesta!

Los había visto una vez en mi vida. Fue de refilón, en la primera reunión de padres del año. Por esas cosas que tiene la intuición, me parecieron confiables. Con ella hablamos después varias veces por chat. A mitad de la semana pasada me mandó un mensaje:

– “Guada quiere invitar a Eva a jugar el sábado a casa ¿Podrán?”
– “Sí, Eva va a baile hasta la 1 pero si querés la llevo después de almorzar”
– “Dale… ¿vos te quedás?”, preguntó.
– “Si ella se queda sin problemas, como suele pasar, me voy a casa a dormir media hora de siesta”, me sinceré.
– “¡Obvio! Te entiendo. Sin problemas”, validó.

Es sábado. Los veo ahora personalmente por segunda vez en mi vida, de frente. Bajan rápido a abrirnos. Vuelvo a tener la sensación de la primera vez. Ella alza a Eva con dulzura. El tiene una remera de Dream Theater. Nada malo puede pasar.

– “¿Querés entrar?”, preguntan.
– “No, tranquilos, me voy para casa. ¿A qué hora la vengo a buscar?
– “¿A las 7, te parece?”, dicen convencidos.
– “¿No es mucho?”, pregunto mientras reflexiono que si Eva se queda hasta esa hora voy a tener una hora y media de siesta…
– “No, tranquila, se van a entretener…”

Llegan otras amigas del jardín y otras mamás. Mi hija se pierde en el pasillo del edificio sin registrar que sigo ahí, por las dudas. Me voy con una mamá brasilera que ya es mi amiga. Le pido que, si le parece, de ahora en más hablemos en portugués. Que es un poco volver a mí. Acepta. Me pide que volvamos caminando. Que quiere hacer ejercicio. Acepto. No me viene mal.

Brilla un sol fuerte en la ciudad.

Vuelvo a casa un poco más tarde de lo previsto, caminando. Miro la foto que me sacó Eva antes de irnos (y que abre este post) y me zambullo en la cama como si fuese agua. Hay silencio en todos lados. El celular queda en vibrador pero no suena y el sueño parece infinito.

Me despierto casi dos horas más tarde, reparada de una semana post vacaciones con Eva con tos todas las noches. Reparada aunque pensando que todavía hay algo irresuelto dando vueltas. Que tengo que seguir buceando debajo de la superficie. Que Eva me espera y que puedo ir caminando a buscarla. Que si levanto la mirada quizá vea algo diferente.

Y que, por suerte, ya es Primavera.

“Arrancá mamá, vos nunca tenés miedo”

17 días. 5 vuelos. 3 trenes corriendo a la velocidad de un rayo. 4 departamentos. 2 libros. Ciudades increíbles. Tiempo de verano, siesta y mente en blanco. Hacía rato que no pensaba más que en el momento. Fue como si mi cabeza hubiese alejado “el resto”, que apareció diezmado en sueños.

17 días y 4 reflexiones inolvidables de mi hija Evangelina en nuestras vacaciones.

Sevilla. Hacía rato también que no me enamoraba de una ciudad. En medio de mi hechizo, con Eva volvimos a hablar de amor cerca de la Torre de Oro.

“¿Y vos no te enamorás, mamá?”, me preguntó. “Es probable que algún día me vuelva a enamorar, hija… ¿Qué opinás?” Silencio largo y respuesta: “¿Y yo me voy a quedar sola?” “No, mi amor. Vos sos lo más importante que tengo en mi vida”, la tranquilicé.

Sevilla, horas después, camino al Guadalquivir. “Yo quiero un hermano, mamá. Vos no te preocupes que yo lo voy a cuidar, cambiar, llevar en el carrito…” Silencio largo de mi parte. “Quién te dice, Eva… si me enamoro…”, respondí pensando en los por qué. Por qué en vez de preguntar por su papá, de pedir verlo algún día, de abrir incógnitas previsibles para mí, rumbeó hacia otro pensamiento. Mi mamá me contó que con ella también habló del tema. Que le dijo que quería una nena.

