Que…

Y así. Todos los días, varias veces por día, insistiendo con hablar y avanzar con su viaje a la Argentina. Así, constante y sostenido. El, Amadou, hablándome de su hija, de sus ganas de conocerla personalmente. ¿Hablándome de amor? Y más.

Que si puedo mandar la carta de invitación a Marruecos.

Que ya está bien de salud y que no quiere perder más tiempo.

Que necesita venir cuanto antes.

Que Evangelina y yo somos su familia.

Que sueña con ella.

Que está aprendiendo español con un amigo.

Que nadie es perfecto y que olvide el pasado.

Que estuvo enfermo y que vivió en un infierno.

Que su deseo más profundo es que su hija lo quiera.

Que está orgulloso de ella.

Que no pudo enamorarse otra vez y que Dios es su testigo.

Que me quiere hacer una pregunta que no es fácil para él…

Que si tengo otro hombre.

Que.

Que no tenemos nada que ver amorosamente.

Que murió como hombre para mí.

Que es solo el padre de mi hija y que siempre lo va a ser.

Que las puertas de mi casa están abiertas para él y su familia.

Que si viene a la Argentina se busque un lugar adonde vivir.

Que si estoy con otro hombre no es su problema.

Que la relación que mantenga con la nena depende de él.

Que quizá el año que viene podemos encontrarnos en algún lugar intermedio para que conozca a Eva. Que puede ser España.

Que doy mil vueltas.

Que.

Recuerdo que una amiga muy sabia me dijo una vez que Amadou había llegado a mi vida con varias misiones. Que además del amor que nos tuvimos y de la hija hermosa que nos eligió como padres y deseamos tener, él venía a probar mis límites y destapar mis miserias. Puede ser.

Hastía repetir una y mil veces que es tarde para muchos de sus que. Me relaja ponerle límites. Me abruma pensar en su insistencia y en que alguna vez tendré que dar algún paso para concretar su encuentro con Eva. El 11 de julio se cumplieron cinco años de nuestra despedida en Atenas.

A solas conmigo

El primer impacto fue cuando la vi irse en el auto con mi hermano y mi cuñada. Iba contenta. Se despidió con un grito desde el asiento de atrás ¡¡¡Chau Mamá!!!

Cuando doblaron pensé que se me partía el corazón. Creo que hasta amagué con tocarme el pecho y me contuve. No, ni lágrimas ni dolor. Eva está creciendo (más). Ahora vamos a ver qué hacés vos con tu tiempo libre, pensé.

El corazón siguió ahí, en el mismo lugar. Subí al tren rumbo a casa medio extraviada y con dolor de cabeza. Me fui reencontrando gracias a un libro que había llevado a propósito en mi bolso turquesa.

Ya en el colectivo empecé a sentirme menos perdida y más tranquila al recibir señales “del otro lado”. Nada que no supiera. La primera pijamada de primas en lo de los abuelos marchaba con felicidad.

Al llegar a casa, equilibré el silencio sepulcral con mi música. Me empecé a preparar para la salida de la noche. Poca producción, seguí pensando. No tengo ganas de transformarme en otra persona como en los viejos tiempos. Si algo me devolvió Eva es el espejo de mi verdadero yo. Cuando ella no está, mi imagen en el espejo me llega todavía más nítida.

¿Y con qué me encontré esta vez?

* Me encontré con mi risa de carcajada. Con mi amiga Eli, fuimos a ver Sugar y no podíamos creer el submundo de las señoras copetudas peleando por una foto con el Negro Alvarez. En su asiento, el tipo perdió el humor en un segundo y nos miró amenazante cuando sacamos el celular. ‘Tranquilo, Negro. Preferimos una selfie’.

* Me desconecté hablando de mí como mujer más allá de mí como mamá de Eva. Del antes, del ahora, de lo que espero emocionalmente. De mis trabas. De hacia dónde voy. No siempre tengo tiempo para sentarme a atar cabos. No es que no lo haya hecho antes pero esta vez llegué a lugares más profundos.

* Volví a tomar bastante más de una copa de cerveza y sin culpa. Otras veces salí, otras veces volví tarde pero Eva siempre estuvo esperando y ella es mi límite. Esta vez, sabiendo que al otro día me iba a levantar sola, flexibilicé los niveles de responsabilidad.

* A pesar de eso, no dormí bien. No pude apagar el mecanismo de alerta permanente que se enciende sobre todo a la noche desde que Eva nació. No hubo movimientos en su cama ni palabras de sus sueños en voz alta y sin embargo, estuve en on. Tal vez logre apagarlo la próxima. ¿O será un mecanismo que no se apaga nunca más?

El domingo al mediodía (tarde) marché a buscarla a Lomas. Se puso contenta al verme aunque no tanto como cuando la dejé.

La vida social de tu hijo se amplía con los años y abre esa necesaria brecha interna para repensar en dónde estás vos. Con el paso del tiempo, me veo ‘renovada, levemente temerosa y con varios puntos pendientes’. Tengo muchos planes para mí.

Eva tiene también sus planes. A corto plazo, ya están programando con sus primas un viaje a Pinamar y una pijamada doble. Sí, dos días y dos noches fuera de casa.

Parece que por lo menos una vez por mes voy a tener algunas noches a solas conmigo. Va de vuelta: bienvenido mi querido espejo.

Contando los días

“Má, ¿cuántos días faltan para que sea sábado?”

Hace tres semanas que Evangelina lagrimea, llora o se levanta de malhumor cuando le digo que es lunes, que es martes… y así. Se volvió una especie de calculadorita humana que cuenta los días para que llegue el fin de semana y volvamos a estar juntas “mucho tiempo”.

También me pide que la vaya a buscar al jardín, a gimnasia o a natación. Que le de “la sorpresa”. Yo le explico y le vuelvo a explicar que no puedo, que soy la única que trabaja en casa, que trabajo de lo que me gusta y que la plata ayuda a que hagamos lo que nos gusta. Parece entender pero amanece y la historia se repite.

De lunes a viernes, avanza la mañana y cuando empiezo a prepararme para partir, arranca con sus ´mini dagas´.

La daga del conformismo a medias. Me propone que vuelva un poco antes. “Hacemos así. Vos vas a trabajar y yo al jardín y después a gimnasia artística por ejemplo. Vuelvo, Lili me baña y cuando salgo del baño (a las 8 de la noche en promedio cuando arranca el noticiero en el que trabajo) vos ya llegás”.

La daga de la comida. “Antes de irte, no me dás de comer, Má?”

La daga del ‘recuerdo’. Me llena de dibujos y carga en mi bolso alguno de sus juguetes para que juegue con mis compañeros, dice.

La daga de la despedida. La mayoría de las veces me acompaña hasta al ascensor y me habla incluso hasta que cierro la puerta, cada vez más pesada para mí. Me hace parar y volver porque se olvidó de decirme algo. Casi siempre me grita un `Te Amo´ que va bajando con eco desde el sexto piso hasta la planta baja.

La daga del después. Cuando vuelvo, siempre me pasa alguna factura como ayer que le preguntaba si se estaba portando bien en el jardín. “Sí, claro Má… Vení a verme y vas a ver…”. En algún momento, enciende su calculadora de los días. “Y ahora cuánto falta, Má…?” La calculadora se apaga cuando se duerme hasta que sale el sol.

Seguramente es una etapa de la que las mamás que trabajamos no podemos escapar. Seguramente, cuando pase el tiempo y crezca, me sugerirá seguido que me vaya.

Mientras tanto, yo también hago cálculos aunque no se lo diga. Hoy faltan tres días para que sea sábado.

De sombras y de luces

No me gusta dar consejos. Aunque con puntos en común, cada historia es distinta a la otra como también sus protagonistas. Así y sin embargo, voy a contar qué fue lo que me hizo bien para enfrentar las sombras enormes que tuve durante los primeros meses de la vida de mi hija. Evangelina ya tiene cuatro años y el recuerdo empieza a ser historia. Pero el principio marcó el después. Me fortalecí. Hoy sé que en algún momento sale el sol. Va este texto de corazón y en respuesta a tu mensaje, Romi. Ojalá te ayude a salir de tu propia tempestad.