Rincón de la Victoria, Málaga, una semana después. “Arranca, mamá. Vos nunca tenés miedo”. Eva me impulsó a saltar. Yo dudaba si tirarme a la pileta del complejo en el que paramos. Que sí. Que no. Que quería verla nadar. Que no estaba segura. Al final me decidí, arrancamos juntas y saltamos. Pese a mis miedos, ella me ve en marcha y es un alivio enorme. Si algo no quiero es que sienta que tiene una mamá detenida.

Ciudad de Buenos Aires, fin de un nuevo principio. En el vuelo de regreso, Eva ya venía diciendo con vehemencia que quería llegar a casa. Y ya en nuestra casa, cuando hablamos del colegio y del trabajo, disparó: “Si trabajás para que yo pueda tener juguetes no quiero más juguetes. Quiero que te quedes conmigo”.

Tal vez por el todo o por las partes, las vacaciones me dejan siempre una mezcla de felicidad y nostalgia. Me emocioné mucho cuando el avión carreteó y levantó vuelo en Madrid.

Siempre es una puerta abierta escuchar a mi hija. Siempre es un desafío reflexionar, arrancar, saltar y volver.

Y Olé!!!!!!!!!!!

El viaje empezó hace un tiempo. Entre recuerdos y deseos, imaginábamos con mis papás nuestro próximo destino.

– “¿Lima, Má?, es barato. ¿Nueva York?, es muy caro pero precioso. Eso sí hay que caminar…”
– “Le pregunto a papá. Ahí me dice que quiere volver a Madrid…”
– “Listo, avancemos entonces”.

Con Evangelina a la cabeza, mis papás son desde que ella nació mis compañeros de nuevas aventuras por el mundo. Disfrutan de viajar como nunca lo pudieron hacer mientras mis hermanos y yo crecíamos. Disfrutan de su nieta como un bálsamo energético en sus vidas. Me ayudan con ella y puedo “descansar” en vacaciones, un reposo que las mamás solteras -y las mamás en general- practicamos excepcionalmente. Desde el principio, el círculo cerró a la perfección.

A sus casi 5 Eva acumula más viajes que años. Mar del Plata, Pinamar, Viedma, Río de Janeiro, La Habana, Madrid, la Coruña, Barcelona, Roma, Cartagena de Indias… Y ahora rumbo a España otra vez. Desde el año pasado empezó a identificar ciudades y países. Se acuerda mucho de lo que vivimos en Cartagena. Ya se ilusiona con “los tiburones del Acuario de Sevilla”. Lo dice así y te cuenta que va a visitar otros sitios de los que me escuchó hablar. Se volvió una pasajera en tránsito como yo.

Este año llevó su maleta. La eligió entre varias. Sus cosas se complementaron con los anexos que cargué en mi bolso de mano para entretenerla durante el camino. ¿Qué hacer en un vuelo de más de 12 horas con una criatura que ama el movimiento?

Además de ocuparme de lo que más me gusta (bajar su ropa de Verano, probársela y elegir lo más lindo y cómodo), programé actividades para el aire. Este año embalamos masas, un juego para armar pulseras, su tablet fucsia con almohadilla incluída y un set de dibujos para pintar. “Como tenemos que salir relativamente temprano, seguramente se va a dormir varias horas”, me ilusioné. “Ya está grande. Entiende cuando le hablás”, me ilusioné otra vez frente a la imagen de verla hacer “paralelas” en los pasillos del avión.

Desde aquella charla de hace un tiempo, la decisión de volar fue llenándose de lugares y de sueños. Lo escribí alguna vez. Deseo que mi hija sienta desde pequeña esa liviandad infinita que trae la libertad. Aquella que yo sentí muchas veces y que sigo sintiendo a su lado y al lado de mis viejos con cada nuevo vuelo. Cada uno sabe donde encontrar su propia libertad.