El principio fue duro. Durísimo. Salí con panza de mi departamento una madrugada y volví una semana después con Evangelina en mis brazos cubierta de mantas, con un gorrito de lana y un conjunto rojo que guardo como recuerdo y que conserva su primer olor. Había mucho sol. El sol siempre fue un buen aliado contra mis vacíos. Cuando llegamos a casa y cruzamos la puerta fue como abrir una nueva etapa. Sentí una ráfaga infinita de tristeza e incertidumbre. Tuve ganas de llorar. No había un compañero cerca como había soñado pero estaba mi mamá. Por suerte estaba mi mamá. Sin ella, nada hubiese sido lo mismo. Me ayudó a calentar mi corazón con amor, mate y ricas comidas. Creo profundamente que cuando sos mamá tenés que reconciliarte, abrazar y valorar a tu propia mamá. Hoy mi mamá es un pilar también para mi hija.

Además de reconciliarme con mis papás, me dejé ayudar. En mi estilo independiente, había dejado la casa de mis viejos a los 20 y pico, renegando de sus voces y de sus consejos. Era libre. Hice mi vida sin ataduras. Viajé por el mundo, disfruté de todo y cumplí mi sueño de quedar embarazada. Pero nada fue lo que imaginé. Por mi condición de mamá soltera no me quedó otra que volver al origen por un tiempo. Fue tremendo aceptarlo, terrible viajar de Capital a Lomas de Zamora otra vez cuando hacía décadas había decidido hacer el camino inverso. Recuerdo que un día, armando el bolso para ir a Lomas me puse a llorar. Le dije a mi mamá que para mí era muy terrible “depender”. Ella me dijo sin muchas vueltas: ´Vale, hacé lo que quieras. Yo me voy y vos necesitás ayuda’. Yo bajé la cabeza, agarré a la nena y fui. Me dejé caer en la red de los que me quisieron ayudar. A veces caer no es caer. Tu familia, tus amigos… vos sabés quiénes te ponen de verdad el hombro y te hacen bien. Hoy vamos domingo por medio a la casa de “los abuelitos”. Eva tiene ahí su segunda casa.

La música también me ayudó a encontrarme en las tinieblas. Y ahí también volví a mi niñez. Encontré un viejo cd de Víctor Heredia de mi papá que me hizo cantar varias veces mientras mi hija dormía o tomaba la teta. El disco se llama “Puertas abiertas”. Entre todos sus temas, elegí como himno “Quiero estar aquí”. Cantaba y me sentía mejor. En un recital de Víctor, al que fui con mi hija, le agradecí por su canción. Se sonrió sorprendido. Creo que no terminó de entender lo importante que fue para mí. A veces hoy le canto su canción a mi hija y suele dormirse como un angelito. Otras, me dice que soy desafinada y nos reímos las dos.

También empecé a meditar y a escribir este blog. Meditar me dio y me sigue dando paz. Lo hago todas las mañanas antes de que mi hija despierte. Escribir me reconectó con la vida.

Cada una tiene sus propias salidas para levantarse. Ahí están aunque a veces cueste encontrarlas. Hoy, cuatro años después, por momentos sigue siendo difícil pero no hay abismo así que no temo. Voy resolviendo el día a día con la certeza de que estoy en donde quiero estar, con una maternidad que me hace muy feliz aunque sea sin un papá.

Quiero estar aquí porque pasó la tempestad, porque llevé y llevo a mi hija sin que me pese, porque las dos hemos cruzado infinitas veces el mar sin ahogarnos. Porque aclaró y vemos muy seguido salir el sol. Porque dejé de llorar. Ahora camino.

* La foto que encabeza el post la sacó mi hija, Evangelina López

Mamás malabaristas

“Si te acordás, mandame alguna foto así me alegrás el día…”

Les tocó a varias mamás del jardín recibir mi mensaje estas dos semanas de cambios permanentes en nuestra rutina. Lili, la señora que cuida amorosamente a mi hija mientras yo trabajo, siguió enferma y otra vez tuve que pedir ayuda!

No es fácil hacer que todo marche sobre rieles cuando estás sola. En realidad, por lo que vengo hablando con otras mamás, no es fácil nunca.

En nuestro caso, cuando Evangelina era bebé, ´los hombros´ venían de mi familia, de mis amigos de siempre y hasta de mis vecinos. Increíblemente ahora que Eva está más grande y tiene su propia red de amigos aparecieron nuevas manos y voces solidarias. “¡Eh, Vale! Me enteré que no vino Lili… ¡No te preocupes! Contá conmigo si necesitás que me lleve a la nena del jardín”, me escribieron con distintas palabras muchas mamás en estos días.

El último lunes Eva se fue del colegio a la casa de Franquito y su mamá, Eugenia. Se disfrazó de superheroína al cansancio, cenó con ellos milanesas gigantes y jugó con la abuela de Franco cuando él se durmió. “Mi mamá la disfrutó más que el otro día -ya me habían salvado la semana pasada-. Le hizo peinados para que le entraran los disfraces”, me contó Euge con alegría.

El martes Eva se quedó en casa con algo de tos. Mari, la hija de Lili y nuestra salvadora en estos días hasta la mediatarde, no tuvo colegio y la pudo cuidar todo el día.

El miércoles Eva terminó jugando con su amiga Sofi y su perro Toby que ya la conoce. Las cuidó Iara, otra mamá de fierro y polenta silenciosa que también viene ayudándome. A la salida del jardín estuve otra vez yo. Salió feliz al verme y volvió a hacer piruetas en su clase natación pero lloró desconsolada cuando me fui. Después, se calmó “sambando” entre disfraces y música. Iara es brasileña. Festejo que la mamá de una de las mejores amigas de mi hija sea afrodescendiente.

El jueves Eva salió bajo la lluvia con Clarita, otra de sus grandes amigas y su mamá Ximena. Al rato, estaban tomando la merienda y al rato jugando. “Todo ok por acá. No hay problema con el horario. Pasala a buscar cuando puedas”, me escribió Xime cuando le recordé que salía tarde de trabajar.

Hoy, viernes, termina una (otra) semana agotadora. Me quedé pensando en la fuerza arrasadora de las mujeres para contener y abrazar cuando nos necesitan. ¡Gracias Iara, Xime y Euge! También sentí con orgullo que resultó divertido sumar por unas horas a mi hija a otros planes familiares, que no fue una carga. Y eso es mérito de ella y de los espacios que viene abriendo por sí misma.

Acabo de pasarla a buscar otra vez por lo de Iara y Sofi. Eva está cansada y con algunas líneas de fiebre. Se fue a dormir con una sonrisa cuando le dije que mañana es sábado y que tenemos todo el fin de semana por delante. Yo suspendí o dejé en incógnita todas las actividades que tenía/teníamos. No hay nada más importante que estar con ella.

Ajedrez maternal

A Lili (la señora que cuida a Evangelina como si fuese su abuela) le duele mucho la panza y no viene hoy. Viene su hija, Mari que también la quiere mucho y que la va a llevar al jardín al mediodía. Pero Mari no puede ir a la salida. Entonces le mando un S.O.S. a Iara, la mamá de Sofi, una de las mejores amigas de Eva y Iara me cuenta que la nena está con fiebre. Que no va al jardín ni a natación pero que ella igual puede ir a buscar a mi hija a las 18.30 a la pileta. Que la suya puede quedarse con su papá y que lo que tiene no es contagioso. Mi hija se quedará con ellos hasta la noche cuando la pase a buscar al salir del trabajo. En mi trabajo me dan el ok para ausentarme un par de horas. Así que hoy voy a buscar a Eva y el resto, ya está organizado.