Lo escribí hace poco. No me interesa lo material. Estoy segura de que cuando los días pasen, en el corto, el mediano y el largo plazo, la cabeza me va a devolver imágenes de las personas queridas y de los momentos irrepetibles, no de los bienes acumulados. Seguramente aparecerán estos viajes, mi hija y su capacidad de disfrute permanente. También la imagen de mis papás emocionados como chicos dando sus “primeros pasos” en lugares nuevos. Y me recordaré a mí, en una de mis mejores versiones.

Así que Oleeeeeeeé mi amada España!!! En 2015 te prometí que volveríamos ¿Y sabes qué? Abrí de nuevo tus puertas porque ya llegamos.

Que…

Y así. Todos los días, varias veces por día, insistiendo con hablar y avanzar con su viaje a la Argentina. Así, constante y sostenido. El, Amadou, hablándome de su hija, de sus ganas de conocerla personalmente. ¿Hablándome de amor? Y más.

Que si puedo mandar la carta de invitación a Marruecos.

Que ya está bien de salud y que no quiere perder más tiempo.

Que necesita venir cuanto antes.

Que Evangelina y yo somos su familia.

Que sueña con ella.

Que está aprendiendo español con un amigo.

Que nadie es perfecto y que olvide el pasado.

Que estuvo enfermo y que vivió en un infierno.

Que su deseo más profundo es que su hija lo quiera.

Que está orgulloso de ella.

Que no pudo enamorarse otra vez y que Dios es su testigo.

Que me quiere hacer una pregunta que no es fácil para él…

Que si tengo otro hombre.

Que.

Que no tenemos nada que ver amorosamente.

Que murió como hombre para mí.

Que es solo el padre de mi hija y que siempre lo va a ser.

Que las puertas de mi casa están abiertas para él y su familia.

Que si viene a la Argentina se busque un lugar adonde vivir.

Que si estoy con otro hombre no es su problema.

Que la relación que mantenga con la nena depende de él.

Que quizá el año que viene podemos encontrarnos en algún lugar intermedio para que conozca a Eva. Que puede ser España.

Que doy mil vueltas.

Que.

Recuerdo que una amiga muy sabia me dijo una vez que Amadou había llegado a mi vida con varias misiones. Que además del amor que nos tuvimos y de la hija hermosa que nos eligió como padres y deseamos tener, él venía a probar mis límites y destapar mis miserias. Puede ser.

Hastía repetir una y mil veces que es tarde para muchos de sus que. Me relaja ponerle límites. Me abruma pensar en su insistencia y en que alguna vez tendré que dar algún paso para concretar su encuentro con Eva. El 11 de julio se cumplieron cinco años de nuestra despedida en Atenas.

A solas conmigo

El primer impacto fue cuando la vi irse en el auto con mi hermano y mi cuñada. Iba contenta. Se despidió con un grito desde el asiento de atrás ¡¡¡Chau Mamá!!!

Cuando doblaron pensé que se me partía el corazón. Creo que hasta amagué con tocarme el pecho y me contuve. No, ni lágrimas ni dolor. Eva está creciendo (más). Ahora vamos a ver qué hacés vos con tu tiempo libre, pensé.

El corazón siguió ahí, en el mismo lugar. Subí al tren rumbo a casa medio extraviada y con dolor de cabeza. Me fui reencontrando gracias a un libro que había llevado a propósito en mi bolso turquesa.

Ya en el colectivo empecé a sentirme menos perdida y más tranquila al recibir señales “del otro lado”. Nada que no supiera. La primera pijamada de primas en lo de los abuelos marchaba con felicidad.

Al llegar a casa, equilibré el silencio sepulcral con mi música. Me empecé a preparar para la salida de la noche. Poca producción, seguí pensando. No tengo ganas de transformarme en otra persona como en los viejos tiempos. Si algo me devolvió Eva es el espejo de mi verdadero yo. Cuando ella no está, mi imagen en el espejo me llega todavía más nítida.

¿Y con qué me encontré esta vez?