No es la primera vez que en un segundo y sin anestesia se mueven las piezas del tablero de nuestra rutina y hay que recalcular. Le contaba a una amiga que aunque siempre descoloca, ya me tomo los movimientos bruscos con más tranquilidad. Eva está más grande. Entiende los cambios. A veces llora porque no estoy y me pide que esté en los momentos que no suelo estar. Y hoy voy a estar.

Estoy cuando sale del jardín y no lo puede creer. Estoy para explicarle que solo me quedo un rato y que después se va a la casa de su amiga Sofi. Estoy para ponerle la malla floreada y la gorra de tela (las de látex son crueles con los rulos). Estoy para verla entrar al agua como si viviera en ella (¿guardará bellos recuerdos en mi panza?Ojalá). Estoy para charlar con las mamás que cuentan, como todas, sus películas familiares con papás normales, ausentes o estresados. Estoy para sacarle mil fotos aunque no se pueda.

Ella hace las piruetas de siempre y más. “Es que hoy estás vos”, me dicen las mamás. La profe le presta su gorra plateada que increíblemente le entra! y me gesticula a través del vidrio que la compró en Brasil. “Tendremos que viajar a comprar una”, le respondo también con señas.

Es hora de irme. Llega Iara y hacemos la posta a las seis y media clavadas. Saludo a Eva y ella me hace un gesto de “después me venís a buscar?”. Levanto el pulgar. Asiente y vuelve a zambulirse en su mar.

Seguramente llegaré molida esta noche. Escribo en el que taxi que me lleva al canal otra vez. La calle es una multitud que marcha hacia Plaza de Mayo a decirle NO al 2 x 1. Me llevo una nueva imagen de mi hija. Mi Reina se mueve libre en nuestro tablero y eso siempre es una tranquilidad y una bendición. Por hoy, Jaque Mate.

Solas en la madrugada

Llevo dos días sin dormir de un tirón. Sin dormir bien. Anteanoche fue una otitis anunciada. Eva empezó natación y se acostó pidiendo entre lágrimas recuperar su “orejita sana”.

A los lamentos le siguieron unas gotas recetadas por la pediatra en caso de que doliera. Y dolía. Después, nos metimos en el vapor del baño como cuando era más chiquita porque además del oído se anticipaba un resfrío.

Ya en su cama, intentó dormirse pero no pudo. Me acosté con ella prometiéndole que ´todo iba a pasar´ pero no pasó. Se acurrucó entre mis brazos.

¿Qué hago?, pensé en un principio de desesperación. Nunca se queja, tiene alta resistencia al dolor… Le duele mucho. Recé, la abracé y encontré una salida en la penumbra. Pasa siempre sin premeditarlo: si sus defensas bajan, las mías aumentan.

¿Querés que te cuente un cuento?
Asintió.

No sé por qué me acordé de un juguete que encontré en las calles de Madrid hace una década y que guardé como ‘tesoro’ para una hija futura que sabía que tendría. Una ostra rosa con una perla brillante.

‘Había una vez una sirenita con la cola dorada como el oro´, empecé. ´Nadaba por el océano y brillaba tanto que los peces se daban vuelta para mirarla. Y cantaba… cantaba así…´ Soné horrible pero miré a Eva y ella estaba esperando pendiente. Había dejado de llorar.

Seguí. ´Entre los peces había uno chiquito y azulado que se llamaba…’ ‘Frankie’, completó ella. ‘Sí, Frankie. Frankie la llamaba, la sirenita escuchaba su voz pero no lo veía. La mamá de Frankie le dijo que comiera muchas algas violetas, que eso lo haría crecer y que ella entonces lo iba a ver…’

Me entusiasmé tanto con mi relato inventado que se extendió como media hora y nos trasladó a las dos a otro lugar. La sirenita y Frankie terminaron siendo grandes amigos, encontraron algas violetas en una ostra rosa y tiñeron el océano de oro y “púrpura”, como le gusta decir a Evangelina.

Dormí poco anteanoche. Anoche volvió el dolor al oído pero mucho más liviano. No me levanté cinco veces sino dos y en esas dos Eva se quejó pero no lloró.

Sé que el dolor pasa aunque el de un hijo durante dos noches duela tanto que parezca eterno.

Sabía que un día mi hija y la ostra mágica se iban a cruzar.

“Me quiero enamorar”

Hace rato que Evangelina dice que quiere enamorarse. Se sorprende con las parejas que se besan apasionadamente en la calle. Nunca me vio besar a un hombre con pasión otra vez.

Intenté explicarle lo que es el amor de pareja. Semanas atrás le conté que me había enamorado de su papá. Le mostré algunas fotos de nosotros y lanzó casi risueña: “Ahhh… vos sí que te enamoraste!” Nunca más volví a enamorarme.

Estos días ella avanzó y me dijo que quería enamorarse de su papá. Por alguna razón y en ausencia (hace meses que él no habla con ella) a veces lo recuerda. Me pidió también que lo llamara para decirle que venga. Le prometí que lo iba a hacer pero le expliqué que por ahora él no puede. Que está en Africa, que es lejos y que es difícil. También que, si pasa el tiempo y todo sigue igual, la voy a llevar a verlo.

Ya venía formulando “Africa-lejos-no puede” pero sueltos. Nunca como una respuesta a una inquietud concreta. Fue la primera vez que le hablé de cruzar el océano si nada cambia. Me conmoví. A ella le conformó la respuesta.

Arrancó una nueva etapa que siempre supe iba a llegar. La etapa de explicarle a Eva dónde está su papá y por qué no está en Buenos Aires. Por qué no está con ella.

Amadou se perdió otra vez. Va y vuelve, tantea, confirma que conmigo no tiene red y desaparece. Se olvidó de sus insistentes ganas de volar a la Argentina. Se conforma con mensajes sueltos en los que sostiene con vehemencia que su hija está por encima de todo y de todos. Cuando le funciona el celular, asegura que está todo el tiempo pensando en ella. Ya no habla de su supuesto gualicho. Capaz ya no existe o se cansó de repetirlo. Sí repite que Dios es el que va a definir nuestros caminos. Que él tampoco se volvió a enamorar.

Eva ya lo espera sin desesperar. Mientras tanto, valora todo y a todos los que la amamos. Eleva a únicos los momentos que estamos juntas. Me pide seguido que nos quedemos solas y que “nadie nos moleste”. Me cuida y me piropea. “Mamá, sos una reina”… soltó anoche sin preámbulos.

No se calla nada. Tampoco y, por suerte, se guarda las preguntas internas que empezó a hacerse mirando hacia Dakar.

Play

Llega el ascensor. Subo dos valijas, un bolso térmico, la guitarra nueva de Eva y cinco cajas de sandwiches. Eva ayuda. “¡Agarrá el bolso celeste, hijita! ¿Podés?” “Sí, mamá” “¡Chau casita!” Nos espera el auto. Arrancamos a los 10 minutos.

A las 15 cuadras se sube mi amiga Vanina. Llenamos el baúl con tortas que no corren riesgos. El bolso térmico se completa con una “sorpresa” que Vani no quiere develar hasta el final del cumpleaños de Eva.

Me llegan fotos al celular desde Temperley. Mi hermano Gastón y mi cuñada Carla coparon la cocina de mis viejos con cajones de bebidas. Mi hermana Soledad me escribe que llega un poco más tarde porque tuvo un alumno de inglés.

El viaje es rápido. Llegamos al sur. Descargamos todo en el salón. Paramos para comer en lo de mis viejos y seguimos. Eva se queda con mi mamá y sus primas que hace rato la esperaban. Salvo Pía que viene a ayudar.

El salón es más que un salón. Es la sociedad de fomento a la que íbamos de chicos con mi abuela Carmen. Potreábamos e izábamos banderas los días patrios. El lugar cambió muchísimo y, sin embargo, cada vez que traspaso su puerta es como si mi abuela volviese un poco.

Por las ventanas entra un sol único del verano que se va.