* Me encontré con mi risa de carcajada. Con mi amiga Eli, fuimos a ver Sugar y no podíamos creer el submundo de las señoras copetudas peleando por una foto con el Negro Alvarez. En su asiento, el tipo perdió el humor en un segundo y nos miró amenazante cuando sacamos el celular. ‘Tranquilo, Negro. Preferimos una selfie’.

* Me desconecté hablando de mí como mujer más allá de mí como mamá de Eva. Del antes, del ahora, de lo que espero emocionalmente. De mis trabas. De hacia dónde voy. No siempre tengo tiempo para sentarme a atar cabos. No es que no lo haya hecho antes pero esta vez llegué a lugares más profundos.

* Volví a tomar bastante más de una copa de cerveza y sin culpa. Otras veces salí, otras veces volví tarde pero Eva siempre estuvo esperando y ella es mi límite. Esta vez, sabiendo que al otro día me iba a levantar sola, flexibilicé los niveles de responsabilidad.

* A pesar de eso, no dormí bien. No pude apagar el mecanismo de alerta permanente que se enciende sobre todo a la noche desde que Eva nació. No hubo movimientos en su cama ni palabras de sus sueños en voz alta y sin embargo, estuve en on. Tal vez logre apagarlo la próxima. ¿O será un mecanismo que no se apaga nunca más?

El domingo al mediodía (tarde) marché a buscarla a Lomas. Se puso contenta al verme aunque no tanto como cuando la dejé.

La vida social de tu hijo se amplía con los años y abre esa necesaria brecha interna para repensar en dónde estás vos. Con el paso del tiempo, me veo ‘renovada, levemente temerosa y con varios puntos pendientes’. Tengo muchos planes para mí.

Eva tiene también sus planes. A corto plazo, ya están programando con sus primas un viaje a Pinamar y una pijamada doble. Sí, dos días y dos noches fuera de casa.

Parece que por lo menos una vez por mes voy a tener algunas noches a solas conmigo. Va de vuelta: bienvenido mi querido espejo.

Contando los días

“Má, ¿cuántos días faltan para que sea sábado?”

Hace tres semanas que Evangelina lagrimea, llora o se levanta de malhumor cuando le digo que es lunes, que es martes… y así. Se volvió una especie de calculadorita humana que cuenta los días para que llegue el fin de semana y volvamos a estar juntas “mucho tiempo”.

También me pide que la vaya a buscar al jardín, a gimnasia o a natación. Que le de “la sorpresa”. Yo le explico y le vuelvo a explicar que no puedo, que soy la única que trabaja en casa, que trabajo de lo que me gusta y que la plata ayuda a que hagamos lo que nos gusta. Parece entender pero amanece y la historia se repite.

De lunes a viernes, avanza la mañana y cuando empiezo a prepararme para partir, arranca con sus ´mini dagas´.

La daga del conformismo a medias. Me propone que vuelva un poco antes. “Hacemos así. Vos vas a trabajar y yo al jardín y después a gimnasia artística por ejemplo. Vuelvo, Lili me baña y cuando salgo del baño (a las 8 de la noche en promedio cuando arranca el noticiero en el que trabajo) vos ya llegás”.

La daga de la comida. “Antes de irte, no me dás de comer, Má?”

La daga del ‘recuerdo’. Me llena de dibujos y carga en mi bolso alguno de sus juguetes para que juegue con mis compañeros, dice.

La daga de la despedida. La mayoría de las veces me acompaña hasta al ascensor y me habla incluso hasta que cierro la puerta, cada vez más pesada para mí. Me hace parar y volver porque se olvidó de decirme algo. Casi siempre me grita un `Te Amo´ que va bajando con eco desde el sexto piso hasta la planta baja.

La daga del después. Cuando vuelvo, siempre me pasa alguna factura como ayer que le preguntaba si se estaba portando bien en el jardín. “Sí, claro Má… Vení a verme y vas a ver…”. En algún momento, enciende su calculadora de los días. “Y ahora cuánto falta, Má…?” La calculadora se apaga cuando se duerme hasta que sale el sol.