¡Cada uno a sus puestos! parece decirnos una voz interna a todos en el mismo instante. Vanina vuela a la cocina a preparar sus delicias. Guarda en el freezer “la sorpresa”: postrecitos de tiramisú y de oreo que nunca probaré (desaparecieron en segundos). Avanza con su profunda alma de chef.

Mi cuñada decora el salón. Es una experta. Ayuda a mi hermano a armar las mesas con sus sillas y sacar algunas al patio. “Está hermoso el día. Van a querer estar todos afuera”, me sugieren. Gastón enciende el equipo que mi amiga Stella trajo el jueves atravesando el conurbano y la ciudad. El aire se llena de nuevos colores.

A Pía le tocan los globos y se la banca estoica. Llega Sole y suma aire también. Acomoda prolijamente el ‘combo panchos’ que reservó mi hermano Ezequiel y los souvenirs de la Doctora Juguetes que armamos juntas un mes atrás.

Un poco anárquica como siempre, hago de todo un poco mientras los abrazo con la mirada. “¿Dónde dejé las llaves del salón?” “Dejalas con los celulares, Val!” “Má, acordate de las toallas y traé más repelente” “Si, hija, tranquila”. “¿Está bien de globos o inflo más?” “Inflate un par de fucsias” “Hola, pasen y armen la cama elástica por ahí…”

Son las 5 de la tarde. En media hora caen los invitados. Pía sale como un rayo a buscar a Eva. Vani le pone los últimos corazones a la chocotorta. Sole arma una fila de globos en la entrada y empieza a cambiarse. Carla y Gastón se van a buscar al resto de la familia. Abrimos una cerveza para brindar.

Eva llega con sus primas y enciende su cara de sorpresa cuando ve su salón-pelotero-consultorio. Se pierde entre sus juegos preferidos. La veo disfrutar al sol…

La cadena infinita de manos ayudando se cerró pasada la medianoche. El cumpleaños de mi hija fue otra vez como la fiesta de una megafamilia disfrutando de una comilona hasta que se apagan las luces.

A la madrugada imaginé todo en cámara rápida. Hubiese sido genial vernos en acción de principio a fin. También, me quedé pensando que la realidad volvió a derribar una de mis teorías. No es cierto que los humanos nos estemos transformando en ombligos enormes en los que nos perdemos mientras al lado pasa la vida. La nuestra y la del otro.

Quizá sea cierto lo que me dijo una amiga horas después del festejo: “Eva es como un triunfo de muchos”. No hay ombligo que le gane al amor.

El sol en los anteojos

¡Prestame los anteojos, mamá! ¡Hay mucho sol!

Acabábamos de bajar del colectivo. Detrás habíamos dejado las marchas, las banderas y los petardos “¿Es carnaval otra vez, mamá?” “No, hija. Son personas que están enojadas y reclaman. Si algo no te gusta, tenés que protestar”.

Once era un loquero. Autos, colectivos, bocinazos… Ella y yo de la mano, agarradas fuerte. Ella, orgullosa de su trenza con la “colita de color oro” y mis anteojos. Yo, nerviosa y feliz.

Le pedí que cuidara mis lentes y me quedé con su espada de Spiderman. Avanzamos tarareando canciones conocidas e inventadas. Me pidió golosinas para compartir con sus compañeros. Me dijo que iba a disfrutar en el jardín. También, que la próxima vez quería viajar en colectivo sola. Que sabía cómo llegar. Y que yo estaba muy linda. “Quiero ser la mamá más linda para vos, hija”, me emocioné. “¿Cuando salga del jardín me vas a venir a buscar?” “Claro, ahí voy a estar”.

Lo demás quedó afuera de la foto. Evangelina empezó sala de 4 sin problemas y yo, mis vacaciones en Capital con y por ella. Después de dejarla en el jardín, fui a ver la película “Camino a Casa”. Lloré pensando en que es verdad, lo que pasa en la niñez deja marcas para siempre. ¿Qué postales de nosotras guardará mi hija en su memoria? Ojalá guarde esta foto.