Seguramente es una etapa de la que las mamás que trabajamos no podemos escapar. Seguramente, cuando pase el tiempo y crezca, me sugerirá seguido que me vaya.

Mientras tanto, yo también hago cálculos aunque no se lo diga. Hoy faltan tres días para que sea sábado.

De sombras y de luces

No me gusta dar consejos. Aunque con puntos en común, cada historia es distinta a la otra como también sus protagonistas. Así y sin embargo, voy a contar qué fue lo que me hizo bien para enfrentar las sombras enormes que tuve durante los primeros meses de la vida de mi hija. Evangelina ya tiene cuatro años y el recuerdo empieza a ser historia. Pero el principio marcó el después. Me fortalecí. Hoy sé que en algún momento sale el sol. Va este texto de corazón y en respuesta a tu mensaje, Romi. Ojalá te ayude a salir de tu propia tempestad.

El principio fue duro. Durísimo. Salí con panza de mi departamento una madrugada y volví una semana después con Evangelina en mis brazos cubierta de mantas, con un gorrito de lana y un conjunto rojo que guardo como recuerdo y que conserva su primer olor. Había mucho sol. El sol siempre fue un buen aliado contra mis vacíos. Cuando llegamos a casa y cruzamos la puerta fue como abrir una nueva etapa. Sentí una ráfaga infinita de tristeza e incertidumbre. Tuve ganas de llorar. No había un compañero cerca como había soñado pero estaba mi mamá. Por suerte estaba mi mamá. Sin ella, nada hubiese sido lo mismo. Me ayudó a calentar mi corazón con amor, mate y ricas comidas. Creo profundamente que cuando sos mamá tenés que reconciliarte, abrazar y valorar a tu propia mamá. Hoy mi mamá es un pilar también para mi hija.

Además de reconciliarme con mis papás, me dejé ayudar. En mi estilo independiente, había dejado la casa de mis viejos a los 20 y pico, renegando de sus voces y de sus consejos. Era libre. Hice mi vida sin ataduras. Viajé por el mundo, disfruté de todo y cumplí mi sueño de quedar embarazada. Pero nada fue lo que imaginé. Por mi condición de mamá soltera no me quedó otra que volver al origen por un tiempo. Fue tremendo aceptarlo, terrible viajar de Capital a Lomas de Zamora otra vez cuando hacía décadas había decidido hacer el camino inverso. Recuerdo que un día, armando el bolso para ir a Lomas me puse a llorar. Le dije a mi mamá que para mí era muy terrible “depender”. Ella me dijo sin muchas vueltas: ´Vale, hacé lo que quieras. Yo me voy y vos necesitás ayuda’. Yo bajé la cabeza, agarré a la nena y fui. Me dejé caer en la red de los que me quisieron ayudar. A veces caer no es caer. Tu familia, tus amigos… vos sabés quiénes te ponen de verdad el hombro y te hacen bien. Hoy vamos domingo por medio a la casa de “los abuelitos”. Eva tiene ahí su segunda casa.

La música también me ayudó a encontrarme en las tinieblas. Y ahí también volví a mi niñez. Encontré un viejo cd de Víctor Heredia de mi papá que me hizo cantar varias veces mientras mi hija dormía o tomaba la teta. El disco se llama “Puertas abiertas”. Entre todos sus temas, elegí como himno “Quiero estar aquí”. Cantaba y me sentía mejor. En un recital de Víctor, al que fui con mi hija, le agradecí por su canción. Se sonrió sorprendido. Creo que no terminó de entender lo importante que fue para mí. A veces hoy le canto su canción a mi hija y suele dormirse como un angelito. Otras, me dice que soy desafinada y nos reímos las dos.

También empecé a meditar y a escribir este blog. Meditar me dio y me sigue dando paz. Lo hago todas las mañanas antes de que mi hija despierte. Escribir me reconectó con la vida.

Cada una tiene sus propias salidas para levantarse. Ahí están aunque a veces cueste encontrarlas. Hoy, cuatro años después, por momentos sigue siendo difícil pero no hay abismo así que no temo. Voy resolviendo el día a día con la certeza de que estoy en donde quiero estar, con una maternidad que me hace muy feliz aunque sea sin un papá.

Quiero estar aquí porque pasó la tempestad, porque llevé y llevo a mi hija sin que me pese, porque las dos hemos cruzado infinitas veces el mar sin ahogarnos. Porque aclaró y vemos muy seguido salir el sol. Porque dejé de llorar. Ahora camino.

* La foto que encabeza el post la sacó mi hija, Evangelina López

Mamás malabaristas

“Si te acordás, mandame alguna foto así me alegrás el día…”

Les tocó a varias mamás del jardín recibir mi mensaje estas dos semanas de cambios permanentes en nuestra rutina. Lili, la señora que cuida amorosamente a mi hija mientras yo trabajo, siguió enferma y otra vez tuve que pedir ayuda!

No es fácil hacer que todo marche sobre rieles cuando estás sola. En realidad, por lo que vengo hablando con otras mamás, no es fácil nunca.

En nuestro caso, cuando Evangelina era bebé, ´los hombros´ venían de mi familia, de mis amigos de siempre y hasta de mis vecinos. Increíblemente ahora que Eva está más grande y tiene su propia red de amigos aparecieron nuevas manos y voces solidarias. “¡Eh, Vale! Me enteré que no vino Lili… ¡No te preocupes! Contá conmigo si necesitás que me lleve a la nena del jardín”, me escribieron con distintas palabras muchas mamás en estos días.

El último lunes Eva se fue del colegio a la casa de Franquito y su mamá, Eugenia. Se disfrazó de superheroína al cansancio, cenó con ellos milanesas gigantes y jugó con la abuela de Franco cuando él se durmió. “Mi mamá la disfrutó más que el otro día -ya me habían salvado la semana pasada-. Le hizo peinados para que le entraran los disfraces”, me contó Euge con alegría.

El martes Eva se quedó en casa con algo de tos. Mari, la hija de Lili y nuestra salvadora en estos días hasta la mediatarde, no tuvo colegio y la pudo cuidar todo el día.

El miércoles Eva terminó jugando con su amiga Sofi y su perro Toby que ya la conoce. Las cuidó Iara, otra mamá de fierro y polenta silenciosa que también viene ayudándome. A la salida del jardín estuve otra vez yo. Salió feliz al verme y volvió a hacer piruetas en su clase natación pero lloró desconsolada cuando me fui. Después, se calmó “sambando” entre disfraces y música. Iara es brasileña. Festejo que la mamá de una de las mejores amigas de mi hija sea afrodescendiente.

El jueves Eva salió bajo la lluvia con Clarita, otra de sus grandes amigas y su mamá Ximena. Al rato, estaban tomando la merienda y al rato jugando. “Todo ok por acá. No hay problema con el horario. Pasala a buscar cuando puedas”, me escribió Xime cuando le recordé que salía tarde de trabajar.

Hoy, viernes, termina una (otra) semana agotadora. Me quedé pensando en la fuerza arrasadora de las mujeres para contener y abrazar cuando nos necesitan. ¡Gracias Iara, Xime y Euge! También sentí con orgullo que resultó divertido sumar por unas horas a mi hija a otros planes familiares, que no fue una carga. Y eso es mérito de ella y de los espacios que viene abriendo por sí misma.

Acabo de pasarla a buscar otra vez por lo de Iara y Sofi. Eva está cansada y con algunas líneas de fiebre. Se fue a dormir con una sonrisa cuando le dije que mañana es sábado y que tenemos todo el fin de semana por delante. Yo suspendí o dejé en incógnita todas las actividades que tenía/teníamos. No hay nada más importante que estar con ella.